3-5
Capítulo 3
Thomas se quedó sin palabras. A pesar de todas las mentiras que le habían
contado, sabía que lo que acababa de oír era cierto. Al contrastarlo con sus
recientes experiencias, tenía demasiado sentido. Tanto él como probablemente
los demás clarianos y todos los del Grupo B eran inmunes al Destello. Por eso les
habían elegido para las Pruebas. Todo lo que les habían hecho —las crueles
trampas, los engaños, los monstruos con los que se habían topado— formaba
parte de un experimento elaborado, que de algún modo llevaba a CRUEL a
encontrar una cura.
Todo encajaba. Y no sólo eso: aquella revelación le despertaba los recuerdos.
Le resultaba familiar.
—Veo que me crees —dijo al final el Hombre Rata, rompiendo un largo
silencio—. En cuanto descubrimos que había gente como tú, con el virus
arraigado, pero que aun así no mostraban síntomas, buscamos a los mejores y
más brillantes entre vosotros. Así nació CRUEL. Por supuesto, algunos en tu
grupo de prueba no son inmunes y se les eligió como sujetos de control. Cuando
se pone en marcha un experimento, se necesita un grupo de control, Thomas.
Mantiene todos los datos en contexto.
La última parte hizo que a Thomas le diera un vuelco el corazón.
—¿Quién no es…? —no le salía la pregunta. Estaba demasiado asustado para
oír la respuesta.
—¿Quién no es inmune? —preguntó el Hombre Rata, con las cejas enarcadas
—. Oh, creo que ellos deberían descubrirlo antes que tú, ¿no? Pero lo primero es
lo primero. Hueles a cadáver de una semana. Te llevaré a las duchas y te daré
ropa limpia.
Al decir eso, cogió su carpeta y se volvió hacia la puerta. Estaba a punto de
salir cuando la mente de Thomas reaccionó.
—¡Espera! —gritó.
El visitante se dio la vuelta.
—¿Sí?
—En la Quemadura, ¿por qué nos hicisteis creer que había una cura en el
refugio seguro?
El Hombre Rata se encogió de hombros.
—No creo que fuera una mentira. Al completar las Pruebas, al llegar al
refugio seguro, nos ayudasteis a recopilar más datos. Y gracias a eso habrá una
cura. Al final. Para todos.
—¿Y por qué me cuentas a mí todo esto? ¿Por qué ahora? ¿Por qué me habéis
encerrado aquí cuatro semanas? —Thomas señaló a su alrededor, al techo y las
paredes acolchadas, al patético váter en el rincón. Sus escasos recuerdos no eran
lo bastante sólidos para que las cosas tan raras que le habían hecho tuviesen
sentido—. ¿Por qué le mentisteis a Teresa sobre que yo estaba loco y era
violento, y me retuvisteis aquí todo este tiempo? ¿Cuál es el motivo?
—Las Variables —respondió el Hombre Rata—. Todo lo que te hemos hecho
ha sido calculado con detenimiento por nuestros psicólogos y médicos. Se ha
llevado a cabo para simular reacciones en la zona letal, donde el Destello hace
estragos. Para estudiar los patrones de diferentes emociones, reacciones y
pensamientos. Teníamos que ver cómo funcionan dentro de los límites del virus
que está en tu interior. Hemos estado intentando entender por qué en ti no hay un
efecto debilitante. Todo atañe a los patrones de la zona letal, Thomas. Seguimos
tus reacciones cognitivas y psicológicas para crear el programa de una cura
potencial. Fue sólo por la cura.
—¿Qué es la zona letal? —preguntó él. Intentaba recordar, pero seguía con la
mente en blanco—. Dímelo e iré contigo.
—¡Vaya, Thomas! —exclamó el hombre—. Me sorprende que tras el
picotazo del lacerador no hay as recordado al menos eso. La zona letal es tu
cerebro. Es donde se establece el virus y arraiga. Cuanto más infectada está la
zona letal, más paranoico y violento es el comportamiento del infectado. CRUEL
está usando tu cerebro y el de otros tantos para ayudarnos a solucionar el
problema. Por si no te acuerdas, nuestra organización describe su objetivo en su
mismo nombre: Catástrofe Radical, Unidad de Experimentos Letales —sonaba
satisfecho de sí mismo, casi contento—. Bueno, venga, vamos a limpiarte. Y para
que lo sepas, nos están vigilando. Si intentas cualquier cosa, atente a las
consecuencias.
Thomas se sentó e intentó procesar lo que acababa de oír. Una vez más, todo
parecía verdad, tenía sentido. Encajaba con los recuerdos que había recuperado
en las últimas semanas. Y aun así, su desconfianza en el Hombre Rata y CRUEL
no dejaba de cuestionar las cosas.
Al final se puso de pie, dejando que su mente repasara las nuevas
revelaciones, con la esperanza de que se organizaran solas en pilas para poder
analizarlas más tarde. Sin mediar más palabra, cruzó la habitación, siguió al
Hombre Rata hasta la puerta y abandonó su celda de paredes blancas.
Nada destacaba en el edificio donde se hallaba. Un largo pasillo, un suelo
enlosado, paredes beige con fotografías de la naturaleza enmarcadas —olas
rompiendo en la playa, un colibrí volando junto a una flor roja, lluvia y niebla
nublando un bosque—. Unos fluorescentes zumbaban sobre sus cabezas. El
Hombre Rata giró varias veces y por fin se detuvieron delante de una puerta. La
abrió y le hizo una señal a Thomas para que entrara. Era un lavabo grande con
taquillas y duchas. Una de las taquillas estaba abierta y mostraba ropa limpia y
un par de zapatos. Hasta un reloj de pulsera.
—Tienes unos treinta minutos —dijo el Hombre Rata—. Cuando termines,
quédate ahí sentado. Vendré a por ti. Luego te reunirás con tus amigos.
Por alguna razón, al oír la palabra « amigos» , Teresa saltó a su mente. Intentó
llamarla otra vez con sus pensamientos, pero seguía sin recibir nada. A pesar de
que cada vez sentía más desagrado hacia ella, el vacío que había dejado al
marcharse flotaba como una burbuja irrompible en su interior. Ella era un
vínculo con su pasado; sabía que tiempo atrás fue su mejor amiga. Era una de las
pocas cosas en el mundo de las que estaba seguro, y ello lo hacía aún más difícil
de sobrellevar.
El Hombre Rata se despidió con un gesto de la cabeza.
—Nos vemos en media hora —dijo. Después abrió la puerta y la cerró tras
de sí, dejándole solo una vez más.
Thomas no tenía ningún plan, aparte de encontrar a sus amigos, pero al
menos estaba un paso más cerca de conseguirlo. Y aunque no albergaba la
menor idea de qué podía esperar, al menos había salido de aquella habitación.
Por fin. De momento, se daría una ducha caliente. Tendría la oportunidad de
frotar hasta quitarse la mugre. Nunca nada le había sonado mejor. Dejó escurrir
sus preocupaciones, se quitó la ropa asquerosa y se puso manos a la obra para
volver a parecer una persona.
Capítulo 4
Camiseta y vaqueros. Zapatillas de correr, justo como las que había llevado
en el Laberinto. Calcetines limpios, suaves. Después de lavarse de arriba abajo
un mínimo de cinco veces, se sintió como nuevo. No podía evitar pensar que a
partir de aquel momento las cosas mejorarían. Que iba a tomar el control de su
vida. Ojalá el espejo no le hubiera recordado su tatuaje, el que le habían hecho
antes de entrar en la Quemadura. Era un símbolo permanente de lo sucedido y
deseaba poder olvidarlo todo.
Se quedó fuera junto a la puerta del lavabo, apoyado en la pared, de brazos
cruzados, esperando. Se preguntó si el Hombre Rata volvería. ¿O había dejado a
Thomas allí para que paseara por aquel lugar y empezara otra prueba? Apenas
había comenzado a seguir aquella línea de pensamiento, cuando oyó unos pasos
y después vio doblar la esquina al hombre con aspecto de comadreja blancuzca.
—Bien, ¿no te sientes fenomenal? —comentó el Hombre Rata, y las
comisuras de su boca se curvaron hacia arriba en una sonrisa de aspecto
desagradable.
A Thomas le vinieron a la mente cientos de preguntas sarcásticas, pero sabía
que tenía que hacerlo bien. Lo único que importaba en aquel momento era reunir
toda la información posible y hallar a sus amigos.
—Me encuentro muy bien, la verdad, así que… gracias —esbozó una sonrisa
informal—. ¿Cuándo me llevarás con los otros clarianos?
—Ahora mismo —el Hombre Rata se puso serio de nuevo. Señaló con la
cabeza en la dirección por la que había llegado y le hizo un gesto para que le
siguiera—. Todos vosotros habéis pasado por diferentes tipos de exámenes para la
Fase 3 de las Pruebas. Esperábamos tener los patrones de la zona letal preparados
al final de la segunda fase, pero tuvimos que improvisar para avanzar más.
Aunque, como y a he dicho, estamos muy cerca. En el estudio ahora estaréis
llenos de patrones y nos ayudaréis a ajustar y profundizar hasta que resolvamos
el puzle.
Thomas entrecerró los ojos. Suponía que su Fase 3 había sido la habitación
blanca. Pero ¿y los demás? A pesar de lo mucho que odiaba su prueba, no podía
imaginarse qué otras cosas peores podría haber hecho CRUEL. Casi esperaba no
averiguar lo que habían ideado para sus amigos.
Al fin, el Hombre Rata llegó a una puerta. La abrió sin vacilar y avanzó.
Entraron a un pequeño auditorio y el alivio inundó a Thomas. Sentados,
esparcidos por una docena de filas de asientos, estaban sus amigos,
aparentemente sanos y salvos. Los clarianos y las chicas del Grupo B. Minho,
Fritanga, Newt, Aris, Sonya, Harriet. Todos parecían contentos —hablaban,
sonreían, reían—, aunque no debía descartar que estuvieran fingiendo, al menos
en parte. Thomas suponía que también les habían dicho que las cosas estaban a
punto de terminar, pero dudaba que alguien se lo creyera. Él, desde luego, no.
Aún no.
Buscó en la habitación a Jorge y Brenda. Tenía muchas ganas de ver a
Brenda; había estado preocupado por ella desde que desapareció nada más
recogerlos el iceberg, preocupado porque CRUEL les hubiese enviado a ella y a
Jorge de vuelta a la Quemadura, tal como amenazaron. Pero no había ni rastro
de ninguno de los dos. Sin embargo, antes de que pudiera preguntarle al Hombre
Rata por ellos, una voz interrumpió el barullo y Thomas no pudo contener una
enorme sonrisa.
—Bueno, me han fucado y he ido al cielo. ¡Es Thomas! —exclamó Minho.
Tras su anuncio, hubo gritos, vítores y silbidos. Una oleada de alivio mezclada
con preocupación inundó a Thomas, que continuó buscando caras por la
habitación. Estaba demasiado abrumado para hablar y se limitó a sonreír hasta
que se topó con los ojos de Teresa.
La chica estaba en pie y, apartada de su silla, lo miraba desde la última fila.
Su pelo negro, limpio y cepillado, brillante, le caía sobre los hombros y
enmarcaba su pálida cara. Sus labios rojos se encontraban entreabiertos,
formando una gran sonrisa que iluminaba sus rasgos y hacía que sus ojos azules
resplandecieran. Thomas estuvo a punto de ir hacia ella, pero se detuvo al
nublársele la mente con vívidos recuerdos de lo que le había hecho; había dicho
que CRUEL era buena incluso después de lo que había pasado.
—¿Me oyes? —la llamó en su mente para comprobar si habían recuperado su
habilidad.
Pero ella no respondió y él no sintió su presencia dentro de su cabeza. Se
quedaron allí, mirándose el uno al otro, con la vista clavada durante lo que
pareció un minuto, pero podrían haber sido sólo segundos. Y entonces Minho y
Newt se pusieron a su lado, le dieron una palmada en la espalda, le estrecharon la
mano y lo metieron en la habitación.
—Bueno, al menos no te rendiste y moriste, Tommy —dijo Newt,
apretándole fuerte la mano. Su voz sonaba más gruñona que de costumbre, sobre
todo considerando que no se habían visto en semanas, pero estaba de una pieza,
algo de agradecer.
Minho tenía una sonrisita en el rostro, aunque el intenso brillo de sus ojos
mostraba lo mal que lo había pasado. Revelaba que aún no era él del todo, tan
sólo se esforzaba por parecerlo.
—Los poderosos clarianos vuelven a estar juntos. Me alegro de verte vivo,
cara fuco. Te había imaginado muerto de cien formas diferentes. Seguro que has
llorado todas las noches porque me echabas de menos.
—Sí —murmuró Thomas, entusiasmado al ver a sus compañeros, pero aún
sin encontrar palabras. Se apartó del grupo y se dirigió a Teresa. Sentía unas
ganas irresistibles de enfrentarse a ella y llegar a algún tipo de paz hasta decidir
qué hacer—. Hola.
—Hola —contestó ella—. ¿Estás bien?
Thomas asintió.
—Supongo. Han sido unas semanas bastante duras. ¿Podías…?
Se calló. Había estado a punto de preguntarle si le oyó cuando intentaba llegar
hasta ella con su mente, pero no quería darle la satisfacción de saber que lo había
hecho.
—Lo intenté, Tom. Todos los días intentaba hablar contigo. Nos aislaron,
aunque creo que ha merecido la pena.
Extendió el brazo para cogerle la mano y el gesto desencadenó un coro de
burlas por parte de los clarianos.
Thomas apartó de golpe la mano y notó que se sonrojaba. Por alguna razón,
sus palabras le habían molestado, pero los demás entendieron su rechazo como
mera vergüenza.
—¡Aaaah! —exclamó Minho—. Eso es casi tan dulce como cuando te golpeó
la fuca cara con el extremo de una lanza.
—Eso es amor de verdad —dijo Fritanga, y soltó su risa profunda—. No me
gustaría ver a estos dos peleándose en serio.
A Thomas no le importaba lo que pensaran, pero estaba empeñado en
demostrarle a Teresa que no podía irse sin más después de todo lo que le había
hecho. La confianza que compartían antes de las pruebas, la relación que habían
tenido, fuera la que fuera, ya no importaba nada. Puede que llegara a haber paz
entre ellos, pero en aquel momento decidió que sólo se fiaría de Minho y Newt.
De nadie más.
Estaba a punto de responder cuando el Hombre Rata se acercó por el pasillo,
dando palmadas.
—Que todo el mundo se siente. Tenemos que encargarnos de un par de cosas
antes de quitar el Golpe.
Lo dijo con tanta tranquilidad que Thomas casi no lo entendió. Retuvo las
palabras « quitar el Golpe» y se quedó estupefacto.
La habitación se silenció; el Hombre Rata subió al estrado y se acercó al atril.
Se aferró a los bordes, esbozó la misma sonrisa forzada de antes y luego habló:
—Muy bien, damas y caballeros. Estáis a punto de recuperar todos vuestros
recuerdos. Hasta el último de ellos.
Capítulo 5
Thomas se quedó atónito; la cabeza le daba vueltas. Fue a sentarse junto a
Minho.
Después de esforzarse durante tanto tiempo por recordar su vida, su familia y
su infancia —incluso lo que había hecho el día anterior a despertarse en el
Laberinto—, la idea de recuperarlo todo era casi incomprensible. Pero mientras
lo asimilaba, se dio cuenta de que algo había cambiado. Recordarlo todo ya no le
parecía tan bueno. Y su instinto le confirmó lo que había estado sintiendo desde
que el Hombre Rata le dijo que todo había terminado: era demasiado fácil.
El Hombre Rata se aclaró la garganta.
—Como se os ha informado uno a uno, las Pruebas, tal y como las conocéis,
han terminado. En cuanto recuperéis la memoria, creo que me creeréis y
podremos seguir adelante. Se os ha informado del Destello y de los motivos por
los que hemos realizado las Pruebas. Estamos muy cerca de completar nuestro
programa de la zona letal. Vuestra entera cooperación con las mentes inalteradas
funcionará mejor para perfeccionar lo que ya tenemos. Así que felicidades.
—Debería subir ahí arriba y romperte la fuca nariz —dijo Minho. Su voz
sonaba terriblemente calmada, teniendo en cuenta la amenaza de sus palabras—.
Estoy harto de que actúes como si todo fuera de perlas, como si más de la mitad
de nuestros amigos no hubiera muerto.
—¡Me encantaría ver esa nariz de rata aplastada! —soltó Newt.
La rabia en su voz sobresaltó a Thomas y tuvo que preguntarse por qué cosas
horribles habría tenido que pasar Newt durante la Fase 3.
El Hombre Rata puso los ojos en blanco y suspiró.
—Antes que nada, se os ha advertido a todos de que habrá consecuencias si
intentáis hacerme daño. Y estad seguros de que nos están vigilando. En segundo
lugar, lo siento por aquellos que habéis perdido, pero al final habrá valido la pena.
Aunque lo que me preocupa es que al parecer nada de lo que diga va a abriros
los ojos. Estamos hablando de la supervivencia de la raza humana.
Minho cogió aire como si estuviera a punto de comenzar a despotricar, pero
cerró la boca.
Thomas sabía que no importaba lo sincero que sonara el Hombre Rata, tenía
que haber un truco. Todo era un engaño. Pero nada bueno podía resultar de
luchar con él a aquellas alturas, con palabras o puños. Lo que más necesitaban en
aquel momento era paciencia.
—Cortemos ya el rollo —intervino sin alterarse—. Escuchémosle.
Fritanga habló justo en el momento que el Hombre Rata iba a continuar:
—¿Por qué deberíamos confiar en que nos…? ¿Cómo lo ha llamado? ¿El
Golpe? Después de todo lo que nos habéis hecho a nosotros y a nuestros amigos,
¿queréis quitar el Golpe? Creo que no. Prefiero ignorar mi pasado, muchas
gracias.
—CRUEL es buena —dijo Teresa de pronto, como si hablara consigo misma.
—¿Qué? —preguntó Fritanga.
Todos se volvieron hacia ella.
—CRUEL es buena —repitió mucho más alto, y se dio la vuelta en su asiento
para mirarlos a todos—. De todas las cosas que pude escribir en mi brazo cuando
desperté del coma, elegí esas tres palabras. Sigo pensando en ello y tiene que
haber un motivo. Yo digo que nos callemos y hagamos lo que dice. Tan sólo lo
entenderemos cuando recuperemos la memoria.
—¡Estoy de acuerdo! —gritó Aris, mucho más alto de lo que parecía
necesario.
Thomas guardó silencio cuando los demás empezaron a discutir. Sobre todo
los clarianos, que apoyaban a Fritanga, y los miembros del Grupo B, que
apoy aban a Teresa. No podían haber elegido peor momento para ponerse en
desacuerdo.
—¡Silencio! —bramó el Hombre Rata, golpeando con el puño el atril. Esperó
a que todos se callaran antes de continuar—. Mirad, nadie os va echar la culpa
por la desconfianza que sentís. Os hemos puesto en vuestro límite físico, habéis
visto gente morir, habéis vivido el terror en su forma más pura. Pero os prometo
que, cuando se hay a dicho y hecho todo, ninguno de vosotros mirará atrás…
—¿Y si no queremos? —preguntó Fritanga—. ¿Y si no queremos recuperar la
memoria?
Thomas se volvió para mirar a su amigo, aliviado. Era exactamente lo que él
estaba pensando.
El Hombre Rata suspiró.
—¿Es porque no tienes de verdad interés en recordar o porque no te fías de
nosotros?
—Oh, vay a, no sé por qué no confiamos en vosotros —replicó Fritanga.
—¿No os habéis dado cuenta a estas alturas de que, si quisiéramos haceros
daño, ya os lo habríamos hecho? —el hombre bajó la
oportunidad.
Thomas consideró su decisión. Era cierto que estaba deseando recordar a su
familia; había pensado en eso muchas veces. Pero conocía a CRUEL y no iba a
permitirse caer en otra de sus trampas. Lucharía hasta la muerte antes que
permitir que aquella gente jugueteara otra vez con su cerebro. ¿Cómo iba a creer
en los recuerdos que le implantaran?
Y había otra cosa que le inquietaba: el chispazo que había notado cuando el
Hombre Rata había anunciado que CRUEL quitaría el Golpe. A pesar de saber
que no podía aceptar los recuerdos que le diera CRUEL, estaba asustado. Si era
verdad todo lo que afirmaban, no querría enfrentarse a su pasado ni aunque
pudiera. No entendía a la persona que decía que era antes. Y lo que era más: no
le gustaba.
Observó cómo el Hombre Rata abría la puerta y se marchaba de la
habitación. En cuanto se fue, Thomas se acercó a Minho y Newt para que sólo
sus amigos pudieran oírle.
—No vamos a hacerlo. De ninguna manera.
Minho le apretó el hombro a Thomas.
—Amén. Incluso si confiara en esos pingajos, ¿por qué iba querer recordar?
Mira lo que les pasó a Ben y Alby.
Newt asintió.
—Pronto tendremos que hacer algo. Y cuando llegue ese momento, voy a
golpear unas cuantas cabezas para sentirme mejor.
Thomas estaba de acuerdo, pero sabía que debían tener cuidado.
—Aunque no tan pronto —dijo—. Podemos fastidiarlo. Debemos buscar la
mejor oportunidad.
Había pasado tanto tiempo desde que Thomas se sintió animado que la
emoción le asombró. Estaba con sus amigos y las Pruebas por fin habían
terminado. De un modo u otro, ya no tenían que hacer lo que les dijera CRUEL.
Se levantaron y en grupo fueron hacia la puerta. Pero cuando Thomas puso la
mano en el pomo para abrirla, se detuvo. Lo que oy ó hizo que le diera un vuelco
el corazón. Los demás seguían hablando y muchos habían decidido que les
devolvieran la memoria.
• • •
El Hombre Rata les aguardaba fuera del auditorio. Giraron varias veces por
el pasillo sin ventanas hasta que por fin llegaron a una gran puerta de acero.
Estaba muy bien cerrada y parecía sellada al vacío. Su líder vestido de blanco
colocó una tarjeta junto a un recuadro en el acero; tras varios chasquidos, un
gran bloque de metal se deslizó con un chirrido que hizo que Thomas evocara las
puertas del Claro.
Después había otra puerta. En cuanto el grupo entró en un pequeño vestíbulo,
el Hombre Rata cerró la primera puerta y, con la misma tarjeta, abrió la
segunda. Al otro lado había una sala grande que no parecía tener nada en
especial, con el mismo suelo enlosado y las paredes beige del pasillo. Había
muchos armarios y encimeras.
Y varias camas alineadas contra la pared del fondo, sobre las que colgaba un
extraño artilugio de aspecto amenazador, con forma de máscara, de metal
brillante y tubos de plástico. Thomas no se imaginaba dejando que nadie le
pusiera esa cosa en la cara.
El Hombre Rata señaló las camas.
—Así es como vamos a quitar el Golpe de vuestros cerebros —anunció el
Hombre Rata—. No os preocupéis, sé que estos aparatos asustan, pero el
procedimiento no duele tanto como quizá penséis.
—¿Que no duele tanto? —repitió Fritanga—. No me gusta cómo suena eso. Lo
que estás diciendo es que sí duele.
—Sí, sentiréis alguna molestia. Es cirugía —respondió el Hombre Rata al
acercarse a una enorme máquina a la izquierda de las camas. Tenía un montón
de luces parpadeantes, botones y pantallas—. Extraeremos un pequeño
dispositivo de la parte de vuestro cerebro dedicada a la memoria a largo plazo.
Pero no es tan malo como suena, lo prometo.
Comenzó a pulsar botones y un zumbido inundó la sala.
—Espera un segundo —dijo Teresa—. ¿Se llevará también lo que haya por
ahí que os permite controlarnos?
A Thomas le vino a la mente la imagen de Teresa dentro de aquella cabaña
en la Quemadura. Y Alby retorciéndose en la cama de la Hacienda. Gally
matando a Chuck. Todos estaban bajo el control de CRUEL. Por un segundo, dudó
de su decisión. ¿Podía permitirse quedar a su merced? ¿Debería dejarles hacer la
operación? Pero entonces las dudas desaparecieron. Se trataba de desconfianza.
Se negaba a ceder.
Teresa prosiguió:
—¿Y qué hay de…? —titubeó y miró a Thomas.
Sabía lo que estaba pensando: su habilidad de hablar telepáticamente. Por no
mencionar lo otro: aquella extraña sensación que tenían cuando todo iba bien,
casi como si compartieran el cerebro. De pronto, a Thomas le encantó la idea de
perderlo para siempre. Quizás el vacío de no tener a Teresa también
desaparecería.
Teresa se recuperó y continuó:
—¿Saldrá todo de ahí? ¿Todo?
El Hombre Rata asintió.
—Todo salvo el diminuto dispositivo que nos permite seguir vuestros patrones
de la zona letal. Y no hace falta que digáis lo que estáis pensando porque lo veo
en vuestros ojos. No: ni tú ni Thomas ni Aris volveréis a poder hacer ese truquito.
Lo apagamos temporalmente, pero ahora desaparecerá para siempre. Sin
embargo, recuperaréis vuestra memoria a largo plazo y no podremos manipular
vuestras mentes. Me temo que va todo en el mismo paquete. Lo tomas o lo dejas.
El resto de la sala se puso a caminar por la habitación, susurrando preguntas
entre ellos. A todo el mundo se le debía de estar pasando por la cabeza un millón
de cosas. Había mucho en lo que pensar, muchas consecuencias, muchas razones
para estar enfadados con CRUEL. Pero parecía no haber más contrariedades en
el grupo, sólo impaciencia por terminar con todo aquello.
—Esto es una tontería —dijo Fritanga—. ¿Lo pilláis? Para tontos.
La única respuesta que obtuvo fueron uno o dos gruñidos.
—Vale, creo que y a estamos preparados —anunció el Hombre Rata—. Pero
una última cosa: hay algo que tengo que deciros antes de que recuperéis la
memoria. Será mejor que lo oigáis de mí que no… recordar las pruebas.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Harriet.
El Hombre Rata juntó las manos a su espalda y adoptó una expresión seria.
—Algunos de vosotros sois inmunes al Destello. Pero… otros, no. Voy a leer
la lista. Por favor, haced lo posible por tomároslo con calma.
Thomas se quedó sin palabras. A pesar de todas las mentiras que le habían
contado, sabía que lo que acababa de oír era cierto. Al contrastarlo con sus
recientes experiencias, tenía demasiado sentido. Tanto él como probablemente
los demás clarianos y todos los del Grupo B eran inmunes al Destello. Por eso les
habían elegido para las Pruebas. Todo lo que les habían hecho —las crueles
trampas, los engaños, los monstruos con los que se habían topado— formaba
parte de un experimento elaborado, que de algún modo llevaba a CRUEL a
encontrar una cura.
Todo encajaba. Y no sólo eso: aquella revelación le despertaba los recuerdos.
Le resultaba familiar.
—Veo que me crees —dijo al final el Hombre Rata, rompiendo un largo
silencio—. En cuanto descubrimos que había gente como tú, con el virus
arraigado, pero que aun así no mostraban síntomas, buscamos a los mejores y
más brillantes entre vosotros. Así nació CRUEL. Por supuesto, algunos en tu
grupo de prueba no son inmunes y se les eligió como sujetos de control. Cuando
se pone en marcha un experimento, se necesita un grupo de control, Thomas.
Mantiene todos los datos en contexto.
La última parte hizo que a Thomas le diera un vuelco el corazón.
—¿Quién no es…? —no le salía la pregunta. Estaba demasiado asustado para
oír la respuesta.
—¿Quién no es inmune? —preguntó el Hombre Rata, con las cejas enarcadas
—. Oh, creo que ellos deberían descubrirlo antes que tú, ¿no? Pero lo primero es
lo primero. Hueles a cadáver de una semana. Te llevaré a las duchas y te daré
ropa limpia.
Al decir eso, cogió su carpeta y se volvió hacia la puerta. Estaba a punto de
salir cuando la mente de Thomas reaccionó.
—¡Espera! —gritó.
El visitante se dio la vuelta.
—¿Sí?
—En la Quemadura, ¿por qué nos hicisteis creer que había una cura en el
refugio seguro?
El Hombre Rata se encogió de hombros.
—No creo que fuera una mentira. Al completar las Pruebas, al llegar al
refugio seguro, nos ayudasteis a recopilar más datos. Y gracias a eso habrá una
cura. Al final. Para todos.
—¿Y por qué me cuentas a mí todo esto? ¿Por qué ahora? ¿Por qué me habéis
encerrado aquí cuatro semanas? —Thomas señaló a su alrededor, al techo y las
paredes acolchadas, al patético váter en el rincón. Sus escasos recuerdos no eran
lo bastante sólidos para que las cosas tan raras que le habían hecho tuviesen
sentido—. ¿Por qué le mentisteis a Teresa sobre que yo estaba loco y era
violento, y me retuvisteis aquí todo este tiempo? ¿Cuál es el motivo?
—Las Variables —respondió el Hombre Rata—. Todo lo que te hemos hecho
ha sido calculado con detenimiento por nuestros psicólogos y médicos. Se ha
llevado a cabo para simular reacciones en la zona letal, donde el Destello hace
estragos. Para estudiar los patrones de diferentes emociones, reacciones y
pensamientos. Teníamos que ver cómo funcionan dentro de los límites del virus
que está en tu interior. Hemos estado intentando entender por qué en ti no hay un
efecto debilitante. Todo atañe a los patrones de la zona letal, Thomas. Seguimos
tus reacciones cognitivas y psicológicas para crear el programa de una cura
potencial. Fue sólo por la cura.
—¿Qué es la zona letal? —preguntó él. Intentaba recordar, pero seguía con la
mente en blanco—. Dímelo e iré contigo.
—¡Vaya, Thomas! —exclamó el hombre—. Me sorprende que tras el
picotazo del lacerador no hay as recordado al menos eso. La zona letal es tu
cerebro. Es donde se establece el virus y arraiga. Cuanto más infectada está la
zona letal, más paranoico y violento es el comportamiento del infectado. CRUEL
está usando tu cerebro y el de otros tantos para ayudarnos a solucionar el
problema. Por si no te acuerdas, nuestra organización describe su objetivo en su
mismo nombre: Catástrofe Radical, Unidad de Experimentos Letales —sonaba
satisfecho de sí mismo, casi contento—. Bueno, venga, vamos a limpiarte. Y para
que lo sepas, nos están vigilando. Si intentas cualquier cosa, atente a las
consecuencias.
Thomas se sentó e intentó procesar lo que acababa de oír. Una vez más, todo
parecía verdad, tenía sentido. Encajaba con los recuerdos que había recuperado
en las últimas semanas. Y aun así, su desconfianza en el Hombre Rata y CRUEL
no dejaba de cuestionar las cosas.
Al final se puso de pie, dejando que su mente repasara las nuevas
revelaciones, con la esperanza de que se organizaran solas en pilas para poder
analizarlas más tarde. Sin mediar más palabra, cruzó la habitación, siguió al
Hombre Rata hasta la puerta y abandonó su celda de paredes blancas.
Nada destacaba en el edificio donde se hallaba. Un largo pasillo, un suelo
enlosado, paredes beige con fotografías de la naturaleza enmarcadas —olas
rompiendo en la playa, un colibrí volando junto a una flor roja, lluvia y niebla
nublando un bosque—. Unos fluorescentes zumbaban sobre sus cabezas. El
Hombre Rata giró varias veces y por fin se detuvieron delante de una puerta. La
abrió y le hizo una señal a Thomas para que entrara. Era un lavabo grande con
taquillas y duchas. Una de las taquillas estaba abierta y mostraba ropa limpia y
un par de zapatos. Hasta un reloj de pulsera.
—Tienes unos treinta minutos —dijo el Hombre Rata—. Cuando termines,
quédate ahí sentado. Vendré a por ti. Luego te reunirás con tus amigos.
Por alguna razón, al oír la palabra « amigos» , Teresa saltó a su mente. Intentó
llamarla otra vez con sus pensamientos, pero seguía sin recibir nada. A pesar de
que cada vez sentía más desagrado hacia ella, el vacío que había dejado al
marcharse flotaba como una burbuja irrompible en su interior. Ella era un
vínculo con su pasado; sabía que tiempo atrás fue su mejor amiga. Era una de las
pocas cosas en el mundo de las que estaba seguro, y ello lo hacía aún más difícil
de sobrellevar.
El Hombre Rata se despidió con un gesto de la cabeza.
—Nos vemos en media hora —dijo. Después abrió la puerta y la cerró tras
de sí, dejándole solo una vez más.
Thomas no tenía ningún plan, aparte de encontrar a sus amigos, pero al
menos estaba un paso más cerca de conseguirlo. Y aunque no albergaba la
menor idea de qué podía esperar, al menos había salido de aquella habitación.
Por fin. De momento, se daría una ducha caliente. Tendría la oportunidad de
frotar hasta quitarse la mugre. Nunca nada le había sonado mejor. Dejó escurrir
sus preocupaciones, se quitó la ropa asquerosa y se puso manos a la obra para
volver a parecer una persona.
Capítulo 4
Camiseta y vaqueros. Zapatillas de correr, justo como las que había llevado
en el Laberinto. Calcetines limpios, suaves. Después de lavarse de arriba abajo
un mínimo de cinco veces, se sintió como nuevo. No podía evitar pensar que a
partir de aquel momento las cosas mejorarían. Que iba a tomar el control de su
vida. Ojalá el espejo no le hubiera recordado su tatuaje, el que le habían hecho
antes de entrar en la Quemadura. Era un símbolo permanente de lo sucedido y
deseaba poder olvidarlo todo.
Se quedó fuera junto a la puerta del lavabo, apoyado en la pared, de brazos
cruzados, esperando. Se preguntó si el Hombre Rata volvería. ¿O había dejado a
Thomas allí para que paseara por aquel lugar y empezara otra prueba? Apenas
había comenzado a seguir aquella línea de pensamiento, cuando oyó unos pasos
y después vio doblar la esquina al hombre con aspecto de comadreja blancuzca.
—Bien, ¿no te sientes fenomenal? —comentó el Hombre Rata, y las
comisuras de su boca se curvaron hacia arriba en una sonrisa de aspecto
desagradable.
A Thomas le vinieron a la mente cientos de preguntas sarcásticas, pero sabía
que tenía que hacerlo bien. Lo único que importaba en aquel momento era reunir
toda la información posible y hallar a sus amigos.
—Me encuentro muy bien, la verdad, así que… gracias —esbozó una sonrisa
informal—. ¿Cuándo me llevarás con los otros clarianos?
—Ahora mismo —el Hombre Rata se puso serio de nuevo. Señaló con la
cabeza en la dirección por la que había llegado y le hizo un gesto para que le
siguiera—. Todos vosotros habéis pasado por diferentes tipos de exámenes para la
Fase 3 de las Pruebas. Esperábamos tener los patrones de la zona letal preparados
al final de la segunda fase, pero tuvimos que improvisar para avanzar más.
Aunque, como y a he dicho, estamos muy cerca. En el estudio ahora estaréis
llenos de patrones y nos ayudaréis a ajustar y profundizar hasta que resolvamos
el puzle.
Thomas entrecerró los ojos. Suponía que su Fase 3 había sido la habitación
blanca. Pero ¿y los demás? A pesar de lo mucho que odiaba su prueba, no podía
imaginarse qué otras cosas peores podría haber hecho CRUEL. Casi esperaba no
averiguar lo que habían ideado para sus amigos.
Al fin, el Hombre Rata llegó a una puerta. La abrió sin vacilar y avanzó.
Entraron a un pequeño auditorio y el alivio inundó a Thomas. Sentados,
esparcidos por una docena de filas de asientos, estaban sus amigos,
aparentemente sanos y salvos. Los clarianos y las chicas del Grupo B. Minho,
Fritanga, Newt, Aris, Sonya, Harriet. Todos parecían contentos —hablaban,
sonreían, reían—, aunque no debía descartar que estuvieran fingiendo, al menos
en parte. Thomas suponía que también les habían dicho que las cosas estaban a
punto de terminar, pero dudaba que alguien se lo creyera. Él, desde luego, no.
Aún no.
Buscó en la habitación a Jorge y Brenda. Tenía muchas ganas de ver a
Brenda; había estado preocupado por ella desde que desapareció nada más
recogerlos el iceberg, preocupado porque CRUEL les hubiese enviado a ella y a
Jorge de vuelta a la Quemadura, tal como amenazaron. Pero no había ni rastro
de ninguno de los dos. Sin embargo, antes de que pudiera preguntarle al Hombre
Rata por ellos, una voz interrumpió el barullo y Thomas no pudo contener una
enorme sonrisa.
—Bueno, me han fucado y he ido al cielo. ¡Es Thomas! —exclamó Minho.
Tras su anuncio, hubo gritos, vítores y silbidos. Una oleada de alivio mezclada
con preocupación inundó a Thomas, que continuó buscando caras por la
habitación. Estaba demasiado abrumado para hablar y se limitó a sonreír hasta
que se topó con los ojos de Teresa.
La chica estaba en pie y, apartada de su silla, lo miraba desde la última fila.
Su pelo negro, limpio y cepillado, brillante, le caía sobre los hombros y
enmarcaba su pálida cara. Sus labios rojos se encontraban entreabiertos,
formando una gran sonrisa que iluminaba sus rasgos y hacía que sus ojos azules
resplandecieran. Thomas estuvo a punto de ir hacia ella, pero se detuvo al
nublársele la mente con vívidos recuerdos de lo que le había hecho; había dicho
que CRUEL era buena incluso después de lo que había pasado.
—¿Me oyes? —la llamó en su mente para comprobar si habían recuperado su
habilidad.
Pero ella no respondió y él no sintió su presencia dentro de su cabeza. Se
quedaron allí, mirándose el uno al otro, con la vista clavada durante lo que
pareció un minuto, pero podrían haber sido sólo segundos. Y entonces Minho y
Newt se pusieron a su lado, le dieron una palmada en la espalda, le estrecharon la
mano y lo metieron en la habitación.
—Bueno, al menos no te rendiste y moriste, Tommy —dijo Newt,
apretándole fuerte la mano. Su voz sonaba más gruñona que de costumbre, sobre
todo considerando que no se habían visto en semanas, pero estaba de una pieza,
algo de agradecer.
Minho tenía una sonrisita en el rostro, aunque el intenso brillo de sus ojos
mostraba lo mal que lo había pasado. Revelaba que aún no era él del todo, tan
sólo se esforzaba por parecerlo.
—Los poderosos clarianos vuelven a estar juntos. Me alegro de verte vivo,
cara fuco. Te había imaginado muerto de cien formas diferentes. Seguro que has
llorado todas las noches porque me echabas de menos.
—Sí —murmuró Thomas, entusiasmado al ver a sus compañeros, pero aún
sin encontrar palabras. Se apartó del grupo y se dirigió a Teresa. Sentía unas
ganas irresistibles de enfrentarse a ella y llegar a algún tipo de paz hasta decidir
qué hacer—. Hola.
—Hola —contestó ella—. ¿Estás bien?
Thomas asintió.
—Supongo. Han sido unas semanas bastante duras. ¿Podías…?
Se calló. Había estado a punto de preguntarle si le oyó cuando intentaba llegar
hasta ella con su mente, pero no quería darle la satisfacción de saber que lo había
hecho.
—Lo intenté, Tom. Todos los días intentaba hablar contigo. Nos aislaron,
aunque creo que ha merecido la pena.
Extendió el brazo para cogerle la mano y el gesto desencadenó un coro de
burlas por parte de los clarianos.
Thomas apartó de golpe la mano y notó que se sonrojaba. Por alguna razón,
sus palabras le habían molestado, pero los demás entendieron su rechazo como
mera vergüenza.
—¡Aaaah! —exclamó Minho—. Eso es casi tan dulce como cuando te golpeó
la fuca cara con el extremo de una lanza.
—Eso es amor de verdad —dijo Fritanga, y soltó su risa profunda—. No me
gustaría ver a estos dos peleándose en serio.
A Thomas no le importaba lo que pensaran, pero estaba empeñado en
demostrarle a Teresa que no podía irse sin más después de todo lo que le había
hecho. La confianza que compartían antes de las pruebas, la relación que habían
tenido, fuera la que fuera, ya no importaba nada. Puede que llegara a haber paz
entre ellos, pero en aquel momento decidió que sólo se fiaría de Minho y Newt.
De nadie más.
Estaba a punto de responder cuando el Hombre Rata se acercó por el pasillo,
dando palmadas.
—Que todo el mundo se siente. Tenemos que encargarnos de un par de cosas
antes de quitar el Golpe.
Lo dijo con tanta tranquilidad que Thomas casi no lo entendió. Retuvo las
palabras « quitar el Golpe» y se quedó estupefacto.
La habitación se silenció; el Hombre Rata subió al estrado y se acercó al atril.
Se aferró a los bordes, esbozó la misma sonrisa forzada de antes y luego habló:
—Muy bien, damas y caballeros. Estáis a punto de recuperar todos vuestros
recuerdos. Hasta el último de ellos.
Capítulo 5
Thomas se quedó atónito; la cabeza le daba vueltas. Fue a sentarse junto a
Minho.
Después de esforzarse durante tanto tiempo por recordar su vida, su familia y
su infancia —incluso lo que había hecho el día anterior a despertarse en el
Laberinto—, la idea de recuperarlo todo era casi incomprensible. Pero mientras
lo asimilaba, se dio cuenta de que algo había cambiado. Recordarlo todo ya no le
parecía tan bueno. Y su instinto le confirmó lo que había estado sintiendo desde
que el Hombre Rata le dijo que todo había terminado: era demasiado fácil.
El Hombre Rata se aclaró la garganta.
—Como se os ha informado uno a uno, las Pruebas, tal y como las conocéis,
han terminado. En cuanto recuperéis la memoria, creo que me creeréis y
podremos seguir adelante. Se os ha informado del Destello y de los motivos por
los que hemos realizado las Pruebas. Estamos muy cerca de completar nuestro
programa de la zona letal. Vuestra entera cooperación con las mentes inalteradas
funcionará mejor para perfeccionar lo que ya tenemos. Así que felicidades.
—Debería subir ahí arriba y romperte la fuca nariz —dijo Minho. Su voz
sonaba terriblemente calmada, teniendo en cuenta la amenaza de sus palabras—.
Estoy harto de que actúes como si todo fuera de perlas, como si más de la mitad
de nuestros amigos no hubiera muerto.
—¡Me encantaría ver esa nariz de rata aplastada! —soltó Newt.
La rabia en su voz sobresaltó a Thomas y tuvo que preguntarse por qué cosas
horribles habría tenido que pasar Newt durante la Fase 3.
El Hombre Rata puso los ojos en blanco y suspiró.
—Antes que nada, se os ha advertido a todos de que habrá consecuencias si
intentáis hacerme daño. Y estad seguros de que nos están vigilando. En segundo
lugar, lo siento por aquellos que habéis perdido, pero al final habrá valido la pena.
Aunque lo que me preocupa es que al parecer nada de lo que diga va a abriros
los ojos. Estamos hablando de la supervivencia de la raza humana.
Minho cogió aire como si estuviera a punto de comenzar a despotricar, pero
cerró la boca.
Thomas sabía que no importaba lo sincero que sonara el Hombre Rata, tenía
que haber un truco. Todo era un engaño. Pero nada bueno podía resultar de
luchar con él a aquellas alturas, con palabras o puños. Lo que más necesitaban en
aquel momento era paciencia.
—Cortemos ya el rollo —intervino sin alterarse—. Escuchémosle.
Fritanga habló justo en el momento que el Hombre Rata iba a continuar:
—¿Por qué deberíamos confiar en que nos…? ¿Cómo lo ha llamado? ¿El
Golpe? Después de todo lo que nos habéis hecho a nosotros y a nuestros amigos,
¿queréis quitar el Golpe? Creo que no. Prefiero ignorar mi pasado, muchas
gracias.
—CRUEL es buena —dijo Teresa de pronto, como si hablara consigo misma.
—¿Qué? —preguntó Fritanga.
Todos se volvieron hacia ella.
—CRUEL es buena —repitió mucho más alto, y se dio la vuelta en su asiento
para mirarlos a todos—. De todas las cosas que pude escribir en mi brazo cuando
desperté del coma, elegí esas tres palabras. Sigo pensando en ello y tiene que
haber un motivo. Yo digo que nos callemos y hagamos lo que dice. Tan sólo lo
entenderemos cuando recuperemos la memoria.
—¡Estoy de acuerdo! —gritó Aris, mucho más alto de lo que parecía
necesario.
Thomas guardó silencio cuando los demás empezaron a discutir. Sobre todo
los clarianos, que apoyaban a Fritanga, y los miembros del Grupo B, que
apoy aban a Teresa. No podían haber elegido peor momento para ponerse en
desacuerdo.
—¡Silencio! —bramó el Hombre Rata, golpeando con el puño el atril. Esperó
a que todos se callaran antes de continuar—. Mirad, nadie os va echar la culpa
por la desconfianza que sentís. Os hemos puesto en vuestro límite físico, habéis
visto gente morir, habéis vivido el terror en su forma más pura. Pero os prometo
que, cuando se hay a dicho y hecho todo, ninguno de vosotros mirará atrás…
—¿Y si no queremos? —preguntó Fritanga—. ¿Y si no queremos recuperar la
memoria?
Thomas se volvió para mirar a su amigo, aliviado. Era exactamente lo que él
estaba pensando.
El Hombre Rata suspiró.
—¿Es porque no tienes de verdad interés en recordar o porque no te fías de
nosotros?
—Oh, vay a, no sé por qué no confiamos en vosotros —replicó Fritanga.
—¿No os habéis dado cuenta a estas alturas de que, si quisiéramos haceros
daño, ya os lo habríamos hecho? —el hombre bajó la
oportunidad.
Thomas consideró su decisión. Era cierto que estaba deseando recordar a su
familia; había pensado en eso muchas veces. Pero conocía a CRUEL y no iba a
permitirse caer en otra de sus trampas. Lucharía hasta la muerte antes que
permitir que aquella gente jugueteara otra vez con su cerebro. ¿Cómo iba a creer
en los recuerdos que le implantaran?
Y había otra cosa que le inquietaba: el chispazo que había notado cuando el
Hombre Rata había anunciado que CRUEL quitaría el Golpe. A pesar de saber
que no podía aceptar los recuerdos que le diera CRUEL, estaba asustado. Si era
verdad todo lo que afirmaban, no querría enfrentarse a su pasado ni aunque
pudiera. No entendía a la persona que decía que era antes. Y lo que era más: no
le gustaba.
Observó cómo el Hombre Rata abría la puerta y se marchaba de la
habitación. En cuanto se fue, Thomas se acercó a Minho y Newt para que sólo
sus amigos pudieran oírle.
—No vamos a hacerlo. De ninguna manera.
Minho le apretó el hombro a Thomas.
—Amén. Incluso si confiara en esos pingajos, ¿por qué iba querer recordar?
Mira lo que les pasó a Ben y Alby.
Newt asintió.
—Pronto tendremos que hacer algo. Y cuando llegue ese momento, voy a
golpear unas cuantas cabezas para sentirme mejor.
Thomas estaba de acuerdo, pero sabía que debían tener cuidado.
—Aunque no tan pronto —dijo—. Podemos fastidiarlo. Debemos buscar la
mejor oportunidad.
Había pasado tanto tiempo desde que Thomas se sintió animado que la
emoción le asombró. Estaba con sus amigos y las Pruebas por fin habían
terminado. De un modo u otro, ya no tenían que hacer lo que les dijera CRUEL.
Se levantaron y en grupo fueron hacia la puerta. Pero cuando Thomas puso la
mano en el pomo para abrirla, se detuvo. Lo que oy ó hizo que le diera un vuelco
el corazón. Los demás seguían hablando y muchos habían decidido que les
devolvieran la memoria.
• • •
El Hombre Rata les aguardaba fuera del auditorio. Giraron varias veces por
el pasillo sin ventanas hasta que por fin llegaron a una gran puerta de acero.
Estaba muy bien cerrada y parecía sellada al vacío. Su líder vestido de blanco
colocó una tarjeta junto a un recuadro en el acero; tras varios chasquidos, un
gran bloque de metal se deslizó con un chirrido que hizo que Thomas evocara las
puertas del Claro.
Después había otra puerta. En cuanto el grupo entró en un pequeño vestíbulo,
el Hombre Rata cerró la primera puerta y, con la misma tarjeta, abrió la
segunda. Al otro lado había una sala grande que no parecía tener nada en
especial, con el mismo suelo enlosado y las paredes beige del pasillo. Había
muchos armarios y encimeras.
Y varias camas alineadas contra la pared del fondo, sobre las que colgaba un
extraño artilugio de aspecto amenazador, con forma de máscara, de metal
brillante y tubos de plástico. Thomas no se imaginaba dejando que nadie le
pusiera esa cosa en la cara.
El Hombre Rata señaló las camas.
—Así es como vamos a quitar el Golpe de vuestros cerebros —anunció el
Hombre Rata—. No os preocupéis, sé que estos aparatos asustan, pero el
procedimiento no duele tanto como quizá penséis.
—¿Que no duele tanto? —repitió Fritanga—. No me gusta cómo suena eso. Lo
que estás diciendo es que sí duele.
—Sí, sentiréis alguna molestia. Es cirugía —respondió el Hombre Rata al
acercarse a una enorme máquina a la izquierda de las camas. Tenía un montón
de luces parpadeantes, botones y pantallas—. Extraeremos un pequeño
dispositivo de la parte de vuestro cerebro dedicada a la memoria a largo plazo.
Pero no es tan malo como suena, lo prometo.
Comenzó a pulsar botones y un zumbido inundó la sala.
—Espera un segundo —dijo Teresa—. ¿Se llevará también lo que haya por
ahí que os permite controlarnos?
A Thomas le vino a la mente la imagen de Teresa dentro de aquella cabaña
en la Quemadura. Y Alby retorciéndose en la cama de la Hacienda. Gally
matando a Chuck. Todos estaban bajo el control de CRUEL. Por un segundo, dudó
de su decisión. ¿Podía permitirse quedar a su merced? ¿Debería dejarles hacer la
operación? Pero entonces las dudas desaparecieron. Se trataba de desconfianza.
Se negaba a ceder.
Teresa prosiguió:
—¿Y qué hay de…? —titubeó y miró a Thomas.
Sabía lo que estaba pensando: su habilidad de hablar telepáticamente. Por no
mencionar lo otro: aquella extraña sensación que tenían cuando todo iba bien,
casi como si compartieran el cerebro. De pronto, a Thomas le encantó la idea de
perderlo para siempre. Quizás el vacío de no tener a Teresa también
desaparecería.
Teresa se recuperó y continuó:
—¿Saldrá todo de ahí? ¿Todo?
El Hombre Rata asintió.
—Todo salvo el diminuto dispositivo que nos permite seguir vuestros patrones
de la zona letal. Y no hace falta que digáis lo que estáis pensando porque lo veo
en vuestros ojos. No: ni tú ni Thomas ni Aris volveréis a poder hacer ese truquito.
Lo apagamos temporalmente, pero ahora desaparecerá para siempre. Sin
embargo, recuperaréis vuestra memoria a largo plazo y no podremos manipular
vuestras mentes. Me temo que va todo en el mismo paquete. Lo tomas o lo dejas.
El resto de la sala se puso a caminar por la habitación, susurrando preguntas
entre ellos. A todo el mundo se le debía de estar pasando por la cabeza un millón
de cosas. Había mucho en lo que pensar, muchas consecuencias, muchas razones
para estar enfadados con CRUEL. Pero parecía no haber más contrariedades en
el grupo, sólo impaciencia por terminar con todo aquello.
—Esto es una tontería —dijo Fritanga—. ¿Lo pilláis? Para tontos.
La única respuesta que obtuvo fueron uno o dos gruñidos.
—Vale, creo que y a estamos preparados —anunció el Hombre Rata—. Pero
una última cosa: hay algo que tengo que deciros antes de que recuperéis la
memoria. Será mejor que lo oigáis de mí que no… recordar las pruebas.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Harriet.
El Hombre Rata juntó las manos a su espalda y adoptó una expresión seria.
—Algunos de vosotros sois inmunes al Destello. Pero… otros, no. Voy a leer
la lista. Por favor, haced lo posible por tomároslo con calma.
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