27-28
Capítulo 27
Thomas luchó desesperadamente y se esforzó por recobrar el control de sus
músculos, pero algo extraño se había apoderado de su cuerpo.
—¡Thomas, te tienen! —gritó Brenda—. ¡Resiste!
Observó, impotente, como su propia mano apartaba la cara de la chica y la
tiraba al suelo. Jorge fue a protegerla, pero le dio un puñetazo en la barbilla con
un golpe rápido. La cabeza de Jorge rebotó hacia atrás y un hilo de sangre manó
de sus labios.
De nuevo salieron de Thomas unas palabras que no eran suyas:
—¡No puedo… dejaros… hacer esto!
Para entonces estaba gritando y el esfuerzo le dañaba la garganta. Era como
si su cerebro hubiese sido programado con esa única frase y no pudiera decir
nada más.
Brenda se había vuelto a poner de pie. Minho estaba aturdido, con la cara
llena de confusión. Jorge se estaba limpiando la sangre de la barbilla y sus ojos
reflejaban ira.
Y entonces recobró un recuerdo, algo de un programa infalible de su
implante para evitar que lo extrajeran. Quería decirles a sus amigos que le
sedaran, pero no podía. Comenzó a avanzar hacia la puerta a pasos agigantados y
apartó a Minho de su camino con un empujón. Pasó medio tambaleándose por la
barra de la cocina y cogió un cuchillo que había junto al fregadero. Lo agarró
por el mango y, cuanto más intentaba tirarlo, más se cerraban sus dedos.
—¡Thomas! —gritó Minho al salir por fin de su estupor—. ¡Resiste, tío! ¡Saca
a esa fuca gente de tu cabeza!
Thomas se volvió para mirarle, con el cuchillo levantado. Se odiaba a sí
mismo por ser tan débil, por no ser capaz de controlar su cuerpo. Una vez más,
intentó hablar, pero nada. Su cuerpo haría ahora todo lo posible por evitar que le
extrajeran el implante de la cabeza.
—¿Vas a matarme, gilipullo? —preguntó Minho—. ¿Vas a lanzarme esa cosa
como Gally a Chuck? Pues hazlo. Lánzalo.
Por un segundo, Thomas temió que eso fuera exactamente lo que iba a hacer,
pero su cuerpo se dio la vuelta para mirar en dirección contraria. Mientras lo
hacía, Hans cruzó la puerta y abrió los ojos como platos. Thomas supuso que
Hans era su objetivo principal y que el programa infalible atacaría a todo aquel
que intentara quitar el implante.
—¿Qué coño es esto? —preguntó Hans.
—No puedo… dejar… que hagáis esto —contestó Thomas.
—Ah, me temía algo así —murmuró Hans y se volvió hacia el grupo—.
¡Chicos, venid aquí a ayudarme!
Thomas se imaginó el funcionamiento interno del mecanismo en su cerebro
como minúsculos instrumentos manejados por arañas minúsculas. Luchó contra
ellos y apretó los dientes, pero empezó a levantar el brazo con el cuchillo bien
agarrado en su puño.
—No pue…
Antes de que pudiera terminar, alguien le golpeó por la espalda y le quitó el
cuchillo de la mano. Cay ó al suelo y se dio la vuelta para ver a Minho.
—No voy a dejar que mates a nadie —dijo su amigo.
—¡Apártate de mí! —gritó, sin estar seguro de si eran sus propias palabras o
las de CRUEL.
Pero Minho apretaba sus brazos contra el suelo. Se cernía sobre él y jadeaba
para recuperar el aliento.
—No voy a soltarte hasta que dejen de controlar tu mente.
Thomas quiso sonreír, pero su rostro no podía obedecer aquella simple orden.
Notaba tensos todos sus músculos.
—No parará hasta que Hans lo arregle —dijo Brenda—. ¿Hans?
El hombre may or se arrodilló junto a Thomas y Minho.
—No puedo creer que trabajara alguna vez para esa gente. Para ti —casi
escupió la última palabra, mirando directamente a Thomas.
Este observaba todo aquello, impotente. En su interior ansiaba relajarse para
ayudar a Hans a hacer lo que fuera necesario. Entonces algo se encendió e hizo
que la parte superior de su cuerpo se arqueara. Dio unas cuantas sacudidas y
luchó por soltarse. Minho empujó hacia abajo y trató de colocar las piernas para
sentarse sobre él otra vez, pero lo que controlaba a Thomas parecía despedir
adrenalina en su interior. Su fuerza superaba la de Minho, que salió disparado.
Thomas se puso de pie en un instante, cogió el cuchillo del suelo y lo dirigió
hacia Hans, arremetiendo con la hoja. El hombre lo desvió con el antebrazo,
donde apareció un corte profundo y rojo cuando ambos chocaron y rodaron por
el suelo, luchando. Thomas hizo todo lo posible para detenerse, pero el cuchillo
seguía atacando al tiempo que Hans lo esquivaba.
—¡Atrapadle! —gritó Brenda desde algún lugar cercano.
Thomas vio aparecer unas manos y notó que le agarraban los brazos. Alguien
le cogió del pelo y tiró hacia atrás. Thomas gritó, desesperado, y cortó a ciegas
con el cuchillo. Entonces sintió un gran alivio: Jorge y Minho habían conseguido
controlarle y le estaban apartando de Hans. Cayó de espaldas y dejó de sujetar
el cuchillo; oy ó cómo repiqueteaba sobre las baldosas mientras alguien le daba
una patada para lanzarlo al otro lado de la cocina.
—¡No puedo dejaros hacer esto! —gritó. Se odiaba a sí mismo aunque sabía
que no podía controlarse.
—¡Cállate —espetó Minho mientras Jorge y él luchaban contra sus intentos
por soltarse—, tío loco! ¡Te están volviendo loco!
Thomas se moría por decirle a Minho que tenía razón. No se creía de verdad
lo que estaba diciendo.
Minho se dio la vuelta y le gritó a Hans:
—¡Quítale eso de la cabeza!
—¡No! —gritó Thomas—. ¡No!
Se retorció y sacudió los brazos, luchó con una fuerza feroz, pero los otros
cuatro también demostraron tenerla. De alguna manera, terminaron aferrándolo
por cada una de las extremidades, lo levantaron del suelo y lo sacaron de la
cocina para llevarlo a un corto pasillo, que recorrieron mientras él pataleaba y se
retorcía, tirando de las paredes varias fotografías enmarcadas. A continuación se
oyó el sonido de unos cristales rotos.
Thomas gritó una vez, luego otra y otra. No le quedaba energía para resistirse
a las fuerzas internas. Su cuerpo luchaba contra Minho y los demás y decía lo
que CRUEL quería que dijera. Se había rendido.
—¡Por aquí! —gritó Hans.
Entraron a una pequeña habitación, un estrecho laboratorio con dos mesas
llenas de instrumentos y una cama. Una versión de aspecto rudimentario de la
máscara que habían visto en CRUEL colgaba sobre un colchón vacío.
—¡Ponedle en la cama! —gritó Hans. Le colocaron bocarriba y él continuó
luchando—. Coged la pierna que sujetaba yo. Tengo que dejarle sin
conocimiento.
Minho, que había estado aferrando la otra pierna, ahora agarraba ambas y
usaba su cuerpo para pegarlas a la cama. De inmediato, Thomas recordó cuando
Newt y él hicieron lo mismo con Alby después de que despertara tras el Cambio
en la Hacienda del Claro.
Hans rebuscó con estrépito en un cajón y después volvió.
—¡Mantenedle lo más quieto posible!
Por última vez, Thomas se esforzó por soltarse y gritó a pulmón abierto.
Consiguió liberar el brazo que le aguantaba Brenda y le dio un puñetazo a Jorge
en la cara.
—¡Basta! —gritó la chica mientras trataba de agarrarle.
Él volvió a arquear el torso.
—¡No puedo… dejaros hacer esto!
Nunca había sentido tanta frustración.
—¡Mantenedle inmóvil, maldita sea! —gritó Hans.
De algún modo, Brenda logró sujetarle el brazo de nuevo y lo aplastó con el
torso.
Thomas notó un fuerte pinchazo en la pierna. Era extraño estar luchando
contra algo tan violentamente y, aun así, desear que sucediera. Cuando la
oscuridad comenzó a envolverle y su cuerpo se quedó quieto, por fin recuperó el
control de sí mismo. En el último segundo dijo:
—Odio a esos cara fucos.
Y luego perdió el conocimiento.
Capítulo 28
Perdido en la oscura bruma de los fármacos, Thomas soñó.
Tiene quince años y está sentado en una cama. La habitación se encuentra a
oscuras, salvo por el brillo ambarino de una lámpara en el escritorio. Teresa está
allí; ha cogido una silla y se ha sentado a su lado. Su rostro refleja angustia, es
una máscara de sufrimiento.
—Tenemos que hacerlo —dice la chica en voz baja.
Thomas está allí, pero a la vez no está allí. No recuerda los detalles de lo
sucedido, aunque en su interior se siente sucio y podrido. Teresa y él han hecho
algo horrible, pero el sueño no le acaba de revelar lo que es. Algo espantoso que
no es menos repulsivo porque la gente a la que se lo han hecho les dijese que lo
hicieran.
—Tenemos que hacerlo —repite.
—Lo sé —responde Thomas con una voz que suena tan muerta como el
polvo.
Dos palabras aparecen en su cabeza: la Purga. El muro que le bloquea los
recuerdos disminuy e por un momento y un hecho terrible surge al otro lado.
Teresa comienza a hablar de nuevo:
—Querían que acabara así, Tom. Mejor morir que pasar los años
enloqueciendo cada vez más. Ya no están. No nos quedaba otra opción y no había
mejor manera de hacerlo. Se ha hecho y ya está. Tenemos que formar a los
nuevos y seguir con las Pruebas. Hemos llegado demasiado lejos para dejar que
todo esto se desbarate.
Por un instante, Thomas la odia, pero es breve. Sabe que sólo intenta ser
fuerte.
—Eso no significa que tenga que gustarme.
Y así es. Nunca antes se había odiado con tanta intensidad.
Teresa asiente, pero no dice nada.
El Thomas que sueña intenta invadir la mente de su yo más joven, explorar
los recuerdos en aquel espacio sin límites. Los creadores originales, infectados
con el Destello, fueron purgados hasta la muerte. Hubo un sinfín de voluntarios
para ocupar su lugar. Los dos laberintos en curso son más fuertes después de un
año y generan cada vez más resultados conforme pasan los días. Van creando el
programa lenta, pero seguramente mientras los sustitutos se forman.
Todo queda ahí, para el recuerdo. Pero entonces cambia de opinión y le da la
espalda a todo. El pasado es el pasado. Ahora sólo existe el futuro.
Se hunde en el oscuro olvido.
Thomas se despertó adormilado y con un ligero dolor detrás de los ojos. El
sueño aún latía en su cráneo como un pulso, aunque los detalles se habían hecho
confusos. Sabía lo suficiente sobre la Purga, que era el cambio de los creadores
originales por sus sustitutos. Teresa y él habían tenido que exterminar a todo el
personal después de un brote. No habían tenido más remedio; eran los únicos que
quedaban inmunes. Juró no volver a pensar en aquello.
Minho estaba sentado en una silla a su lado, con la cabeza colgando mientras
roncaba durante su sueño irregular.
—Minho —susurró Thomas—. Eh, Minho. Despierta.
—¿Eh? —Minho abrió los ojos despacio y tosió—. ¿Qué? ¿Qué pasa?
—Nada. Sólo quiero saber qué ha ocurrido. ¿Consiguió Hans apagar esa cosa?
¿Ya estamos bien?
Minho asintió a través de un gran bostezo.
—Sí, los dos. Al menos, dijo que lo había hecho. Tío, se te fue la olla a lo
bestia. ¿Te acuerdas de eso?
—Claro que sí —una oleada de vergüenza hizo que se sonrojara—. Pero era
como si estuviese paralizado o algo así. No dejaba de intentarlo, pero no podía
parar lo que fuera que estuviese controlándome.
—¡Macho, intentaste cortarme lo que ya sabes!
Thomas se rio, algo que llevaba sin hacer mucho tiempo. Lo recibió con
agrado.
—Qué pena que no lo llegara a hacer. Podría haber salvado el mundo de
pequeños Minhos.
—Sólo recuerda que me debes una.
—Bien.
Se la debía a todos.
Brenda, Jorge y Hans se acercaron, los tres con una expresión muy seria, y
la sonrisa desapareció del rostro de Thomas.
—¿Se ha pasado Gally por aquí y os ha regalado otra arenga? —preguntó,
forzando un tono desenfadado—. Parecéis deprimidísimos.
—¿Cuándo te has puesto de tan buen humor, muchacho? —respondió Jorge—.
Hace unas horas tratabas de apuñalarnos.
Thomas abrió la boca para disculparse, para dar explicaciones, pero Hans le
acalló; se inclinó sobre la cama y pasó una lucecita por sus ojos.
—Parece que tu cabeza se está despejando bien. El dolor debería
desaparecer pronto. Tu operación fue más difícil por el programa infalible.
Thomas centró su atención en Brenda.
—¿Ya está arreglado?
—Funcionó —dijo ella—. A juzgar por el hecho de que y a no intentas
matarnos, se ha desactivado. Y…
—¿Y qué?
—Bueno, no deberías poder hablar ni oír a Teresa o a Aris.
Quizás el día anterior hubiera sentido una punzada de tristeza al oír aquello,
pero ahora sólo sentía alivio.
—Me parece bien. ¿Queda algún problema?
La chica negó con la cabeza.
—No, pero no pueden arriesgarse. Hans y su mujer van a marcharse, pero
antes él quería decirte algo.
Hans había retrocedido hasta la pared, probablemente para darles un poco de
espacio. En ese momento se acercó a ellos con la cabeza gacha.
—Ojalá pudiera acompañaros y ayudaros, pero tengo una esposa y ella es
mi familia; es mi prioridad. Quería desearos suerte. Espero que consigáis lo que
y o no tuve el valor de intentar.
Thomas asintió. El cambio en la actitud del hombre era notable. Tal vez el
reciente suceso le había recordado de lo que era capaz CRUEL.
—Gracias. Y si podemos detener a CRUEL, volveremos a por vosotros.
—Ya veremos —murmuró Hans—. Hay mucho por hacer —se dio la vuelta
para colocarse de nuevo junto a la pared. Era evidente que el hombre guardaba
muchos recuerdos oscuros en su memoria.
—Y ahora ¿qué? —preguntó Brenda.
Thomas sabía que no tenían tiempo para descansar; su mente se puso a
trabajar en lo que tenían que hacer.
—Encontraremos a nuestros amigos y les convenceremos para que se unan a
nosotros. Luego volveremos con Gally. Lo único que he logrado en mi vida ha
sido ay udar a organizar un experimento fallido que ha atormentado a un puñado
de críos. Es hora de añadir algo más a esa lista. Vamos a detener toda la
operación antes de que vuelvan a hacérselo a nuevos inmunes.
Jorge habló después de llevar un buen rato callado:
—¿Vamos? ¿De qué estás hablando, hermano?
Thomas miró al hombre con aún más determinación.
—Tenemos que ayudar al Brazo Derecho.
Nadie dijo nada.
—Vale —habló Minho finalmente—, pero antes vamos a comer algo.
Thomas luchó desesperadamente y se esforzó por recobrar el control de sus
músculos, pero algo extraño se había apoderado de su cuerpo.
—¡Thomas, te tienen! —gritó Brenda—. ¡Resiste!
Observó, impotente, como su propia mano apartaba la cara de la chica y la
tiraba al suelo. Jorge fue a protegerla, pero le dio un puñetazo en la barbilla con
un golpe rápido. La cabeza de Jorge rebotó hacia atrás y un hilo de sangre manó
de sus labios.
De nuevo salieron de Thomas unas palabras que no eran suyas:
—¡No puedo… dejaros… hacer esto!
Para entonces estaba gritando y el esfuerzo le dañaba la garganta. Era como
si su cerebro hubiese sido programado con esa única frase y no pudiera decir
nada más.
Brenda se había vuelto a poner de pie. Minho estaba aturdido, con la cara
llena de confusión. Jorge se estaba limpiando la sangre de la barbilla y sus ojos
reflejaban ira.
Y entonces recobró un recuerdo, algo de un programa infalible de su
implante para evitar que lo extrajeran. Quería decirles a sus amigos que le
sedaran, pero no podía. Comenzó a avanzar hacia la puerta a pasos agigantados y
apartó a Minho de su camino con un empujón. Pasó medio tambaleándose por la
barra de la cocina y cogió un cuchillo que había junto al fregadero. Lo agarró
por el mango y, cuanto más intentaba tirarlo, más se cerraban sus dedos.
—¡Thomas! —gritó Minho al salir por fin de su estupor—. ¡Resiste, tío! ¡Saca
a esa fuca gente de tu cabeza!
Thomas se volvió para mirarle, con el cuchillo levantado. Se odiaba a sí
mismo por ser tan débil, por no ser capaz de controlar su cuerpo. Una vez más,
intentó hablar, pero nada. Su cuerpo haría ahora todo lo posible por evitar que le
extrajeran el implante de la cabeza.
—¿Vas a matarme, gilipullo? —preguntó Minho—. ¿Vas a lanzarme esa cosa
como Gally a Chuck? Pues hazlo. Lánzalo.
Por un segundo, Thomas temió que eso fuera exactamente lo que iba a hacer,
pero su cuerpo se dio la vuelta para mirar en dirección contraria. Mientras lo
hacía, Hans cruzó la puerta y abrió los ojos como platos. Thomas supuso que
Hans era su objetivo principal y que el programa infalible atacaría a todo aquel
que intentara quitar el implante.
—¿Qué coño es esto? —preguntó Hans.
—No puedo… dejar… que hagáis esto —contestó Thomas.
—Ah, me temía algo así —murmuró Hans y se volvió hacia el grupo—.
¡Chicos, venid aquí a ayudarme!
Thomas se imaginó el funcionamiento interno del mecanismo en su cerebro
como minúsculos instrumentos manejados por arañas minúsculas. Luchó contra
ellos y apretó los dientes, pero empezó a levantar el brazo con el cuchillo bien
agarrado en su puño.
—No pue…
Antes de que pudiera terminar, alguien le golpeó por la espalda y le quitó el
cuchillo de la mano. Cay ó al suelo y se dio la vuelta para ver a Minho.
—No voy a dejar que mates a nadie —dijo su amigo.
—¡Apártate de mí! —gritó, sin estar seguro de si eran sus propias palabras o
las de CRUEL.
Pero Minho apretaba sus brazos contra el suelo. Se cernía sobre él y jadeaba
para recuperar el aliento.
—No voy a soltarte hasta que dejen de controlar tu mente.
Thomas quiso sonreír, pero su rostro no podía obedecer aquella simple orden.
Notaba tensos todos sus músculos.
—No parará hasta que Hans lo arregle —dijo Brenda—. ¿Hans?
El hombre may or se arrodilló junto a Thomas y Minho.
—No puedo creer que trabajara alguna vez para esa gente. Para ti —casi
escupió la última palabra, mirando directamente a Thomas.
Este observaba todo aquello, impotente. En su interior ansiaba relajarse para
ayudar a Hans a hacer lo que fuera necesario. Entonces algo se encendió e hizo
que la parte superior de su cuerpo se arqueara. Dio unas cuantas sacudidas y
luchó por soltarse. Minho empujó hacia abajo y trató de colocar las piernas para
sentarse sobre él otra vez, pero lo que controlaba a Thomas parecía despedir
adrenalina en su interior. Su fuerza superaba la de Minho, que salió disparado.
Thomas se puso de pie en un instante, cogió el cuchillo del suelo y lo dirigió
hacia Hans, arremetiendo con la hoja. El hombre lo desvió con el antebrazo,
donde apareció un corte profundo y rojo cuando ambos chocaron y rodaron por
el suelo, luchando. Thomas hizo todo lo posible para detenerse, pero el cuchillo
seguía atacando al tiempo que Hans lo esquivaba.
—¡Atrapadle! —gritó Brenda desde algún lugar cercano.
Thomas vio aparecer unas manos y notó que le agarraban los brazos. Alguien
le cogió del pelo y tiró hacia atrás. Thomas gritó, desesperado, y cortó a ciegas
con el cuchillo. Entonces sintió un gran alivio: Jorge y Minho habían conseguido
controlarle y le estaban apartando de Hans. Cayó de espaldas y dejó de sujetar
el cuchillo; oy ó cómo repiqueteaba sobre las baldosas mientras alguien le daba
una patada para lanzarlo al otro lado de la cocina.
—¡No puedo dejaros hacer esto! —gritó. Se odiaba a sí mismo aunque sabía
que no podía controlarse.
—¡Cállate —espetó Minho mientras Jorge y él luchaban contra sus intentos
por soltarse—, tío loco! ¡Te están volviendo loco!
Thomas se moría por decirle a Minho que tenía razón. No se creía de verdad
lo que estaba diciendo.
Minho se dio la vuelta y le gritó a Hans:
—¡Quítale eso de la cabeza!
—¡No! —gritó Thomas—. ¡No!
Se retorció y sacudió los brazos, luchó con una fuerza feroz, pero los otros
cuatro también demostraron tenerla. De alguna manera, terminaron aferrándolo
por cada una de las extremidades, lo levantaron del suelo y lo sacaron de la
cocina para llevarlo a un corto pasillo, que recorrieron mientras él pataleaba y se
retorcía, tirando de las paredes varias fotografías enmarcadas. A continuación se
oyó el sonido de unos cristales rotos.
Thomas gritó una vez, luego otra y otra. No le quedaba energía para resistirse
a las fuerzas internas. Su cuerpo luchaba contra Minho y los demás y decía lo
que CRUEL quería que dijera. Se había rendido.
—¡Por aquí! —gritó Hans.
Entraron a una pequeña habitación, un estrecho laboratorio con dos mesas
llenas de instrumentos y una cama. Una versión de aspecto rudimentario de la
máscara que habían visto en CRUEL colgaba sobre un colchón vacío.
—¡Ponedle en la cama! —gritó Hans. Le colocaron bocarriba y él continuó
luchando—. Coged la pierna que sujetaba yo. Tengo que dejarle sin
conocimiento.
Minho, que había estado aferrando la otra pierna, ahora agarraba ambas y
usaba su cuerpo para pegarlas a la cama. De inmediato, Thomas recordó cuando
Newt y él hicieron lo mismo con Alby después de que despertara tras el Cambio
en la Hacienda del Claro.
Hans rebuscó con estrépito en un cajón y después volvió.
—¡Mantenedle lo más quieto posible!
Por última vez, Thomas se esforzó por soltarse y gritó a pulmón abierto.
Consiguió liberar el brazo que le aguantaba Brenda y le dio un puñetazo a Jorge
en la cara.
—¡Basta! —gritó la chica mientras trataba de agarrarle.
Él volvió a arquear el torso.
—¡No puedo… dejaros hacer esto!
Nunca había sentido tanta frustración.
—¡Mantenedle inmóvil, maldita sea! —gritó Hans.
De algún modo, Brenda logró sujetarle el brazo de nuevo y lo aplastó con el
torso.
Thomas notó un fuerte pinchazo en la pierna. Era extraño estar luchando
contra algo tan violentamente y, aun así, desear que sucediera. Cuando la
oscuridad comenzó a envolverle y su cuerpo se quedó quieto, por fin recuperó el
control de sí mismo. En el último segundo dijo:
—Odio a esos cara fucos.
Y luego perdió el conocimiento.
Capítulo 28
Perdido en la oscura bruma de los fármacos, Thomas soñó.
Tiene quince años y está sentado en una cama. La habitación se encuentra a
oscuras, salvo por el brillo ambarino de una lámpara en el escritorio. Teresa está
allí; ha cogido una silla y se ha sentado a su lado. Su rostro refleja angustia, es
una máscara de sufrimiento.
—Tenemos que hacerlo —dice la chica en voz baja.
Thomas está allí, pero a la vez no está allí. No recuerda los detalles de lo
sucedido, aunque en su interior se siente sucio y podrido. Teresa y él han hecho
algo horrible, pero el sueño no le acaba de revelar lo que es. Algo espantoso que
no es menos repulsivo porque la gente a la que se lo han hecho les dijese que lo
hicieran.
—Tenemos que hacerlo —repite.
—Lo sé —responde Thomas con una voz que suena tan muerta como el
polvo.
Dos palabras aparecen en su cabeza: la Purga. El muro que le bloquea los
recuerdos disminuy e por un momento y un hecho terrible surge al otro lado.
Teresa comienza a hablar de nuevo:
—Querían que acabara así, Tom. Mejor morir que pasar los años
enloqueciendo cada vez más. Ya no están. No nos quedaba otra opción y no había
mejor manera de hacerlo. Se ha hecho y ya está. Tenemos que formar a los
nuevos y seguir con las Pruebas. Hemos llegado demasiado lejos para dejar que
todo esto se desbarate.
Por un instante, Thomas la odia, pero es breve. Sabe que sólo intenta ser
fuerte.
—Eso no significa que tenga que gustarme.
Y así es. Nunca antes se había odiado con tanta intensidad.
Teresa asiente, pero no dice nada.
El Thomas que sueña intenta invadir la mente de su yo más joven, explorar
los recuerdos en aquel espacio sin límites. Los creadores originales, infectados
con el Destello, fueron purgados hasta la muerte. Hubo un sinfín de voluntarios
para ocupar su lugar. Los dos laberintos en curso son más fuertes después de un
año y generan cada vez más resultados conforme pasan los días. Van creando el
programa lenta, pero seguramente mientras los sustitutos se forman.
Todo queda ahí, para el recuerdo. Pero entonces cambia de opinión y le da la
espalda a todo. El pasado es el pasado. Ahora sólo existe el futuro.
Se hunde en el oscuro olvido.
Thomas se despertó adormilado y con un ligero dolor detrás de los ojos. El
sueño aún latía en su cráneo como un pulso, aunque los detalles se habían hecho
confusos. Sabía lo suficiente sobre la Purga, que era el cambio de los creadores
originales por sus sustitutos. Teresa y él habían tenido que exterminar a todo el
personal después de un brote. No habían tenido más remedio; eran los únicos que
quedaban inmunes. Juró no volver a pensar en aquello.
Minho estaba sentado en una silla a su lado, con la cabeza colgando mientras
roncaba durante su sueño irregular.
—Minho —susurró Thomas—. Eh, Minho. Despierta.
—¿Eh? —Minho abrió los ojos despacio y tosió—. ¿Qué? ¿Qué pasa?
—Nada. Sólo quiero saber qué ha ocurrido. ¿Consiguió Hans apagar esa cosa?
¿Ya estamos bien?
Minho asintió a través de un gran bostezo.
—Sí, los dos. Al menos, dijo que lo había hecho. Tío, se te fue la olla a lo
bestia. ¿Te acuerdas de eso?
—Claro que sí —una oleada de vergüenza hizo que se sonrojara—. Pero era
como si estuviese paralizado o algo así. No dejaba de intentarlo, pero no podía
parar lo que fuera que estuviese controlándome.
—¡Macho, intentaste cortarme lo que ya sabes!
Thomas se rio, algo que llevaba sin hacer mucho tiempo. Lo recibió con
agrado.
—Qué pena que no lo llegara a hacer. Podría haber salvado el mundo de
pequeños Minhos.
—Sólo recuerda que me debes una.
—Bien.
Se la debía a todos.
Brenda, Jorge y Hans se acercaron, los tres con una expresión muy seria, y
la sonrisa desapareció del rostro de Thomas.
—¿Se ha pasado Gally por aquí y os ha regalado otra arenga? —preguntó,
forzando un tono desenfadado—. Parecéis deprimidísimos.
—¿Cuándo te has puesto de tan buen humor, muchacho? —respondió Jorge—.
Hace unas horas tratabas de apuñalarnos.
Thomas abrió la boca para disculparse, para dar explicaciones, pero Hans le
acalló; se inclinó sobre la cama y pasó una lucecita por sus ojos.
—Parece que tu cabeza se está despejando bien. El dolor debería
desaparecer pronto. Tu operación fue más difícil por el programa infalible.
Thomas centró su atención en Brenda.
—¿Ya está arreglado?
—Funcionó —dijo ella—. A juzgar por el hecho de que y a no intentas
matarnos, se ha desactivado. Y…
—¿Y qué?
—Bueno, no deberías poder hablar ni oír a Teresa o a Aris.
Quizás el día anterior hubiera sentido una punzada de tristeza al oír aquello,
pero ahora sólo sentía alivio.
—Me parece bien. ¿Queda algún problema?
La chica negó con la cabeza.
—No, pero no pueden arriesgarse. Hans y su mujer van a marcharse, pero
antes él quería decirte algo.
Hans había retrocedido hasta la pared, probablemente para darles un poco de
espacio. En ese momento se acercó a ellos con la cabeza gacha.
—Ojalá pudiera acompañaros y ayudaros, pero tengo una esposa y ella es
mi familia; es mi prioridad. Quería desearos suerte. Espero que consigáis lo que
y o no tuve el valor de intentar.
Thomas asintió. El cambio en la actitud del hombre era notable. Tal vez el
reciente suceso le había recordado de lo que era capaz CRUEL.
—Gracias. Y si podemos detener a CRUEL, volveremos a por vosotros.
—Ya veremos —murmuró Hans—. Hay mucho por hacer —se dio la vuelta
para colocarse de nuevo junto a la pared. Era evidente que el hombre guardaba
muchos recuerdos oscuros en su memoria.
—Y ahora ¿qué? —preguntó Brenda.
Thomas sabía que no tenían tiempo para descansar; su mente se puso a
trabajar en lo que tenían que hacer.
—Encontraremos a nuestros amigos y les convenceremos para que se unan a
nosotros. Luego volveremos con Gally. Lo único que he logrado en mi vida ha
sido ay udar a organizar un experimento fallido que ha atormentado a un puñado
de críos. Es hora de añadir algo más a esa lista. Vamos a detener toda la
operación antes de que vuelvan a hacérselo a nuevos inmunes.
Jorge habló después de llevar un buen rato callado:
—¿Vamos? ¿De qué estás hablando, hermano?
Thomas miró al hombre con aún más determinación.
—Tenemos que ayudar al Brazo Derecho.
Nadie dijo nada.
—Vale —habló Minho finalmente—, pero antes vamos a comer algo.
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