19-21

Capítulo 19
Thomas tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. No, no era eso. Unas luces
brillantes se arqueaban en su campo de visión y le cegaban. No podía pestañear
ni cerrar los párpados para dejar de verlas. El dolor anegaba su cuerpo; su piel
parecía haberse fundido con los músculos y los huesos. Intentó gritar, pero era
como si hubiese perdido el control total de sus funciones. Los brazos, las piernas y
el torso se sacudían sin importar lo mucho que se esforzara por detenerlos.
El chisporroteo y estallido de la electricidad inundaban sus oídos, pero pronto
los sustituyó otro ruido: un zumbido grave que retumbaba en sus oídos y vibraba
en su cabeza. Apenas estaba consciente, entraba y salía de un abismo que quería
tragárselo. Pero en su interior sabía lo que era aquel sonido. Los motores del
iceberg se habían puesto en marcha y los propulsores despedían llamas azules.
Inmediatamente pensó que le estaban abandonando. Primero, Teresa y los
demás; y ahora, sus mejores amigos y Jorge. No podía soportar más traiciones;
dolían demasiado. Le dieron ganas de gritar; aguijonazos de dolor se clavaban en
cada centímetro de su cuerpo, el olor a quemado le abrumaba. No, no le habían
abandonado. Lo sabía.
Poco a poco, su visión comenzó a aclararse y las cargas blancas de calor
disminuyeron en fuerza y número. Parpadeó. Había dos y, luego, tres figuras
vestidas de negro sobre él, con las armas apuntándole a la cara. Guardias. ¿Iban a
matarle? ¿Le arrastrarían de nuevo con el Hombre Rata para que le hiciera más
pruebas? Uno de ellos habló, pero Thomas no oyó sus palabras; la estática
zumbaba en sus oídos.
De repente, los guardias desaparecieron, derrotados por dos figuras que
parecían volar en el aire. Sus amigos, tenían que ser sus amigos. A través de una
nube de humo, Thomas vio el techo del hangar muy arriba. El dolor casi se había
ido, reemplazado por un entumecimiento que le hacía preguntarse si podía
moverse. Rodó a la derecha, luego a la izquierda, después se apoyó sobre un
codo, débil y atontado. Unos cuantos hilos de electricidad recorrieron su cuerpo y
desaparecieron en el cemento. Lo peor había pasado. O eso esperaba.
Volvió a moverse y miró por encima del hombro. Minho y Newt estaban
sentados a horcajadas sobre un guardia cada uno, dándoles una paliza de muerte.
Jorge se hallaba entre los clarianos, disparando su abrasador lanzagranadas en
todas las direcciones. La mayoría de los guardias debía de haberse rendido o los
habían inutilizado; de lo contrario, Thomas y el resto no podrían haber llegado tan
lejos. O quizá, pensó, los guardias estaban fingiendo y representaban un papel,
como todos los demás en las Pruebas.
No le importaba. Tan sólo quería salir de allí. Y su vía de escape estaba
delante de él.
Con un gemido se colocó bocabajo para después tomar impulso con las
manos y las rodillas. Cristales rotos, el crepitar de los rayos, el estrépito de las
armas disparando y el silbido de las balas al tocar el metal inundaban el aire a su
alrededor. Si alguien le disparaba entonces, no podría hacer nada. Tan sólo podía
arrastrarse hacia el iceberg. Los propulsores de la nave zumbaron al cargarse y
aquella cosa vibró entera al tiempo que sacudía el suelo bajo sus pies. La escotilla
estaba a pocos pasos. Tenían que subir a la nave.
Intentó gritarle algo a Minho y los otros, pero sólo emitió un gorjeo. A cuatro
patas, como un perro herido, comenzó a avanzar tan rápido como se lo permitía
el cuerpo; tenía que esforzarse para sacar la fuerza que le quedaba. Llegó al
borde de la rampa, se colocó encima y comenzó a subir poco a poco. Los
músculos le dolían y las náuseas trepaban por su estómago. Los ruidos de la
batalla golpeaban sus oídos y le desquiciaban al recordarle que algo podía darle
en cualquier momento.
Ya se encontraba a medio camino. Se volvió para mirar a sus amigos:
retrocedían hacia él y ahora los tres disparaban. Minho tuvo que pararse para
recargar y Thomas se preparó para ver cómo le disparaban con una pistola o una
granada. Pero su amigo terminó y siguió subiendo. Los tres habían llegado al
final de la escotilla y estaban muy cerca de conseguirlo.
Thomas intentó hablar de nuevo; en esta ocasión sí lo logró, aunque sonó
como un perro herido.
—¡Ya vale! —gritó Jorge—. ¡Sujétalo y arrástralo!
Jorge subió corriendo la rampa, pasó junto a él y desapareció en el interior.
Se oy ó un fuerte chasquido, la rampa comenzó a elevarse y las bisagras
chirriaron. Thomas se dio cuenta de que se había caído y su rostro descansaba
sobre la plataforma de metal, aunque no recordaba cuándo había sucedido. Notó
que unas manos tiraban de su camiseta y que lo elevaban por el aire. A
continuación, cayó de nuevo en el interior de la escotilla cuando se cerró
herméticamente.
—Perdona, Tommy —murmuró Newt a su oído—. Creo que podría haber
sido un poco más delicado.
Aunque estaba casi inconsciente, una alegría indescifrable se apoderó de su
corazón: estaban escapando de CRUEL. Soltó un débil gruñido con la intención de
compartirlo con su amigo. Luego cerró los ojos y se desmay ó.
Capítulo 20
Al despertarse, Thomas vio que Brenda le miraba. Parecía preocupada. Tenía
la piel pálida y marcada con rayas de sangre seca, la frente manchada de negro
y se le estaba formando un moretón en la mejilla. Como si las heridas de la chica
fueran un recordatorio, de pronto sintió las suyas por todo el cuerpo. No tenía ni
idea de cómo funcionaban esos lanzagranadas, pero se alegraba de que sólo le
hubieran alcanzado una vez.
—Me acabo de levantar —dijo Brenda—. ¿Cómo te encuentras?
Thomas se movió para apoy arse sobre su codo e hizo un gesto de dolor
cuando sintió un fuerte pinchazo en la pierna, donde le había rozado la bala.
—Como un cubo de clonc.
Estaba tumbado en un catre dentro del compartimento de carga, que ahora no
cargaba nada, salvo unos cuantos muebles desparejados. Minho y Newt se
estaban echando una merecida siesta en un par de feos sofás, cubiertos por unas
mantas que les tapaban hasta la barbilla. Thomas sospechaba que Brenda era la
que les había arropado. Parecían niños pequeños, acurrucados y calentitos.
Brenda había estado arrodillada junto a su cama y ahora se levantaba para
sentarse en un anticuado sillón a unos pasos de distancia.
—Hemos dormido casi diez horas.
—¿En serio? —Thomas no podía creérselo. Era como si se hubiera quedado
traspuesto. O, mejor dicho, como si se hubiera desmay ado.
Brenda asintió.
—¿Hemos estado volando todo ese tiempo? ¿Adónde vamos, a la luna? —bajó
las piernas del catre y se sentó en el borde.
—No. Jorge nos llevó a unos ciento sesenta kilómetros y aterrizó en un gran
claro. Ahora también está echando una cabezada. El piloto no puede estar
cansado.
—No puedo creer que a ambos nos hayan disparado con un lanzagranadas.
Prefiero ser el que aprieta el gatillo —Thomas se frotó la cara y dio un gran
bostezo. Luego examinó algunas de las quemaduras en sus brazos—. ¿Crees que
dejarán cicatriz?
Brenda se rio.
—¡Menudas cosas te preocupan!
No pudo evitar sonreír. Tenía razón.
—Bueno —comenzó a decir, y luego continuó despacio—, lo de escapar de
CRUEL en su momento me pareció genial, pero… no tengo ni idea de cómo es el
mundo real… No es todo como la Quemadura, ¿verdad?
—No —respondió ella—, sólo la zona entre los Trópicos es tierra baldía. En el
resto del planeta se producen cambios extremos en el clima. Existen unas cuantas
ciudades en las que podemos estar a salvo, sobre todo al ser inmunes.
Encontraremos trabajo con facilidad.
—Trabajo —repitió Thomas, como si aquella palabra fuera la más extraña
que había oído en su vida—. ¿Ya estás pensando en buscar trabajo?
—Quieres comer, ¿no?
Él no contestó, abrumado por el peso de la realidad. Si iban a escapar al
mundo real, tenían que empezar a vivir como la gente real. Pero ¿era posible en
un mundo donde existía el Destello? Pensó en sus amigos.
—Teresa —dijo.
Brenda se echó un poco hacia atrás, sorprendida.
—¿Qué pasa?
—¿Hay alguna manera de saber adónde han ido ella y los otros?
—Jorge y a lo ha averiguado; comprobó el sistema de rastreo del iceberg.
Han ido a una ciudad llamada Denver.
Thomas se alarmó.
—¿Significa eso que CRUEL podrá localizarnos?
—No conoces a Jorge —repuso con una sonrisa pícara en su rostro—. Puede
manipular el sistema de forma increíble. Como mínimo, deberíamos llevarles
cierta ventaja durante un rato.
—Denver —repitió él al cabo de un rato. Sonaba extraño en su boca—.
¿Dónde está?
—En las Montañas Rocosas, en una ubicación elevada. Es una de las
elecciones obvias como zona de cuarentena porque allí el clima se recuperó
rápido tras las erupciones solares. Un sitio tan bueno como otro cualquiera.
A Thomas no le importaba dónde estuviera la ciudad, sólo la certeza de que
tenía que reunirse con Teresa y los otros. Aún no sabía muy bien por qué y no
estaba preparado para discutirlo con Brenda, así que se quedó paralizado un
momento.
—¿Cómo es? —preguntó al final.
—Bueno, como en la mayoría de las grandes ciudades, son implacables en
cuanto a mantener fuera a los raros, y por eso a menudo se hacen pruebas al
azar a los residentes para comprobar si tienen el Destello. De hecho, han
edificado una ciudad al otro lado del valle, donde envían a los nuevos infectados.
Los inmunes que se encargan de ellos cobran mucho, dado que es
extremadamente peligroso. Ambos lugares están muy vigilados.
Aunque había recuperado algunos recuerdos, Thomas no sabía muchas cosas
sobre la población que era inmune al Destello. Pero se acordaba de lo que le
había contado el Hombre Rata.
—Janson dijo que la gente odia a los inmunes y que los llama « munes» . ¿A
qué se refería?
—Cuando tienes el Destello, sabes que vas a volverte loco y que morirás; la
cuestión estriba en cuándo sucederá. Y aunque el mundo se ha esforzado mucho,
el virus siempre encuentra una forma de abrirse paso entre los raros en
cuarentena. Imagínate saber eso y que a los inmunes no les va a pasar nada. El
Destello no nos hace nada, ni siquiera transmitimos el virus. ¿No odiarías tú a los
sanos?
—Probablemente —respondió Thomas, contento de estar en el bando de los
inmunes. Mejor ser odiado que estar enfermo—. Pero ¿no les parece útil
tenernos cerca? Bueno, saben que no podemos contagiarnos.
Brenda se encogió de hombros.
—Están acostumbrados, sobre todo los del gobierno y seguridad, pero el resto
nos trata como basura. Hay muchísimas más personas que no son inmunes. Por
eso a los munes les pagan tanto por ser guardias; de lo contrario, no lo
aguantarían. Muchos de ellos incluso tratan de ocultar su inmunidad. O se meten
a trabajar para CRUEL, como hicimos Jorge y yo.
—Entonces, ¿ya os conocíais antes de trabajar allí?
—Nos conocimos en Alaska, después de averiguar que éramos inmunes.
Había un lugar de reunión para las personas como nosotros, una especie de
campamento escondido. Jorge era como un tío para mí y juró ser mi guardián. A
mi padre y a lo habían matado y mi madre me apartó de ella cuando cogió el
Destello.
Thomas se inclinó hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas.
—Me dijiste que CRUEL había matado a tu padre. ¿Y aun así te prestaste
voluntaria para trabajar con ellos?
—Supervivencia, Thomas —una sombra oscureció su rostro por un momento
—. No sabes lo fácil que lo has tenido al criarte bajo el ala de CRUEL. En el
mundo real, la may oría de la gente haría lo que fuera por sobrevivir un día más.
Los raros y los inmunes tienen problemas diferentes, sí, pero ambos tratan de
sobrevivir. Todos quieren vivir.
Thomas no respondió, no sabía qué decir. Lo único que sabía de la vida era lo
que había experimentado en el Laberinto y en la Quemadura, y algunos
recuerdos difusos de su infancia con CRUEL. Se sentía vacío y perdido, como si
en realidad no perteneciera a ninguna parte. Un dolor repentino le sacudió.
—Me pregunto qué le pasó a mi madre —dijo, sorprendiéndose a sí mismo.
—¿A tu madre? —inquirió Brenda—. ¿Te acuerdas de ella?
—He tenido unos cuantos sueños. Creo que eran recuerdos.
—¿Qué viste? ¿Cómo era?
—Era… una madre. Ya sabes, me quería, se ocupaba de mí, se preocupaba
por mí —se le quebró la voz—. Creo que nadie más lo ha hecho desde que me
separaron de ella. Me duele pensar que se volvió loca, pensar en lo que pudo
haberle pasado, que algún raro sediento de sangre le…
—Basta, Thomas. Basta —le cogió la mano y se la apretó; aquel gesto le
ayudó—. Piensa en lo feliz que sería al saber que sigues vivo, que sigues
luchando. Murió sabiendo que eras inmune y que tendrías oportunidad de
envejecer, a pesar de la porquería de mundo en el que nos encontramos.
Además, estás totalmente equivocado.
Thomas había estado con la mirada clavada en el suelo, pero al oír aquello
alzó la vista hacia Brenda.
—¿Eh?
—Minho, Newt, Fritanga. Todos tus amigos se preocupan por ti, incluso
Teresa. Hizo todas aquellas cosas en la Quemadura porque pensaba que no le
quedaba otra opción —Brenda hizo una pausa y luego añadió en voz baja—:
Chuck.
La punzada que Thomas sentía en el pecho aumentó.
—Chuck. Él…, él… —tuvo que callarse un momento para recuperar la
compostura. Chuck era la razón más vívida por la que despreciaba a CRUEL.
¿Cómo podían sacar nada bueno matando a un niño como Chuck? Después
continuó—: Me quedé mirando cómo moría el chaval. En sus últimos segundos
de vida, sus ojos reflejaron puro terror. No se puede hacer eso; no se le puede
hacer eso a una persona. No me importa lo que digan, no me importa cuánta
gente se hay a vuelto loca y haya muerto, no me importa que se extinga la fuca
raza humana. Aunque esa fuera la única manera de encontrar la cura, seguiría
estando en contra.
—Thomas, relájate. Vas a arrancarte los dedos.
No recordaba haberle soltado la mano. Bajó la vista para ver que se estaba
aferrando sus propias manos y la piel estaba completamente blanca. Se calmó un
poco y notó cómo la sangre volvía a ellas.
Brenda asintió con aire de gravedad.
—Cambié cuando volví a la ciudad en la Quemadura. Me arrepiento de todo.
Thomas negó con la cabeza.
—No tienes más motivos que y o para pedir disculpas. Es todo un desastre —
se quejó, y volvió a recostarse en el catre con la vista clavada en la rejilla
metálica del techo.
Tras una larga pausa, Brenda volvió a hablar:
—¿Sabes?, a lo mejor podemos encontrar a Teresa y a los demás para
juntarnos todos. Escaparon, lo que significa que están de nuestro lado. Creo que
deberíamos darles el beneficio de la duda. Quizá no les quedó más remedio que
marcharse sin nosotros. Y no me sorprende nada que hay an ido allí.
Thomas se movió para mirarla y se atrevió a albergar la esperanza de que
tuviera razón.
—Así que crees que tenemos que ir a…
—Denver.
Él asintió; de repente se sentía seguro, una sensación que le encantó.
—Sí, a Denver.

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Capítulo 21
Thomas clavó la vista en Brenda, impaciente por oír lo que tenía que decir.
—Sabes lo que está en tu cerebro —dijo ella—, así que ¿cuál es nuestra
mayor preocupación?
Thomas pensó en ello.
—CRUEL puede seguirnos el rastro o controlarnos.
—Exacto —contestó Brenda.
—¿Y? —la impaciencia le inundaba en su interior.
Ella volvió a sentarse frente a él y se inclinó hacia delante, apoyada en las
rodillas mientras se frotaba las manos por el entusiasmo.
—Conozco a un tipo llamado Hans que se mudó a Denver y que es inmune,
como nosotros. Es médico. Trabajaba en CRUEL hasta que tuvo una discusión
con los de arriba sobre los protocolos que rodeaban los implantes en el cerebro.
Pensaba que lo que hacían era demasiado arriesgado, que estaban cruzando una
línea roja, siendo inhumanos. CRUEL no quería dejarle marchar, pero consiguió
huir.
—Esos tíos tienen que mejorar su seguridad —musitó Thomas.
—Una suerte para nosotros —Brenda esbozó una amplia sonrisa—. Bueno,
Hans es un genio; conoce cada mínimo detalle de los implantes que tenéis en la
cabeza. Sé que fue a Denver porque me envió un mensaje por el Netblock justo
antes de que me mandaran a la Quemadura. Si podemos localizarle, os quitará
esas cosas de la cabeza. O al menos las inhabilitará. No estoy segura de cómo
funciona, pero si alguien puede hacerlo, ese es él. Lo hará con mucho gusto. Ese
hombre odia a CRUEL tanto como nosotros.
Thomas reflexionó unos segundos.
—Y si nos controlan, tenemos un gran problema. Ya lo he visto tres veces.
Alby luchando contra una fuerza invisible en la Hacienda, Gally controlado
para usar el cuchillo que acabó clavándose en Chuck y Teresa esforzándose por
decirle algo fuera de la choza en la Quemadura. Aquellos tres recuerdos eran de
los más perturbadores que tenía.
—Exacto. Podrían manipularte, obligarte a hacer cosas. No pueden ver a
través de tus ojos ni oír tu voz ni nada por el estilo, pero tenemos que solucionarlo.
Si están lo bastante cerca para tenerte bajo observación y si deciden que merece
la pena arriesgarse, lo intentarán. Y es lo último que necesitamos.
Había que arreglar muchas cosas.
—Bueno, por lo visto tenemos bastantes razones para ir a Denver. Ya veremos
lo que opinan Minho y Newt cuando se despierten.
Brenda asintió.
—Me parece bien —se puso de pie para acercarse, se inclinó y le dio un beso
en la mejilla. A Thomas se le puso la piel de gallina en el pecho y los brazos—.
Lo que pasó en los túneles no fue teatro, ¿sabes? —se incorporó y le miró un rato
en silencio—. Voy a despertar a Jorge; está durmiendo en las dependencias del
capitán.
Se dio la vuelta para marcharse y Thomas se quedó allí sentado, con la
esperanza de no haberse sonrojado al recordar lo cerca que estuvo Brenda de él
en los túneles de Abajo. Colocó las manos detrás de la cabeza y se recostó en la
cama para intentar procesar todo lo que acababa de oír. Por fin tomaban una
dirección. Notó que una sonrisa se dibujaba en su rostro, y no fue sólo por el
beso.
Minho llamó a su charla « Reunión» , en honor a los viejos tiempos.
Cuando terminaron, Thomas tenía un dolor de cabeza tan fuerte que creyó
que los ojos se le iban a salir de las órbitas. Minho estuvo haciendo de abogado
del diablo en cualquier tema de discusión y por alguna razón le lanzaba todo el
rato a Brenda miradas asesinas. Thomas sabía que debían repasar la situación
desde todos los ángulos posibles, pero deseaba que Minho dejara en paz a la
chica.
Al final, tras una hora de discusión, de avanzar y retroceder y dar mil vueltas,
decidieron, por unanimidad, ir a Denver. Planearon aterrizar en un aeropuerto
privado con la historia de que eran inmunes que buscaban trabajo en el transporte
del gobierno. Por suerte, el iceberg no estaba marcado. Por lo visto, CRUEL no
revelaba su identidad cuando salía al mundo real. Les harían pruebas y les
calificarían de inmunes al Destello, lo que les permitiría acceder a la ciudad
como Dios manda. Todos excepto Newt, que, como estaba infectado, tendría que
quedarse en el iceberg hasta que ingeniaran algo.
Comieron rápido y luego Jorge fue a pilotar la nave. Dijo que había
descansado bien y quería que el resto se echara un rato porque tardarían unas
horas en llegar a la ciudad. Después de aquello, quién sabía cuánto tardarían en
encontrar un lugar donde pasar la noche.
Lo único que quería Thomas era estar solo, así que utilizó su dolor de cabeza
como excusa. Encontró una silla que se reclinaba un poco en un rincón apartado
y se acurrucó de espaldas al espacio abierto que había detrás de él. Se envolvió
en una manta y se sintió más cómodo que en mucho tiempo. Y aunque estaba
asustado por lo que le esperaba, también le embargaba una sensación de paz.
Quizás estaban por fin cerca de romper el vínculo con CRUEL para siempre.
Pensó en su huida y en todo lo que había pasado. Cuanto más lo meditaba,
más dudaba que aquello hubiera estado orquestado por CRUEL. Se habían
improvisado demasiadas cosas y los guardias habían luchado con uñas y dientes
para mantenerlos allí.
Al final, Morfeo le apartó de aquellos pensamientos y soñó.
Tiene tan sólo doce años, está sentado en una silla de cara a un hombre al que
parece no gustarle estar allí. Se encuentran en un cuarto con una ventana de
observación.
—Thomas —comienza a decir el hombre—, últimamente has estado un
poco… distante. Necesito que te centres. Teresa y tú os estáis desenvolviendo
muy bien con la telepatía y todo progresa según los cálculos. Ha llegado el
momento de reorientarse.
Thomas siente vergüenza y vergüenza de estar avergonzado. Le confunde, le
hace desear echar a correr de vuelta a su dormitorio. El hombre lo nota.
—No saldremos de esta habitación hasta que esté satisfecho con tus
obligaciones —las palabras son como una sentencia de muerte dictada por un
juez implacable—. Responderás a mis preguntas, y será mejor que denotes
sinceridad, ¿entiendes?
Thomas asiente.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunta el hombre.
—Por el Destello.
—Quiero más que eso. Elabora la respuesta.
Thomas hace una pausa. Desde hace poco, experimenta una sensación de
rebeldía; pero sabe que, en cuanto diga todo lo que quiere oír aquel hombre, se
desvanecerá. Volverá a hacer lo que le pidan y a asumir lo que han preparado
para él.
—Vamos —insiste el hombre.
Thomas lo suelta enseguida, palabra por palabra, como lo memorizó hace
mucho tiempo:
—Las erupciones solares azotaron la Tierra; la seguridad de muchos edificios
gubernamentales se vio comprometida. Un virus fabricado por el hombre,
diseñado para guerras bacteriológicas, se filtró de un centro militar para el
control de enfermedades. Ese virus infectó a la mayoría de la población y se
extendió rápidamente. Se conoce como el Destello. Los gobiernos supervivientes
centraron todos sus recursos en CRUEL, que se dedicaba a buscar a los mejores
y más brillantes inmunes a la enfermedad. Iniciaron un plan para estimular y
trazar los patrones cerebrales de todas las emociones humanas conocidas, con
objeto de estudiar cómo funcionamos pese a tener el Destello arraigado en el
cerebro. La investigación llevará a…
Sigue, no se detiene; inspira y espira con palabras que odia.
El Thomas que duerme gira y se aleja hacia la oscuridad.

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