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Capítulo 29
Fueron a una cafetería cercana, que les habían recomendado Hans y su
esposa.
Thomas no había estado en un lugar así antes. Al menos, no lo recordaba. Los
clientes hacían cola junto al mostrador para que les sirvieran café y dulces, y
luego se dirigían a una mesa o volvían a salir por la puerta. Observó cómo una
anciana nerviosa no dejaba de levantar su mascarilla para darle sorbos a una
bebida caliente. Uno de los guardias con camisa roja se hallaba en la entrada y,
cuando transcurría un par de minutos, utilizaba un artefacto para hacer la prueba
del Destello a gente al azar. Un extraño aparato metálico le tapaba la boca y la
nariz.
Thomas se sentó con Minho y Brenda a una mesa del fondo mientras Jorge
iba a buscar la comida y las bebidas. Los ojos de Thomas no podían apartarse de
un hombre, de unos treinta y cinco o cuarenta años, que estaba sentado en un
banco cerca de ellos, enfrente de una gran ventana que daba a la calle. No había
tocado su café desde que ellos llegaron y ya no salía humo de la taza. El hombre
estaba encorvado, con los codos sobre las rodillas, las manos juntas pero no
apretadas, y la mirada fija en un punto al otro extremo del local.
Había algo inquietante en su rostro, que se revelaba totalmente inexpresivo.
Los ojos aparentaban flotar en sus cuencas, pero aun así había cierta satisfacción
en ellos. Cuando Thomas se lo señaló a Brenda, ella le susurró que debía de estar
bajo la influencia del Éxtasis y le encarcelarían si le pillaban. A él se le pusieron
los pelos de punta. Esperaba que aquel hombre se marchara pronto.
Jorge volvió con unos bocadillos y unas tazas humeantes de café, y los cuatro
comieron y bebieron en silencio. Thomas sabía que todos eran conscientes de la
urgencia de la situación, pero agradecía poder descansar y recuperar fuerzas.
Acabaron, pero cuando ya se disponían a marcharse, Brenda se quedó
sentada.
—¿Os importaría esperar fuera unos minutos? —pidió. Por su mirada era
obvio que se refería a Jorge y Minho.
—¿Disculpa? —respondió Minho con un tono exasperado—. ¿Más secretos?
—No. No es nada de eso, lo prometo. Es que necesito un momento. Quiero
decirle algo a Thomas.
Thomas estaba sorprendido, pero sentía curiosidad y volvió a sentarse.
—Sal —dijo, dirigiéndose a Minho—. Ya sabes que no te oculto nada. Y ella
también lo sabe.
Su amigo refunfuñó, pero al final se marchó con Jorge y ambos les esperaron
en la acera, cerca de la ventana más próxima. Minho le dedicó a Thomas una
sonrisa bobalicona y le saludó con la mano. Su sarcasmo dejaba claro que no
estaba precisamente contento. Thomas le devolvió el saludo y se centró en
Brenda.
—¿Y bien? ¿De qué va todo esto? —preguntó.
—Sé que debemos darnos prisa, pero no tardaré mucho. No hemos tenido
tiempo de estar solos y quiero asegurarme de que sabes que lo que sucedió en la
Quemadura no fue teatro. Estaba trabajando, fui hasta allí para ay udarles a
avanzar, pero me acerqué a ti y eso me cambió. Y creo que hay un par de cosas
que mereces saber sobre mí, sobre la ministra Paige, sobre…
Thomas levantó la mano para interrumpirla.
—Por favor, para.
La chica se retiró con expresión de sorpresa.
—¿Qué? ¿Por qué?
—No quiero saber nada; no quiero saber nada más. Lo único que me importa
es lo que vamos a hacer a partir de ahora. No quiero saber nada sobre mi pasado
ni el tuy o ni el de CRUEL. Nada. Y tenemos que ponernos en marcha.
—Pero…
—No, Brenda. Lo digo en serio. Estamos aquí, tenemos un objetivo y eso es
en lo que debemos centrarnos. No se hable más.
Ella le miró sin decir nada y bajó la vista a sus manos, que estaban apoyadas
sobre la mesa.
—Pues lo único que diré es que creo que lo estás haciendo bien y vas bien
encaminado. Y y o seguiré ayudándote lo mejor que pueda.
Thomas esperó no haber herido sus sentimientos, pero lo había dicho en serio.
Ya era hora de dejar pasar algunas cosas, aunque resultara evidente que la chica
se moría por contarle algo. Mientras buscaba una respuesta, sus ojos volvieron al
hombre extraño del banco. Había sacado algo de su bolsillo que no alcanzaba a
ver y lo estaba apretando contra la parte interior de su codo. Cerró los ojos en un
largo parpadeo y pareció algo aturdido cuando los volvió a abrir. Echó la cabeza
despacio hacia atrás hasta que la apoyó en la ventana.
El guardia de la camisa roja entró a la cafetería y Thomas se inclinó hacia
delante para verlo mejor. El Camisa Roja se acercó al banco donde el hombre
drogado descansaba plácidamente. Una mujer bajita se colocó junto al
controlador para susurrarle algo al oído mientras se movía con nerviosismo.
—¿Thomas? —lo llamó Brenda.
Él se llevó un dedo a los labios y señaló con la cabeza hacia la potencial
confrontación. La chica se volvió en su asiento para ver lo que pasaba.
El Camisa Roja le dio una patada en el pie al tipo del banco, que se
estremeció y alzó la vista. Los hombres comenzaron a intercambiar palabras,
pero Thomas no oy ó lo que decían por el bullicio y los murmullos de la atestada
cafetería. El hombre que minutos atrás había estado tranquilo de pronto pareció
asustado.
Brenda se volvió hacia Thomas.
—Tenemos que salir de aquí. Ya.
—¿Por qué?
El aire pareció condensarse. Thomas sentía curiosidad por lo que estaba a
punto de suceder.
Ella y a se estaba levantando.
—¡Vamos!
Se dio la vuelta y caminó con brío hacia la salida, y él finalmente la siguió.
Acababa de levantarse de la silla cuando el Camisa Roja sacó una pistola, apuntó
al hombre del banco y colocó el dispositivo de análisis ante su cara. Pero el
hombre le asestó un golpe y se precipitó hacia delante, empujando al controlador.
Thomas, paralizado por la impresión, no pudo despegar la vista de la escena al
tiempo que la pistola desaparecía bajo un mostrador. Los dos hombres se
estrellaron contra una mesa y cayeron al suelo.
El Camisa Roja comenzó a gritar; su voz sonaba casi como la de un robot al
atravesar la máscara metálica protectora que le tapaba la boca y la nariz:
—¡Tenemos a un infectado! ¡Que todo el mundo evacúe el edificio!
Se hizo el caos absoluto y los gritos inundaron el aire mientras todos corrían
hacia la única salida.
Capítulo 30
Thomas deseó no haber dudado; debería haber corrido cuando tuvo
oportunidad. Una marabunta de cuerpos le arrastró al frente y bloqueó la puerta.
Brenda no podría regresar a por él ni aunque lo intentara. Se metió debajo de la
mesa y contempló, mudo de asombro, cómo ambos hombres peleaban en el
suelo, se daban puñetazos, se agarraban y trataban de obtener ventaja el uno
sobre el otro.
Thomas se dio cuenta de que, aunque la multitud que huía podía hacerle daño,
en realidad no tenía por qué preocuparse. Era inmune. El resto de personas en la
cafetería se habían puesto histéricas porque el virus estaba muy cerca, lo que era
comprensible, puesto que al menos uno de ellos se contagiaría. Pero mientras se
mantuviera lejos del alboroto, estaría a salvo justo donde se hallaba.
Alguien golpeó la ventana y, cuando se volvió, vio a Brenda junto a Minho y
Jorge en la acera. Le hacía señas como una desesperada para que saliera. Pero
Thomas quería ver lo que pasaba.
El Camisa Roja por fin había inmovilizado al hombre en el suelo.
—¡Se acabó! Ya están de camino —gritó con aquella espeluznante voz
mecanizada.
El hombre infectado dejó de luchar y estalló en sollozos. Fue entonces cuando
Thomas se percató de que la multitud había desalojado el local y la cafetería
estaba totalmente vacía, salvo por los dos hombres y él mismo. Un silencio
sobrecogedor reinaba en el ambiente.
El Camisa Roja le miró.
—¿Por qué sigues aquí, chaval? ¿Quieres morir? —aunque no le dejó
contestar—: Si vas a quedarte por aquí, haz algo útil. Encuentra mi pistola —
volvió su atención al hombre inmovilizado.
Thomas se sintió como si estuviera en un sueño. Había visto mucha violencia,
pero aquello en cierto modo era distinto. Fue a buscar la pistola que había caído
bajo el mostrador.
—Soy… soy inmune —tartamudeó. Se arrodilló y alargó el brazo hasta que
tocó con los dedos el frío metal. Sacó la pistola y se la llevó al Camisa Roja.
El hombre no le dio las gracias. Cogió su arma y se puso en pie de un salto,
apuntando a la cara del infectado.
—Esto es malo, muy malo. Cada vez sucede con más frecuencia. Se sabe
cuando alguien se ha drogado con el Éxtasis.
—Así que era el Éxtasis —murmuró Thomas.
—¿Lo sabías? —inquirió el Camisa Roja.
—Bueno, le vi algo raro cuando entré aquí.
—¿Y no dijiste nada? —la piel alrededor de la máscara del guardia casi hacía
juego con el color de su camisa—. ¿Qué te pasa?
A Thomas le desconcertó la cólera repentina del Camisa Roja.
—Lo… lo siento. No sabía muy bien lo que pasaba.
El infectado se había hecho un ovillo en el suelo y sollozaba. El Camisa Roja
se apartó de él y miró a Thomas con dureza.
—¿No lo sabías? ¿Qué clase de…? ¿De dónde eres?
Entonces a él le entraron unas ganas terribles de echar a correr.
—Soy… me llamo Thomas. No soy nadie. Es que… —buscó algo que decir
para explicarse— no soy de aquí. Lo siento.
El Camisa Roja le apuntó con la pistola.
—Siéntate. Siéntate aquí —señaló con la pistola una silla que había allí cerca.
—¡Espera. Juro que soy inmune! —su corazón latía a toda velocidad—. Por
eso…
—¡Siéntate, maldita sea! ¡Ya!
Las rodillas de Thomas cedieron y cayó en la silla. Echó un vistazo a la
puerta y se calmó un poco cuando vio allí a Minho, acompañado de Brenda y
Jorge a sus espaldas. Pero no quería involucrar a sus amigos, no quería que les
hicieran daño, por lo que les hizo un gesto de negación con la cabeza para que se
mantuvieran al margen.
El Camisa Roja ignoró a la gente de la puerta y se concentró en Thomas.
—Si estás tan seguro de que eres un mune, entonces no te importará que te
haga la prueba, ¿no?
—No —en realidad, la idea le aliviaba. A lo mejor aquel hombre le dejaba
marchar en cuanto se diera cuenta de que decía la verdad—. Hazla, adelante.
El Camisa Roja enfundó su pistola y se le acercó. Cogió su dispositivo y se
inclinó hacia delante para colocárselo en la cara.
—Mira dentro. Abre los ojos —dijo—. No tardará más que unos segundos.
Thomas obedeció, pues quería terminar lo antes posible. Vio el mismo
destello de luces multicolores que había visto en la puerta de la ciudad y sintió el
mismo soplo de aire y el pinchazo en el cuello.
El Camisa Roja retiró el dispositivo y leyó los resultados en una pequeña
pantalla.
—Bueno, mira por donde, eres un maldito mune después de todo. Ahora
explícame qué haces en Denver y por qué no sabes nada del Éxtasis o cómo
identificar a un usuario.
—Trabajo para CRUEL —aquello salió de su boca antes de pensarlo. Tan sólo
quería salir de allí.
—Me creo esa mierda tanto como que el problema de ese no tiene nada que
ver con el Destello. Como te levantes, empezaré a disparar.
Thomas tragó saliva. No estaba más asustado que enfadado consigo mismo
por haberse metido en aquella ridícula situación.
—Vale —asintió.
Pero el Camisa Roja ya se había dado la vuelta en dirección a los refuerzos
que acababan de llegar: cuatro personas cubiertas de la cabeza a los pies, salvo la
cara, con un grueso plástico verde. Llevaban unas gafas protectoras y debajo,
una máscara como la del Camisa Roja. A Thomas le vinieron unas imágenes a la
cabeza, pero la que duró fue el recuerdo más nítido: cuando se le llevaron de la
Quemadura en un iceberg después de que se le infectara la herida de bala. Los
de aquella nave vestían igual que esas cuatro personas.
—¿Qué es esto? —dijo uno de ellos, con la voz también mecanizada—. ¿Has
atrapado a dos?
—No exactamente —contestó el Camisa Roja—. Este es un mune, que por lo
visto quiso quedarse por aquí a contemplar el espectáculo.
—¿Un mune? —sonó incrédulo.
—Un mune. Se quedó ahí quieto cuando el resto salió huyendo; dice que
quería ver lo que pasaba. Para más inri, dice que sospechaba que nuestro futuro
raro estaba bajo los efectos del Éxtasis y no se lo dijo a nadie, sino que continuó
bebiendo café como si no sucediera nada malo.
Todos miraron a Thomas, pero este permaneció callado y se encogió de
hombros.
El Camisa Roja retrocedió cuando los cuatro trabajadores protegidos
rodearon al infectado, que seguía sollozando y estaba tumbado sobre un costado
en el suelo. Uno de los recién llegados sujetaba con ambas manos un grueso
objeto de plástico azul cuy o extremo tenía una extraña cánula. Apuntaba al
hombre del suelo como si se tratara de un arma. Su propósito no presagiaba nada
bueno y Thomas buscó en su mente desprovista de recuerdos para averiguar qué
podría ser, sin que al final se le ocurriera nada.
—Necesitamos que estire las piernas, señor —dijo el que parecía ser el jefe
del grupo—. Mantenga el cuerpo quieto, no se mueva y relájese.
—¡No lo sabía! —gimió el hombre—. ¿Cómo iba a saberlo?
—¡Sí lo sabías! —gritó el Camisa Roja a su lado—. Nadie toma el Éxtasis por
placer.
—¡Me gusta cómo me hace sentir!
La súplica en la voz del hombre hizo que Thomas sintiera una lástima
increíble por él.
—Hay un montón de drogas más baratas que esa. Deja de mentir y cierra el
pico —el Camisa Roja movió la mano como si estuviera espantando una mosca
—. A quién le importa. Meted en una bolsa a este imbécil.
Thomas observó cómo el infectado se encogía aún más, pegándose las
rodillas al pecho con ambos brazos.
—No es justo, ¡no lo sabía! Echadme de la ciudad: juro que no regresaré
nunca. Lo juro, ¡lo juro! —rompió en otra serie angustiosa de sollozos.
—Ah, sí, te sacarán —dijo el Camisa Roja, y por algún motivo miró de
soslay o a Thomas. Parecía sonreír detrás de la máscara; sus ojos brillaban con
algo parecido al júbilo—. Sigue mirando, mune. Te va a gustar.
De improviso, Thomas odió al Camisa Roja como no había odiado a nadie en
su vida. Dejó de mirarle y se centró en las cuatro personas que se habían
arrodillado para acercarse al pobre hombre del suelo.
—¡Estire las piernas! —repitió uno de ellos—. O le va a doler muchísimo.
Estírelas, ¡y a!
—¡No puedo! ¡Por favor, dejen que me marche!
El Camisa Roja pasó por encima del hombre y empujó a uno de los
trabajadores para agacharse y colocar la pistola en la cabeza del enfermo.
—Estira las piernas o te meto una bala en el cerebro y lo hago más fácil para
todo el mundo. ¡Hazlo!
Thomas no podía concebir la total falta de compasión del guardia.
Lloriqueando, con los ojos llenos de terror, el infectado extendió las piernas
poco a poco y todo su cuerpo tembló cuando se tumbó en el suelo. El Camisa
Roja se apartó y volvió a enfundar su pistola.
La persona con el extraño objeto azul enseguida se colocó detrás de la cabeza
del enfermo y apoyó la cánula en la coronilla de su cráneo, apretándolo contra el
pelo.
—Intente no moverse —era una mujer, y la voz que se filtraba por la
máscara a Thomas le sonó aún más espeluznante que las de los hombres—. O
perderá algo.
Thomas apenas tuvo tiempo de pensar a qué se refería antes de que apretara
un botón y una sustancia parecida a un gel saliera por la cánula. Era azul y
viscoso, pero se movía rápido. Se extendió por la cabeza del hombre y le
envolvió las orejas y el rostro. Este gritó, pero el sonido se interrumpió cuando el
gel alcanzó su boca y le bajó por el cuello y los hombros. La sustancia se
endurecía al moverse, se convertía en una especie de caparazón traslúcido. En
cuestión de segundos, la mitad del cuerpo infectado estaba rígido, envuelto en
aquella cosa que calaba hasta la última grieta de su piel y la última arruga de su
ropa.
Thomas advirtió que el Camisa Roja le observaba y por fin se decidió a
mirarle a los ojos.
—¿Qué? —preguntó.
—Menudo espectáculo, ¿eh? —respondió el Camisa Roja—. Disfruta
mientras dure. Cuando termine, te vienes conmigo.
Capítulo 31
A Thomas le dio un vuelco el corazón. Había algo sádico en los ojos del
Camisa Roja, por lo que apartó la mirada y se concentró en el infectado justo
cuando el gel azul le llegaba a los pies y se solidificaba a su alrededor. Ahora el
hombre estaba totalmente inmóvil, envuelto en una dura capa de plástico. La
mujer con la pistola de gel se levantó; ahora no llevaba sino una bolsa vacía. La
plegó y se la metió en el bolsillo de su mono verde.
—Saquémoslo de aquí —dijo.
Mientras los cuatro trabajadores levantaban al infectado, Thomas volvió a
posar la vista en el Camisa Roja, que observaba cómo los otros se llevaban al
cautivo. ¿Qué habría querido decir con que iba irse con él? ¿Dónde? ¿Por qué? Si
no estuviera armado, Thomas habría salido corriendo.
Cuando los demás salieron por la puerta, Minho apareció de nuevo. Estaba a
punto de entrar cuando el Camisa Roja sacó el arma.
—¡Detente! —gritó el hombre—. ¡Sal!
—Pero estamos con él —señaló a Thomas—. Y tenemos que marcharnos.
—Este no va a ninguna parte —hizo una pausa, como si acabara de
ocurrírsele algo. Miró a Thomas y otra vez a Minho—. Un momento… ¿Vosotros
también sois munes?
El pánico estalló en Thomas, pero Minho fue rápido: echó a correr sin el
menor asomo de duda.
—¡Detente! —gritó el Camisa Roja, y se abalanzó contra la puerta.
Thomas fue a trompicones hasta la ventana; allí se asomó y vio a Minho,
Brenda y Jorge cruzando la calle y desapareciendo por una esquina. El Camisa
Roja se había parado a la salida de la cafetería; dejó escapar a los otros y volvió
a entrar con la pistola apuntándole.
—Debería pegarte un tiro en el cuello y ver cómo te desangras por lo que
acaba de hacer tu amigo. Da gracias a Dios porque los munes sean tan valiosos, o
lo haría sólo para sentirme mejor. Ha sido un día horrible.
Thomas no se podía creer que, después de todo por lo que había pasado,
estuviera metido en una situación tan estúpida. No tenía miedo, sólo se sentía
frustrado.
—Bueno, para mí tampoco ha sido muy bueno —masculló.
—Me darán un buen puñado de dinero por ti, por eso vas a venir conmigo. Y
para tu información, no me gustas. Lo supe en cuanto te vi.
Thomas sonrió.
—Sí, bueno, el sentimiento es mutuo.
—Eres un tío divertido, para troncharse de risa. Ya veremos cómo te sientes
cuando se ponga el sol esta noche. Vamos —señaló la puerta con su arma—. Y
créeme, se me está acabando la paciencia. Si intentas cualquier cosa, te
dispararé en la nuca y le diré a la policía que te comportabas como un infectado
y echaste a correr. Nuestra política es de tolerancia cero. No lo cuestionarán lo
más mínimo.
Thomas siguió en su sitio, repasando sus opciones. La ironía de la situación no
se le escapaba: había huido de CRUEL para que un funcionario cualquiera le
apuntara con una pistola.
—No me hagas repetirlo —le advirtió el Camisa Roja.
—¿Adónde vamos?
—Lo sabrás a su tiempo y yo me forraré. Vamos, en marcha.
A él y a le habían disparado dos veces y sabía lo mucho que dolía. Por lo visto,
si no quería volver a experimentarlo, su única alternativa era acompañar a aquel
tipo. Le fulminó con la mirada y echó a andar hacia la puerta. Cuando llegó a
ella, se detuvo.
—¿Por dónde? —inquirió.
—Ve hacia la izquierda. Caminaremos despacito tres manzanas y luego
volveremos a girar a la izquierda. Tengo un coche allí, esperándonos. ¿He de
recordarte lo que te pasará si intentas cualquier cosa?
—Dispararás en la nuca a un chico desarmado. Lo he pillado, más claro que
el agua.
—Ah, cómo odio a los munes. Empieza a caminar.
Le empujó con la punta de su pistola en la espalda y Thomas se encaminó
por la calle.
Llegaron al final de la tercera manzana y giraron a la derecha sin decirse una
palabra. El ambiente era sofocante y el sudor humedecía cada centímetro del
cuerpo de Thomas. Al levantar la mano para secarse la frente, el Camisa Roja le
golpeó en la cabeza con la culata de la pistola.
—No hagas eso —ordenó—. Puede que me ponga nervioso y te haga un
agujero en la cabeza.
Thomas recurrió a toda su fuerza de voluntad para permanecer en silencio.
La calle estaba abandonada y había basura por todos lados. Los carteles —
algunos con advertencias sobre el Destello, otros con imágenes de la ministra
Paige— cubrían la parte inferior de las paredes de los edificios y todo aparentaba
estar pintado con capas y capas de espray. Al llegar a una intersección y tener
que esperar para que pasaran unos cuantos coches, Thomas se fijó en un póster
limpio que había justo a su lado, uno que supuso que era nuevo por la falta de
grafitis. Ley ó las palabras de advertencia.
Anuncio del Servicio Público ¡¡¡Detén la propagación del Destello!!!
Ayuda a detener la propagación del Destello. Conoce los síntomas
antes de infectar a tus vecinos y seres queridos.
El Destello es el Destellovirus (VC321 xb47), una enfermedad
altamente contagiosa y creada por el hombre que se filtró por error
durante el caos que originaron las erupciones solares. El Destello causa
una enfermedad progresiva, degenerativa, del cerebro, que ocasiona
movimientos involuntarios, alteraciones emocionales y deterioro mental.
El resultado ha sido el Destello pandémico.
Los científicos están realizando las últimas pruebas clínicas, pero no
hay un tratamiento estándar para el Destello en estos momentos. El
virus generalmente es mortal y puede transmitirse por el aire.
Ahora los ciudadanos deben unirse para impedir que se propague aún
más esta pandemia. Al aprender a distinguir si tú u otros sois una
Amenaza de Contagio Vírico (ACV), habrás dado el primer paso en la
lucha contra el Destello[1].
El texto continuaba acerca del periodo de incubación —entre cinco y siete
días— y de los síntomas. La irritabilidad y la pérdida de equilibrio eran las
primeras señales, seguidas de la demencia, la paranoia y, más adelante, una
severa agresividad. Thomas los había presenciado todos al toparse con raros en
más de una ocasión.
El Camisa Roja le dio un ligero empujón y continuaron caminando. Mientras
avanzaban, Thomas no podía dejar de pensar en el funesto mensaje del póster; la
parte en que se decía que el Destello había sido creación del hombre no sólo le
obsesionaba, sino que despertó algo en su cerebro, un recuerdo que no acababa
de entender. Aunque el cartel no concretaba, sabía que había algo más y, por
primera vez en un tiempo, deseó poder acceder durante unos instantes al pasado.
—Es ahí.
La voz del Camisa Roja le trajo de vuelta al presente. Un pequeño coche
blanco esperaba al final de la manzana, a unos metros en esa misma calle.
Desesperado, trató de pensar cómo salir de allí; si entraba en el vehículo, todo
habría terminado. Pero ¿podía arriesgarse a que le dispararan?
—Vas a meterte sin problemas en el asiento trasero —dijo el Camisa Roja—.
Ahí tengo unas esposas y voy a ver cómo te las pones tú mismo. ¿Crees que
puedes hacerlo sin cometer ninguna estupidez?
Thomas no respondió. Quería creer que Minho y los demás estaban cerca,
trazando un plan. Necesitaba que alguien o algo distrajera a su captor.
Llegaron al coche y el Camisa Roja sacó una tarjeta, que metió por la
ventana delantera. Una vez que el seguro se desbloqueó, abrió la puerta del
asiento trasero sin dejar de apuntar a Thomas.
—Entra. Despacio.
Thomas vaciló y echó un vistazo a la calle en busca de alguien, algo. La zona
estaba desierta, pero por el rabillo del ojo advirtió un movimiento: una máquina
flotante, casi tan grande como un coche. Se dio la vuelta para mirar. La máquina
poli viró bruscamente a dos manzanas y empezó a dirigirse hacia ellos. El
zumbido que producía aumentaba de intensidad conforme se aproximaba.
—He dicho que entres —repitió el Camisa Roja—. Las esposas están entre los
asientos.
—Viene una de esas máquinas poli —dijo Thomas.
—Sí, ¿y qué? Tan sólo está patrullando y ve este tipo de cosas todos los días.
La gente que la controla está de mi lado, no del tuyo. Así que mala suerte,
colega.
Thomas suspiró; al menos lo había intentado. ¿Dónde estaban sus amigos?
Examinó la zona una última vez y entró en el coche. Justo al levantar la vista
hacia el hombre, un fuerte tiroteo resonó a su alrededor. El Camisa Roja
retrocedió a trompicones, bruscamente; las balas le atravesaron el pecho y unas
chispas saltaron por los aires nada más alcanzar la máscara metálica. Soltó el
arma y la máscara se le despegó del rostro cuando chocó contra la pared del
edificio más cercano. Thomas observó horrorizado cómo el hombre caía a su
lado.
Luego cesó. Thomas se quedó paralizado, preguntándose si él sería el
siguiente. Oy ó el zumbido constante de la máquina mientras flotaba cerca de su
puerta abierta y advirtió que había sido la fuente del ataque. Aquellas cosas no
llevaban tripulación, pero iban bien armadas. Una voz familiar resonó por el
altavoz del techo:
—Sal del coche, Thomas.
Se estremeció. Habría reconocido aquella voz en cualquier lugar.
Era Janson. El Hombre Rata.

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