1-2
Capítulo 1
El olor fue lo que empezó a desquiciar a Thomas.
No fue por llevar más de tres semanas solo. No fueron las paredes, el techo ni
el suelo de color blanco. No fue porque no hubiera ventanas o el hecho de que
nunca apagaran las luces. Nada de eso. Le habían quitado el reloj, le alimentaban
con la misma comida tres veces al día —un trozo de jamón, puré de patatas,
zanahorias crudas, una rebanada de pan y agua—, nunca le hablaban y no
permitían entrar a nadie en la habitación. Sin libros, sin películas, sin juegos.
Aislamiento total. Ya habían pasado más de tres semanas, aunque había
empezado a dudar de su percepción del tiempo, que se basaba puramente en su
instinto. Intentaba adivinar cuándo caía la noche para asegurarse de que sólo
dormía durante lo que a él le parecían las horas normales. Las comidas
ayudaban, aunque no llegaban con regularidad. Como si pretendieran
desorientarlo.
Solo. En una habitación acolchada, carente de color. Las únicas excepciones
eran un pequeño váter de acero inoxidable en un rincón, casi escondido, y un
viejo escritorio de madera que Thomas no usaba para nada. Solo en un silencio
insoportable, con tiempo ilimitado para pensar en la enfermedad que arraigaba
en su interior: el Destello, aquel virus progresivo y silencioso que lentamente iba
eliminando todo aquello que convertía en humano a una persona.
Nada de aquello le volvía loco.
Era el hedor que emanaba, y por alguna razón le ponía tan tenso que sus
nervios eran capaces de cortar el sólido bloque de la cordura. No le dejaban
ducharse o bañarse, no le habían dado ropa para que se cambiara desde que llegó
ni nada con lo que limpiar su cuerpo. Un simple trapo le habría ayudado; podría
haberlo mojado en el agua que le daban para beber y al menos haberse limpiado
la cara. Pero no tenía nada más que la ropa sucia que llevaba puesta cuando le
encerraron allí. Ni siquiera había sábanas. Dormía hecho un ovillo, con el trasero
encajado en una esquina de la habitación y los brazos cruzados para intentar
coger algo de calor, puesto que a menudo temblaba.
No sabía por qué el mal olor de su propio cuerpo era lo que más le asustaba;
tal vez era una señal de que había perdido el juicio. Pero, por algún motivo, su
precaria higiene se le agolpaba en la cabeza y le provocaba pensamientos
terribles. Como si se estuviera pudriendo, descomponiendo, y sus entrañas se
hubieran vuelto tan rancias como se sentía por fuera.
Eso era lo que le preocupaba, aunque pareciera irracional. Tenía bastante
comida y agua suficiente para saciar la sed; también descansaba y hacía el
ejercicio que podía en aquella pequeña habitación, donde a menudo se ponía a
correr durante horas sin avanzar. Por lógica sabía que estar sucio no tenía nada
que ver con la fuerza de su corazón o el funcionamiento de sus pulmones. Aun
así, su mente empezaba a creer que aquel hedor incesante representaba a la
muerte cada vez más cercana y a punto de devorarlo.
Todos aquellos oscuros pensamientos le hacían preguntarse si Teresa no le
habría mentido la última vez que hablaron, cuando le dijo que era demasiado
tarde para él e insistió en que pronto sucumbiría al Destello y se volvería loco y
violento. Que y a había perdido la cordura antes de llegar a aquel horrible lugar.
Hasta Brenda le había advertido de que la situación iba a empeorar. Quizás
ambas tenían razón.
Y a eso se sumaba la preocupación por sus amigos. ¿Qué les había sucedido?
¿Dónde estaban? ¿Qué causaba el Destello en sus mentes? Después de todo a lo
que habían estado sometidos, ¿así iban a terminar?
La cólera le invadía como una rata temblorosa en busca de un lugar cálido,
de unas migas de comida. Y conforme transcurrían los días, la ira se
intensificaba de tal manera que a veces Thomas se ponía a temblar
incontrolablemente antes de poder contener la furia y guardarla. No quería que
se fuera para siempre; tan sólo la almacenaba y dejaba que aumentara.
Esperaba el momento adecuado, el lugar adecuado, para desatarla. CRUEL le
había hecho todo aquello. CRUEL le había arrebatado su vida, a él y a sus
amigos, y los utilizaban para cualquier fin que consideraran necesario. No
importaban las consecuencias.
Y por ese motivo lo pagarían. Thomas se juraba aquello miles de veces al
día.
Todas esas cosas le pasaron por la cabeza cuando se sentó con la espalda
apoy ada en la pared, mirando a la puerta —y al feo escritorio de madera que
había enfrente—, en lo que suponía que era la última hora de la mañana de su
vigésimo segundo día cautivo en la habitación blanca. Siempre hacía lo mismo
tras el desayuno, tras el ejercicio. Esperaba contra toda esperanza que la puerta
se abriera —en realidad, que se abriera del todo—, la puerta entera, no sólo la
rendija inferior por la que le pasaban la comida.
Ya había intentado infinidad de veces abrir la puerta él mismo, pero los
cajones del escritorio estaban vacíos, no había nada más que olor a moho y
cedro. Miraba todas las mañanas por si había aparecido algo por arte de magia
mientras dormía. Aquellas cosas sucedían a veces cuando se trataba de CRUEL.
Y así estaba sentado, con la vista clavada en la puerta. Paredes blancas y
silencio. El olor de su propio cuerpo. Pensando en sus amigos: Minho, Newt,
Fritanga y los otros pocos clarianos que quedaban vivos. Brenda y Jorge, que
habían desaparecido sin dejar rastro tras su rescate en el gigantesco iceberg.
Harriet y Sony a, las demás chicas del Grupo B, y Aris. Pensó en Brenda y la
advertencia que le había hecho la primera vez que despertó en la habitación
blanca. ¿Cómo había hablado en su mente? ¿Estaba o no de su parte?
Pero, sobre todo, pensó en Teresa. No podía sacársela de la cabeza, aunque la
odiaba un poco más cada instante que pasaba. Sus últimas palabras habían sido
« CRUEL es buena» , y fuera cierto o no, para Thomas ella había acabado
representando todas las cosas terribles que habían pasado. Cada vez que pensaba
en ella, la cólera bullía en su interior.
Quizá toda esa rabia era la última cuerda que le ataba a la cordura mientras
esperaba.
Comía. Dormía. Hacía ejercicio. Ansiaba la venganza. Eso fue lo que hizo
durante tres días más. Solo.
Al vigésimo sexto día, la puerta se abrió.
Capítulo 2
Thomas se lo había imaginado infinidad de veces: lo que haría, lo que diría.
Cómo se apresuraría a enfrentarse a cualquiera que entrara y después echaría a
correr para huir, escapar. Pero aquellas ideas eran más bien por puro
entretenimiento. Sabía que CRUEL no permitiría que sucediera nada parecido.
No, tenía que planearlo todo al detalle antes de actuar.
Cuando ocurrió de verdad, cuando la puerta se abrió con el ligero sonido de
un soplido y quedó abierta de par en par, Thomas se sorprendió ante su propia
reacción: no hizo nada. Algo le decía que una barrera invisible había aparecido
entre él y el escritorio, como en los dormitorios al salir del Laberinto. No era el
momento de actuar. Aún no.
Apenas experimentó una leve sorpresa cuando entró el Hombre Rata, el tipo
que habló a los clarianos de la última prueba a la que les iban a someter, a través
de la Quemadura. Tenía la misma nariz larga, los mismos ojos de comadreja;
aquel pelo grasiento, peinado sobre una calva evidente que ocupaba la mitad de
su cabeza. El mismo ridículo traje blanco. Aunque parecía más pálido que la
última vez que le vio y sujetaba con la parte interior de su codo una gruesa
carpeta llena de papeles arrugados, colocados desordenadamente, mientras
arrastraba una silla de respaldo recto.
—Buenos días, Thomas —dijo con un forzado gesto de cabeza.
Sin esperar respuesta, cerró la puerta, puso la silla detrás del escritorio y se
sentó. Dejó la carpeta delante de él, la abrió y comenzó a hojear las páginas.
Cuando encontró lo que estaba buscando, se detuvo y apoyó las manos encima.
Después, esbozó una patética sonrisa y fijó los ojos en Thomas.
Cuando finalmente habló, se dio cuenta de que llevaba semanas sin hacerlo y
su voz sonó ronca:
—Sería un buen día si me dejaras salir.
No hubo ni un atisbo de cambio en la expresión del hombre.
—Sí, sí, lo sé. No tienes que preocuparte. Hoy vas a oír muchas noticias
positivas. Confía en mí.
Thomas reflexionó sobre aquello, avergonzado por dejar que le diera
esperanzas, aunque fuera un segundo. Debería saber ya lo que le aguardaba.
—¿Noticias positivas? ¿No nos escogisteis porque pensabais que éramos
inteligentes?
El Hombre Rata se quedó callado varios segundos antes de responder.
—Inteligentes, sí. Entre otras razones importantes —se detuvo para estudiar a
Thomas antes de seguir—. ¿Crees que disfrutamos con todo esto? ¿Crees que
disfrutamos viendo cómo sufres? Todo tiene un objetivo y muy pronto tendrá
sentido para ti —la intensidad de su voz había aumentado hasta prácticamente
gritar la última palabra y se había ruborizado.
—¡Vaya! —exclamó Thomas, cada vez más atrevido—. Cálmate un poquito,
tío. Te quedan tres minutos para que te dé un ataque al corazón.
Le sentó bien decir aquellas palabras.
El hombre se levantó de la silla y se inclinó sobre el escritorio. Las venas de
su cuello sobresalían como cuerdas tensas. Se volvió a sentar despacio y respiró
varias veces profundamente.
—Sería de esperar que casi cuatro semanas encerrado en este habitáculo
blanco le dieran una lección de humildad a un chico, pero tú pareces más
arrogante que nunca.
—Entonces, ¿vas a decirme que no estoy loco? ¿Que no tengo el Destello ni lo
tuve nunca? —Thomas no pudo reprimirse. La rabia aumentó en él hasta un
punto que creía que iba a explotar. Pero se obligó a bajar la voz—. Eso es lo que
me ha mantenido cuerdo todo este tiempo. En el fondo sabía que habíais mentido
a Teresa, que esa no era más que otra de vuestras pruebas. Bueno, ¿y ahora
adónde voy? ¿Me vas a enviar a la fuca luna? ¿O a cruzar un océano a nado en
ropa interior? —sonrió para acentuar más el énfasis.
El Hombre Rata había estado mirando a Thomas con la vista perdida durante
su perorata.
—¿Has terminado?
—No, no he terminado —había esperado día tras día una oportunidad para
hablar, pero, ahora que por fin había llegado, su mente estaba en blanco. Se había
olvidado de todos los guiones que había desarrollado en su cabeza—. Quiero…
quiero que me lo cuentes todo. Ya.
—Oh, Thomas —dijo el Hombre Rata en voz queda, como si fuera a darle
una noticia triste a un niño pequeño—, no te hemos mentido. Sí tienes el Destello.
Thomas se quedó desprevenido y un escalofrío cortó la intensidad de su
cólera. ¿Seguía mintiendo el Hombre Rata?, se preguntó. Pero se encogió de
hombros, como si aquella noticia la hubiera sospechado siempre.
—Bueno, aún no he comenzado a volverme loco.
Hubo un momento —después de todo aquel tiempo cruzando la Quemadura,
de estar con Brenda, rodeado de raros— en que asumió que acabaría
contray endo el virus. Pero se decía para sus adentros que todavía estaba bien.
Seguía cuerdo. Y eso era lo que importaba por ahora.
El Hombre Rata suspiró.
—No lo entiendes. No entiendes qué he venido a decirte.
—¿Por qué iba a creer las palabras que salen de tu boca? ¿Cómo esperas que
lo haga?
Thomas se dio cuenta de que se había levantado, pero no recordaba haberlo
hecho. Su pecho subía y bajaba por la dificultosa respiración. Tenía que
controlarse. La mirada del Hombre Rata era fría; sus ojos, dos negros pozos.
Estuviera o no mintiendo, Thomas sabía que tendría que escucharle si quería
abandonar la habitación blanca. Hizo un esfuerzo por calmar su respiración.
Esperó.
Tras varios segundos en silencio, el visitante continuó:
—Sé que te hemos mentido. A menudo. Te hemos hecho unas cuantas cosas
terribles a ti y a tus amigos. Pero era todo parte de un plan con el que no sólo
estuviste de acuerdo, sino que ayudaste a poner en marcha. Hemos tenido que
llevarlo un poco más lejos de lo que esperábamos al principio, de eso no hay
duda. Sin embargo, todo ha ido según lo que previeron los creadores, lo que tú
previste en su lugar después de que fueran… purgados.
Thomas negó con la cabeza lentamente; sabía que, de alguna manera, había
tenido algo que ver con esa gente, pero el hecho de hacer pasar a alguien por lo
que habían vivido era incomprensible.
—No me has contestado. ¿Cómo puedes esperar que crea lo que dices?
Recordaba más de lo que contaba, por supuesto. Aunque la ventana a su
pasado estaba cubierta de mugre y no revelaba más que borrosos retazos, sabía
que había trabajado con CRUEL. Sabía que también lo había hecho Teresa y que
ambos ayudaron a crear el Laberinto. Había recordado algunas cosas más.
—Porque, Thomas, no tiene sentido mantenerte en la ignorancia —respondió
el Hombre Rata—. Ya no.
De repente se sintió cansado, como si se hubiera quedado sin fuerzas, sin
nada. Se dejó caer al suelo con un fuerte suspiro y negó con la cabeza.
—Ni siquiera sé qué significa eso.
¿Qué sentido tenía mantener una conversación cuando no podía confiar en sus
palabras?
El Hombre Rata siguió hablando, pero su tono cambió; se hizo menos
indiferente y clínico, más profesional:
—Está claro que eres consciente de que existe una enfermedad horrible que
devora las mentes humanas en el mundo entero. Todo lo que hemos hecho hasta
ahora ha sido calculado con un único propósito: analizar los patrones de tu
cerebro y crear un programa a partir de ellos. El objetivo es utilizar ese
programa con el fin de que desarrolle una cura para el Destello. Las vidas
perdidas, el dolor y el sufrimiento… desde el principio sabías lo que estaba en
juego. Todos lo sabíamos. Se hizo para asegurar la supervivencia de la raza
humana. Y estamos muy cerca. Muy, muy cerca.
Los recuerdos habían vuelto a Thomas en varias ocasiones. El Cambio, los
sueños que había tenido desde entonces, imágenes efímeras aquí y allá, como
rápidos relámpagos en su mente. Y en ese instante, al escuchar al hombre de
blanco, tuvo la sensación de hallarse junto a un precipicio con todas las respuestas
a punto de ascender desde las profundidades para que él las viera en su totalidad.
Las ansias por alcanzar esas respuestas eran casi demasiado fuertes para
mantenerlas a raya.
Pero seguía sin fiarse. Sabía que había formado parte de aquello, que ayudó a
diseñar el Laberinto, que había tomado el mando tras la muerte de los creadores
y que el programa continuaba con nuevos reclutas.
—Recuerdo lo suficiente para avergonzarme de mí mismo —admitió—. Pero
pasar por este tipo de abuso es muy distinto a planificarlo. No está bien.
El Hombre Rata se rascó la nariz y se movió en su asiento. Algo en la réplica
de Thomas le había afectado.
—Veremos lo que piensas al final del día, Thomas. Ya lo veremos. Pero deja
que te pregunte: ¿me estás diciendo que no merece la pena perder unas pocas
vidas para salvar la de incontables personas? —el hombre volvió a hablar con
pasión, inclinándose hacia delante—. Es un axioma muy antiguo, pero ¿crees que
el fin justifica los medios? ¿Cuando no queda otra opción?
Thomas se quedó con la vista fija. Era una pregunta que no tenía una buena
respuesta.
Quizás el gesto que hizo el Hombre Rata fuera una sonrisa, pero parecía más
bien una mueca despectiva.
—Pues recuerda que una vez creíste que sí, Thomas —empezó a recoger sus
papeles como si fuera a marcharse, pero no se movió—. Estoy aquí para decirte
que todo está organizado y nuestros datos se hallan casi completos. Estamos en la
cúspide de algo grande. En cuanto tengamos el programa, podrás ir a llorarles a
tus amigos lo injustos que hemos sido.
Thomas deseó interrumpir al hombre con duras palabras, pero se contuvo.
—¿Cómo vais a conseguir el programa del que me hablas a base de
torturarnos? ¿Qué puede tener que ver enviar a la fuerza a un puñado de
adolescentes a lugares terribles, mientras observáis cómo algunos mueren, con
encontrar una cura para una enfermedad?
—Absolutamente todo —suspiró con fuerza—. Chico, pronto lo recordarás y
tengo el presentimiento de que lo vas a lamentar mucho. Entretanto, hay algo que
debes saber; incluso puede que te haga volver en sí.
—¿Y qué es? —Thomas no tenía ni idea de lo que quería decirle el hombre.
El visitante se levantó, se alisó las arrugas de sus pantalones y se colocó bien
la bata. Luego juntó las manos a su espalda.
—El virus del Destello vive en cada parte de tu cuerpo, aunque no tiene
efecto en ti ni lo tendrá nunca. Perteneces a un grupo de personas
extremadamente singulares. Eres inmune al Destello.
Thomas tragó saliva, estupefacto.
—En el exterior, en las calles, a los que sois aasí os llaman « munes» — continuó el Hombre Rata—. Y os odian muchísimo.
El olor fue lo que empezó a desquiciar a Thomas.
No fue por llevar más de tres semanas solo. No fueron las paredes, el techo ni
el suelo de color blanco. No fue porque no hubiera ventanas o el hecho de que
nunca apagaran las luces. Nada de eso. Le habían quitado el reloj, le alimentaban
con la misma comida tres veces al día —un trozo de jamón, puré de patatas,
zanahorias crudas, una rebanada de pan y agua—, nunca le hablaban y no
permitían entrar a nadie en la habitación. Sin libros, sin películas, sin juegos.
Aislamiento total. Ya habían pasado más de tres semanas, aunque había
empezado a dudar de su percepción del tiempo, que se basaba puramente en su
instinto. Intentaba adivinar cuándo caía la noche para asegurarse de que sólo
dormía durante lo que a él le parecían las horas normales. Las comidas
ayudaban, aunque no llegaban con regularidad. Como si pretendieran
desorientarlo.
Solo. En una habitación acolchada, carente de color. Las únicas excepciones
eran un pequeño váter de acero inoxidable en un rincón, casi escondido, y un
viejo escritorio de madera que Thomas no usaba para nada. Solo en un silencio
insoportable, con tiempo ilimitado para pensar en la enfermedad que arraigaba
en su interior: el Destello, aquel virus progresivo y silencioso que lentamente iba
eliminando todo aquello que convertía en humano a una persona.
Nada de aquello le volvía loco.
Era el hedor que emanaba, y por alguna razón le ponía tan tenso que sus
nervios eran capaces de cortar el sólido bloque de la cordura. No le dejaban
ducharse o bañarse, no le habían dado ropa para que se cambiara desde que llegó
ni nada con lo que limpiar su cuerpo. Un simple trapo le habría ayudado; podría
haberlo mojado en el agua que le daban para beber y al menos haberse limpiado
la cara. Pero no tenía nada más que la ropa sucia que llevaba puesta cuando le
encerraron allí. Ni siquiera había sábanas. Dormía hecho un ovillo, con el trasero
encajado en una esquina de la habitación y los brazos cruzados para intentar
coger algo de calor, puesto que a menudo temblaba.
No sabía por qué el mal olor de su propio cuerpo era lo que más le asustaba;
tal vez era una señal de que había perdido el juicio. Pero, por algún motivo, su
precaria higiene se le agolpaba en la cabeza y le provocaba pensamientos
terribles. Como si se estuviera pudriendo, descomponiendo, y sus entrañas se
hubieran vuelto tan rancias como se sentía por fuera.
Eso era lo que le preocupaba, aunque pareciera irracional. Tenía bastante
comida y agua suficiente para saciar la sed; también descansaba y hacía el
ejercicio que podía en aquella pequeña habitación, donde a menudo se ponía a
correr durante horas sin avanzar. Por lógica sabía que estar sucio no tenía nada
que ver con la fuerza de su corazón o el funcionamiento de sus pulmones. Aun
así, su mente empezaba a creer que aquel hedor incesante representaba a la
muerte cada vez más cercana y a punto de devorarlo.
Todos aquellos oscuros pensamientos le hacían preguntarse si Teresa no le
habría mentido la última vez que hablaron, cuando le dijo que era demasiado
tarde para él e insistió en que pronto sucumbiría al Destello y se volvería loco y
violento. Que y a había perdido la cordura antes de llegar a aquel horrible lugar.
Hasta Brenda le había advertido de que la situación iba a empeorar. Quizás
ambas tenían razón.
Y a eso se sumaba la preocupación por sus amigos. ¿Qué les había sucedido?
¿Dónde estaban? ¿Qué causaba el Destello en sus mentes? Después de todo a lo
que habían estado sometidos, ¿así iban a terminar?
La cólera le invadía como una rata temblorosa en busca de un lugar cálido,
de unas migas de comida. Y conforme transcurrían los días, la ira se
intensificaba de tal manera que a veces Thomas se ponía a temblar
incontrolablemente antes de poder contener la furia y guardarla. No quería que
se fuera para siempre; tan sólo la almacenaba y dejaba que aumentara.
Esperaba el momento adecuado, el lugar adecuado, para desatarla. CRUEL le
había hecho todo aquello. CRUEL le había arrebatado su vida, a él y a sus
amigos, y los utilizaban para cualquier fin que consideraran necesario. No
importaban las consecuencias.
Y por ese motivo lo pagarían. Thomas se juraba aquello miles de veces al
día.
Todas esas cosas le pasaron por la cabeza cuando se sentó con la espalda
apoy ada en la pared, mirando a la puerta —y al feo escritorio de madera que
había enfrente—, en lo que suponía que era la última hora de la mañana de su
vigésimo segundo día cautivo en la habitación blanca. Siempre hacía lo mismo
tras el desayuno, tras el ejercicio. Esperaba contra toda esperanza que la puerta
se abriera —en realidad, que se abriera del todo—, la puerta entera, no sólo la
rendija inferior por la que le pasaban la comida.
Ya había intentado infinidad de veces abrir la puerta él mismo, pero los
cajones del escritorio estaban vacíos, no había nada más que olor a moho y
cedro. Miraba todas las mañanas por si había aparecido algo por arte de magia
mientras dormía. Aquellas cosas sucedían a veces cuando se trataba de CRUEL.
Y así estaba sentado, con la vista clavada en la puerta. Paredes blancas y
silencio. El olor de su propio cuerpo. Pensando en sus amigos: Minho, Newt,
Fritanga y los otros pocos clarianos que quedaban vivos. Brenda y Jorge, que
habían desaparecido sin dejar rastro tras su rescate en el gigantesco iceberg.
Harriet y Sony a, las demás chicas del Grupo B, y Aris. Pensó en Brenda y la
advertencia que le había hecho la primera vez que despertó en la habitación
blanca. ¿Cómo había hablado en su mente? ¿Estaba o no de su parte?
Pero, sobre todo, pensó en Teresa. No podía sacársela de la cabeza, aunque la
odiaba un poco más cada instante que pasaba. Sus últimas palabras habían sido
« CRUEL es buena» , y fuera cierto o no, para Thomas ella había acabado
representando todas las cosas terribles que habían pasado. Cada vez que pensaba
en ella, la cólera bullía en su interior.
Quizá toda esa rabia era la última cuerda que le ataba a la cordura mientras
esperaba.
Comía. Dormía. Hacía ejercicio. Ansiaba la venganza. Eso fue lo que hizo
durante tres días más. Solo.
Al vigésimo sexto día, la puerta se abrió.
Capítulo 2
Thomas se lo había imaginado infinidad de veces: lo que haría, lo que diría.
Cómo se apresuraría a enfrentarse a cualquiera que entrara y después echaría a
correr para huir, escapar. Pero aquellas ideas eran más bien por puro
entretenimiento. Sabía que CRUEL no permitiría que sucediera nada parecido.
No, tenía que planearlo todo al detalle antes de actuar.
Cuando ocurrió de verdad, cuando la puerta se abrió con el ligero sonido de
un soplido y quedó abierta de par en par, Thomas se sorprendió ante su propia
reacción: no hizo nada. Algo le decía que una barrera invisible había aparecido
entre él y el escritorio, como en los dormitorios al salir del Laberinto. No era el
momento de actuar. Aún no.
Apenas experimentó una leve sorpresa cuando entró el Hombre Rata, el tipo
que habló a los clarianos de la última prueba a la que les iban a someter, a través
de la Quemadura. Tenía la misma nariz larga, los mismos ojos de comadreja;
aquel pelo grasiento, peinado sobre una calva evidente que ocupaba la mitad de
su cabeza. El mismo ridículo traje blanco. Aunque parecía más pálido que la
última vez que le vio y sujetaba con la parte interior de su codo una gruesa
carpeta llena de papeles arrugados, colocados desordenadamente, mientras
arrastraba una silla de respaldo recto.
—Buenos días, Thomas —dijo con un forzado gesto de cabeza.
Sin esperar respuesta, cerró la puerta, puso la silla detrás del escritorio y se
sentó. Dejó la carpeta delante de él, la abrió y comenzó a hojear las páginas.
Cuando encontró lo que estaba buscando, se detuvo y apoyó las manos encima.
Después, esbozó una patética sonrisa y fijó los ojos en Thomas.
Cuando finalmente habló, se dio cuenta de que llevaba semanas sin hacerlo y
su voz sonó ronca:
—Sería un buen día si me dejaras salir.
No hubo ni un atisbo de cambio en la expresión del hombre.
—Sí, sí, lo sé. No tienes que preocuparte. Hoy vas a oír muchas noticias
positivas. Confía en mí.
Thomas reflexionó sobre aquello, avergonzado por dejar que le diera
esperanzas, aunque fuera un segundo. Debería saber ya lo que le aguardaba.
—¿Noticias positivas? ¿No nos escogisteis porque pensabais que éramos
inteligentes?
El Hombre Rata se quedó callado varios segundos antes de responder.
—Inteligentes, sí. Entre otras razones importantes —se detuvo para estudiar a
Thomas antes de seguir—. ¿Crees que disfrutamos con todo esto? ¿Crees que
disfrutamos viendo cómo sufres? Todo tiene un objetivo y muy pronto tendrá
sentido para ti —la intensidad de su voz había aumentado hasta prácticamente
gritar la última palabra y se había ruborizado.
—¡Vaya! —exclamó Thomas, cada vez más atrevido—. Cálmate un poquito,
tío. Te quedan tres minutos para que te dé un ataque al corazón.
Le sentó bien decir aquellas palabras.
El hombre se levantó de la silla y se inclinó sobre el escritorio. Las venas de
su cuello sobresalían como cuerdas tensas. Se volvió a sentar despacio y respiró
varias veces profundamente.
—Sería de esperar que casi cuatro semanas encerrado en este habitáculo
blanco le dieran una lección de humildad a un chico, pero tú pareces más
arrogante que nunca.
—Entonces, ¿vas a decirme que no estoy loco? ¿Que no tengo el Destello ni lo
tuve nunca? —Thomas no pudo reprimirse. La rabia aumentó en él hasta un
punto que creía que iba a explotar. Pero se obligó a bajar la voz—. Eso es lo que
me ha mantenido cuerdo todo este tiempo. En el fondo sabía que habíais mentido
a Teresa, que esa no era más que otra de vuestras pruebas. Bueno, ¿y ahora
adónde voy? ¿Me vas a enviar a la fuca luna? ¿O a cruzar un océano a nado en
ropa interior? —sonrió para acentuar más el énfasis.
El Hombre Rata había estado mirando a Thomas con la vista perdida durante
su perorata.
—¿Has terminado?
—No, no he terminado —había esperado día tras día una oportunidad para
hablar, pero, ahora que por fin había llegado, su mente estaba en blanco. Se había
olvidado de todos los guiones que había desarrollado en su cabeza—. Quiero…
quiero que me lo cuentes todo. Ya.
—Oh, Thomas —dijo el Hombre Rata en voz queda, como si fuera a darle
una noticia triste a un niño pequeño—, no te hemos mentido. Sí tienes el Destello.
Thomas se quedó desprevenido y un escalofrío cortó la intensidad de su
cólera. ¿Seguía mintiendo el Hombre Rata?, se preguntó. Pero se encogió de
hombros, como si aquella noticia la hubiera sospechado siempre.
—Bueno, aún no he comenzado a volverme loco.
Hubo un momento —después de todo aquel tiempo cruzando la Quemadura,
de estar con Brenda, rodeado de raros— en que asumió que acabaría
contray endo el virus. Pero se decía para sus adentros que todavía estaba bien.
Seguía cuerdo. Y eso era lo que importaba por ahora.
El Hombre Rata suspiró.
—No lo entiendes. No entiendes qué he venido a decirte.
—¿Por qué iba a creer las palabras que salen de tu boca? ¿Cómo esperas que
lo haga?
Thomas se dio cuenta de que se había levantado, pero no recordaba haberlo
hecho. Su pecho subía y bajaba por la dificultosa respiración. Tenía que
controlarse. La mirada del Hombre Rata era fría; sus ojos, dos negros pozos.
Estuviera o no mintiendo, Thomas sabía que tendría que escucharle si quería
abandonar la habitación blanca. Hizo un esfuerzo por calmar su respiración.
Esperó.
Tras varios segundos en silencio, el visitante continuó:
—Sé que te hemos mentido. A menudo. Te hemos hecho unas cuantas cosas
terribles a ti y a tus amigos. Pero era todo parte de un plan con el que no sólo
estuviste de acuerdo, sino que ayudaste a poner en marcha. Hemos tenido que
llevarlo un poco más lejos de lo que esperábamos al principio, de eso no hay
duda. Sin embargo, todo ha ido según lo que previeron los creadores, lo que tú
previste en su lugar después de que fueran… purgados.
Thomas negó con la cabeza lentamente; sabía que, de alguna manera, había
tenido algo que ver con esa gente, pero el hecho de hacer pasar a alguien por lo
que habían vivido era incomprensible.
—No me has contestado. ¿Cómo puedes esperar que crea lo que dices?
Recordaba más de lo que contaba, por supuesto. Aunque la ventana a su
pasado estaba cubierta de mugre y no revelaba más que borrosos retazos, sabía
que había trabajado con CRUEL. Sabía que también lo había hecho Teresa y que
ambos ayudaron a crear el Laberinto. Había recordado algunas cosas más.
—Porque, Thomas, no tiene sentido mantenerte en la ignorancia —respondió
el Hombre Rata—. Ya no.
De repente se sintió cansado, como si se hubiera quedado sin fuerzas, sin
nada. Se dejó caer al suelo con un fuerte suspiro y negó con la cabeza.
—Ni siquiera sé qué significa eso.
¿Qué sentido tenía mantener una conversación cuando no podía confiar en sus
palabras?
El Hombre Rata siguió hablando, pero su tono cambió; se hizo menos
indiferente y clínico, más profesional:
—Está claro que eres consciente de que existe una enfermedad horrible que
devora las mentes humanas en el mundo entero. Todo lo que hemos hecho hasta
ahora ha sido calculado con un único propósito: analizar los patrones de tu
cerebro y crear un programa a partir de ellos. El objetivo es utilizar ese
programa con el fin de que desarrolle una cura para el Destello. Las vidas
perdidas, el dolor y el sufrimiento… desde el principio sabías lo que estaba en
juego. Todos lo sabíamos. Se hizo para asegurar la supervivencia de la raza
humana. Y estamos muy cerca. Muy, muy cerca.
Los recuerdos habían vuelto a Thomas en varias ocasiones. El Cambio, los
sueños que había tenido desde entonces, imágenes efímeras aquí y allá, como
rápidos relámpagos en su mente. Y en ese instante, al escuchar al hombre de
blanco, tuvo la sensación de hallarse junto a un precipicio con todas las respuestas
a punto de ascender desde las profundidades para que él las viera en su totalidad.
Las ansias por alcanzar esas respuestas eran casi demasiado fuertes para
mantenerlas a raya.
Pero seguía sin fiarse. Sabía que había formado parte de aquello, que ayudó a
diseñar el Laberinto, que había tomado el mando tras la muerte de los creadores
y que el programa continuaba con nuevos reclutas.
—Recuerdo lo suficiente para avergonzarme de mí mismo —admitió—. Pero
pasar por este tipo de abuso es muy distinto a planificarlo. No está bien.
El Hombre Rata se rascó la nariz y se movió en su asiento. Algo en la réplica
de Thomas le había afectado.
—Veremos lo que piensas al final del día, Thomas. Ya lo veremos. Pero deja
que te pregunte: ¿me estás diciendo que no merece la pena perder unas pocas
vidas para salvar la de incontables personas? —el hombre volvió a hablar con
pasión, inclinándose hacia delante—. Es un axioma muy antiguo, pero ¿crees que
el fin justifica los medios? ¿Cuando no queda otra opción?
Thomas se quedó con la vista fija. Era una pregunta que no tenía una buena
respuesta.
Quizás el gesto que hizo el Hombre Rata fuera una sonrisa, pero parecía más
bien una mueca despectiva.
—Pues recuerda que una vez creíste que sí, Thomas —empezó a recoger sus
papeles como si fuera a marcharse, pero no se movió—. Estoy aquí para decirte
que todo está organizado y nuestros datos se hallan casi completos. Estamos en la
cúspide de algo grande. En cuanto tengamos el programa, podrás ir a llorarles a
tus amigos lo injustos que hemos sido.
Thomas deseó interrumpir al hombre con duras palabras, pero se contuvo.
—¿Cómo vais a conseguir el programa del que me hablas a base de
torturarnos? ¿Qué puede tener que ver enviar a la fuerza a un puñado de
adolescentes a lugares terribles, mientras observáis cómo algunos mueren, con
encontrar una cura para una enfermedad?
—Absolutamente todo —suspiró con fuerza—. Chico, pronto lo recordarás y
tengo el presentimiento de que lo vas a lamentar mucho. Entretanto, hay algo que
debes saber; incluso puede que te haga volver en sí.
—¿Y qué es? —Thomas no tenía ni idea de lo que quería decirle el hombre.
El visitante se levantó, se alisó las arrugas de sus pantalones y se colocó bien
la bata. Luego juntó las manos a su espalda.
—El virus del Destello vive en cada parte de tu cuerpo, aunque no tiene
efecto en ti ni lo tendrá nunca. Perteneces a un grupo de personas
extremadamente singulares. Eres inmune al Destello.
Thomas tragó saliva, estupefacto.
—En el exterior, en las calles, a los que sois aasí os llaman « munes» — continuó el Hombre Rata—. Y os odian muchísimo.
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