12-15
Capítulo 12
Brenda sonrió y se acercó a Thomas, luego se tropezó con algo y dio un
traspié. Se aferró a la cama con la mano derecha, pero cayó de tal manera que
la jeringuilla se clavó en el antebrazo del guardia que agarraba la muñeca del
chico. Al instante, presionó la cánula con el pulgar, que soltó un rápido y fuerte
silbido, antes de que el hombre se apartara.
—¿Qué demonios…? —gritó el guardia, pero ya tenía los ojos vidriosos.
Thomas reaccionó al instante. Ahora que se había librado de aquellos puños
de hierro, se incorporó en la cama y balanceó las piernas en arco hacia la
guardia, que había vuelto en sí tras unos segundos de quedarse estupefacta. Un
pie le dio a su lanzagranadas y el otro a su hombro. Soltó un alarido al que lo
siguió un crujido cuando su cabeza golpeó el suelo.
Thomas cogió el lanzagranadas antes de que se alejara de su alcance y
apuntó a la mujer, que se sujetaba la cabeza con las manos. Brenda había
rodeado la cama corriendo para coger el arma del hombre y la apuntaba en
dirección al cuerpo inerte.
Thomas respiraba con dificultad y su pecho subía y bajaba mientras la
adrenalina bombeaba por su cuerpo. No se había sentido tan bien en semanas.
—Sabía que tú…
Antes de que pudiera terminar, Brenda disparó el lanzagranadas.
Un sonido agudo atravesó el aire y aumentó de volumen durante una fracción
de segundo antes de que la pistola descargara y diera un culatazo, que hizo que
Brenda saliera disparada hacia atrás. Salió una de las brillantes granadas, le dio a
la mujer en el pecho y explotó, enviando curvilíneos hilos de luz por todo su
cuerpo. Comenzó a retorcerse sin control.
Thomas se quedó mirando, atónito, lo que le había hecho el lanzagranadas a
una persona y sorprendido de que Brenda lo hubiera disparado sin vacilación. Si
hubiera necesitado más pruebas de que la chica no estaba comprometida con
CRUEL, acababa de comprobarlo. La contempló.
Ella le devolvió la mirada con una leve sonrisa.
—Llevaba mucho tiempo queriendo hacer algo parecido. Menos mal que he
convencido a Janson de que me encargara a mí tu procedimiento —se agachó,
cogió la tarjeta del hombre inconsciente y se la metió en el bolsillo—. Esto nos
permitirá entrar en cualquier sitio.
Thomas tuvo que resistirse a la ganas de darle un abrazo.
—Vamos —dijo—, tenemos que ir a por Newt y Minho. Y luego a por los
demás.
Doblaron un par de esquinas corriendo por los pasillos, con Brenda a la
cabeza. Thomas se acordó de cuando la chica le guio por los túneles subterráneos
de la Quemadura. Le metió prisa, puesto que sabía que había más guardias que
podían aparecer en cualquier momento.
Llegaron a una puerta y Brenda pasó la tarjeta para abrirla. Sonó un breve
silbido y el bloque de metal se deslizó. Thomas irrumpió en la sala con Brenda
pegada a sus talones.
El Hombre Rata estaba sentado en una silla, pero se levantó de un salto y su
expresión enseguida se convirtió en una mueca de horror.
—¿Qué diablos estáis haciendo?
Para entonces, Brenda ya había disparado dos granadas a los guardias, un
hombre y una mujer que cayeron al suelo, convulsionándose en una nube de
humo y rayos diminutos. Newt y Minho se enfrentaron al tercer guardia; Minho
le arrebató el arma.
Thomas apuntó a Janson con el lanzagranadas y puso el dedo en el gatillo.
—Dame tu tarjeta y tírate al suelo, con las manos en la cabeza —ordenó con
voz firme, pese a que el corazón le latía a toda velocidad.
—Esto es una locura —murmuró Janson, aunque le dio la tarjeta. Hablaba
con calma y parecía extremadamente tranquilo a pesar de las circunstancias—.
No tenéis ninguna posibilidad de salir de este complejo. Hay más guardias en
camino.
Thomas sabía que no tenían muchas posibilidades, pero era lo único que les
quedaba.
—Después de lo que hemos pasado, esto no es nada —sonrió al darse cuenta
de que era cierto—. Gracias por el entrenamiento. Bueno, di una palabra más y
experimentarás… ¿Cómo dijiste? ¿« Los cinco peores minutos de tu vida» ?
—¿Cómo puedes…?
Thomas apretó el gatillo. El sonido agudo inundó la habitación, seguido del
lanzamiento de la granada. Le dio al hombre en el pecho y explotó en un brillante
despliegue de electricidad. Gritó al caer al suelo entre espasmos; el humo le salió
del pelo y de la ropa. La sala se llenó de un terrible olor, un hedor que a Thomas
le recordó cuando a Minho le alcanzó un rayo en la Quemadura.
—Eso no puede sentar bien —dijo a sus amigos. Sonaba tan tranquilo a sus
propios oídos que se inquietó. Mientras contemplaba el daño que habían hecho,
casi se sintió avergonzado por no sentirse culpable. Casi.
—Se supone que no le matará —dijo Brenda.
—Qué lástima —respondió Minho, que se levantó después de atar al guardia
ileso con su cinturón—. El mundo estaría mejor sin él.
Thomas volvió su atención al hombre que se retorcía a sus pies.
—Nos vamos y a.
—Brindaré por eso —dijo Newt.
—Me has leído el pensamiento —añadió Minho.
Todos se volvieron hacia Brenda. Ella levantó el lanzagranadas en sus brazos
y asintió. Parecía preparada para luchar.
—Odio a esta gente tanto como vosotros —afirmó—. Estoy de vuestra parte.
Por segunda vez en los últimos días, a Thomas le inundó aquella extraña
sensación de felicidad. Brenda había vuelto. Miró a Janson. El chisporroteo
eléctrico empezaba a apagarse; los ojos del hombre estaban cerrados y
gradualmente dejó de moverse, pero seguía respirando.
—No sé cuánto tiempo dura una explosión de esto —dijo Brenda— y se va a
despertar muy enfadado. Será mejor que nos marchemos de aquí.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Newt.
Thomas no tenía ni idea.
—Lo decidiremos sobre la marcha.
—Jorge es piloto —observó Brenda—. Si conseguimos llegar de algún modo
al hangar, a su iceberg…
Antes de que nadie pudiera responder, unos gritos y pasos sonaron por el
pasillo.
—Ya vienen —dijo Thomas. La realidad de la situación en que se
encontraban volvió a golpearle con fuerza: no iban a poder salir sin más del
edificio. A saber cuántos guardias había.
Minho corrió hacia la puerta y se colocó firme junto a ella.
—Van a tener que pasar todos por aquí.
Los sonidos que provenían del pasillo cada vez eran más fuertes. Los guardias
estaban cerca.
—Newt —dijo Thomas—, ponte al otro lado de la puerta. Brenda y yo
dispararemos al primer par que entre. Vosotros dos, coged al resto por los
laterales y después salid al pasillo. Iremos detrás de vosotros.
Tomaron posiciones.
Capítulo 13
La expresión de Brenda era una extraña mezcla de enfado y entusiasmo.
Thomas se preparó junto a ella, agarrando con firmeza el lanzagranadas que
tenía en las manos. Sabía que se arriesgaba al confiar en la chica: casi todo el
mundo de aquella organización le había engañado; no podía subestimar a
CRUEL. Pero ella era la única razón por la que habían llegado tan lejos. Si iba a
llevarla consigo, no tenía que dudar más.
Llegó el primer guardia, un hombre vestido con la misma ropa negra que
todos los demás, pero que sujetaba con fuerza un tipo de arma distinta, más
pequeña y brillante. Thomas disparó y observó cómo la granada impactaba
contra el pecho del hombre, que salió volando hacia atrás y se retorció y
convulsionó en una maraña de luz.
Dos personas más —un hombre y una mujer— estaban justo detrás de él con
unos lanzagranadas alzados.
Minho actuó antes de que a Thomas le diera tiempo: agarró a la mujer por la
camisa y tiró de ella hacia él; luego la balanceó para lanzarla contra una pared.
Disparó, pero la granada plateada se rompió en el suelo sin causar daños, con una
breve explosión de energía chisporroteante sobre las baldosas.
Brenda disparó al hombre y le dio en las piernas; unos diminutos rayos
irregulares de electricidad le acribillaron el cuerpo y gritó mientras emprendía la
retirada por el pasillo. Su arma cayó al suelo.
Minho había desarmado a la mujer y la estaba obligando a arrodillarse.
Ahora él sostenía un lanzagranadas con el que le apuntaba a la cabeza.
Un cuarto hombre entró por la puerta, pero Newt le quitó de un golpe el arma
y le dio un puñetazo en la cara. El guardia cayó de rodillas y se llevó una mano a
la boca ensangrentada. Después levantó la vista como si fuera a decir algo, pero
Newt retrocedió y le disparó en el pecho. A aquella distancia tan corta, la bala
emitió un sonido terrible al explotar en el hombre. Un espantoso chillido salió de
su garganta cuando cayó al suelo y se retorció en una maraña de pura
electricidad.
—Esa maldita cuchilla escarabajo observa todo lo que hacemos —dijo Newt,
y señaló con la cabeza hacia algo al fondo de la habitación—. Tenemos que salir
de aquí. Van a seguir viniendo.
Thomas se dio la vuelta para ver un robot con forma de lagarto, agazapado,
con una luz roja. Luego se volvió hacia la entrada, que estaba vacía. Miró a la
mujer. La boca del arma que sostenía Minho se hallaba tan sólo a unos
centímetros de su cabeza.
—¿Cuántos sois? —preguntó—. ¿Van a venir más?
Al principio ella no respondió, pero Minho se inclinó hacia delante hasta que
el arma le tocó la mejilla.
—Al menos hay cincuenta de servicio —respondió enseguida.
—¿Y dónde están? —preguntó Minho.
—No lo sé.
—¡No me mientas! —gritó él.
—Nosotros… Está pasando otra cosa. No sé lo que es. Lo juro.
Thomas la miró con detenimiento y vio algo más que miedo en su expresión.
¿Era frustración? Parecía decir la verdad.
—¿Algo más? ¿Cómo qué?
La mujer negó con la cabeza.
—Sólo sé que llamaron a un grupo de los nuestros a una sección diferente, eso
es todo.
—¿Y no tienes ni idea de por qué? —intentó que su voz transmitiese toda la
incertidumbre posible—. Me cuesta creerlo.
—Lo juro.
Minho la cogió por la espalda de la camisa y la puso de pie.
—Pues tomaremos a esta amable señora de rehén. Vamos.
Thomas se colocó delante de él.
—Brenda tiene que guiarnos, ella conoce este lugar. Detrás iremos yo, tú y tu
nueva amiga, y Newt al final.
Brenda corrió a su lado.
—Sigo sin oír a nadie, pero no pueden tardar mucho. Vamos.
Se asomó al pasillo y salió sigilosamente de la habitación.
Thomas se tomó un segundo para secarse las manos sudorosas en los
pantalones, después cogió el lanzagranadas y la siguió. Giró a la derecha. Oyó
que los demás iban detrás de él; un vistazo rápido le mostró que la cautiva de
Minho también iba corriendo y no parecía muy contenta ante la amenaza de un
baño eléctrico a poca distancia.
Llegaron al final del pasillo inicial y giraron a la derecha sin detenerse. Su
nuevo camino era exactamente igual que el anterior, un pasillo beige que se
extendía ante ellos al menos quince metros antes de acabar en unas puertas
dobles. En cierto modo, la escena le hizo evocar el último tramo del Laberinto
justo antes del Precipicio, cuando él, Teresa y Chuck corrieron en busca de la
salida mientras todos los demás luchaban contra los laceradores para
mantenerlos a salvo.
Al acercarse a las puertas, Thomas sacó de su bolsillo la tarjeta del Hombre
Rata. Su rehén le gritó:
—¡Yo no haría eso! Estoy segura de que al otro lado hay veinte armas
esperando freírte.
Pero había cierto tono de desesperación en su voz. ¿Podría ser que CRUEL
fuera demasiado confiado y poco estricto? Tan sólo quedaban veinte o treinta
adolescentes y no debían de tener a más de una persona de seguridad por sujeto,
si es que llegaban.
Ellos tenían que encontrar a Jorge y el iceberg, pero también buscar a todos
los demás. Pensó en Fritanga y Teresa. No iba a abandonarles sólo porque
hubieran decidido recuperar la memoria.
Se detuvo con un derrape ante las puertas y se volvió hacia Minho y Newt.
—Sólo tenemos cuatro lanzagranadas y debemos asumir que posiblemente
hay a más guardias esperándonos al otro lado. ¿Estamos preparados?
Minho se acercó al lector de tarjetas y arrastró con él a la guardia que tenía
sujeta por la camisa.
—Nos vas a abrir esto para que podamos encargarnos de tus colegas.
Quédate ahí y no hagas nada hasta que te avisemos. No me provoques —se dio la
vuelta hacia Thomas—. Empieza a disparar en cuanto las puertas se abran.
Thomas asintió.
—Me agacharé. Minho, apóyate en mi hombro. Brenda a la izquierda y Newt
a la derecha.
Él se puso en cuclillas y colocó el arma justo donde las puertas se
encontraban en el centro. Minho se situó sobre él para hacer lo mismo, mientras
Newt y Brenda se colocaban en sus posiciones.
—Ábrelas a la de tres —ordenó Minho—. Y señora, como intentes algo o
eches a correr, te aseguro que uno de nosotros te atrapará. Thomas, cuenta.
La mujer sacó su tarjeta, pero no dijo nada.
—Uno —comenzó Thomas—. Dos.
Hizo una pausa para coger aire, pero antes de que pudiera gritar el último
número, una alarma atronadora empezó a sonar y las luces se apagaron.
Capítulo 14
Thomas parpadeó rápidamente para intentar adaptarse a la oscuridad. La
alarma sonaba en estridentes oleadas ensordecedoras.
Notó que Minho se levantaba y le oyó arrastrar los pies.
—¡La mujer se ha ido! —gritó su amigo—. ¡No la encuentro!
En cuanto dijo la última palabra, el sonido de la energía cargándose llenó los
huecos entre los aullidos de la alarma, seguido del estallido de una granada al
explotar contra el suelo. Los rayos de electricidad iluminaron la habitación;
Thomas vio una figura imprecisa que se alejaba de ellos corriendo por el pasillo
y poco a poco desaparecía en la penumbra.
—Ha sido culpa mía —masculló Minho, aunque apenas se le oyó.
—Volved a vuestras posiciones —dijo Thomas, temeroso de lo que aquella
alarma significaba—. Palpad las puertas para encontrar por dónde se abren. Yo
usaré la tarjeta del Hombre Rata. ¡Preparados!
Palpó la pared hasta que encontró el sitio que buscaba y después pasó la
tarjeta; se oy ó un chasquido y una de las puertas empezó a moverse hacia
dentro.
—¡Empezad a disparar! —gritó Minho.
Newt, Brenda y Minho comenzaron a tirar granadas por la entrada hacia la
oscuridad. Thomas tomó posición y les imitó: disparó una ráfaga de electricidad
danzante que ahora chisporroteaba al otro lado de las puertas. Hubo unos
segundos de diferencia, pero pronto crearon una muestra cegadora de luz y
explosiones. Allí no había rastro de gente; nadie les devolvió los disparos.
Thomas dejó caer el arma a un lado.
—¡Basta! —gritó—. ¡No malgastéis más munición!
Minho soltó una granada más, pero después todos esperaron a que la energía
se apagara para entrar a salvo en la habitación.
Thomas se volvió hacia Brenda y habló más alto para que le oyera pese al
ruido:
—No nos acordamos de muchas cosas. ¿Podrías decirnos algo que nos
ayude? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Por qué se ha disparado la alarma?
La chica negó con la cabeza.
—Para serte sincera…, algo me huele mal.
—¡Me apuesto lo que sea a que esta es otra de sus pruebas! —gritó Newt—.
Todo esto tenía que pasar y nos están analizando otra vez.
Thomas apenas podía oír sus pensamientos y Newt no era de ayuda. Alzó su
lanzagranadas y entró en la habitación. Quería estar en un lugar más seguro antes
de que la luz de las explosiones desapareciera totalmente. Por sus escasos
recuerdos, sabía que se había criado en aquel sitio y deseó acordarse de su
distribución. De nuevo se percató de lo importante que era Brenda para su
libertad. Jorge también, si quería sacarlos a todos de allí volando.
La alarma paró.
—¿Y ahora…? —empezó a decir Thomas demasiado alto; bajó la voz—. ¿Y
ahora qué?
—Probablemente se hay an hartado de que les sangren los oídos por el ruido
—respondió Minho—. Que la hayan apagado no quiere decir nada.
El resplandor de los ray os eléctricos había desaparecido, pero la habitación
de aquel lado de la puerta tenía encendidas las luces de emergencia, que lo teñían
todo de rojo. Se hallaban en una gran recepción con sillas, sillones y un par de
escritorios, pero no había nadie a la vista.
—Nunca he visto a nadie en estas salas de espera —dijo Thomas, al resultarle
familiar de repente aquel espacio—. Este sitio está vacío y es espeluznante.
—Estoy segura de que hace mucho tiempo que y a no permiten visitas —
respondió Brenda.
—¿Y ahora qué hacemos, Tommy? —preguntó Newt—. No podemos tirarnos
aquí todo el día.
Thomas se quedó pensando un segundo. Tenían que encontrar a sus amigos,
pero asegurarse de que contaban con un modo de escapar era su prioridad.
—Vale —dijo—. Brenda, nos hace mucha falta tu ayuda. Tenemos que llegar
al hangar y encontrar a Jorge para que prepare un iceberg. Newt y Minho,
podéis quedaros con él como refuerzo, mientras Brenda y y o vamos a buscar a
nuestros amigos. Brenda, ¿sabes dónde almacenan las armas?
—El depósito de armas está de camino al hangar —contestó ella—. Pero
seguramente esté vigilado.
—Por peores cosas hemos pasado —comentó Minho—. Empezaremos a
disparar hasta que se retiren o nos retiremos.
—Nos los cargaremos a todos —añadió Newt, casi con un gruñido—. Hasta el
último de esos indeseables.
Brenda señaló uno de los pasillos que salían de la recepción.
—Es por ahí.
La chica llevó a Thomas y sus amigos por un giro tras otro mientras las
tenues luces rojas de emergencia iluminaban el camino. No se toparon con
ninguna resistencia, aunque de vez en cuando una cuchilla escarabajo pasaba por
allí, emitiendo un ligero ruidito metálico mientras se escabullía. Minho intentó
disparar a una, pero falló y casi chamuscó a Newt, que dio un grito y tuvo ganas
de devolverle el disparo, a juzgar por la expresión de su cara.
Después de quince minutos trotando, llegaron al almacén de armas. Thomas
se detuvo en el pasillo, sorprendido al encontrarse la puerta abierta de par en par.
Por lo que veía, las estanterías del interior parecían llenas.
—Se acabó —dijo Minho—. Sin duda.
Thomas sabía exactamente a qué se refería. Había pasado por demasiadas
cosas para no saberlo.
—Es todo un montaje —masculló.
—Tiene que serlo —aseguró Minho—. De repente desaparece todo el mundo,
se abren las puertas y aquí hay un montón de armas para nosotros. Está claro que
nos vigilan con esas fucas cuchillas escarabajo.
—Huele a chamusquina —convino Brenda.
Al oír su voz, Minho se volvió hacia ella.
—¿Cómo sabemos que Brenda no está metida en esto? —preguntó.
La chica respondió con voz cansada:
—Lo único que puedo decir es que juro que no estoy implicada. No tengo ni
idea de lo que ocurre.
Thomas odiaba admitirlo, pero lo que Newt había insinuado antes —que la
huida no fuera más que un ejercicio organizado— cada vez parecía más
probable. De nuevo los habían reducido a ratones que recorrían una clase distinta
de laberinto. Deseaba de todo corazón que no fuera cierto.
Newt y a había entrado en la sala de las armas.
—Mirad las marcas en el polvo. Es obvio que se han llevado hace poco algo
de material. A lo mejor en esta última hora.
Thomas inspeccionó el área. La sala tenía bastante polvo, el suficiente para
hacerte estornudar si te movías demasiado, pero el lugar al que Newt señalaba
estaba completamente limpio. Tenía razón.
—¿Qué tiene eso de importante? —preguntó Minho detrás de ellos.
Newt se volvió hacia él.
—¿No puedes pensar por ti mismo ni una sola vez, maldito pingajo?
Minho hizo una mueca. Parecía más sorprendido que enfadado.
—¡Eh, Newt! —exclamó Thomas—. La situación es horrible, sí, pero córtate
un poco. ¿Qué te pasa?
—Yo te diré lo que me pasa: vais de duros sin un plan, llevándonos por ahí
como un puñado de gallinas que buscan comida, y Minho no puede dar ni un paso
sin preguntar qué pie debe usar.
Minho se había recuperado lo suficiente para enfadarse.
—Mira, cara fuco, tú eres el que va de genio porque has descubierto que unos
guardias han sacado unas cuantas armas de un almacén de, sí, armas. Creía que
estaba dándote el beneficio de la duda al pensar que podías averiguar algo más
que eso. La próxima vez te daré una palmadita en la espalda por decir lo que es
obvio.
Thomas miró a Newt justo a tiempo de ver que la expresión de su amigo
había cambiado. Parecía afectado, casi al borde de las lágrimas.
—Lo siento —murmuró Newt, luego se dio la vuelta y salió de la habitación.
—¿Qué ha sido eso? —susurró Minho.
Thomas no quería decir lo que estaba pensando: que Newt poco a poco iba
perdiendo la cordura. Y por suerte no tuvo que hacerlo. Brenda habló:
—Chicos, no le habéis entendido.
—¿Qué? —preguntó Minho.
—Tenía que haber dos o tres docenas de pistolas y lanzagranadas en esta
sección y ahora no hay ninguna. Se las han llevado hace muy poco. En esta
última hora, como ha dicho Newt.
—¿Sí? —afirmó Minho, justo cuando Thomas cayó en la cuenta.
Brenda extendió las manos como si la respuesta fuese evidente.
—Los guardias sólo vienen aquí cuando necesitan recambios o quieren usar
algo más que un lanzagranadas. ¿Por qué les iba a hacer falta todo esto al mismo
tiempo? ¿Hoy ? Y los lanzagranadas son tan pesados que no puedes dispararlos si
llevas otra arma. ¿Dónde están, entonces, las que no se han llevado?
Capítulo 15
Minho fue el primero en sugerir una explicación.
—Quizá sabían que pasaría algo así y no querían matarnos. Por lo visto, a
menos que te den en la cabeza, esos lanzagranadas tan sólo te dejan un rato
aturdido. De modo que vinieron a cogerlos para usarlos con las pistolas normales.
Brenda ya estaba negando con la cabeza antes de que terminara de hablar.
—No. Acostumbran a llevar los lanzagranadas todo el tiempo, así que no tiene
sentido que hayan venido todos a la vez para coger uno nuevo. Podéis pensar lo
que queráis de CRUEL, pero su objetivo no es matar el máximo número de
personas posibles. Ni siquiera cuando se cuelan los raros.
—¿Ya han entrado aquí antes los raros? —preguntó Thomas.
Brenda asintió.
—Cuanto más infectados están, cuando más cerca se encuentran del Ido, más
crece su desesperación. Dudo mucho que los guardias…
Minho la interrumpió:
—Quizás eso fue lo que sucedió. La alarma puede que se haya disparado
porque han entrado unos raros, que se han llevado las armas que había aquí para
dejar aturdida a la gente y luego comerse sus fucos cuerpos. ¡A lo mejor hemos
visto pocos guardias porque el resto están muertos!
Thomas había visto a raros que habían traspasado el Ido, raros que habían
vivido con el Destello durante tanto tiempo que les había corroído el cerebro
hasta dejarlos totalmente locos. Casi como animales con forma humana.
Brenda suspiró.
—Odio tener que decirlo, pero creo que tienes razón —se quedó pensando un
momento—. En serio. Eso lo explicaría: alguien ha venido aquí y se ha llevado un
puñado de armas.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Thomas.
—En tal caso, nuestros problemas son mucho peores de lo que pensaba.
—Me alegro de ver que el chico que no es inmune al Destello no es el único
al que le funciona el cerebro.
Thomas se volvió hacia Newt, que estaba junto a la puerta.
—La próxima vez explícate mejor en vez de actuar como un insolente —dijo
Minho con una voz carente de compasión—. No creía que se te fuera tan rápido,
pero me alegro de que hayas vuelto. Puede que necesitemos a un raro que
olisquee a los otros raros, si es que han entrado aquí.
Thomas se estremeció ante aquel comentario hiriente y miró a Newt para
ver cómo reaccionaba. A juzgar por su expresión, este no estaba contento.
—Nunca has sabido cuándo cerrar el pico, ¿verdad, Minho? Siempre tienes
que decir la última maldita palabra.
—Cállate de una fuca vez —respondió él. Su voz sonó tan calmada que
Thomas habría jurado que Minho también había perdido la cabeza. La tensión en
la habitación era palpable.
Newt se acercó despacio a Minho y se detuvo ante él. Después, tan rápido
como una serpiente cuando ataca, le dio un puñetazo en la cara. Minho se
tambaleó hacia atrás y cay ó en un estante vacío de armas. Entonces se abalanzó
sobre Newt para tirarlo al suelo.
Todo pasó tan rápido que Thomas no podía creérselo. Corrió hacia ellos y tiró
de la camiseta de Minho.
—¡Basta! —gritó, pero los dos clarianos continuaron dándose golpes y no se
veían más que brazos y piernas por todos sitios.
Brenda se acercó para ayudar y al final entre ambos consiguieron levantar a
Minho, cuyos puños seguían agitándose con violencia. Con un codo le dio sin
querer en la barbilla a Thomas, que sintió que una oleada de ira le recorría el
cuerpo.
—¡Mira que podéis ser estúpidos! —gritó Thomas, sujetando los brazos de
Minho a su espalda—. Estamos huyendo de al menos un enemigo, tal vez dos, ¿y
vosotros os ponéis a pelearos?
—¡Ha empezado él! —replicó Minho, salpicando con saliva a Brenda.
Ella se secó la cara.
—¿Tienes ocho años o qué? —espetó.
Minho no respondió. Se esforzó por soltarse unos segundos más antes de
rendirse. Thomas estaba harto. No sabía qué era peor, que Newt pareciera estar
y a volviéndose loco o que Minho, el que debería estar controlándose, actuara
como un gilipullo.
Newt se puso de pie y tocó con cuidado el punto rojo en la mejilla donde
Minho debía de haberle golpeado.
—Es culpa mía. Todo me cabrea. Tíos, pensad vosotros qué hacemos, y o
necesito un puñetero respiro.
Y al decir eso, se dio la vuelta y volvió a salir de la habitación.
Thomas resopló por la frustración, soltó a Minho y se colocó bien la camiseta.
No había tiempo para entretenerse con discusiones sin importancia. Si querían
salir de allí, tenían que serenarse y trabajar en equipo.
—Minho, ve a buscar unos cuantos lanzagranadas más y coge un par de
pistolas de esa estantería de ahí. Brenda, ¿puedes llenar una caja con la máxima
munición posible? Yo iré a por Newt.
—Me parece bien —contestó la chica, que ya observaba en derredor.
Minho no dijo ni una palabra, tan sólo comenzó a buscar por los estantes.
Thomas salió al pasillo; Newt se había sentado en el suelo a unos seis metros
y estaba apoy ado con la espalda en la pared.
—No digas ni una maldita palabra —rezongó cuando su amigo se le acercó.
« Empezamos bien» , pensó Thomas—. Escucha, algo extraño está pasando. O
CRUEL nos está poniendo a prueba o unos raros han entrado a este sitio para
matar a todo con lo que se crucen. Sea lo que sea, tenemos que encontrar a
nuestros amigos y salir de aquí.
—Ya —fue cuanto respondió.
—Pues levántate y vuelve a entrar ahí para ayudarnos. Tú eras el que estaba
frustrado, el que actuaba como si no tuviera tiempo de entretenerse. ¿Y ahora
quieres sentarte aquí en el pasillo y ponerte de morros?
—Ya.
La misma respuesta.
Thomas no había visto nunca a Newt así; parecía totalmente descorazonado.
Ante aquella reacción, una oleada de desesperanza le azotó.
—Todos nos estamos volviendo un poco loc… —Se calló, no podía haber
dicho nada peor—. Quiero decir…
—Cierra el pico —dijo Newt—. Sé que algo ha empezado a ocurrirle a mi
cerebro, no me encuentro bien. Pero descuida: si me das un segundo, me
recuperaré. Os sacaremos de aquí y luego ya veré.
—¿A qué te refieres con « os sacaremos» de aquí?
—Bueno, saldremos de aquí, como quieras. Tan sólo dame un maldito minuto.
Era como si hiciese eones desde su vida en el Claro. Allí Newt siempre estaba
tranquilo, sereno; y ahora se venía abajo. Daba la impresión de referirse a que
no importaba si él escapaba o no mientras que el resto sí lo consiguiera.
—Muy bien —respondió Thomas. Se dio cuenta de que lo único que podía
hacer era tratar a Newt como lo había hecho siempre—. Ya sabes que no
podemos perder más tiempo. Brenda está cogiendo la munición; tendrás que
ayudarla a cargar con ella hasta el hangar del iceberg.
—Vale —Newt se levantó enseguida—, pero antes tengo que ir a por una
cosa. No tardaré mucho —empezó a alejarse, de vuelta a la recepción.
—¡Newt! —gritó Thomas, preguntándose qué demonios tramaba su amigo—.
No seas tonto, tenemos que irnos. Y no debemos separarnos.
Pero Newt siguió caminando; ni siquiera se dio la vuelta para mirarle.
—¡Tú vete a por las cosas! No tardaré más que un par de minutos.
Thomas negó con la cabeza. No había nada que pudiera hacer o decir para
recuperar al muchacho razonable que conocía. Giro sobre sus talones y se dirigió
al almacén de armas.
Thomas, Minho y Brenda reunieron todo lo que podían llevar entre los tres.
Thomas tenía un lanzagranadas atado a cada hombro además del que sujetaba en
las manos. Se metió dos pistolas cargadas en los bolsillos delanteros y varios
cargadores en los traseros. Minho había hecho lo mismo y Brenda llevaba una
caja de cartón llena de granadas azuladas y más balas, con su lanzagranadas
apoy ado encima.
—Parece que pesa —dijo Thomas, señalando la caja—. ¿Quieres que…?
Brenda le interrumpió:
—Puedo arreglármelas hasta que Newt vuelva.
—A saber lo que trama —intervino Minho—. Nunca había actuado así. El
Destello se le está comiendo ya el cerebro.
—Ha dicho que volvería pronto —Thomas estaba harto de la actitud de
Minho. Tan sólo empeoraba las cosas—. Y ten cuidado con lo que dices delante
de él: lo último que necesitamos es que vuelvas a picarle.
—¿Recuerdas lo que te dije en el camión, en la ciudad? —le preguntó Brenda
a Thomas.
El repentino cambio de tema le sorprendió, y el hecho de que sacara a
colación la Quemadura le sorprendió aún más, puesto que le recordaba que le
había mentido.
—¿Qué? —inquirió—. ¿Me estás diciendo que algo de lo que dijiste era
verdad?
Aquella noche se sintió muy cerca de ella. Se dio cuenta de que esperaba que
la chica contestara afirmativamente.
—Siento haberte mentido sobre por qué estaba allí, Thomas. Y cuando te dije
que sentía que el Destello afectaba mi mente. Pero el resto era cierto, lo juro —
hizo una pausa y le miró con ojos suplicantes—. Bueno, hablamos de cómo los
niveles superiores de actividad cerebral aceleraban el ritmo de la destrucción. Se
llama la destrucción cognitiva. Por eso la droga, el Éxtasis, es tan popular entre la
gente que puede permitírselo. El Éxtasis ralentiza la actividad cerebral y tardas
más en volverte loco de remate. Pero es muy caro.
La idea de personas que no fueran parte de un experimento o vivieran en
edificios abandonados, como había visto en la Quemadura, le parecía irreal.
—¿La gente sigue funcionando cuando está drogada? ¿Vive su vida, trabaja o
lo que sea?
—La gente hace lo que tiene que hacer, pero está mucho más… relajada.
Imagínate que eres un bombero: podrías estar rescatando a treinta niños de un
incendio, pero no te pondrías nervioso si por el camino se te cay eran unos
cuantos a las llamas.
El simple hecho de pensar en un mundo así aterrorizaba a Thomas.
—Es… enfermizo.
—Tendría que ponerme un poco de eso —masculló Minho.
—No entiendes lo que quiero decir —dijo Brenda—. Piensa el infierno por el
que debe de estar pasando Newt, con todas las decisiones que debe tomar. No me
extraña que el Destello actúe rápido. Se le ha estimulado demasiado, mucho más
que a una persona media en su día a día.
Thomas suspiró, y aquella tristeza que había sentido antes volvió a apoderarse
de él.
—Bueno, no podemos hacer nada hasta que lleguemos a un lugar más seguro.
—¿Hacer qué?
Se volvió para ver a Newt de nuevo en la puerta. Después cerró los ojos un
momento y se calmó.
—Nada, no importa… ¿Adónde has ido?
—Tengo que hablar contigo, Tommy. Sólo contigo. Tan sólo será un segundo.
« ¿Y ahora qué?» , se preguntó Thomas.
—¿De qué va toda esta mierda? —soltó Minho.
—Relájate un poco. Tengo que darle una cosa a Tommy; a Tommy y a nadie
más.
—Haz lo que quieras, venga —Minho se colocó bien las correas de los
lanzagranadas en sus hombros—. Pero tenemos que darnos prisa.
Thomas salió al pasillo con Newt, muerto de miedo por lo que su amigo
pudiera decir o lo loco que pudiera sonar. Los segundos pasaban.
Se alejaron unos pasos de la puerta antes de que Newt se detuviese y se
girase para mirarle. Luego sacó un pequeño sobre cerrado.
—Métete esto en el bolsillo.
—¿Qué es? —lo cogió y le dio la vuelta. Estaba en blanco por fuera.
—Tú sólo guárdatelo en el bolsillo, maldita sea.
Thomas obedeció, confundido pero curioso.
—Ahora mírame a los ojos —ordenó Newt, y chascó los dedos.
A Thomas le dio un vuelco el corazón ante la angustia que percibió allí.
—¿Qué pasa?
—No hace falta que lo sepas ahora; no puedes saberlo. Pero tienes que
hacerme una promesa. No es ninguna tontería.
—¿Qué?
—Tienes que jurarme que no leerás lo que hay dentro de ese maldito sobre
hasta que llegue el momento adecuado.
Thomas no podía esperar a leerlo y empezó a sacarse el sobre del bolsillo,
pero Newt le agarró el brazo para detenerle.
—¿Cuando llegue el momento adecuado? —preguntó—. ¿Cómo…?
—¡Lo sabrás, maldita sea! —respondió Newt antes de que terminara la
pregunta—. Ahora, júramelo. ¡Júralo! —su cuerpo parecía temblar a cada
palabra.
—¡Muy bien! —Thomas estaba más que preocupado por su amigo a aquellas
alturas—. Juro que no lo leeré hasta que llegue el momento adecuado. Pero ¿por
qué…?
—Vale —le interrumpió Newt—. Si rompes tu promesa, nunca te lo
perdonaré.
Thomas quería sacudir a su amigo, golpear la pared por la frustración. Pero
no lo hizo. Se quedó quieto mientras Newt se alejaba de él y volvía al depósito de
armas
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