32-33
Capítulo 32
Thomas no podía estar más sorprendido. Al principio vaciló, pero luego salió
a toda prisa del coche. La máquina poli estaba a sólo unos metros de distancia y
en su lateral se había abierto un panel con una pantalla desde la que le miraba el
rostro de Janson.
El alivio le inundó. Era el Hombre Rata, pero no estaba en la máquina poli, no
era más que una imagen de vídeo. Supuso que el hombre también le veía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, todavía asombrado. Intentó apartar la vista
del hombre que ahora yacía en el suelo—. ¿Cómo me has encontrado?
Janson tenía la expresión más adusta que nunca.
—Hizo falta una cantidad considerable de esfuerzos y suerte, créeme. Y de
nada. Acabo de salvarte de este cazarrecompensas.
Thomas se rio.
—Bueno, vosotros sois los que les pagáis. ¿Qué quieres?
—Thomas, voy a ser franco contigo. La única razón por la que no hemos ido
a Denver para recuperarte es porque la infección allí aumenta de manera
astronómica. Este es el medio más seguro de contactar contigo. Te pido que
vuelvas y completes las pruebas.
Thomas tuvo ganas de gritar al hombre. ¿Por qué iba a volver a CRUEL?
Pero el ataque al Camisa Roja, cuyo cadáver se hallaba ahí mismo, seguía
demasiado vívido en su mente. Tenía que hacerlo bien.
—¿Por qué iba a regresar?
La expresión de Janson era impávida.
—Hemos estado usando nuestros datos para seleccionar al candidato final y
ese eres tú. Te necesitamos, Thomas; todo depende de ti.
« Ni en un millón de años» , pensó. Pero, aunque dijera eso, no se libraría del
Hombre Rata, así que ladeó la cabeza y fingió planteárselo antes de responder:
—Lo pensaré.
—Confiaba en que lo harías —el Hombre Rata hizo una pausa—. Hay algo
que me siento obligado a contarte, sobre todo porque creo que influirá en tu
decisión y te hará darte cuenta de que tienes que hacer lo que te pedimos.
Thomas apoyó la espalda en el capó redondo del coche. Aquella terrible
experiencia le había agotado emocional y físicamente.
—¿Qué?
El Hombre Rata torció el gesto para parecer todavía más malhumorado,
como si se deleitara dando malas noticias.
—Es sobre tu amigo, Newt. Me temo que está metido en una gran cantidad de
problemas.
—¿Qué tipo de problemas? —preguntó Thomas con el alma a los pies.
—Sé que eres consciente de que tiene el Destello y ya has visto algunos de
sus efectos.
Thomas asintió; de pronto, recordó la nota de su bolsillo.
—Sí.
—Bien, pues parece que está sucumbiendo a ellos rápidamente. El hecho de
que hay as visto síntomas de ira y pérdida de concentración antes de que os
marcharais significa que enloquecerá muy pronto.
Thomas notó como si un puño le apretara el corazón. Había asumido que
Newt no era inmune, pero creía que tardaría semanas, incluso meses, en
empeorar. Aun así, lo que decía Janson tenía sentido; el estrés al que se había
visto sometido podía estar acelerando la enfermedad de Newt. Y lo habían
dejado solo fuera de la ciudad.
—Podrías salvarlo —dijo Janson en voz baja.
—¿Disfrutas con esto? —espetó Thomas—. Porque a veces parece que
disfrutas mucho.
Janson negó con la cabeza.
—Tan sólo hago mi trabajo, Thomas. Deseo esta cura más que nadie. Salvo
tú, quizás, antes de que te quitáramos la memoria.
—Vete —dijo Thomas.
—Espero que vengas —respondió Janson—. Tienes la oportunidad de hacer
algo importante. Siento nuestras diferencias; pero, Thomas, debes darte prisa. Se
nos agota el tiempo.
—Lo pensaré —se obligó a repetir.
Le ponía enfermo apaciguar al Hombre Rata, pero era la única cosa que se le
ocurría para ganar tiempo. Y cabía la posibilidad de que, si no le daba coba,
acabara como el Camisa Roja: acribillado por la máquina poli que flotaba
delante de él.
Janson sonrió.
—Eso es lo único que pido. Espero verte aquí.
La pantalla se apagó y el panel se cerró. A continuación, la máquina poli se
elevó por los aires y se marchó, mientras su zumbido se perdía lentamente.
Thomas la observó hasta que desapareció al doblar una esquina. Entonces bajó la
vista hacia el muerto, aunque enseguida la apartó: aquello era lo último que
quería ver.
—¡Allí está!
Giró la cabeza para ver a Minho corriendo por la acera hacia él, con Brenda
y Jorge a la zaga. Nunca se había alegrado tanto de ver a alguien.
Minho se paró en seco cuando vio al Camisa Roja en el suelo.
—Dios… ¿Qué le ha pasado? —se fijó en Thomas—. ¿Y tú? ¿Estás bien? ¿Has
hecho tú eso?
A él le entraron unas ganas absurdas de reírse.
—Sí, saqué mi arma y le hice estallar en pedacitos.
A su amigo no pareció hacerle gracia el sarcasmo, pero Brenda habló antes
de que pudiera salir con una réplica:
—¿Quién le ha matado?
Thomas señaló al cielo.
—Una de esas máquinas poli. Vino volando, le disparó hasta matarlo y lo
siguiente que recuerdo es que el Hombre Rata apareció en una pantalla e intentó
convencerme de que tenía que volver a CRUEL.
—Tío —dijo Minho—, ni siquiera…
—¡Confía un poco en mí! —gritó Thomas—. No voy a regresar, pero quizá
podamos aprovecharnos de que me necesiten tanto. El que debería preocuparnos
es Newt. Janson cree que Newt está sucumbiendo al Destello mucho más rápido
que la media. Tenemos que ir a ver cómo se encuentra.
—¿De verdad dijo eso?
—Sí —se sintió mal por haber perdido los nervios con su amigo—, y esta vez
le creo. Ya habéis visto cómo ha actuado Newt últimamente.
Minho clavó la vista en él con los ojos llenos de dolor, y entonces Thomas
cay ó en la cuenta de que el chico conoció a Newt dos años antes que él. Habían
tenido más tiempo para hacerse amigos.
—Será mejor que vayamos a ver cómo está —repitió—. Que hagamos algo
por él.
Minho asintió y apartó la mirada. Thomas se sintió tentado de sacar la nota de
su bolsillo y leerla allí mismo, pero le había prometido a Newt que lo haría
cuando llegara el momento adecuado.
—Se está haciendo tarde —intervino Brenda— y no dejan entrar ni salir de la
ciudad por la noche. Ya es bastante difícil mantener la situación controlada por el
día.
Thomas advirtió por primera vez que empezaba a oscurecer y el cielo sobre
los edificios adquiría un tono anaranjado.
Jorge, que había estado callado hasta entonces, habló:
—Ese es el menor de nuestros problemas. Aquí ocurre algo extraño,
muchachos.
—¿A qué te refieres? —preguntó Thomas.
—Es como si hubiera desaparecido todo el mundo en la última media hora, y
los pocos que he visto no tenían muy buen aspecto.
—La escena de la cafetería ha dispersado a la población —señaló Brenda.
Jorge se encogió de hombros.
—No sé. Esta ciudad me pone los pelos de punta, hermana. Como si estuviera
viva y fuera a desatar algo muy desagradable.
Un extraño desasosiego subió por la columna vertebral de Thomas. Volvió a
concentrarse en Newt.
—¿Podemos salir si nos damos prisa? ¿O escapar sin que nadie nos vea?
—Podemos intentarlo —respondió Brenda—. Será mejor que encontremos
un taxi, porque estamos en la otra punta de la ciudad.
—Intentémoslo —asintió él.
Comenzaron a caminar, pero la expresión del rostro de Minho no era
alentadora. Thomas esperaba que no fuera una señal de que algo malo iba a
suceder.
Capítulo 33
Caminaron durante una hora y no vieron ni un solo coche, mucho menos un
taxi. Se toparon con algunas personas desperdigadas y con máquinas poli, que
soltaban sus inquietantes zumbidos mientras revolaban aleatoriamente. De vez en
cuando oían un ruido en la distancia que a Thomas le hacía evocar la
Quemadura: alguien que hablaba demasiado alto, un grito, una risa extraña. A
medida que oscurecía, se sentía cada vez más asustado.
Finalmente, Brenda se detuvo y se giró hacia ellos.
—Tendremos que esperar a mañana —anunció—. No vamos a encontrar un
transporte esta noche y estamos demasiado lejos para ir a pie. Necesitamos
dormir para estar frescos por la mañana.
Thomas odiaba admitirlo, pero tenía razón.
—Tiene que haber un modo de salir aquí —objetó Minho.
Jorge le apretó el hombro.
—Es inútil, hermano. El aeropuerto está a por lo menos quince kilómetros de
aquí. Y a juzgar por las pintas de la ciudad, antes de llegar nos asaltarían, nos
dispararían o nos matarían de una paliza. Brenda tiene razón: es mejor que
descansemos y vay amos a ayudarle mañana.
Thomas advirtió que Minho quería actuar con la rebeldía de siempre, pero
cedió sin rechistar. Lo que había dicho Jorge tenía sentido: estaban en una ciudad
enorme, de noche, como peces fuera del agua.
—¿Estamos cerca del motel? —preguntó Thomas, y se dijo que Newt podría
arreglárselas solo otra noche más.
Jorge señaló a su izquierda.
—Está a apenas unas manzanas.
Se dirigieron en aquella dirección.
• • •
Se hallaban a una manzana de distancia cuando Jorge se paró en seco, alzó
una mano y se llevó el dedo índice de la otra a los labios. Thomas se quedó
paralizado; una alarma se disparó por su sistema nervioso.
—¿Qué? —susurró Minho.
Jorge se dio la vuelta despacio para examinar la zona que les rodeaba y
Thomas le imitó, preguntándose qué habría provocado su inquietud. Ya era noche
cerrada y las pocas farolas junto a las que pasaban no eran de mucha ay uda. El
mundo que veía Thomas parecía estar hecho de sombras, y se imaginó las cosas
horribles que podrían esconderse tras cada una de ellas.
—¿Qué? —repitió Minho.
—Sigo pensando que he oído algo detrás de nosotros —contestó Jorge—. Un
susurro. A otra persona…
—¡Allí! —gritó Brenda. Su voz cortó el silencio como un trueno—. ¿Lo habéis
visto? —señalaba a su izquierda.
Thomas forzó la vista, pero no vio nada. Las calles estaban vacías, o eso le
parecía.
—Alguien acaba de salir de ese edificio y luego ha retrocedido de golpe. Juro
que lo he visto.
—¡Eh! —gritó Minho—. ¿Quién anda ahí?
—¿Estás loco? —susurró Thomas—. ¡Entremos en el motel!
—Corta el rollo, macho. Si quisieran dispararnos o algo así, ¿no crees que y a
lo habrían hecho?
Thomas suspiró, exasperado. No le gustaba cómo pintaba aquello.
—Debería haber dicho algo la primera vez que lo oí —musitó Jorge.
—Quizá no es nada —respondió Brenda—. Y en caso contrario, no logramos
gran cosa quedándonos por aquí. Larguémonos.
—¡Eh! —volvió a gritar Minho, lo que sobresaltó a Thomas—. ¡Eh, tú! ¿Quién
anda ahí?
Thomas le dio una palmada en el hombro.
—En serio, ¿quieres dejar de hacer eso?
Su amigo le ignoró.
—¡Sal y muéstrate!
Quienquiera que fuese no respondió. Minho se movió como si fuera a cruzar
la calle y echar una ojeada, pero Thomas le agarró del brazo.
—Ni en broma. Es la peor idea de la historia. Está oscuro, podría ser una
trampa, podría ser un montón de cosas horribles. Vayamos a dormir y ya
echaremos un vistazo mañana.
Minho no se resistió.
—Muy bien, sé un cobarde. Pero yo me pido una de las camas esta noche.
Dicho aquello, subieron a su habitación. A Thomas le costó una eternidad
conciliar el sueño; su mente no dejaba de dar vueltas a las posibilidades de quién
podía estar siguiéndoles. Pero no importaba por donde vagaran sus pensamientos,
siempre volvían a Teresa y los otros. ¿Dónde estaban? ¿Podía haberse tratado de
Teresa la que les espiaba en la calle? ¿O serían Gally y el Brazo Derecho?
Y Thomas odiaba que no les quedara más remedio que esperar toda una
noche para ir a ver a Newt. ¿Y si le había sucedido algo?
Por fin su mente se sosegó, las preguntas se desvanecieron y se quedó
dormido.
Thomas no podía estar más sorprendido. Al principio vaciló, pero luego salió
a toda prisa del coche. La máquina poli estaba a sólo unos metros de distancia y
en su lateral se había abierto un panel con una pantalla desde la que le miraba el
rostro de Janson.
El alivio le inundó. Era el Hombre Rata, pero no estaba en la máquina poli, no
era más que una imagen de vídeo. Supuso que el hombre también le veía.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, todavía asombrado. Intentó apartar la vista
del hombre que ahora yacía en el suelo—. ¿Cómo me has encontrado?
Janson tenía la expresión más adusta que nunca.
—Hizo falta una cantidad considerable de esfuerzos y suerte, créeme. Y de
nada. Acabo de salvarte de este cazarrecompensas.
Thomas se rio.
—Bueno, vosotros sois los que les pagáis. ¿Qué quieres?
—Thomas, voy a ser franco contigo. La única razón por la que no hemos ido
a Denver para recuperarte es porque la infección allí aumenta de manera
astronómica. Este es el medio más seguro de contactar contigo. Te pido que
vuelvas y completes las pruebas.
Thomas tuvo ganas de gritar al hombre. ¿Por qué iba a volver a CRUEL?
Pero el ataque al Camisa Roja, cuyo cadáver se hallaba ahí mismo, seguía
demasiado vívido en su mente. Tenía que hacerlo bien.
—¿Por qué iba a regresar?
La expresión de Janson era impávida.
—Hemos estado usando nuestros datos para seleccionar al candidato final y
ese eres tú. Te necesitamos, Thomas; todo depende de ti.
« Ni en un millón de años» , pensó. Pero, aunque dijera eso, no se libraría del
Hombre Rata, así que ladeó la cabeza y fingió planteárselo antes de responder:
—Lo pensaré.
—Confiaba en que lo harías —el Hombre Rata hizo una pausa—. Hay algo
que me siento obligado a contarte, sobre todo porque creo que influirá en tu
decisión y te hará darte cuenta de que tienes que hacer lo que te pedimos.
Thomas apoyó la espalda en el capó redondo del coche. Aquella terrible
experiencia le había agotado emocional y físicamente.
—¿Qué?
El Hombre Rata torció el gesto para parecer todavía más malhumorado,
como si se deleitara dando malas noticias.
—Es sobre tu amigo, Newt. Me temo que está metido en una gran cantidad de
problemas.
—¿Qué tipo de problemas? —preguntó Thomas con el alma a los pies.
—Sé que eres consciente de que tiene el Destello y ya has visto algunos de
sus efectos.
Thomas asintió; de pronto, recordó la nota de su bolsillo.
—Sí.
—Bien, pues parece que está sucumbiendo a ellos rápidamente. El hecho de
que hay as visto síntomas de ira y pérdida de concentración antes de que os
marcharais significa que enloquecerá muy pronto.
Thomas notó como si un puño le apretara el corazón. Había asumido que
Newt no era inmune, pero creía que tardaría semanas, incluso meses, en
empeorar. Aun así, lo que decía Janson tenía sentido; el estrés al que se había
visto sometido podía estar acelerando la enfermedad de Newt. Y lo habían
dejado solo fuera de la ciudad.
—Podrías salvarlo —dijo Janson en voz baja.
—¿Disfrutas con esto? —espetó Thomas—. Porque a veces parece que
disfrutas mucho.
Janson negó con la cabeza.
—Tan sólo hago mi trabajo, Thomas. Deseo esta cura más que nadie. Salvo
tú, quizás, antes de que te quitáramos la memoria.
—Vete —dijo Thomas.
—Espero que vengas —respondió Janson—. Tienes la oportunidad de hacer
algo importante. Siento nuestras diferencias; pero, Thomas, debes darte prisa. Se
nos agota el tiempo.
—Lo pensaré —se obligó a repetir.
Le ponía enfermo apaciguar al Hombre Rata, pero era la única cosa que se le
ocurría para ganar tiempo. Y cabía la posibilidad de que, si no le daba coba,
acabara como el Camisa Roja: acribillado por la máquina poli que flotaba
delante de él.
Janson sonrió.
—Eso es lo único que pido. Espero verte aquí.
La pantalla se apagó y el panel se cerró. A continuación, la máquina poli se
elevó por los aires y se marchó, mientras su zumbido se perdía lentamente.
Thomas la observó hasta que desapareció al doblar una esquina. Entonces bajó la
vista hacia el muerto, aunque enseguida la apartó: aquello era lo último que
quería ver.
—¡Allí está!
Giró la cabeza para ver a Minho corriendo por la acera hacia él, con Brenda
y Jorge a la zaga. Nunca se había alegrado tanto de ver a alguien.
Minho se paró en seco cuando vio al Camisa Roja en el suelo.
—Dios… ¿Qué le ha pasado? —se fijó en Thomas—. ¿Y tú? ¿Estás bien? ¿Has
hecho tú eso?
A él le entraron unas ganas absurdas de reírse.
—Sí, saqué mi arma y le hice estallar en pedacitos.
A su amigo no pareció hacerle gracia el sarcasmo, pero Brenda habló antes
de que pudiera salir con una réplica:
—¿Quién le ha matado?
Thomas señaló al cielo.
—Una de esas máquinas poli. Vino volando, le disparó hasta matarlo y lo
siguiente que recuerdo es que el Hombre Rata apareció en una pantalla e intentó
convencerme de que tenía que volver a CRUEL.
—Tío —dijo Minho—, ni siquiera…
—¡Confía un poco en mí! —gritó Thomas—. No voy a regresar, pero quizá
podamos aprovecharnos de que me necesiten tanto. El que debería preocuparnos
es Newt. Janson cree que Newt está sucumbiendo al Destello mucho más rápido
que la media. Tenemos que ir a ver cómo se encuentra.
—¿De verdad dijo eso?
—Sí —se sintió mal por haber perdido los nervios con su amigo—, y esta vez
le creo. Ya habéis visto cómo ha actuado Newt últimamente.
Minho clavó la vista en él con los ojos llenos de dolor, y entonces Thomas
cay ó en la cuenta de que el chico conoció a Newt dos años antes que él. Habían
tenido más tiempo para hacerse amigos.
—Será mejor que vayamos a ver cómo está —repitió—. Que hagamos algo
por él.
Minho asintió y apartó la mirada. Thomas se sintió tentado de sacar la nota de
su bolsillo y leerla allí mismo, pero le había prometido a Newt que lo haría
cuando llegara el momento adecuado.
—Se está haciendo tarde —intervino Brenda— y no dejan entrar ni salir de la
ciudad por la noche. Ya es bastante difícil mantener la situación controlada por el
día.
Thomas advirtió por primera vez que empezaba a oscurecer y el cielo sobre
los edificios adquiría un tono anaranjado.
Jorge, que había estado callado hasta entonces, habló:
—Ese es el menor de nuestros problemas. Aquí ocurre algo extraño,
muchachos.
—¿A qué te refieres? —preguntó Thomas.
—Es como si hubiera desaparecido todo el mundo en la última media hora, y
los pocos que he visto no tenían muy buen aspecto.
—La escena de la cafetería ha dispersado a la población —señaló Brenda.
Jorge se encogió de hombros.
—No sé. Esta ciudad me pone los pelos de punta, hermana. Como si estuviera
viva y fuera a desatar algo muy desagradable.
Un extraño desasosiego subió por la columna vertebral de Thomas. Volvió a
concentrarse en Newt.
—¿Podemos salir si nos damos prisa? ¿O escapar sin que nadie nos vea?
—Podemos intentarlo —respondió Brenda—. Será mejor que encontremos
un taxi, porque estamos en la otra punta de la ciudad.
—Intentémoslo —asintió él.
Comenzaron a caminar, pero la expresión del rostro de Minho no era
alentadora. Thomas esperaba que no fuera una señal de que algo malo iba a
suceder.
Capítulo 33
Caminaron durante una hora y no vieron ni un solo coche, mucho menos un
taxi. Se toparon con algunas personas desperdigadas y con máquinas poli, que
soltaban sus inquietantes zumbidos mientras revolaban aleatoriamente. De vez en
cuando oían un ruido en la distancia que a Thomas le hacía evocar la
Quemadura: alguien que hablaba demasiado alto, un grito, una risa extraña. A
medida que oscurecía, se sentía cada vez más asustado.
Finalmente, Brenda se detuvo y se giró hacia ellos.
—Tendremos que esperar a mañana —anunció—. No vamos a encontrar un
transporte esta noche y estamos demasiado lejos para ir a pie. Necesitamos
dormir para estar frescos por la mañana.
Thomas odiaba admitirlo, pero tenía razón.
—Tiene que haber un modo de salir aquí —objetó Minho.
Jorge le apretó el hombro.
—Es inútil, hermano. El aeropuerto está a por lo menos quince kilómetros de
aquí. Y a juzgar por las pintas de la ciudad, antes de llegar nos asaltarían, nos
dispararían o nos matarían de una paliza. Brenda tiene razón: es mejor que
descansemos y vay amos a ayudarle mañana.
Thomas advirtió que Minho quería actuar con la rebeldía de siempre, pero
cedió sin rechistar. Lo que había dicho Jorge tenía sentido: estaban en una ciudad
enorme, de noche, como peces fuera del agua.
—¿Estamos cerca del motel? —preguntó Thomas, y se dijo que Newt podría
arreglárselas solo otra noche más.
Jorge señaló a su izquierda.
—Está a apenas unas manzanas.
Se dirigieron en aquella dirección.
• • •
Se hallaban a una manzana de distancia cuando Jorge se paró en seco, alzó
una mano y se llevó el dedo índice de la otra a los labios. Thomas se quedó
paralizado; una alarma se disparó por su sistema nervioso.
—¿Qué? —susurró Minho.
Jorge se dio la vuelta despacio para examinar la zona que les rodeaba y
Thomas le imitó, preguntándose qué habría provocado su inquietud. Ya era noche
cerrada y las pocas farolas junto a las que pasaban no eran de mucha ay uda. El
mundo que veía Thomas parecía estar hecho de sombras, y se imaginó las cosas
horribles que podrían esconderse tras cada una de ellas.
—¿Qué? —repitió Minho.
—Sigo pensando que he oído algo detrás de nosotros —contestó Jorge—. Un
susurro. A otra persona…
—¡Allí! —gritó Brenda. Su voz cortó el silencio como un trueno—. ¿Lo habéis
visto? —señalaba a su izquierda.
Thomas forzó la vista, pero no vio nada. Las calles estaban vacías, o eso le
parecía.
—Alguien acaba de salir de ese edificio y luego ha retrocedido de golpe. Juro
que lo he visto.
—¡Eh! —gritó Minho—. ¿Quién anda ahí?
—¿Estás loco? —susurró Thomas—. ¡Entremos en el motel!
—Corta el rollo, macho. Si quisieran dispararnos o algo así, ¿no crees que y a
lo habrían hecho?
Thomas suspiró, exasperado. No le gustaba cómo pintaba aquello.
—Debería haber dicho algo la primera vez que lo oí —musitó Jorge.
—Quizá no es nada —respondió Brenda—. Y en caso contrario, no logramos
gran cosa quedándonos por aquí. Larguémonos.
—¡Eh! —volvió a gritar Minho, lo que sobresaltó a Thomas—. ¡Eh, tú! ¿Quién
anda ahí?
Thomas le dio una palmada en el hombro.
—En serio, ¿quieres dejar de hacer eso?
Su amigo le ignoró.
—¡Sal y muéstrate!
Quienquiera que fuese no respondió. Minho se movió como si fuera a cruzar
la calle y echar una ojeada, pero Thomas le agarró del brazo.
—Ni en broma. Es la peor idea de la historia. Está oscuro, podría ser una
trampa, podría ser un montón de cosas horribles. Vayamos a dormir y ya
echaremos un vistazo mañana.
Minho no se resistió.
—Muy bien, sé un cobarde. Pero yo me pido una de las camas esta noche.
Dicho aquello, subieron a su habitación. A Thomas le costó una eternidad
conciliar el sueño; su mente no dejaba de dar vueltas a las posibilidades de quién
podía estar siguiéndoles. Pero no importaba por donde vagaran sus pensamientos,
siempre volvían a Teresa y los otros. ¿Dónde estaban? ¿Podía haberse tratado de
Teresa la que les espiaba en la calle? ¿O serían Gally y el Brazo Derecho?
Y Thomas odiaba que no les quedara más remedio que esperar toda una
noche para ir a ver a Newt. ¿Y si le había sucedido algo?
Por fin su mente se sosegó, las preguntas se desvanecieron y se quedó
dormido.
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