22-25

Capítulo 22
Thomas decidió que era hora de contar a los demás los sueños que tenía, que
sospechaba que eran recuerdos que estaba recuperando.
Cuando se sentaron para la segunda Reunión del día, les hizo jurar que
mantendrían la boca cerrada hasta que terminase y colocaron las sillas cerca de
la cabina de mando del iceberg para que Jorge lo oy era todo. Entonces, Thomas
empezó a contarles los sueños que había tenido, recuerdos de su infancia, cuando
CRUEL se lo llevó al descubrir que era inmune, su entrenamiento con Teresa y
demás. Una vez que acabó de relatar todo lo que recordaba, guardó silencio, a la
espera de una reacción.
—No sé qué tiene que ver eso con nada —dijo Minho—; sólo me hace odiar a
CRUEL aún más. Menos mal que nos fuimos… y espero no tener que volver a
ver la fuca cara de Teresa nunca más.
Newt, que había estado irritable y distante, habló por primera vez desde que
se reunieron:
—Brenda es una maldita princesa comparada con esa sabelotodo.
—Um… ¿Gracias? —respondió Brenda, y puso los ojos en blanco.
—¿Cuándo cambiaste? —soltó Minho.
—¿Eh?
—¿Cuándo se te fue la fuca olla para volverte tan en contra de CRUEL? Has
trabajado para ellos, hiciste todo lo que querían que hicieras en la Quemadura.
Estabas dispuesta a ayudarles a ponernos esa máscara para volver a engañarnos.
¿Cuándo y por qué te pusiste de nuestro lado?
Brenda suspiró; parecía cansada, pero sus palabras tenían un deje iracundo:
—Nunca he estado de su parte. Nunca. Nunca he estado de acuerdo con su
manera de funcionar, pero ¿qué podía hacer yo sola? Ni siquiera con Jorge. Hice
lo que tuve que hacer para sobrevivir; pero luego atravesé la Quemadura con
vosotros y me di cuenta…, bueno, me di cuenta de que teníamos una
oportunidad.
Thomas quería cambiar de tema:
—Brenda, ¿crees que CRUEL empezará a obligarnos a hacer cosas? ¿Nos
liará, nos manipulará o lo que sea?
—Por eso tenemos que encontrar a Hans —se encogió de hombros—. Yo tan
sólo puedo suponer lo que os harán. Siempre que les he visto controlar a alguien
con el dispositivo que tenía en el cerebro, esa persona estaba cerca y sometida a
observación. Puesto que estáis huy endo y no tienen manera de ver lo que estáis
haciendo exactamente, puede que no quieran arriesgarse.
—¿Por qué no? —preguntó Newt—. ¿Por qué no hacen que nos apuñalemos
en una pierna o que nos encadenemos a una silla hasta que nos encuentren?
—Como he dicho, no están lo bastante cerca —respondió Brenda—. Es
evidente que os necesitan, chicos. No pueden arriesgarse a que os hagáis daño o
muráis. Me apuesto lo que sea a que tienen a todo tipo de personas detrás de
vosotros. En cuanto estén lo bastante cerca para observar, es posible que
empiecen a haceros cosas en la cabeza. Y tengo la impresión de que lo harán, y
por eso llegar a Denver es indispensable.
Thomas ya se había decidido:
—Vamos a ir y punto. Y esperaremos cien años antes de volver a celebrar
una reunión para hablar de estas cosas.
—Bien dicho —asintió Minho—. Estoy de acuerdo.
Dos de tres. Todos miraron a Newt.
—Soy un raro —dijo él—. No importa una clonc lo que piense.
—Podemos meterte en la ciudad —replicó Brenda, ignorándole—. Al menos,
el tiempo suficiente para que Hans te quite eso de la cabeza. Tendremos que
tener mucho cuidado y mantenerte alejado de…
Newt se levantó a toda velocidad y le dio un puñetazo a la pared que tenía
detrás de la silla.
—En primer lugar, no importa si tengo esa cosa en mi cerebro; de todos
modos, pasaré al puñetero Ido en breve. Y no quiero morir sabiendo que voy por
una ciudad de gente sana propagando la infección.
Thomas recordó el sobre de su bolsillo; se había olvidado de él por completo
hasta entonces. Movió los dedos para sacarlo y leerlo.
Nadie dijo nada. La expresión de Newt se ensombreció.
—Bueno, no os herniéis intentando convencerme —gruñó al final—. Todos
sabemos que la elaborada cura de CRUEL no funcionará y tampoco quiero que
lo haga. Menuda suerte vivir en esta clonc de planeta. Me quedaré en el iceberg
mientras vais a la ciudad.
Se dio la vuelta y se alejó a zancadas para desaparecer al doblar la esquina
del área común.
—No ha ido mal la cosa —masculló Minho—. Supongo que se ha acabado la
Reunión —se levantó y siguió a su amigo.
Brenda frunció el entrecejo y se centró en Thomas.
—Estás…, estamos haciendo lo correcto.
—Yo y a no creo que haya nada correcto o incorrecto —dijo él, y notó la
somnolencia de su voz. Lo único que quería era dormir—. Tan sólo algo horrible
y algo no tan horrible.
Se levantó para unirse a los otros dos clarianos y palpó la nota en su bolsillo.
Mientras se marchaba, se preguntó qué diría. ¿Cómo sabría cuándo había llegado
el momento adecuado para abrirla?
Capítulo 23
Thomas no había tenido demasiado tiempo para pensar en cómo sería el
mundo no controlado por CRUEL; pero ahora que de verdad iban a verlo, tenía
los nervios a flor de piel. Estaba a punto de entrar en un territorio desconocido.
—¿Listos? —inquirió Brenda.
Estaban fuera del iceberg, al pie de la rampa de carga, a unos treinta metros
delante de un muro de cemento con unas grandes puertas de hierro. Jorge
resopló.
—Me había olvidado de lo acogedor que era este lugar.
—¿Estás seguro de que sabes lo que haces? —le preguntó Thomas.
—Cierra el pico, hermano, y déjamelo a mí. Usaremos nuestro nombre de
pila real con un apellido falso. Lo único que les importa, al fin y al cabo, es que
seamos inmunes. Les encanta llevar un registro. No pasará más de un día o dos
antes de que encuentren algo que podamos hacer para el gobierno. Somos
valiosos. Y no puedo repetirlo más veces: Thomas, tienes que cerrar ya esa
bocaza tuya.
—Y tú también, Minho —añadió Brenda—. ¿Entendéis? Jorge ha creado
documentación falsa para todos nosotros y miente como un ladrón profesional.
—No me digas —murmuró Minho.
Jorge y Brenda se dirigieron hacia
—Y tú también, Minho —añadió Brenda—. ¿Entendéis? Jorge ha creado
documentación falsa para todos nosotros y miente como un ladrón profesional.
—No me digas —murmuró Minho.
Jorge y Brenda se dirigieron hacia las puertas con Minho pegado a sus
talones. Thomas vaciló y alzó la mirada al muro: le recordaba al Laberinto. Por
la mente le pasó una imagen rápida de aquel horrible lugar, sobre todo por la
noche, un recuerdo de cuando ató a Alby a aquella espesa enredadera para
ocultarlo de los laceradores. Daba las gracias porque estas paredes estuvieran
desnudas.
El camino hacia la salida pareció durar una eternidad; el enorme muro y las
puertas daban la impresión de hacerse cada vez más altos mientras el grupo se
aproximaba a ellos. Cuando por fin alcanzaron el pie de las inmensas puertas, un
zumbido electrónico sonó desde algún sitio, seguido de una voz femenina.
—Digan su nombre y el motivo de su visita.
Jorge respondió a voces:
—Soy Jorge Gallaraga, y estos son mis socios Brenda Despain, Thomas
Murphy y Minho Park. Estamos aquí para reunir información y hacer unas
pruebas. Soy piloto de iceberg acreditado. Llevo encima toda la documentación
necesaria y si quiere puede comprobarla.
Sacó unas cuantas tarjetas de su bolsillo trasero y se las enseñó a la cámara
del muro.
—Espere, por favor —le indicó la voz.
Thomas estaba sudando, convencido de que la mujer haría sonar una alarma
en cualquier momento, los guardias saldrían a toda velocidad y les enviarían de
nuevo a CRUEL, a la habitación blanca o a algo peor.
Esperó mientras su mente daba vueltas; al cabo de unos minutos, una serie de
chasquidos sonaron por el aire, seguidos de un fuerte golpe seco. Después, una de
las puertas de hierro se abrió hacia fuera, con las bisagras rechinando. Thomas se
asomó por la amplia abertura y sintió alivio al ver que el estrecho pasillo al otro
lado estaba vacío. En el otro extremo había otro muro gigantesco con otras
puertas, aunque aquellas parecían más modernas y había varias pantallas y
paneles incrustados en el cemento a su derecha.
—Vamos —dijo Jorge, y atravesó las puertas abiertas como si lo hiciera todos
los días.
Thomas, Brenda y Minho le siguieron por el pasillo hacia el muro exterior,
donde se detuvo. Las pantallas y los paneles que Thomas había visto desde el otro
lado, de cerca, eran complejos. Jorge pulsó un botón en el más grande y
comenzó a introducir sus nombres y números de identificación falsos. Escribió
otro tipo de información y luego metió sus tarjetas de datos en una gran ranura.
El grupo esperó en silencio unos minutos, mientras la ansiedad de Thomas
aumentaba a cada segundo. Intentó no exteriorizarlo, pero de repente tuvo la
sensación de que aquello era un gran error, de que deberían haber ido a algún
lugar más seguro o haberse colado en la ciudad de otra forma. Aquella gente les
iba a calar. A lo mejor CRUEL ya había avisado de que buscaba a unos fugitivos.
« Corta el rollo, Thomas» , se dijo, y por una fracción de segundo temió
haberlo dicho en voz alta.
La voz femenina volvió a oírse:
—La documentación está en orden. Por favor, acérquense a la estación de
pruebas de virus.
Jorge se movió a la derecha, donde se abrió un panel en la pared. Thomas
observó cómo de allí brotaba un brazo mecánico, un extraño aparato con lo que
parecía una cavidad para los ojos. Jorge se inclinó hacia delante y presionó la
cara contra la máquina. En cuanto sus ojos quedaron alineados con las cavidades,
salió un pequeño alambre que le picó el cuello. Se oyeron varios silbidos y
chasquidos; luego, el alambre se retiró hacia el aparato y Jorge se apartó.
Todo el panel volvió a la pared dando vueltas y el aparato que Jorge había
usado desapareció y fue sustituido por uno nuevo, aparentemente idéntico al
anterior.
—El siguiente —anunció la mujer.
Brenda intercambió una mirada de preocupación con Thomas, se acercó a la
máquina y se inclinó hacia ella. El alambre le pinchó el cuello, el aparato emitió
unos silbidos y chasquidos y se acabó. La muchacha se apartó y soltó un notable
suspiro de alivio.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que usé uno de estos —le
susurró a Thomas—. Me ponen nerviosa, como si de repente fuera a dejar de ser
inmune.
Una vez más, la mujer dijo:
—Siguiente.
Minho siguió el mismo procedimiento y por fin le tocó a Thomas.
Se acercó al panel de pruebas cuando volvió a rotar y, en cuanto apareció el
nuevo aparato y se colocó en su sitio, se inclinó para acercar los ojos a donde se
suponía que iban. Se preparó para el dolor del alambre, pero apenas notó el
pinchazo en el cuello antes de que hubiera salido. Todo lo que vio dentro de la
máquina fueron unos destellos de luz y color. Notó una ráfaga que le hizo cerrar
fuerte los ojos; al abrirlos, todo estaba a oscuras.
La mujer habló de nuevo:
—Todos estáis libres de ACV y habéis confirmado vuestra inmunidad. Sabed
que las oportunidades para los de vuestra clase son enormes aquí, en Denver.
Pero no lo vayáis pregonando. Todos los residentes están sanos y no tienen el
virus, pero hay muchos que todavía no son indulgentes con los inmunes.
—Hemos venido para unas simples tareas y volveremos a marcharnos.
Probablemente dentro de una semana —dijo Jorge—. Esperemos que nuestro
secreto siga siendo… un secreto.
—¿Qué es ACV? —le susurró Thomas a Minho.
—¿Crees que y o lo sé?
—Amenaza de Contagio Vírico —respondió Brenda antes de que Thomas le
preguntara—. Pero cállate. El que no sepa esto por aquí parecerá sospechoso.
Thomas abrió la boca para decir algo, pero le sobresaltó un fuerte pitido
cuando las puertas comenzaron a abrirse. Ante ellos se reveló otro pasillo, con las
paredes de metal. Había otras puertas cerradas al otro extremo. Thomas se
preguntó cuánto tardaría todo aquello.
—Entren al detector de uno en uno, por favor —indicó la mujer, cuya voz
parecía haberles seguido hasta el tercer pasillo—. El señor Gallaraga primero.
Jorge entró a un pequeño espacio y las puertas se cerraron detrás de él.
—¿Qué es el detector? —quiso saber Thomas.
—Detecta cosas —espetó Brenda.
Él la miró con el ceño fruncido. Más rápido de lo que pensaba, volvió a sonar
una alarma y las puertas se abrieron. Jorge ya no estaba allí.
—La señorita Despain es la siguiente —ordenó la voz, que ahora sonaba
aburrida.
Brenda le hizo un gesto a Thomas con la cabeza y entró al detector. Alrededor
de un minuto más tarde, le tocó a Minho, que le miró con expresión seria.
—Si no te veo al otro lado —dijo con tono ñoño—, recuerda que te quiero.
Soltó una risita cuando Thomas puso los ojos en blanco, cruzó las puertas y
estas se cerraron tras él.
La mujer no tardó en indicarle a Thomas que entrara.
Al hacerlo, las puertas se cerraron y una ráfaga le azotó cuando sonaron
varios pitidos bajos. Después, las puertas que tenía delante se abrieron; había
gente por todas partes. El corazón se le aceleró, pero vio a sus amigos
esperándole y entonces se relajó. Le llamó la atención el ajetreo que había a su
alrededor cuando se acercó a ellos. Una muchedumbre bulliciosa de hombres y
mujeres —muchos de ellos con trapos en la boca— llenaba un enorme atrio
coronado por un techo de cristal muy alto, que dejaba entrar un montón de luz.
Por una esquina vio la parte superior de muchos rascacielos, aunque no eran
nada comparados con los que se habían topado en la Quemadura. Brillaban a la
luz del sol. Thomas estaba tan asombrado por todo lo que veía que casi se olvidó
de lo nervioso que había estado un instante antes.
—No ha ido tan mal, ¿verdad, muchacho? —comentó Jorge.
—Amí me ha gustado, en cierta manera —dijo Minho.
Thomas estaba embelesado; no podía dejar de estirar el cuello para asimilar
el enorme edificio al que habían entrado.
—¿Qué es este lugar? —preguntó al final—. ¿Quiénes son todas estas
personas?
Miró a sus tres compañeros, esperando una respuesta. Jorge y Brenda
parecían avergonzados de ir con él. Pero la expresión de la chica cambió de
repente y se tradujo en algo que parecía tristeza.
—Siempre se me olvida que habéis perdido la memoria —murmuró, y abrió
los brazos para señalar a su alrededor—. Se llama centro comercial.
Básicamente recorre toda la muralla que rodea la ciudad. Son tiendas y negocios.
—Nunca había visto tantas…
Se calló. Un hombre con una chaqueta azul marino se acercaba a ellos con la
vista clavada en Thomas. Y no parecía muy contento.
—Eh —susurró, y señaló con la cabeza al desconocido.
El hombre les alcanzó antes de que nadie pudiera responder. Saludó al grupo
con un movimiento breve de la cabeza y anunció:
—Sabemos que algunas personas han escapado de CRUEL y, a juzgar por el
iceberg en el que habéis llegado, supongo que sois parte de ese grupo. Os
recomiendo que aceptéis el consejo que voy a daros. No tenéis nada que temer.
Tan sólo pedimos ayuda y os protegeremos cuando lleguéis.
Le dio a Thomas un papelito, giró sobre sus talones y se marchó sin mediar
más palabra.
—¿A qué ha venido eso? —inquirió Minho—. ¿Qué pone?
Thomas bajó la mirada y leyó.
—Dice: « Tenéis que venir conmigo inmediatamente. Pertenezco a un grupo
llamado el Brazo Derecho. En la esquina con Kenwood y Brookshire,
apartamento 2792» —y entonces se le formó un nudo en la garganta al ver la
firma al final del papelito. Miró a Minho, seguro de que se había quedado pálido
—. Es de Gally.
Capítulo 24
Resultó que no había necesidad de dar explicaciones. Brenda y Jorge llevaban
el tiempo suficiente en CRUEL para saber quién era Gally, una especie de
marginado en el Claro, y que él y Thomas se habían convertido en acérrimos
rivales por los recuerdos de Gally desde el Cambio. Pero Thomas sólo podía
pensar en el chico enfadado que arrojó el cuchillo que mató a Chuck, que hizo
desangrarse al muchacho hasta la muerte, en el suelo, mientras él le sostenía.
Luego había perdido la cabeza: golpeó a Gally hasta que creyó haberlo
matado. Una sorprendente oleada de alivio le inundó al darse cuenta de que tal
vez no lo había hecho, si es que aquella nota era realmente de Gally. A pesar de
lo mucho que odiaba a aquel tío, no quería ser un asesino.
—Es imposible que sea él —dijo Brenda.
—¿Por qué? —preguntó Thomas, y la sensación de alivio comenzó a
desaparecer—. ¿Qué le pasó cuando se nos llevaron? ¿Se…?
—¿Murió? No. Pasó una semana en la enfermería para recuperarse de un
pómulo roto. Pero aquello no fue nada comparado con el daño psicológico. Le
utilizaron para matar a Chuck porque los psicólogos creyeron que los patrones
merecerían la pena. Estaba todo planeado. Obligaron a Chuck a ponerse delante
de ti.
Toda la ira que sentía hacia Gally se concentró en CRUEL y alimentó su odio
creciente por la organización. El tío había sido un gilipullo total, pero si Brenda
decía la verdad, tan sólo fue un instrumento de CRUEL. Thomas se puso aún más
furioso al oír que no fue un error que Chuckmuriera en su lugar.
Brenda continuó:
—Oí que uno de los psicólogos diseñó la interacción con objeto de que fuera
una Variable no sólo para ti y los clarianos que lo presenciaron, sino… sino
también para Chucken sus últimos momentos.
Por un breve pero espantoso instante, Thomas pensó que la rabia se
apoderaría de él, que cogería a un desconocido al azar y le daría una paliza de
muerte, como la que le había propinado a Gally.
Inspiró y se pasó una mano temblorosa por el pelo.
—Ya nada me sorprende —masculló.
—La mente de Gally no soportó lo que había hecho —explicó Brenda—; se
volvió completamente loco y tuvieron que echarlo. Estoy segura de que suponían
que nadie se creería su historia.
—¿Y por qué piensas que no puede ser él? —inquirió Thomas—. Quizá se
recuperó y volvió en sí.
Brenda negó con la cabeza.
—Mira, todo es posible. Pero vi a ese chaval y era como si tuviese el
Destello. Intentaba comerse las sillas, escupía, gritaba y se arrancaba su propio
pelo.
—Yo también le vi —añadió Jorge—. Un día escapó de los guardias. Corrió
desnudo por los pasillos, gritando a pleno pulmón que tenía escarabajos en las
venas.
Thomas trató de aclarar su mente.
—Me pregunto qué querrá decir con Brazo Derecho.
—Se rumorea sobre ellos por todas partes —contestó Jorge—. Se supone que
es un grupo clandestino cuy o fin es desmantelar CRUEL.
—Pues con may or motivo para hacer lo que dice la nota —dijo Thomas.
El rostro de Brenda reflejó duda.
—Yo creo que deberíamos encontrar a Hans antes que nada.
Thomas levantó el trozo de papel y lo agitó.
—Vamos a ver a Gally. Necesitamos a alguien que conozca la ciudad.
Más que eso, su instinto le decía que debían empezar por allí.
—¿Y si es alguna especie de trampa?
—Sí —dijo Minho—, tal vez deberíamos pensarlo.
—No —Thomas negó con la cabeza—, ya no podemos intentar anticiparnos a
ellos. A veces hacen cosas para obligarme a hacer lo contrario de lo que piensan
que pienso que ellos quieren que haga.
—¿Eh? —preguntaron los tres al mismo tiempo, mientras la confusión
transformaba sus caras.
—A partir de ahora, haré lo que considere correcto —explicó Thomas—. Y
algo me dice que tenemos que ir a ese sitio para ver a Gally, al menos para
averiguar si de verdad es él. Es una conexión con el Claro y tiene muchos
motivos para estar de nuestro lado.
Los otros se quedaron mirándole fijamente, inexpresivos, como si intentaran
buscar más argumentos.
—Bien —dijo Thomas—, me tomaré esas expresiones como un sí. Me alegra
ver que estáis todos de acuerdo conmigo. Bueno, ¿cómo llegamos ahí?
Brenda dejó escapar un suspiro exagerado.
—¿Alguna vez has oído hablar de los taxis?
Tras una comida rápida en el centro comercial, cogieron un taxi para que les
llevara a la ciudad. Cuando Jorge pagó al taxista con una tarjeta, Thomas se
inquietó porque CRUEL pudiera seguirles el rastro y, en cuanto se sentaron, le
preguntó al respecto entre susurros para que el taxista no les oyera.
Jorge se limitó a lanzarle una mirada inquieta.
—Estás preocupado porque Gally sabía que veníamos, ¿no? —preguntó
Thomas.
Jorge asintió.
—Un poco. Pero por el modo en que se presentó aquel hombre, espero que la
noticia de la huida se filtrara y ese Brazo Derecho nos haya estado buscando
desde entonces. He oído que tienen aquí la base.
—O quizá tenga algo que ver con el grupo de Teresa, puesto que llegaron aquí
primero —sugirió Brenda.
Thomas no se sentía muy reconfortado.
—¿Estás seguro de lo que haces? —le preguntó a Jorge.
—No pasará nada, muchacho. Ahora que estamos aquí, CRUEL tardará
mucho en alcanzarnos. En la ciudad, mezclarse entre la gente es más fácil de lo
que piensas. Relájate.
Thomas no sabía si podría hacerlo, pero se recostó en el asiento para mirar
por la ventanilla.
El recorrido por Denver le dejó sin respiración. Recordaba de su infancia los
vehículos que se sostenían en el aire —unos vehículos de la policía sin conductor
y con armas que todo el mundo llamaba « máquinas poli» . Pero en general no se
parecía nada a lo que había visto antes—, los enormes rascacielos, los brillantes
expositores de publicidad holográfica, la infinidad de personas… Le costaba
mucho creer que fuera real. Una pequeña parte de él se preguntaba si CRUEL
estaba manipulando sus nervios ópticos de alguna forma, si aquello no era más
que otra simulación. Se preguntó si antes había vivido en una ciudad así y, en tal
caso, cómo era posible que hubiera olvidado un esplendor como aquel.
Mientras avanzaban por las concurridas calles, se le ocurrió que quizás el
mundo no estaba tan mal después de todo. Allí había una comunidad entera,
miles de personas que se ocupaban de sus vidas diarias. Pero el recorrido
continuó y, poco a poco, comenzó a fijarse en detalles que no había advertido. Y
cuanto más avanzaban, más nervioso se ponía. Casi todos a los que miraba
parecían preocupados. Era como si se evitaran los unos a los otros y no sólo por
educación. Resultaba evidente que tomaban medidas para no acercarse al resto.
Como en el centro comercial, muchos llevaban máscaras o se tapaban la boca y
la nariz con trapos mientras caminaban.
Las paredes de los edificios estaban llenas de pósteres y carteles, la mayoría
rotos o cubiertos con pintura de espray. Algunos advertían del Destello y
explicaban con detalle las precauciones; otros hablaban de los peligros de
abandonar las ciudades o de qué hacer si alguien se encontraba con una persona
infectada. Algunos tenían aterradoras fotografías de raros que habían traspasado
la barrera del Ido. Thomas vio un póster de una mujer en primer plano con el
pelo peinado hacia atrás, en cuya parte inferior se leía el eslogan « La ministra
Paige te quiere» .
« La ministra Paige» .
Enseguida reconoció el nombre. Era en la que Brenda le había dicho que
podía confiar, la única. Se volvió para preguntarle a Brenda por ella, pero se
detuvo. Algo le dijo que esperara hasta que estuviesen a solas. Mientras
avanzaban, vio varios pósteres de ella, pero la mayoría tenían pintados grafitis.
Costaba ver el auténtico aspecto de aquella mujer debajo de los cuernos de
demonio y bigotes ridículos.
Una especie de fuerza de seguridad patrullaba las calles en grupos
numerosos. Había cientos de ellos; llevaban camisas rojas, máscaras de gas, un
arma en una mano y en la otra, una versión más pequeña del aparato para
analizar el virus que habían probado Thomas y sus amigos antes de entrar a la
ciudad. Cuanto más se alejaban del muro exterior, más sucias eran las calles.
Había basura por todas partes, las ventanas estaban rotas y los grafitis decoraban
casi todas las paredes.
Y aunque el sol brillaba en las ventanas de arriba, la oscuridad reinaba en
aquel lugar.
El taxi se metió en un callejón; Thomas se sorprendió al ver que estaba
desierto. El coche se detuvo junto a un edificio de cemento que se elevaba al
menos veinte plantas y el conductor sacó la tarjeta de Jorge de una ranura para
devolvérsela, lo que Thomas interpretó como una señal para salir del vehículo.
En cuanto estuvieron todos fuera y el taxi se hubo marchado, Jorge señaló la
escalera más cercana.
—El número 2792 está ahí, en el segundo piso.
Minho silbó y exclamó:
—¡Qué acogedor!
Thomas estaba de acuerdo. Aquel lugar no invitaba a entrar y los ladrillos
grises, cubiertos de grafitis, le ponían nervioso. No quería acercarse a aquellos
escalones y descubrir lo que les esperaba en el interior.
Brenda le dio un empujón.
—Ha sido idea tuy a, así que tú delante.
Tragó saliva, pero no dijo nada y se limitó a caminar hacia las escaleras para
subirlas despacio con los otros tres a sus talones. Parecía que la agrietada puerta
de madera combada del apartamento 2792 llevara allí mil años; apenas
quedaban unos pocos restos de pintura verde desvaída.
—Esto es una locura —susurró Jorge—; es una locura total.
Minho resopló.
—Thomas le dio una paliza de muerte una vez y se la puede volver a dar.
—Amenos que se líe a tiros —replicó Jorge.
—¿Podéis callaros? —espetó Thomas con los nervios a flor de piel.
Sin mediar más palabra, llamó a la puerta. Unos angustiosos segundos más
tarde, esta se abrió.
Thomas supo inmediatamente que el chico de pelo negro que respondió era el
Gally del Claro. No cabía duda. Pero tenía la cara llena de cicatrices, surcada
por ray as blancas como babosas. El ojo derecho parecía irreparablemente
hinchado y la nariz, que antes del incidente con Chuck había sido grande y un
poco deforme, se hallaba aún más torcida.

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Capítulo 25
Gally retrocedió y abrió del todo la puerta.
—Entrad.
Thomas sintió una oleada de culpabilidad al ver los efectos de lo que le había
hecho. No tenía ni idea de cómo actuar o qué decir, por lo que sólo le saludó con
la cabeza y se obligó a entrar en el apartamento.
Era una habitación oscura pero ordenada, sin muebles, y olía a beicon.
Habían cubierto el único ventanal con una manta amarilla, lo que otorgaba a la
estancia un toque fantasmagórico.
—Sentaos —dijo Gally.
En lo único que podía pensar Thomas era en cómo el Brazo Derecho había
averiguado que estaban en Denver y en qué querían, pero el instinto le dijo que
tendría que jugar según sus normas antes de obtener respuestas. Él y sus amigos
se sentaron en el suelo uno al lado del otro, de cara a Gally, como si fuera un
juez. Su rostro tenía un aspecto horrible bajo aquella luz tenue y su ojo derecho
hinchado estaba iny ectado en sangre.
—Ya conoces a Minho —dijo Thomas, incómodo, y ambos se saludaron con
un movimiento breve de la cabeza—. Estos son Brenda y Jorge. Son de CRUEL,
pero…
—Ya sé quiénes son —le interrumpió Gally. No sonó enfadado, tan sólo algo
apático—. Esos fucos en CRUEL me devolvieron mi pasado. Sin que yo lo
pidiera, debo añadir —clavó la vista en Minho—. Eh, tú fuiste muy amable
conmigo en nuestra última Reunión. Gracias —el sarcasmo era evidente.
Thomas se encogió ante el recuerdo de Minho tirando a Gally al suelo para
amenazarlo. Ya se le había olvidado por completo.
—Tuve un mal día —respondió Minho con una expresión que hacía imposible
saber si lo decía en serio o con el más mínimo arrepentimiento.
—Sí, bueno —repuso Gally—. Olvidemos el pasado, ¿vale? —su risita dejó
bien claro que no pretendía hacerlo.
Puede que Minho no se arrepintiera, pero Thomas sí.
—Siento lo que te hice, Gally —mantuvo los ojos fijos en los del chico
mientras se disculpaba. Quería que Gally le creyera, que supiera que entendía
que CRUEL era el enemigo de ambos.
—¿Que lo sientes? Maté a Chuck. Está muerto. Por mi culpa.
Al oírle decir aquellas palabras, Thomas no sintió alivio, sino tristeza.
—No fue culpa tuya —terció Brenda en un tono tranquilizador.
—Eso es un montón de clonc —replicó Gally con frialdad—. Si hubiera
tenido agallas, podría haber impedido que me controlaran. Pero se lo permití
porque pensé que iba a matar a Thomas, no a Chuck. Ni en un millón de años
habría matado a ese pobre niño.
—Qué generoso por tu parte —dijo Minho.
—¿Así que me querías muerto? —preguntó Thomas, sorprendido por la
honestidad del chico.
Gally resopló.
—No te me pongas a lloriquear: te odiaba más que a nadie en toda mi vida.
Pero lo que sucedió en el pasado ya no importa. Tenemos que hablar del futuro,
del fin del mundo.
—Espera un segundo, muchacho —intervino Jorge—. Primero vas a
contarnos lo que pasó desde que te echaron de CRUEL hasta este mismo instante.
—Quiero saber cómo averiguaste que veníamos a esta ciudad —añadió
Minho—. Y cuándo. ¿Y quién es ese tío extraño que nos entregó el mensaje?
Gally volvió a soltar una risita, gesto que volvió su rostro aún más aterrador.
—Supongo que no os fiáis mucho de los que han estado en contacto con
CRUEL, ¿no?
—Tienen razón —repuso Thomas—, debes contarnos qué pasa. Sobre todo si
quieres nuestra ay uda.
—¿Vuestra ayuda? —preguntó Gally—. Yo no lo diría así. Pero estoy seguro
de que tenemos el mismo objetivo.
—Escucha —dijo Thomas—, necesitamos un motivo para confiar en ti.
Habla.
Tras una larga pausa, Gally empezó:
—El tío que os ha dado la nota se llama Richard. Es miembro de un grupo
denominado Brazo Derecho. Tienen gente en todas las ciudades que quedan en
este planeta de mierda. Su misión es acabar con nuestros viejos amigos para usar
el dinero y la influencia de CRUEL para cosas que realmente importan, pero no
tienen los recursos para desestabilizar una organización tan grande y poderosa.
Quieren actuar, pero les falta información.
—Hemos oído hablar de ellos —afirmó Brenda—. Pero ¿qué tienes que ver tú
en todo esto?
—Tienen un par de espías en el complejo principal de CRUEL y dieron
conmigo; me explicaron que si fingía volverme loco, me echarían. Habría hecho
cualquier cosa por salir de allí. Total, que el Brazo Derecho quería una persona
que estuviera dentro y conociese las funciones del edificio, los sistemas de
seguridad, ese tipo de clonc. Así que atacaron al coche que me escoltaba y se me
llevaron. Me trajeron aquí. En cuanto a cómo sabía que habíais llegado, nos llegó
un mensaje anónimo por la Netblock. Supuse que lo habíais enviado vosotros.
Thomas miró a Brenda en busca de una explicación, pero la chica se limitó a
encoger los hombros.
—Es decir, que no fuisteis vosotros —dijo Gally—. Entonces quizá fue
alguien del cuartel general, alguien que envió un aviso para convocar
cazarrecompensas o lo que sea. La cuestión es que, en cuanto lo supimos,
pirateamos el sistema del aeropuerto para ver dónde había aparecido un iceberg.
—¿Y nos has traído aquí para hablar sobre cómo desmontar CRUEL? —
preguntó Thomas. Incluso la más remota posibilidad de conseguirlo le llenaba de
esperanza.
Gally asintió lenta y deliberadamente antes de hablar.
—Lo dices como si fuera muy fácil. Pero sí, eso es en esencia. Aunque
tenemos dos problemones entre manos.
Saltaba a la vista que Brenda sentía impaciencia.
—¿Qué? Suéltalo ya.
—Cierra el pico, chica.
—¿Cuáles son esos problemas? —insistió Thomas.
Gally le lanzó a Brenda una mirada asesina y volvió a centrarse en Thomas.
—Antes que nada, se ha difundido la noticia de que el Destello está
proliferando en esta fuca ciudad y que existe todo tipo de corrupción para
ocultarlo porque los que están enfermos son unos peces gordos del gobierno.
Ocultan el virus con el Éxtasis, que ralentiza el Destello para que la gente que lo
tenga pueda convivir con el resto, pero el virus sigue propagándose. Y me
imagino que sucede lo mismo en todo el mundo. No hay manera de quitar esa
bestia de en medio.
Thomas sintió miedo. La idea de un mundo arrollado por hordas de raros era
aterradora; no podía imaginarse lo espantosa que podía llegar a ser semejante
situación. Ser inmune no valdría de nada cuando aquello ocurriera.
—¿Cuál es el otro problema? —preguntó Minho—. Como si ese no fuera lo
bastante malo.
—La gente como nosotros.
—¿La gente como nosotros? —repitió Brenda, con una mirada de confusión
en su rostro—. ¿Te refieres a los inmunes?
—Sí —Gally se inclinó hacia delante—. Están desapareciendo. Los
secuestran o huy en, se desvanecen en el aire, nadie lo sabe. Un pajarito me ha
dicho que los están reuniendo para venderlos a CRUEL y que así puedan
continuar las Pruebas. Empezar de nuevo si fuera necesario. Sea cierto o no, la
población inmune de esta ciudad y de otras se ha reducido a la mitad en los
últimos seis meses, y la may oría está desapareciendo sin dejar rastro. Eso está
causando muchos dolores de cabeza. La ciudad los necesita más de lo que la
gente se da cuenta.
La ansiedad de Thomas aumentó.
—¿No odia casi todo el mundo a los munes? ¿No es así como nos llaman? A lo
mejor los han matado o algo así —no soportaba la otra posibilidad que se le había
ocurrido: que CRUEL estuviera secuestrándolos y haciéndoles pasar por lo
mismo que ellos habían vivido.
—Lo dudo —dijo Gally—. Mi pajarito es una fuente de confianza y esto
apesta a CRUEL. Esos problemas no combinan muy bien. El Destello está por
toda la ciudad aunque el gobierno afirme lo contrario. Y los inmunes están
desapareciendo. Sea lo que sea lo que pasa, al final no va a quedar nadie en
Denver. Quién sabe en otras ciudades.
—¿Y qué tiene que ver esto con nosotros? —replicó Jorge.
Gally parecía sorprendido.
—¿Qué, no te importa que la civilización se extinga? Las ciudades se
desmoronan. Pronto el mundo estará lleno de psicópatas que quieren tomarte de
cena.
—¡Por supuesto que nos importa! —exclamó Thomas—. Pero ¿qué quieres
que hagamos nosotros?
—Eh, lo único que sé es que CRUEL tiene una sola directriz: encontrar una
cura. Y es bastante obvio que no lo van a conseguir nunca. Si tuviéramos su
dinero, sus recursos, podríamos usarlos para ayudar de verdad, para proteger a
los sanos. Creí que os gustaría eso.
A Thomas le gustaba, desde luego. Con desesperación.
Gally se encogió de hombros cuando vio que nadie respondía.
—No tenemos mucho que perder. Podríamos intentar hacer algo.
—Gally —dijo Thomas—, ¿sabes algo de Teresa y el grupo de gente que
también escapó hoy?
Gally asintió.
—Sí, también los encontramos y les dimos el mismo mensaje que os estoy
comunicando a vosotros. ¿Quién crees que era mi pajarito?
—Teresa —susurró Thomas.
Un destello de esperanza brotó en su interior. La chica debió de recordar todo
lo de CRUEL cuando le quitaron el Golpe. ¿Acaso la operación le había hecho
cambiar de idea? ¿Su insistencia en que CRUEL era buena formaba ya parte del
pasado?
—Exacto. Me dijo que no podía aceptar que volvieran a comenzar el
programa. También dijo que esperaba encontrarte. Pero hay una cosa más.
Thomas gruñó.
—Eso no suena tan bien.
Gally se encogió de hombros.
—Ahora mismo todo suena mal. Uno de los nuestros que os estaba buscando
oy ó un extraño rumor. Dijo que tenía algo que ver con toda la gente que había
huido del cuartel general de CRUEL. No estoy seguro de si os pueden seguir o no
la pista, pero parece bastante probable que hayan supuesto que veníais a Denver.
—¿Por qué? —inquirió Thomas—. ¿Cuál es el rumor?
—Hay una gran recompensa por un tío llamado Hans que antes trabajaba
para ellos y que ahora vive aquí. CRUEL cree que vinisteis a buscarlo y lo
quieren muerto

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