16-18
Capítulo 16
Thomas tenía que confiar en Newt, tenía que hacerlo por su amigo, pero la
curiosidad le corroía. Aunque sabía que no tenía tiempo que perder. Debían sacar
a todos del edificio de CRUEL. Podría seguir hablando con Newt en el iceberg, si
es que llegaban al hangar y convencían a Jorge para que les ayudara.
Newt salió del depósito de armas con una caja de munición en las manos,
seguido de Minho y Brenda, que llevaban un par más de lanzagranadas y unas
pistolas metidas en los bolsillos.
—Vamos a buscar a nuestros amigos —dijo Thomas.
Luego volvió por donde habían llegado y los otros caminaron en fila detrás de
él.
Buscaron durante una hora, pero sus amigos parecían haber desaparecido. El
Hombre Rata y los guardias que habían dejado atrás estaban, y la cafetería y los
dormitorios, lavabos y salas de reuniones se hallaban vacíos. No se veía a
ninguna persona ni a ningún raro. A Thomas le aterraba la posibilidad de que algo
horrible hubiera pasado y todavía tuvieran que encontrarse con las secuelas.
Al final, después de haber buscado por todos los rincones, se le ocurrió algo.
—¿Os dejaban moveros con libertad mientras yo estaba encerrado en la
habitación blanca? —preguntó—. ¿Estáis seguros de que no estamos pasando por
alto ningún sitio?
—No que y o sepa —respondió Minho—. Pero no me sorprendería que
hubiera habitaciones ocultas.
Thomas estuvo de acuerdo, pero pensó que no podían permitirse pasar más
tiempo buscando. Su única opción era seguir adelante. Asintió.
—Vale. Vayamos en zigzag al hangar y seguiremos buscándoles por el
camino.
Llevaban andando bastante rato cuando Minho se paró y señaló su oreja.
Costaba apreciarlo porque el pasillo estaba sólo iluminado por las luces rojas de
emergencia.
Thomas se detuvo con los demás e intentó calmar su respiración y escuchar.
Enseguida lo oyó. Sonaba como un gemido, y él se estremeció. Provenía de unos
metros más adelante, a través de una extraña ventana en el pasillo que daba a
una habitación amplia. Desde su sitio, la habitación parecía totalmente a oscuras.
Habían roto desde dentro el cristal de la ventana y los fragmentos cubrían las
baldosas que había debajo.
El gemido sonó de nuevo.
Minho se llevó el índice a los labios y, con cuidado, dejó los dos lanzagranadas
que llevaba de más. Thomas y Brenda hicieron lo mismo mientras Newt dejaba
la caja de munición en el suelo. Los cuatro cogieron sus armas, con Minho a la
cabeza, y avanzaron sigilosamente hacia el ruido. Sonaba como un hombre que
intentara despertarse de una horrible pesadilla. La desazón de Thomas
aumentaba a cada paso; tenía miedo de lo que estaba a punto de descubrir.
Minho se paró, con la espalda apoyada en la pared, justo en el borde del
marco de la ventana. La puerta de la habitación estaba en el lado opuesto de la
ventana, cerrada.
—¿Preparados? —susurró—. Ya.
Giró sobre sus talones y apuntó con el lanzagranadas al interior de la oscura
habitación justo cuando Thomas se colocó a su izquierda y Brenda a su derecha,
con las armas preparadas. Newt permaneció guardándoles las espaldas.
El dedo de Thomas se mantuvo inmóvil sobre el gatillo, listo para apretarlo en
el instante que fuera necesario, pero en el interior no se produjo ningún
movimiento. Trató de descifrar lo que ocurría en la habitación. La luz roja de
emergencia no revelaba mucho, pero el suelo parecía hallarse repleto de
montones oscuros. O de algo que se movía lentamente. Poco a poco, su vista se
acostumbró a la penumbra y comenzó a distinguir las formas de los cuerpos
vestidos de negro. Y alcanzó a ver unas cuerdas.
—¡Son los guardias! —exclamó Brenda, y su voz cortó el silencio.
Unos gritos ahogados escaparon de la habitación y por fin Thomas vio varios
rostros. Amordazados y con los ojos abiertos, presos del pánico, los guardias
estaban atados y tumbados completamente en el suelo, unos al lado de otros, a lo
largo de toda la habitación. Algunos estaban quietos, pero la mayoría forcejeaba
como podía. Thomas se quedó mirando fijamente mientras su cerebro buscaba
una explicación.
—Así que aquí era donde estaban —musitó Minho.
Newt se asomó para echar un vistazo.
—Al menos no están colgando del maldito techo con la lengua fuera, como la
última vez.
Thomas no podía estar más de acuerdo. Recordaba aquella escena
demasiado vívidamente, hubiera sido real o no.
—Tenemos que interrogarles para ver qué ha pasado —dijo Brenda,
avanzando ya hacia la puerta.
Thomas la agarró antes de que le diera tiempo a pensar.
—No.
—¿Qué quieres decir con no? ¿Por qué no? ¡Nos lo pueden contar todo!
Retorció el brazo y se soltó, pero esperó a ver qué tenía que decir.
—Puede que sea una trampa o que el que haya hecho esto esté a punto de
volver. Tenemos que salir de aquí.
—Sí —afirmó Minho—, no hay discusión que valga. No me importa si se
trata de raros, rebeldes o gorilas corriendo por aquí. Estos fucos guardias no son
asunto nuestro ahora mismo.
Brenda se encogió de hombros.
—Muy bien. Tan sólo creía que podríamos sacar algo de información —hizo
una pausa y señaló—. El hangar está por ahí.
Después de recoger la munición y las armas, corrieron pasillo tras pasillo,
pendientes en todo momento de dar con quienquiera que hubiese maniatado a los
guardias. Finalmente Brenda se detuvo ante otras puertas dobles. Una de ellas
estaba entreabierta y dejaba pasar una brisa que hizo que se estremeciera.
Sin necesidad de que les dijesen nada, Minho y Newt se colocaron a ambos
lados de la puerta, con los lanzagranadas preparados. Brenda cogió el pomo,
apuntando con la pistola hacia el interior. No se oía nada al otro lado.
Thomas sujetó bien fuerte su lanzagranadas, con el extremo de atrás apoyado
en su hombro y la boca hacia delante.
—Abre —dijo con el corazón latiéndole a toda velocidad. Brenda abrió la
puerta de par en par y él se abalanzó al interior. Apuntó con el lanzagranadas a
izquierda y derecha, girando en círculo mientras avanzaba.
El enorme hangar parecía haber sido construido para contener tres icebergs
gigantescos, pero tan sólo había dos en su zona de carga. Tenían el aspecto de
unas descomunales ranas en cuclillas y, a juzgar por sus bordes metálicos,
desgastados y con quemaduras, se diría que hubieran transportado soldados hasta
cientos de encarnizadas batallas. A excepción de unos cuantos cajones de carga y
lo que parecía el puesto de los mecánicos, el resto de la zona era un espacio
abierto.
Thomas siguió adelante para inspeccionar el hangar al tiempo que los otros
tres caminaban a su alrededor. No se movía nada.
—¡Eh! —gritó Minho—. Por aquí. Hay alguien en…
No terminó la frase, pero se había parado cerca de un cajón y su arma
apuntaba a algo de detrás.
Thomas fue el primero en colocarse junto a Minho y se sorprendió al ver a
un hombre tumbado, oculto al otro lado de la caja de madera, que se quejaba
mientras se frotaba la cabeza. No tenía sangre en sus cabellos oscuros, pero, a
juzgar por cómo le costaba incorporarse, lo más probable era que hubiese
recibido un buen golpe.
—Cuidado, amigo —advirtió Minho—. Tranquilo, no hagas ningún
movimiento brusco u olerás a beicon quemado antes de que te des cuenta.
El hombre se apoy ó sobre un codo y, cuando se quitó la mano de la cara,
Brenda dejó escapar un gritito y echó a correr hacia él para darle un abrazo.
Era Jorge. Thomas sintió un gran alivio. Habían encontrado a su piloto y
estaba bien, aunque un poco machacado. Brenda no parecía verlo de ese modo;
examinó a Jorge para comprobar si tenía heridas mientras no dejaba de hacerle
preguntas:
—¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo te has hecho daño? ¿Quién se ha llevado el
iceberg? ¿Dónde está todo el mundo?
Jorge volvió a quejarse y la apartó con cuidado.
—Para el carro, hermana. Tengo la cabeza como si me hubieran arrollado
unos raros bailando. Dame un segundo mientras me recupero.
Brenda le dejó un poco de espacio y, ruborizada por los nervios y con aire
preocupado, se sentó. Thomas también tenía un millón de preguntas que hacerle,
pero sabía de sobra cómo se sentía uno tras recibir un golpe en la cabeza.
Observó a Jorge mientras se orientaba y recordó el miedo que sintió al conocer a
aquel chico, lo mucho que le aterrorizó. Nunca podría borrar de su mente las
imágenes de Jorge peleando con Minho dentro de aquel edificio en ruinas en la
Quemadura. Pero al final, como Brenda, Jorge se había dado cuenta de que él y
los clarianos estaban en su mismo bando.
Jorge cerró los ojos con fuerza y los abrió unas cuantas veces más antes de
comenzar a hablar:
—No sé cómo lo hicieron, pero se apoderaron del complejo, se deshicieron
de los guardias, robaron el iceberg y se marcharon volando de aquí con otro
piloto. Fui un idiota e intenté retenerlos hasta averiguar lo que sucedía, y mi
cabeza ha pagado por ello.
—¿Quién? —preguntó Brenda—. ¿De quién estás hablando? ¿Quién se ha
marchado?
Por alguna razón, Jorge miró a Thomas cuando respondió.
—Esa tía, Teresa. Ella y el resto de los sujetos. Bueno, todos menos vosotros,
muchachos.
Capítulo 17
Thomas se tambaleó uno o dos pasos a la izquierda y se aferró al pesado
cajón. Durante todo ese tiempo, había pensado que quizá los raros habían atacado
o que otro grupo se había infiltrado en CRUEL para llevarse a Teresa y los
demás. Para rescatarlos, incluso.
Pero ¿Teresa había liderado una huida? ¿Habían conseguido escapar, someter
a los guardias y salir volando en iceberg? ¿Sin ellos? Había muchos elementos en
aquel escenario y ninguno encajaba.
—¡Cerrad el pico! —gritó Jorge por encima del barullo de preguntas que le
hacían Minho y Newt, y Thomas volvió al presente—. Me estáis haciendo trizas
la cabeza. Dejad de hablar… un minuto… y que alguien me ayude a
levantarme.
Newt le agarró de la mano para ponerle de pie.
—Será mejor que empieces a contar lo que ha pasado, maldita sea. Desde el
principio.
—Y date prisa —añadió Minho.
Jorge apoyó la espalda en la caja de madera y se cruzó de brazos; hacía
muecas doloridas por cualquier movimiento.
—Mira, hermano, ya te he dicho que no sé mucho. Lo que he contado es lo
que ha pasado. Mi cabeza está…
—Sí, lo pillamos —le interrumpió Minho—. Te duele la cabeza. Cuéntanos lo
que sepas e iré a buscarte una fuca aspirina.
Jorge soltó una risita.
—Valientes palabras, chico. Si no recuerdo mal, tú eres el que tuvo que pedir
perdón y suplicar por su vida en la Quemadura.
Minho frunció el ceño y se sonrojó.
—Bueno, es fácil hacerse el duro cuando tienes para protegerte a un puñado
de lunáticos con cuchillos. Ahora la situación es un poco distinta.
—¡Parad ya! —les ordenó Brenda—. Todos estamos en el mismo bando.
—Pues sigue —dijo Newt—. Habla para saber de una puñetera vez lo que
tenemos que hacer.
Thomas continuaba sorprendido. Estaba escuchando a Jorge, Newt y Minho,
pero era como si lo viera en una pantalla, como si no ocurriera delante de él.
Pensaba que Teresa no podía serle más indescifrable de lo que y a era. Y ahora
aquello.
—Mira —dijo Jorge—, paso la mayoría del tiempo en este hangar, ¿vale?
Empecé a oír gritos de todo tipo y advertencias, y luego las luces de alarma
silenciosa comenzaron a parpadear. Salí para investigar y entonces fue cuando
por poco me cortan la cabeza.
—Al menos así no te dolería —masculló Minho.
Jorge no oyó el comentario o lo ignoró.
—Luego las luces se apagaron y vine a toda prisa a buscar mi pistola. Lo
siguiente que recuerdo es que Teresa y un puñado de sus amigas gamberras
llegaron corriendo como si el mundo estuviera a punto de acabarse y se llevaron
a Tommy para que pilotara el iceberg. Dejé caer mi pésima pistola cuando siete
u ocho lanzagranadas me apuntaron al pecho; después les supliqué que esperaran,
que me explicaran qué pasaba, pero una rubia me golpeó la frente con la culata
de su pistola. Me desmay é y al despertarme vi vuestras caras feas mirándome y
que el iceberg ya no estaba. Eso es todo lo que sé.
Thomas asimiló la información, pero se dio cuenta de que no importaban los
detalles. Tan sólo destacaba una cosa de todo aquel asunto y no sólo le confundía,
sino que le dolía afrontarlo.
—Han pasado de nosotros —murmuró—. No me lo puedo creer.
—¿Eh? —preguntó Minho.
—Habla más alto, Tommy —añadió Newt.
Thomas intercambio una larga mirada con ambos.
—Nos han dejado aquí. Al menos, nosotros volvimos a buscarlas. Nos han
dejado aquí para que CRUEL haga lo que quiera con nosotros.
No respondieron, pero sus ojos revelaron que estaban pensando lo mismo.
—Quizá sí os buscaron —comentó Brenda— y no pudieron encontraros. O tal
vez el tiroteo se complicó y tuvieron que marcharse.
Minho se rio al oír eso.
—¡Todos los guardias están atados en esa habitación de ahí atrás! Tuvieron
muchísimo tiempo para ir a buscarnos. Ni de coña. Han pasado de nosotros.
—Fue a propósito —dijo Newt en voz baja.
A Thomas no le encajaba nada.
—Algo va mal. Teresa ha estado actuando últimamente como la fan número
uno de CRUEL. ¿Por qué iba a escapar? Tiene que ser alguna especie de truco.
Vamos, Brenda, me dijiste que no confiara en ellos. Tienes que saber algo.
Habla.
Brenda negó con la cabeza.
—No sé nada de esto. Pero ¿por qué cuesta tanto creer que los otros sujetos
hayan tenido la misma idea que nosotros? ¿Que quisieran escapar? Tan sólo lo
hicieron mejor.
Minho hizo un sonido parecido al de un lobo gruñendo.
—Yo ahora mismo no me dedicaría a insultarnos. Y como vuelvas a usar la
palabra « sujetos» , te daré una piña sin importarme que seas una chica.
—Inténtalo —le advirtió Jorge—. Si la pegas, será lo último que hagas en tu
vida.
—¿Podemos dejar un rato los juegos de macho? —Brenda puso los ojos en
blanco—. Tenemos que averiguar lo que vamos a hacer ahora.
Thomas no podía quitarse de la cabeza lo mucho que le fastidiaba que Teresa
y los demás —¡hasta Fritanga!— se hubieran marchado sin ellos. Si su grupo
hubiera atado a todos los guardias, ¿no habrían buscado hasta encontrar a sus
otros amigos? ¿Y por qué Teresa quería marcharse? ¿Sus recuerdos habían
despertado algo que no se esperaba?
—No tenemos que averiguar nada —dijo Newt—. Salgamos de aquí y punto
—señaló al iceberg.
Thomas no pudo estar más de acuerdo y se giró hacia Jorge.
—Tú eres piloto, ¿no? —le preguntó.
Este sonrió con suficiencia.
—Eso mismo, muchacho. Uno de los mejores.
—Entonces, ¿por qué te enviaron a la Quemadura? ¿No eras tan valioso?
Jorge miró a Brenda.
—Donde va Brenda, allí estoy yo. Y odio decirlo, pero ir a la Quemadura me
pareció mejor que quedarme aquí. Me lo tomé como unas vacaciones, aunque
resultó ser un poco más duro de lo que yo…
Comenzó a resonar una alarma, el mismo estruendo que antes. A Thomas le
dio un vuelco el corazón. El ruido parecía más fuerte en el hangar que en el
pasillo y retumbaba por las paredes y el techo.
Brenda miró con los ojos como platos a las puertas por las que habían
entrado. Thomas se volvió para ver lo que había llamado su atención.
Al menos una docena de guardias vestidos de negro entraban por la abertura
con las armas levantadas. Entonces empezaron a disparar.
Capítulo 18
Alguien agarró a Thomas por la espalda de su camiseta y tiró fuerte de él
hacia la izquierda; tropezó y cayó detrás de una caja de carga justo cuando el
sonido de un cristal haciéndose añicos y el chisporroteo de la electricidad
inundaron el hangar. Varios arcos de luz amenazaron el cajón por encima y en
derredor, chamuscando el aire. No habían ni pestañeado cuando unos disparos
alcanzaron la madera.
—¿Quién los ha soltado? —gritó Minho.
—¡Creo que eso no importa ahora mismo! —respondió Newt.
El grupo se agachó todo lo que pudo, con los cuerpos bien pegados unos a
otros. Parecía imposible defenderse desde aquella posición.
—Nos tendrán rodeados en cualquier momento —dijo Jorge—. ¡Hay que
empezar a devolverles los disparos!
A pesar del violento ataque que se producía a su alrededor, aquella
declaración sobresaltó a Thomas.
—Supongo que eso significa que estás con nosotros, ¿no?
El piloto miró a Brenda y se encogió de hombros.
—Si ella os ayuda, yo también. Y por si no te has dado cuenta, ¡están
intentando matarme!
Una oleada de alivio superó el terror que sentía Thomas. Ahora tan sólo
tenían que conseguir subir a uno de esos icebergs.
El ataque había cesado momentáneamente. Thomas oyó unos pies que se
arrastraban y alguien que gritaba unas órdenes. Si querían aprovecharse, tenían
que actuar rápido.
—¿Cómo lo hacemos? —le preguntó a Minho—. Ahora estás tú al mando.
Su amigo le miró con acritud, pero asintió secamente.
—Vale, y o dispararé a la derecha y Newt, a la izquierda. Thomas y Brenda,
disparad por encima de la caja. Jorge, buscarás un lugar por el que podamos
llegar a tu fuco iceberg. Dispara a cualquier cosa que se mueva o vaya de negro.
Preparaos.
Thomas se arrodilló de cara a la caja, listo para ponerse de pie a la señal de
Minho. Brenda estaba justo a su lado, con dos pistolas en vez de un lanzagranadas.
Tenía la mirada encendida.
—¿Planeas matar a alguien? —inquirió Thomas.
—No. Apuntaré a las rodillas. Pero nunca se sabe, a lo mejor le doy a alguien
más arriba por accidente.
Le dedicó una sonrisa; a Thomas cada vez le gustaba más.
—¡Vale! —gritó Minho—. ¡Ya!
Se colocaron en sus posiciones. Thomas se levantó, alzando el lanzagranadas
por encima de la caja. Disparó sin arriesgarse a mirar muy bien y, en cuanto
oyó explotar la granada, se puso a buscar un objetivo específico. Un hombre se
estaba acercando a ellos poco a poco desde el otro extremo del hangar, y
Thomas apuntó y disparó. La granada estalló en un ray o cuando alcanzó el pecho
del hombre y le lanzó al suelo con un ataque de espasmos.
El aire estaba repleto de disparos y gritos, además de electricidad estática.
Los guardias caían uno tras otro, agarrándose las heridas, la mayoría en las
piernas, como Brenda había prometido. Otros echaron a correr en busca de
refugio.
—¡Les estamos haciendo correr! —gritó Minho—. Pero no durará mucho. Lo
más seguro es que no supieran que teníamos armas. Jorge, ¿dónde está tu
iceberg?
—Es ese de ahí —Jorge señaló hacia la izquierda, en el otro extremo del
hangar—. Esa es mi niña. No tardaré mucho en prepararla para volar.
Thomas se volvió hacia donde indicaba. La gran escotilla del iceberg, que le
recordaba a cuando el grupo había escapado de la Quemadura, estaba abierta y
apoy ada en el suelo, a la espera de que los pasajeros subieran corriendo la
pendiente de metal. Nada le había parecido nunca tan tentador.
Minho disparó otra granada.
—Vale. Primero que todo el mundo recargue; después, Newt y yo
cubriremos a Thomas, Jorge y Brenda para que salgan corriendo hacia el
iceberg. Jorge, lo pondrás en marcha mientras Thomas y Brenda nos cubren a
nosotros desde el otro lado de la escotilla. ¿Os parece bien?
—¿Los lanzagranadas pueden dañar el iceberg? —preguntó Thomas al tiempo
que todos se cargaban las armas y los bolsillos de munición adicional.
Jorge negó con la cabeza.
—No mucho. Esas bestias son más duras que un camello de la Quemadura. Si
le dan a la nave en vez de a nosotros, mejor. ¡Vamos, muchachos!
—¡Pues venga, venga, venga! —gritó Minho sin avisar.
Él y Newt comenzaron a lanzar granadas como locos por todo el espacio
abierto enfrente del iceberg.
Thomas notó que le subía la adrenalina. Brenda y él se colocaron a izquierda
y derecha de Jorge y se alejaron a toda velocidad de la protección de la caja de
carga. Una oleada de disparos llenó el aire, pero había tanta electricidad y humo
que era imposible apuntar a nadie. Thomas disparó lo mejor que pudo mientras
corría, igual que Brenda. Podía notar las balas pasando por su lado, fallando por
muy poco. Las granadas explotaban en un estrépito de cristales y luz a ambos
lados.
—¡Corred! —gritó Jorge.
Thomas aceleró el ritmo; las piernas le ardían. Unos rayos como dagas
cruzaban el suelo en todas las direcciones, las balas sonaban al chocar contra las
paredes metálicas del hangar, el humo giraba como dedos de niebla en sitios
extraños; todo se hizo borroso cuando se concentró en el iceberg, que ahora tan
sólo estaba a unos pasos de distancia.
Casi lo habían conseguido cuando una granada alcanzó la espalda de Brenda;
la chica dio un grito y cay ó de bruces al suelo de cemento a la vez que la
electricidad se extendía como una telaraña por todo su cuerpo.
Thomas se detuvo tras un derrape y gritó su nombre; luego se echó al suelo
para no ser un blanco fácil. Unos hilos de electricidad serpentearon por el cuerpo
de Brenda y se redujeron a volutas humeantes cuando bajaron al suelo. Thomas
estaba tumbado bocabajo a unos pasos de distancia, esquivando los rayos de
calor blanco mientras buscaba un modo de llegar hasta ella.
Era evidente que Newt y Minho habían visto el desastroso giro de los
acontecimientos y habían anulado el plan, puesto que corrían hacia él sin dejar
de disparar. Jorge consiguió llegar al iceberg y desapareció por la escotilla, pero
enseguida salió y comenzó a disparar una clase distinta de lanzagranadas que
explotaban en llamaradas cuando entraban en contacto con algo. Varios guardias
gritaron al empezar a arder y los demás retrocedieron un poco por la nueva
amenaza.
Inquieto, Thomas esperó en el suelo junto a Brenda, maldiciendo su
incapacidad para ayudar. Sabía que tenía que aguardar a que la electricidad
disminuy era antes de agarrarla y arrastrarla hacia el iceberg, pero no sabía si
quedaba tiempo. Se le había puesto la cara completamente blanca, le goteaba
sangre de la nariz y un hilo de baba le salía de la boca al tiempo que sus
extremidades se sacudían y el torso parecía rebotar en el suelo. Tenía los ojos
abiertos de par en par debido a la impresión y el terror.
Newt y Minho llegaron hasta él y se tiraron al suelo.
—¡No! —gritó Thomas—. Marchaos al iceberg. Refugiaos detrás de la
escotilla, esperad a que empecemos a movernos y luego cubridnos. Disparad
como locos hasta que lleguemos allí.
—¡Ah, venga y a! —replicó Minho, y cogió a Brenda por los hombros. A
Thomas se le cortó la respiración cuando su amigo hizo un gesto de dolor. Varios
ray os irregulares se arqueaban en sus brazos. Pero la energía se había debilitado
considerablemente y Minho pudo llevársela a rastras.
Thomas pasó los brazos por debajo de los hombros de Brenda y Newt la
cogió por las piernas. Volvieron a dirigirse al iceberg. El hangar estaba sumido en
el ruido, el humo y luces intermitentes. Una bala rozó la pierna de Thomas, que
sintió mucho dolor y notó que comenzaba a sangrar. Un centímetro más y podría
haberse quedado cojo de por vida o haberse desangrando hasta morir. Dejó
escapar un grito de furia y se imaginó que todos los de negro eran el que le había
disparado.
Le echó una mirada furtiva a Minho, cuyo rostro sólo denotaba esfuerzo por
arrastrar a Brenda; entonces aprovechó la violenta oleada de adrenalina para
arriesgarse, levantó su lanzagranadas con una mano y disparó a diestro y
siniestro mientras usaba la otra para ay udar a arrastrar a Brenda por el suelo.
Llegaron al pie de la escotilla. De inmediato, Jorge tiró a un lado su arma y se
deslizó por la rampa para coger uno de los brazos de Brenda. Thomas le soltó la
camiseta y dejó que Minho y Jorge la subieran a la nave. Los talones de la chica
golpeaban la moldura de agarre.
Newt volvió a disparar, soltando granadas a izquierda y derecha, hasta que se
quedó sin munición. Thomas disparó una vez más y su lanzagranadas también se
vació.
Los guardias del hangar sabían que se les acababa el tiempo, así que una
horda echó a correr hacia la nave y abrieron fuego otra vez.
—¡Olvídate de recargar! —gritó Thomas—. ¡Vamos!
Newt se dio la vuelta y subió a toda prisa la rampa. Thomas iba justo detrás
de él. Su cabeza había cruzado el umbral cuando algo le golpeó la espalda. Al
instante sintió la abrasadora fuerza de múltiples rayos alcanzándole a la par. Cayó
hacia atrás y dio vueltas hasta llegar al suelo del hangar, donde su cuerpo se
convulsionó y todo se volvió negro
Thomas tenía que confiar en Newt, tenía que hacerlo por su amigo, pero la
curiosidad le corroía. Aunque sabía que no tenía tiempo que perder. Debían sacar
a todos del edificio de CRUEL. Podría seguir hablando con Newt en el iceberg, si
es que llegaban al hangar y convencían a Jorge para que les ayudara.
Newt salió del depósito de armas con una caja de munición en las manos,
seguido de Minho y Brenda, que llevaban un par más de lanzagranadas y unas
pistolas metidas en los bolsillos.
—Vamos a buscar a nuestros amigos —dijo Thomas.
Luego volvió por donde habían llegado y los otros caminaron en fila detrás de
él.
Buscaron durante una hora, pero sus amigos parecían haber desaparecido. El
Hombre Rata y los guardias que habían dejado atrás estaban, y la cafetería y los
dormitorios, lavabos y salas de reuniones se hallaban vacíos. No se veía a
ninguna persona ni a ningún raro. A Thomas le aterraba la posibilidad de que algo
horrible hubiera pasado y todavía tuvieran que encontrarse con las secuelas.
Al final, después de haber buscado por todos los rincones, se le ocurrió algo.
—¿Os dejaban moveros con libertad mientras yo estaba encerrado en la
habitación blanca? —preguntó—. ¿Estáis seguros de que no estamos pasando por
alto ningún sitio?
—No que y o sepa —respondió Minho—. Pero no me sorprendería que
hubiera habitaciones ocultas.
Thomas estuvo de acuerdo, pero pensó que no podían permitirse pasar más
tiempo buscando. Su única opción era seguir adelante. Asintió.
—Vale. Vayamos en zigzag al hangar y seguiremos buscándoles por el
camino.
Llevaban andando bastante rato cuando Minho se paró y señaló su oreja.
Costaba apreciarlo porque el pasillo estaba sólo iluminado por las luces rojas de
emergencia.
Thomas se detuvo con los demás e intentó calmar su respiración y escuchar.
Enseguida lo oyó. Sonaba como un gemido, y él se estremeció. Provenía de unos
metros más adelante, a través de una extraña ventana en el pasillo que daba a
una habitación amplia. Desde su sitio, la habitación parecía totalmente a oscuras.
Habían roto desde dentro el cristal de la ventana y los fragmentos cubrían las
baldosas que había debajo.
El gemido sonó de nuevo.
Minho se llevó el índice a los labios y, con cuidado, dejó los dos lanzagranadas
que llevaba de más. Thomas y Brenda hicieron lo mismo mientras Newt dejaba
la caja de munición en el suelo. Los cuatro cogieron sus armas, con Minho a la
cabeza, y avanzaron sigilosamente hacia el ruido. Sonaba como un hombre que
intentara despertarse de una horrible pesadilla. La desazón de Thomas
aumentaba a cada paso; tenía miedo de lo que estaba a punto de descubrir.
Minho se paró, con la espalda apoyada en la pared, justo en el borde del
marco de la ventana. La puerta de la habitación estaba en el lado opuesto de la
ventana, cerrada.
—¿Preparados? —susurró—. Ya.
Giró sobre sus talones y apuntó con el lanzagranadas al interior de la oscura
habitación justo cuando Thomas se colocó a su izquierda y Brenda a su derecha,
con las armas preparadas. Newt permaneció guardándoles las espaldas.
El dedo de Thomas se mantuvo inmóvil sobre el gatillo, listo para apretarlo en
el instante que fuera necesario, pero en el interior no se produjo ningún
movimiento. Trató de descifrar lo que ocurría en la habitación. La luz roja de
emergencia no revelaba mucho, pero el suelo parecía hallarse repleto de
montones oscuros. O de algo que se movía lentamente. Poco a poco, su vista se
acostumbró a la penumbra y comenzó a distinguir las formas de los cuerpos
vestidos de negro. Y alcanzó a ver unas cuerdas.
—¡Son los guardias! —exclamó Brenda, y su voz cortó el silencio.
Unos gritos ahogados escaparon de la habitación y por fin Thomas vio varios
rostros. Amordazados y con los ojos abiertos, presos del pánico, los guardias
estaban atados y tumbados completamente en el suelo, unos al lado de otros, a lo
largo de toda la habitación. Algunos estaban quietos, pero la mayoría forcejeaba
como podía. Thomas se quedó mirando fijamente mientras su cerebro buscaba
una explicación.
—Así que aquí era donde estaban —musitó Minho.
Newt se asomó para echar un vistazo.
—Al menos no están colgando del maldito techo con la lengua fuera, como la
última vez.
Thomas no podía estar más de acuerdo. Recordaba aquella escena
demasiado vívidamente, hubiera sido real o no.
—Tenemos que interrogarles para ver qué ha pasado —dijo Brenda,
avanzando ya hacia la puerta.
Thomas la agarró antes de que le diera tiempo a pensar.
—No.
—¿Qué quieres decir con no? ¿Por qué no? ¡Nos lo pueden contar todo!
Retorció el brazo y se soltó, pero esperó a ver qué tenía que decir.
—Puede que sea una trampa o que el que haya hecho esto esté a punto de
volver. Tenemos que salir de aquí.
—Sí —afirmó Minho—, no hay discusión que valga. No me importa si se
trata de raros, rebeldes o gorilas corriendo por aquí. Estos fucos guardias no son
asunto nuestro ahora mismo.
Brenda se encogió de hombros.
—Muy bien. Tan sólo creía que podríamos sacar algo de información —hizo
una pausa y señaló—. El hangar está por ahí.
Después de recoger la munición y las armas, corrieron pasillo tras pasillo,
pendientes en todo momento de dar con quienquiera que hubiese maniatado a los
guardias. Finalmente Brenda se detuvo ante otras puertas dobles. Una de ellas
estaba entreabierta y dejaba pasar una brisa que hizo que se estremeciera.
Sin necesidad de que les dijesen nada, Minho y Newt se colocaron a ambos
lados de la puerta, con los lanzagranadas preparados. Brenda cogió el pomo,
apuntando con la pistola hacia el interior. No se oía nada al otro lado.
Thomas sujetó bien fuerte su lanzagranadas, con el extremo de atrás apoyado
en su hombro y la boca hacia delante.
—Abre —dijo con el corazón latiéndole a toda velocidad. Brenda abrió la
puerta de par en par y él se abalanzó al interior. Apuntó con el lanzagranadas a
izquierda y derecha, girando en círculo mientras avanzaba.
El enorme hangar parecía haber sido construido para contener tres icebergs
gigantescos, pero tan sólo había dos en su zona de carga. Tenían el aspecto de
unas descomunales ranas en cuclillas y, a juzgar por sus bordes metálicos,
desgastados y con quemaduras, se diría que hubieran transportado soldados hasta
cientos de encarnizadas batallas. A excepción de unos cuantos cajones de carga y
lo que parecía el puesto de los mecánicos, el resto de la zona era un espacio
abierto.
Thomas siguió adelante para inspeccionar el hangar al tiempo que los otros
tres caminaban a su alrededor. No se movía nada.
—¡Eh! —gritó Minho—. Por aquí. Hay alguien en…
No terminó la frase, pero se había parado cerca de un cajón y su arma
apuntaba a algo de detrás.
Thomas fue el primero en colocarse junto a Minho y se sorprendió al ver a
un hombre tumbado, oculto al otro lado de la caja de madera, que se quejaba
mientras se frotaba la cabeza. No tenía sangre en sus cabellos oscuros, pero, a
juzgar por cómo le costaba incorporarse, lo más probable era que hubiese
recibido un buen golpe.
—Cuidado, amigo —advirtió Minho—. Tranquilo, no hagas ningún
movimiento brusco u olerás a beicon quemado antes de que te des cuenta.
El hombre se apoy ó sobre un codo y, cuando se quitó la mano de la cara,
Brenda dejó escapar un gritito y echó a correr hacia él para darle un abrazo.
Era Jorge. Thomas sintió un gran alivio. Habían encontrado a su piloto y
estaba bien, aunque un poco machacado. Brenda no parecía verlo de ese modo;
examinó a Jorge para comprobar si tenía heridas mientras no dejaba de hacerle
preguntas:
—¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo te has hecho daño? ¿Quién se ha llevado el
iceberg? ¿Dónde está todo el mundo?
Jorge volvió a quejarse y la apartó con cuidado.
—Para el carro, hermana. Tengo la cabeza como si me hubieran arrollado
unos raros bailando. Dame un segundo mientras me recupero.
Brenda le dejó un poco de espacio y, ruborizada por los nervios y con aire
preocupado, se sentó. Thomas también tenía un millón de preguntas que hacerle,
pero sabía de sobra cómo se sentía uno tras recibir un golpe en la cabeza.
Observó a Jorge mientras se orientaba y recordó el miedo que sintió al conocer a
aquel chico, lo mucho que le aterrorizó. Nunca podría borrar de su mente las
imágenes de Jorge peleando con Minho dentro de aquel edificio en ruinas en la
Quemadura. Pero al final, como Brenda, Jorge se había dado cuenta de que él y
los clarianos estaban en su mismo bando.
Jorge cerró los ojos con fuerza y los abrió unas cuantas veces más antes de
comenzar a hablar:
—No sé cómo lo hicieron, pero se apoderaron del complejo, se deshicieron
de los guardias, robaron el iceberg y se marcharon volando de aquí con otro
piloto. Fui un idiota e intenté retenerlos hasta averiguar lo que sucedía, y mi
cabeza ha pagado por ello.
—¿Quién? —preguntó Brenda—. ¿De quién estás hablando? ¿Quién se ha
marchado?
Por alguna razón, Jorge miró a Thomas cuando respondió.
—Esa tía, Teresa. Ella y el resto de los sujetos. Bueno, todos menos vosotros,
muchachos.
Capítulo 17
Thomas se tambaleó uno o dos pasos a la izquierda y se aferró al pesado
cajón. Durante todo ese tiempo, había pensado que quizá los raros habían atacado
o que otro grupo se había infiltrado en CRUEL para llevarse a Teresa y los
demás. Para rescatarlos, incluso.
Pero ¿Teresa había liderado una huida? ¿Habían conseguido escapar, someter
a los guardias y salir volando en iceberg? ¿Sin ellos? Había muchos elementos en
aquel escenario y ninguno encajaba.
—¡Cerrad el pico! —gritó Jorge por encima del barullo de preguntas que le
hacían Minho y Newt, y Thomas volvió al presente—. Me estáis haciendo trizas
la cabeza. Dejad de hablar… un minuto… y que alguien me ayude a
levantarme.
Newt le agarró de la mano para ponerle de pie.
—Será mejor que empieces a contar lo que ha pasado, maldita sea. Desde el
principio.
—Y date prisa —añadió Minho.
Jorge apoyó la espalda en la caja de madera y se cruzó de brazos; hacía
muecas doloridas por cualquier movimiento.
—Mira, hermano, ya te he dicho que no sé mucho. Lo que he contado es lo
que ha pasado. Mi cabeza está…
—Sí, lo pillamos —le interrumpió Minho—. Te duele la cabeza. Cuéntanos lo
que sepas e iré a buscarte una fuca aspirina.
Jorge soltó una risita.
—Valientes palabras, chico. Si no recuerdo mal, tú eres el que tuvo que pedir
perdón y suplicar por su vida en la Quemadura.
Minho frunció el ceño y se sonrojó.
—Bueno, es fácil hacerse el duro cuando tienes para protegerte a un puñado
de lunáticos con cuchillos. Ahora la situación es un poco distinta.
—¡Parad ya! —les ordenó Brenda—. Todos estamos en el mismo bando.
—Pues sigue —dijo Newt—. Habla para saber de una puñetera vez lo que
tenemos que hacer.
Thomas continuaba sorprendido. Estaba escuchando a Jorge, Newt y Minho,
pero era como si lo viera en una pantalla, como si no ocurriera delante de él.
Pensaba que Teresa no podía serle más indescifrable de lo que y a era. Y ahora
aquello.
—Mira —dijo Jorge—, paso la mayoría del tiempo en este hangar, ¿vale?
Empecé a oír gritos de todo tipo y advertencias, y luego las luces de alarma
silenciosa comenzaron a parpadear. Salí para investigar y entonces fue cuando
por poco me cortan la cabeza.
—Al menos así no te dolería —masculló Minho.
Jorge no oyó el comentario o lo ignoró.
—Luego las luces se apagaron y vine a toda prisa a buscar mi pistola. Lo
siguiente que recuerdo es que Teresa y un puñado de sus amigas gamberras
llegaron corriendo como si el mundo estuviera a punto de acabarse y se llevaron
a Tommy para que pilotara el iceberg. Dejé caer mi pésima pistola cuando siete
u ocho lanzagranadas me apuntaron al pecho; después les supliqué que esperaran,
que me explicaran qué pasaba, pero una rubia me golpeó la frente con la culata
de su pistola. Me desmay é y al despertarme vi vuestras caras feas mirándome y
que el iceberg ya no estaba. Eso es todo lo que sé.
Thomas asimiló la información, pero se dio cuenta de que no importaban los
detalles. Tan sólo destacaba una cosa de todo aquel asunto y no sólo le confundía,
sino que le dolía afrontarlo.
—Han pasado de nosotros —murmuró—. No me lo puedo creer.
—¿Eh? —preguntó Minho.
—Habla más alto, Tommy —añadió Newt.
Thomas intercambio una larga mirada con ambos.
—Nos han dejado aquí. Al menos, nosotros volvimos a buscarlas. Nos han
dejado aquí para que CRUEL haga lo que quiera con nosotros.
No respondieron, pero sus ojos revelaron que estaban pensando lo mismo.
—Quizá sí os buscaron —comentó Brenda— y no pudieron encontraros. O tal
vez el tiroteo se complicó y tuvieron que marcharse.
Minho se rio al oír eso.
—¡Todos los guardias están atados en esa habitación de ahí atrás! Tuvieron
muchísimo tiempo para ir a buscarnos. Ni de coña. Han pasado de nosotros.
—Fue a propósito —dijo Newt en voz baja.
A Thomas no le encajaba nada.
—Algo va mal. Teresa ha estado actuando últimamente como la fan número
uno de CRUEL. ¿Por qué iba a escapar? Tiene que ser alguna especie de truco.
Vamos, Brenda, me dijiste que no confiara en ellos. Tienes que saber algo.
Habla.
Brenda negó con la cabeza.
—No sé nada de esto. Pero ¿por qué cuesta tanto creer que los otros sujetos
hayan tenido la misma idea que nosotros? ¿Que quisieran escapar? Tan sólo lo
hicieron mejor.
Minho hizo un sonido parecido al de un lobo gruñendo.
—Yo ahora mismo no me dedicaría a insultarnos. Y como vuelvas a usar la
palabra « sujetos» , te daré una piña sin importarme que seas una chica.
—Inténtalo —le advirtió Jorge—. Si la pegas, será lo último que hagas en tu
vida.
—¿Podemos dejar un rato los juegos de macho? —Brenda puso los ojos en
blanco—. Tenemos que averiguar lo que vamos a hacer ahora.
Thomas no podía quitarse de la cabeza lo mucho que le fastidiaba que Teresa
y los demás —¡hasta Fritanga!— se hubieran marchado sin ellos. Si su grupo
hubiera atado a todos los guardias, ¿no habrían buscado hasta encontrar a sus
otros amigos? ¿Y por qué Teresa quería marcharse? ¿Sus recuerdos habían
despertado algo que no se esperaba?
—No tenemos que averiguar nada —dijo Newt—. Salgamos de aquí y punto
—señaló al iceberg.
Thomas no pudo estar más de acuerdo y se giró hacia Jorge.
—Tú eres piloto, ¿no? —le preguntó.
Este sonrió con suficiencia.
—Eso mismo, muchacho. Uno de los mejores.
—Entonces, ¿por qué te enviaron a la Quemadura? ¿No eras tan valioso?
Jorge miró a Brenda.
—Donde va Brenda, allí estoy yo. Y odio decirlo, pero ir a la Quemadura me
pareció mejor que quedarme aquí. Me lo tomé como unas vacaciones, aunque
resultó ser un poco más duro de lo que yo…
Comenzó a resonar una alarma, el mismo estruendo que antes. A Thomas le
dio un vuelco el corazón. El ruido parecía más fuerte en el hangar que en el
pasillo y retumbaba por las paredes y el techo.
Brenda miró con los ojos como platos a las puertas por las que habían
entrado. Thomas se volvió para ver lo que había llamado su atención.
Al menos una docena de guardias vestidos de negro entraban por la abertura
con las armas levantadas. Entonces empezaron a disparar.
Capítulo 18
Alguien agarró a Thomas por la espalda de su camiseta y tiró fuerte de él
hacia la izquierda; tropezó y cayó detrás de una caja de carga justo cuando el
sonido de un cristal haciéndose añicos y el chisporroteo de la electricidad
inundaron el hangar. Varios arcos de luz amenazaron el cajón por encima y en
derredor, chamuscando el aire. No habían ni pestañeado cuando unos disparos
alcanzaron la madera.
—¿Quién los ha soltado? —gritó Minho.
—¡Creo que eso no importa ahora mismo! —respondió Newt.
El grupo se agachó todo lo que pudo, con los cuerpos bien pegados unos a
otros. Parecía imposible defenderse desde aquella posición.
—Nos tendrán rodeados en cualquier momento —dijo Jorge—. ¡Hay que
empezar a devolverles los disparos!
A pesar del violento ataque que se producía a su alrededor, aquella
declaración sobresaltó a Thomas.
—Supongo que eso significa que estás con nosotros, ¿no?
El piloto miró a Brenda y se encogió de hombros.
—Si ella os ayuda, yo también. Y por si no te has dado cuenta, ¡están
intentando matarme!
Una oleada de alivio superó el terror que sentía Thomas. Ahora tan sólo
tenían que conseguir subir a uno de esos icebergs.
El ataque había cesado momentáneamente. Thomas oyó unos pies que se
arrastraban y alguien que gritaba unas órdenes. Si querían aprovecharse, tenían
que actuar rápido.
—¿Cómo lo hacemos? —le preguntó a Minho—. Ahora estás tú al mando.
Su amigo le miró con acritud, pero asintió secamente.
—Vale, y o dispararé a la derecha y Newt, a la izquierda. Thomas y Brenda,
disparad por encima de la caja. Jorge, buscarás un lugar por el que podamos
llegar a tu fuco iceberg. Dispara a cualquier cosa que se mueva o vaya de negro.
Preparaos.
Thomas se arrodilló de cara a la caja, listo para ponerse de pie a la señal de
Minho. Brenda estaba justo a su lado, con dos pistolas en vez de un lanzagranadas.
Tenía la mirada encendida.
—¿Planeas matar a alguien? —inquirió Thomas.
—No. Apuntaré a las rodillas. Pero nunca se sabe, a lo mejor le doy a alguien
más arriba por accidente.
Le dedicó una sonrisa; a Thomas cada vez le gustaba más.
—¡Vale! —gritó Minho—. ¡Ya!
Se colocaron en sus posiciones. Thomas se levantó, alzando el lanzagranadas
por encima de la caja. Disparó sin arriesgarse a mirar muy bien y, en cuanto
oyó explotar la granada, se puso a buscar un objetivo específico. Un hombre se
estaba acercando a ellos poco a poco desde el otro extremo del hangar, y
Thomas apuntó y disparó. La granada estalló en un ray o cuando alcanzó el pecho
del hombre y le lanzó al suelo con un ataque de espasmos.
El aire estaba repleto de disparos y gritos, además de electricidad estática.
Los guardias caían uno tras otro, agarrándose las heridas, la mayoría en las
piernas, como Brenda había prometido. Otros echaron a correr en busca de
refugio.
—¡Les estamos haciendo correr! —gritó Minho—. Pero no durará mucho. Lo
más seguro es que no supieran que teníamos armas. Jorge, ¿dónde está tu
iceberg?
—Es ese de ahí —Jorge señaló hacia la izquierda, en el otro extremo del
hangar—. Esa es mi niña. No tardaré mucho en prepararla para volar.
Thomas se volvió hacia donde indicaba. La gran escotilla del iceberg, que le
recordaba a cuando el grupo había escapado de la Quemadura, estaba abierta y
apoy ada en el suelo, a la espera de que los pasajeros subieran corriendo la
pendiente de metal. Nada le había parecido nunca tan tentador.
Minho disparó otra granada.
—Vale. Primero que todo el mundo recargue; después, Newt y yo
cubriremos a Thomas, Jorge y Brenda para que salgan corriendo hacia el
iceberg. Jorge, lo pondrás en marcha mientras Thomas y Brenda nos cubren a
nosotros desde el otro lado de la escotilla. ¿Os parece bien?
—¿Los lanzagranadas pueden dañar el iceberg? —preguntó Thomas al tiempo
que todos se cargaban las armas y los bolsillos de munición adicional.
Jorge negó con la cabeza.
—No mucho. Esas bestias son más duras que un camello de la Quemadura. Si
le dan a la nave en vez de a nosotros, mejor. ¡Vamos, muchachos!
—¡Pues venga, venga, venga! —gritó Minho sin avisar.
Él y Newt comenzaron a lanzar granadas como locos por todo el espacio
abierto enfrente del iceberg.
Thomas notó que le subía la adrenalina. Brenda y él se colocaron a izquierda
y derecha de Jorge y se alejaron a toda velocidad de la protección de la caja de
carga. Una oleada de disparos llenó el aire, pero había tanta electricidad y humo
que era imposible apuntar a nadie. Thomas disparó lo mejor que pudo mientras
corría, igual que Brenda. Podía notar las balas pasando por su lado, fallando por
muy poco. Las granadas explotaban en un estrépito de cristales y luz a ambos
lados.
—¡Corred! —gritó Jorge.
Thomas aceleró el ritmo; las piernas le ardían. Unos rayos como dagas
cruzaban el suelo en todas las direcciones, las balas sonaban al chocar contra las
paredes metálicas del hangar, el humo giraba como dedos de niebla en sitios
extraños; todo se hizo borroso cuando se concentró en el iceberg, que ahora tan
sólo estaba a unos pasos de distancia.
Casi lo habían conseguido cuando una granada alcanzó la espalda de Brenda;
la chica dio un grito y cay ó de bruces al suelo de cemento a la vez que la
electricidad se extendía como una telaraña por todo su cuerpo.
Thomas se detuvo tras un derrape y gritó su nombre; luego se echó al suelo
para no ser un blanco fácil. Unos hilos de electricidad serpentearon por el cuerpo
de Brenda y se redujeron a volutas humeantes cuando bajaron al suelo. Thomas
estaba tumbado bocabajo a unos pasos de distancia, esquivando los rayos de
calor blanco mientras buscaba un modo de llegar hasta ella.
Era evidente que Newt y Minho habían visto el desastroso giro de los
acontecimientos y habían anulado el plan, puesto que corrían hacia él sin dejar
de disparar. Jorge consiguió llegar al iceberg y desapareció por la escotilla, pero
enseguida salió y comenzó a disparar una clase distinta de lanzagranadas que
explotaban en llamaradas cuando entraban en contacto con algo. Varios guardias
gritaron al empezar a arder y los demás retrocedieron un poco por la nueva
amenaza.
Inquieto, Thomas esperó en el suelo junto a Brenda, maldiciendo su
incapacidad para ayudar. Sabía que tenía que aguardar a que la electricidad
disminuy era antes de agarrarla y arrastrarla hacia el iceberg, pero no sabía si
quedaba tiempo. Se le había puesto la cara completamente blanca, le goteaba
sangre de la nariz y un hilo de baba le salía de la boca al tiempo que sus
extremidades se sacudían y el torso parecía rebotar en el suelo. Tenía los ojos
abiertos de par en par debido a la impresión y el terror.
Newt y Minho llegaron hasta él y se tiraron al suelo.
—¡No! —gritó Thomas—. Marchaos al iceberg. Refugiaos detrás de la
escotilla, esperad a que empecemos a movernos y luego cubridnos. Disparad
como locos hasta que lleguemos allí.
—¡Ah, venga y a! —replicó Minho, y cogió a Brenda por los hombros. A
Thomas se le cortó la respiración cuando su amigo hizo un gesto de dolor. Varios
ray os irregulares se arqueaban en sus brazos. Pero la energía se había debilitado
considerablemente y Minho pudo llevársela a rastras.
Thomas pasó los brazos por debajo de los hombros de Brenda y Newt la
cogió por las piernas. Volvieron a dirigirse al iceberg. El hangar estaba sumido en
el ruido, el humo y luces intermitentes. Una bala rozó la pierna de Thomas, que
sintió mucho dolor y notó que comenzaba a sangrar. Un centímetro más y podría
haberse quedado cojo de por vida o haberse desangrando hasta morir. Dejó
escapar un grito de furia y se imaginó que todos los de negro eran el que le había
disparado.
Le echó una mirada furtiva a Minho, cuyo rostro sólo denotaba esfuerzo por
arrastrar a Brenda; entonces aprovechó la violenta oleada de adrenalina para
arriesgarse, levantó su lanzagranadas con una mano y disparó a diestro y
siniestro mientras usaba la otra para ay udar a arrastrar a Brenda por el suelo.
Llegaron al pie de la escotilla. De inmediato, Jorge tiró a un lado su arma y se
deslizó por la rampa para coger uno de los brazos de Brenda. Thomas le soltó la
camiseta y dejó que Minho y Jorge la subieran a la nave. Los talones de la chica
golpeaban la moldura de agarre.
Newt volvió a disparar, soltando granadas a izquierda y derecha, hasta que se
quedó sin munición. Thomas disparó una vez más y su lanzagranadas también se
vació.
Los guardias del hangar sabían que se les acababa el tiempo, así que una
horda echó a correr hacia la nave y abrieron fuego otra vez.
—¡Olvídate de recargar! —gritó Thomas—. ¡Vamos!
Newt se dio la vuelta y subió a toda prisa la rampa. Thomas iba justo detrás
de él. Su cabeza había cruzado el umbral cuando algo le golpeó la espalda. Al
instante sintió la abrasadora fuerza de múltiples rayos alcanzándole a la par. Cayó
hacia atrás y dio vueltas hasta llegar al suelo del hangar, donde su cuerpo se
convulsionó y todo se volvió negro
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