34-36
Capítulo 34
A la mañana siguiente, Thomas se sorprendió al comprobar lo descansado
que se encontraba. Pese a que se había pasado toda la noche dando vueltas, en
algún momento había entrado en un sueño profundo y reparador. Tras una larga
ducha caliente y el desayuno sacado de una máquina expendedora, estaba
preparado para enfrentarse a un nuevo día.
Dejaron el motel sobre las ocho de la mañana, preguntándose qué se
encontrarían en la ciudad ahora que iban a comprobar el estado de Newt. Vieron
a algunas personas desperdigadas, pero muchas menos que durante las horas
punta del día anterior. Y Thomas no oyó ningún ruido extraño como los que
habían percibido durante su largo paseo.
—Os digo que algo está pasando —dijo Jorge mientras recorrían la calle en
busca de un taxi—. Debería haber más gente por aquí.
Thomas observó a los pocos transeúntes que había a su alrededor. Ninguno le
miraba a los ojos; todos tenían la cabeza gacha y muchos se apretaban la
mascarilla a la cara como si temieran que un viento repentino fuera a llevársela.
Y caminaban de forma apresurada, frenética, casi saltaban cuando otra persona
se les acercaba demasiado. Vio a una mujer examinando un cartel sobre el
Destello idéntico al que él había leído el día anterior en compañía del Camisa
Roja. Aquello le trajo a la memoria aquel recuerdo que no había conseguido
recobrar del todo; iba a volverle loco.
—Démonos prisa en llegar a ese fuco aeropuerto —masculló Minho—. Este
lugar me pone los pelos de punta.
—Probablemente deberíamos ir por ahí —dijo Brenda, señalando—. Tiene
que haber taxis cerca de esas oficinas.
Cruzaron la calle y se dirigieron a una más estrecha que pasaba por un
aparcamiento vacío a un lado y un viejo edificio en ruinas, al otro.
Minho se inclinó hacia Thomas y medio susurró:
—Macho, estoy un poco fucado de la cabeza ahora mismo. Me asusta cómo
vamos a encontrar a Newt.
Él también tenía miedo, pero no lo admitió.
—No te preocupes. Estoy seguro de que seguirá bien.
—Vale. Y en cualquier momento vomitarás la cura del Destello.
—Quién sabe, a lo mejor. Aunque olería raro —a su amigo no pareció
hacerle mucha gracia—. Mira, no podemos hacer nada hasta que lleguemos allí
y le veamos.
Thomas odiaba sonar tan insensible, pero la situación y a era difícil y no
podían suponer lo peor.
—Gracias por los ánimos.
El aparcamiento vacío a su derecha contenía los restos desperdigados de un
viejo edificio de ladrillos del que cada centímetro cuadrado estaba lleno de
hierbajos. Un enorme trozo de pared se erigía en medio y, cuando pasaron junto
a ella, Thomas percibió un movimiento al otro lado. Se detuvo y, por instinto, alzó
una mano para detener también a Minho. Le acalló antes de que pudiera
preguntar qué ocurría.
Brenda y Jorge se dieron cuenta y se quedaron inmóviles. Thomas señaló lo
que había visto y después intentó verlo mejor.
Un hombre sin camisa estaba de espaldas a ellos, encorvado sobre algo,
escarbando con las manos como si hubiera perdido algo en el barro e intentara
encontrarlo. Unos extraños arañazos le cubrían los hombros y una larga costra le
atravesaba la columna vertebral. Sus movimientos eran entrecortados y…
desesperados, pensó Thomas. Sus codos no dejaban de saltar hacia atrás como si
arrancara algo del suelo. Los altos hierbajos le impedían ver el centro de
atención del hombre desesperado.
—Sigamos —susurró Brenda desde atrás.
—Ese tipo está enfermo —comentó Minho—. ¿Cómo se le habrá ido tanto?
Thomas no supo qué decir.
—Vamos.
El grupo comenzó a caminar de nuevo, pero Thomas no podía apartar los
ojos de la perturbadora escena. ¿Qué estaba haciendo aquel tipo?
Al llegar al final de la manzana, Thomas se detuvo con los demás. Era
evidente que a todos les inquietaba y querían echar un último vistazo.
Sin previo aviso, el hombre se incorporó de un salto y se volvió hacia ellos;
tenía la boca y la nariz llenas de sangre. Thomas se estremeció y, al retroceder,
tropezó con Minho. El hombre enseñó los dientes con una sonrisa desagradable y
levantó sus manos ensangrentadas como para enseñárselas. Thomas estaba a
punto de gritarle cuando volvió a agacharse para retornar a su tarea. Por suerte,
no vieron exactamente de qué se trataba.
—Este sería un buen momento para irse —murmuró Brenda.
Thomas sintió como si unos dedos helados le recorrieran la espalda y los
hombros. No podía estar más de acuerdo. Todos se dieron la vuelta y echaron a
correr hasta que pasaron dos manzanas y comenzaron a caminar de nuevo.
Tardaron otra media hora en encontrar un taxi, pero por fin se dirigían a su
objetivo. Thomas quería hablar de lo que habían visto en el aparcamiento vacío,
pero no podía expresarlo con palabras. Le había revuelto de arriba abajo.
Minho fue el primero en sacar el tema:
—Aquel tipo estaba comiéndose a una persona. Lo sé.
—Quizá… —dijo Brenda—. A lo mejor tan sólo era un perro callejero —su
tono le hizo pensar a Thomas que ni ella misma se lo creía—. Aunque eso
tampoco estaría bien.
—Estoy seguro de que eso no es algo que debas ver durante un bonito paseo
por una ciudad en cuarentena y en pleno día —se burló Minho—. Creo a Gally.
Tengo la certeza de que este lugar se está abarrotando de raros y pronto se
matarán unos a otros.
Nadie respondió. Se quedaron callados durante el resto del camino al
aeropuerto.
No tardaron en pasar el control de seguridad y salir por la enorme muralla
que cercaba la ciudad. Como poco, el personal con el que se encontraron parecía
encantado porque se marcharan.
El iceberg estaba justo donde lo habían dejado, esperando como el caparazón
de un insecto gigantesco, sobre el cemento caliente y humeante. Nada se movía
a su alrededor.
—Date prisa y ábrelo —dijo Minho.
Jorge ni se inmutó por aquella orden cortante; sacó un pequeño mando de su
bolsillo y apretó unos cuantos botones. La rampa de la escotilla de carga bajó
despacio, entre los quejidos de las bisagras, hasta que el borde tocó el suelo con
un chirrido. Thomas esperaba que Newt bajara corriendo por la rampa, con una
gran sonrisa en el rostro, contento de verlos.
Pero nada se movía dentro ni fuera, y el corazón le dio un vuelco. Sin duda,
Minho se sentía igual.
—Algo va mal.
Corrió hacia la puerta y subió por la rampa antes de que a Thomas le diera
tiempo a reaccionar.
—Será mejor que entremos —dijo Brenda—. ¿Y si Newt se ha vuelto
peligroso?
A Thomas no le gustó cómo sonó aquello, pero sabía que tenía razón. Sin
responder, echó a correr detrás de Minho y entró al oscuro y agobiante iceberg.
En algún momento se habían apagado todos los sistemas: no había aire
acondicionado, ni luces; nada.
Jorge siguió a Thomas.
—Déjame que la encienda o empezaremos a sudar hasta que no quede más
que un montón de piel y huesos.
Fue hacia la cabina de mando.
Brenda estaba al lado de Thomas, ambos con la vista fija en la penumbra de
la nave, bajo la poca luz que procedía de unos ojos de buey desperdigados.
Oy eron que Minho llamaba a Newt más al fondo, pero el chico infectado no
respondía. Una hendidura pareció abrirse dentro de Thomas, un vacío que se
ensanchaba y absorbía la esperanza hasta agotarla.
—Iré a la izquierda —dijo, señalando hacia el pequeño pasillo que llevaba al
área común—. ¿Por qué no acompañas a Jorge y buscáis por ahí? Algo no va
bien. Habría salido a recibirnos si no pasara nada.
—Por no mencionar que las luces y el aire acondicionado estarían
encendidos —Brenda le miró sombríamente y se marchó.
Thomas avanzó por el pasillo hacia la sala principal. Allí, Minho estaba
sentado en uno de los sillones. Observaba un trozo de papel con la expresión más
fría que Thomas le había visto nunca. El vacío en su interior aumentó aún más y
se desvaneció la última pizca de esperanza que le quedaba.
—Eh —dijo—, ¿qué pasa?
Su amigo no respondió. Siguió mirando fijamente el papel.
—¿Qué pasa?
Minho levantó la mirada.
—Ven a verlo tú mismo —le tendió el papel con una mano mientras se
recostaba en el sillón. Tenía aspecto de hallarse al borde del llanto—. Se ha ido.
Thomas se acercó y le quitó el papel, al que dio la vuelta. Escrito en rotulador
negro, ponía:
No sé cómo, pero han entrado. Me llevan a vivir con los demás raros.
Es lo mejor. Gracias por ser mis amigos.
Adiós.
—Newt —susurró Thomas.
El nombre de su amigo colgó en el aire como una declaración de muerte.
Capítulo 35
Pronto estuvieron todos sentados juntos. El objetivo era hablar sobre lo que
deberían hacer a continuación, pero la realidad era que no tenían nada que decir.
Los cuatro se quedaron con la vista clavada en el suelo sin pronunciar palabra.
Por alguna razón, Thomas no podía quitarse a Janson de la cabeza. ¿Volver con
ellos de verdad podía ser un modo de salvar a Newt? Todas las partes de su
cuerpo se rebelaban contra la idea de regresar a CRUEL, pero si volvían atrás y
era capaz de completar la prueba…
Minho rompió el sombrío silencio:
—Quiero que me escuchéis los tres —se tomó un momento para mirar a
cada uno de ellos y luego continuó—: Desde que nos escapamos de CRUEL, he
aceptado cualquier cosa que hayáis dicho de hacer, gilipullos. Y no me he
quejado. Mucho —le dedicó a Thomas una sonrisa irónica—. Pero ahora mismo
voy a ser yo el que tome la decisión y vosotros los que hagáis lo que yo diga. Y si
alguien se niega, que os den.
Thomas sabía lo que quería su amigo y se alegraba.
—Sé que tenemos en mente metas más importantes —continuó Minho—.
Tenemos que ponernos en contacto con el Brazo Derecho, saber qué vamos a
hacer respecto a CRUEL y toda esa clonc de salvar el mundo. Pero antes vamos
a ir a buscar a Newt. Aquí no hay discusión posible. Los cuatro, todos nosotros,
volaremos a donde haga falta para sacar a Newt de allí.
—Lo llaman el Palacio de los Raros —dijo Brenda. Thomas se volvió hacia
ella y vio que tenía la vista perdida—. Debe de ser eso de lo que habla. Algunos
de esos Camisas Rojas probablemente entraron en el iceberg, encontraron a
Newt y vieron que estaba infectado. Le permitieron dejar una nota. No me cabe
duda de que eso es lo que ocurrió.
—Suena elegante —replicó Minho—. ¿Has estado allí?
—No. Todas las ciudades importantes tienen un Palacio de los Raros, un lugar
donde envían a los infectados y tratan de que la enfermedad sea soportable hasta
que alcanzan el Ido. Después no sé qué les hacen, pero no es un sitio agradable,
no importa quién seas, así que sólo puedo imaginármelo. Los inmunes se
encargan de todo allí y cobran mucho, puesto que alguien no inmune no se
arriesgaría a contraer el Destello. Si quieres ir, deberíamos pensarlo muy bien
antes. Nos hemos quedado sin munición, así que iremos desarmados.
A pesar de la inquietante descripción, Minho tenía un brillo de esperanza en
los ojos.
—Yo ya lo he pensado suficiente. ¿Sabes dónde está el más próximo?
—Sí —contestó Jorge—, pasamos por delante de camino aquí. Está al otro
lado del valle, pegado a esas montañas al oeste.
Minho dio una palmada.
—Pues ahí es donde vamos a ir. Jorge, haz que este trozo de clonc despegue.
Thomas esperaba que se produjera al menos una pequeña discusión o algunas
objeciones, pero no fue así.
—Me gustará un poco de aventura, muchacho —dijo Jorge—. Estaremos allí
en veinte minutos.
Jorge fue fiel a su palabra en cuanto al tiempo, y aterrizó en un claro desde el
que un bosque se extendía por la ladera sorprendentemente verde de la montaña.
La mitad de los árboles estaba muerta, pero la otra mitad parecía como si
hubiera empezado a recuperarse tras largas e intensas olas de calor. A Thomas le
entristeció pensar en la posibilidad de que, cuando llegara el día en que el mundo
se recuperase de las erupciones solares, ya se hallara deshabitado.
Bajó por la rampa de carga y echó un vistazo a la muralla que rodeaba lo que
debía de ser el Palacio de los Raros, a unos metros de distancia. Estaba hecha de
gruesas tablas de madera. La puerta más próxima comenzó a abrirse y
aparecieron dos personas, ambas con enormes lanzagranadas. Parecían
agotadas, pero, pese al cansancio, adoptaban una posición defensiva y apuntaban
con sus armas. Sin duda, habían visto u oído acercarse el iceberg.
—Empezamos mal —comentó Jorge.
Uno de los guardias gritó algo, pero Thomas no distinguió lo que dijo.
—Acerquémonos a hablar con ellos. Tienen que ser inmunes si llevan esos
lanzagranadas.
—A menos que los raros hayan tomado el mando —sugirió Minho, y miró a
Thomas con una extraña sonrisa—. Sea como sea, vamos a entrar y no vamos a
marcharnos sin Newt.
Con las cabezas bien altas, caminaron despacio hacia la puerta, asegurándose
de no hacer nada que provocara la alarma. Lo último que quería Thomas era que
le dispararan otra vez con un lanzagranadas. Al acercarse, vio que los dos
guardias tenían peor aspecto de lo que pensaba. Estaban sucios, sudorosos y
llenos de moratones y arañazos.
Se detuvieron en la entrada y uno de los guardias salió a su encuentro.
—¿Quiénes demonios sois vosotros? —preguntó. Tenía el pelo negro y bigote,
y le sacaba unos centímetros a su compañero—. No tenéis pinta de ser los
memos de los científicos que vienen a veces.
Fue Jorge el que habló, como había hecho en el aeropuerto al llegar a
Denver:
—No habrías sabido que veníamos, muchacho. Somos de CRUEL; capturaron
a uno de los nuestros y lo trajeron aquí por error. Hemos venido a buscarle.
Thomas estaba sorprendido. Lo que Jorge acababa de decir era técnicamente
cierto, ahora que lo pensaba.
El guardia no parecía demasiado impresionado.
—¿Crees que me importáis una mierda tú y tu sofisticado trabajo en CRUEL?
No sois los primeros que vienen aquí dándose aires de superioridad como si este
sitio fuera suyo. ¿Queréis venir a pasar el rato con los raros? ¡Faltaría más! Sobre
todo después de lo que ha pasado últimamente —se apartó e hizo un gesto
exagerado de bienvenida—. Disfrutad de vuestra estancia en el Palacio de los
Raros. No se admiten devoluciones ni cambios en caso de perder un brazo o un
ojo.
Thomas casi podía oler la tensión en el ambiente y, preocupado porque Minho
exasperase a aquellos tipos con alguno de sus comentarios mordaces, se apresuró
en hablar:
—¿A qué os referís con « lo que ha pasado últimamente» ? ¿Qué ha sucedido?
El tipo se encogió de hombros.
—Bueno, no es un lugar agradable y eso es todo lo que debéis saber —no
añadió nada más.
A Thomas no le gustaba nada cómo se estaba desarrollando la situación.
—Bien, ¿sabéis si han traído en los últimos días a un nuevo… —a Thomas no
le pareció bien usar la palabra « raro» — a alguien nuevo? ¿Tenéis un registro?
El otro guardia, bajo y fornido, con la cabeza rapada, se aclaró la garganta y
escupió.
—¿A quién buscas? ¿A un chico o a una chica?
—A un chico —respondió Thomas—. Se llama Newt. Es algo más alto que
y o, rubio, con el pelo un poco largo. Y cojea.
El hombre volvió a escupir.
—Puede que sepa algo, pero una cosa es saber y otra decírtelo. Parecéis
tener mucho dinero. ¿Queréis compartirlo?
Thomas, que se atrevió a tener esperanza, miró a Jorge. Este había torcido el
gesto con aire colérico. Minho habló antes de que pudiera decir nada:
—Tenemos dinero, cara fuco, así que dinos dónde está nuestro amigo.
El guardia les apuntó con el lanzagranadas con un poco más de violencia.
—Enseñadme vuestras tarjetas o esta conversación se habrá terminado.
Quiero por lo menos mil.
—Las tiene él —respondió Minho, y señaló a Jorge con un pulgar mientras
fulminaba con la mirada al guardia—, gilipullo codicioso.
Jorge sacó su tarjeta y la agitó en el aire.
—Tendrás que pegarme un tiro y matarme para quitármela. Ya sabes que no
te servirá de nada sin mis huellas. Tendrás tu dinero, hermano, pero muéstranos
el camino.
—Muy bien —contestó el hombre—, seguidme. Y recordad: si perdéis alguna
parte de vuestro cuerpo debido a un encuentro desafortunado con un raro, os
recomiendo que dejéis esa parte de vuestro cuerpo y echéis a correr como alma
que lleva el diablo. Amenos que sea una pierna, claro.
Giró sobre sus talones y cruzó la puerta abierta.
Capítulo 36
El Palacio de los Raros era un lugar sucio y horrible. El guardia más bajo
resultó ser muy hablador y, mientras se abrían camino por el caos de aquellos
espantosos dominios, les dio más información de la que Thomas habría pedido.
Describió el pueblo para los infectados como un conjunto de círculos dentro
de círculos, con todas las zonas comunes —la cafetería, la enfermería y las
instalaciones de ocio— ubicadas en el centro y rodeadas por una fila tras otra de
casas mal construidas. Los palacios se habían concebido como opciones
humanitarias, refugios para los infectados hasta que la locura les dominara.
Después se les destinaba a lugares remotos, abandonados durante las peores
erupciones solares. Los responsables de los palacios habían querido otorgar a los
infectados una última oportunidad de vivir decentemente antes de que llegara el
final, de modo que aquellos proyectos se habían llevado a cabo cerca de casi
todas las grandes ciudades que quedaban en el mundo.
Pero aquella idea bienintencionada había tenido muy malos resultados.
Llenar un lugar de gente sin esperanza, sabedora de que se está sumiendo en una
espantosa espiral de locura, equivale a convertirlo en una de las zonas más
anárquicas que jamás hay a conocido el hombre. Los residentes sabían de sobra
que no podía haber un castigo real ni consecuencias peores a las que ya se habían
enfrentado, así que los índices de delincuencia se dispararon. Y las
urbanizaciones se convirtieron en refugios de libertinaje.
Mientras el grupo pasaba por las casas, meras chozas deterioradas, Thomas
se imaginó lo horrible que debía de ser vivir en semejante sitio. La mayoría de
las ventanas de los edificios estaban rotas, y el guardia les explicó que había sido
un error mayúsculo permitir que allí hubiera cristal, puesto que se había
convertido en el arma principal. La basura abarrotaba las calles y, aunque aún no
había visto a nadie, Thomas notaba que les observaban desde las sombras. En la
distancia oyó a alguien gritar obscenidades; luego, un alarido proveniente de otra
dirección le puso aún más nervioso.
—¿Por qué no lo cierran? —preguntó. Fue el primero del grupo en hablar—.
Bueno, si ha empeorado tanto…
—¿Que ha empeorado? —repitió el guardia—. Chaval, empeorar es un
término relativo. Simplemente está así. ¿Qué otra cosa se iba a hacer con esta
gente? No se la puede dejar con los sanos en las ciudades fortificadas, pero
tampoco dejarla tirada en un lugar donde los raros han traspasado el Ido y se la
comería viva. Y ningún gobierno está todavía lo bastante desesperado para
empezar a matar gente en cuanto contrae el Destello. Así está la situación. Y
para nosotros, los inmunes, es una manera de ganar dinero, puesto que nadie más
trabajaría aquí.
Sus declaraciones dejaron a Thomas con una gran pesadumbre. El mundo
estaba en un estado lamentable. Quizás era un egoísta por no ayudar a CRUEL a
completar las pruebas.
—¿Por qué no lo dices tal cual? —dijo Brenda, cuyo gesto torcido desde que
entraron en el pueblo no denotaba sino repugnancia—. Dejáis a los infectados en
este lugar de mala muerte hasta que empeoran tanto que vuestra conciencia no
os impide deshaceros de ellos.
—Así lo disfrazan —respondió el guardia con total naturalidad.
A Thomas le costaba tenerle antipatía a aquel tipo; más bien, le daba lástima.
Siguieron caminando y pasaron por filas y filas de casas, todas destartaladas,
abandonadas y sucias.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Thomas—. Creía que este sitio
estaría hasta los topes. ¿Y a qué te referías antes con que había pasado algo?
Esta vez contestó el del bigote —y estuvo bien oír otra voz para variar—:
—Algunos, los que tuvieron suerte, vegetan en sus casas gracias al Éxtasis.
Pero la may oría está en la Zona Central, comiendo, jugando o tramando algo
turbio. Nos envían demasiados y mucho más rápido de lo que salen. Para colmo,
desaparecen inmunes a diestro y siniestro quién sabe dónde, y conforme pasan
los días disminuimos en número; la situación se está poniendo al rojo vivo. Y
digamos que esta mañana la temperatura ha subido al máximo.
—¿Desaparecen inmunes a diestro y siniestro? —repitió Thomas.
Por lo visto, CRUEL aprovechaba todos los recursos que podía para obtener
más Pruebas. Aunque las consecuencias fueran peligrosas.
—Sí, casi la mitad de nuestros trabajadores ha desaparecido en los últimos
meses. No hay rastro de ellos ni explicaciones. Lo que hace mi trabajo mil veces
más difícil.
Thomas refunfuñó.
—Tú limítate a alejarnos de las multitudes y llevarnos a un lugar seguro hasta
que encontréis a Newt.
—Esa es la idea —añadió Minho.
El guardia se limitó a encogerse de hombros.
—Vale. Siempre y cuando reciba mi dinero.
Al fin, los guardias se detuvieron a dos círculos de la Zona Central y dijeron
al grupo que esperara. Ellos se acurrucaron en un rincón a la sombra, detrás de
una de las chozas. La algarabía aumentaba por minutos, y ahora se hallaban tan
cerca de la población del Palacio que sonaba como si se estuviera produciendo
una gran pelea a la vuelta de la esquina. Thomas no soportaba estar allí sentado,
esperando, escuchando aquellos espantosos ruidos, preguntándose todo el tiempo
si el guardia regresaría y si Newt iría con él.
Unos cinco minutos después de marcharse, dos personas salieron de una
pequeña cabaña al otro lado del estrecho camino. A Thomas se le aceleró el
pulso y estuvo a punto de levantarse y echar a correr antes de darse cuenta de
que no tenían aspecto amenazador. Eran una pareja que iba cogida de la mano y,
aparte de ir un poco sucios y llevar ropa desgastada y arrugada, parecían
bastante cuerdos.
Ambos se acercaron al grupo y se pararon frente a ellos.
—¿Cuándo habéis llegado? —preguntó la mujer.
Thomas trató de encontrar las palabras, pero fue Brenda la que habló:
—Entramos con el último grupo. En realidad, estamos buscando a un amigo
que iba con nosotros. Se llama Newt, es rubio y cojea. ¿Le habéis visto?
El hombre respondió como si acabara de oír la pregunta más estúpida del
mundo:
—Hay mucha gente rubia por aquí. ¿Cómo vamos a saber quién es quién?
Por cierto, ¿qué clase de nombre es Newt?
Minho abrió la boca para responder, pero el ruido proveniente del centro del
pueblo se hizo más fuerte y todos se dieron la vuelta para mirar. La pareja
intercambió una mirada de preocupación. Después, sin mediar palabra, volvieron
a escabullirse en su casa y cerraron la puerta con un clic. Segundos más tarde,
una tabla de madera apareció en su ventana y la tapó; un fragmento de cristal
cay ó al suelo de fuera.
—Parecen tan contentos como nosotros de estar aquí —comentó Thomas.
Jorge resopló.
—Muy simpáticos. Creo que volveré a visitarlos.
—Es evidente que no llevan aquí mucho tiempo —dijo Brenda—. No puedo
ni imaginarme cómo será descubrir que estás infectado, que te envíen a vivir con
los raros y ser testigo de en lo que vas a convertirte.
Thomas negó despacio con la cabeza. Aquello tenía que ser el sufrimiento
personificado.
—¿Dónde están esos guardias? —inquirió Minho con tono impaciente—.
¿Cuánto se tarda en encontrar a alguien y decirle que sus amigos están aquí?
Diez minutos después, los dos guardias reaparecieron por una esquina.
Thomas y sus amigos se pusieron de pie de un salto.
—¿Qué habéis averiguado? —preguntó Minho enseguida.
El más bajo parecía inquieto y desviaba la vista como si hubiera perdido el
descaro de antes. Thomas se preguntó si visitar la llamada Zona Central
provocaría siempre reacciones así.
—Tuvimos que hacer unas cuantas preguntas —contestó su compañero—,
pero creo que hemos encontrado a vuestro amigo. Se ajusta a vuestra descripción
y se volvió hacia nosotros cuando le llamamos por su nombre. Pero…
Los guardias intercambiaron una mirada incómoda.
—Pero ¿qué? —insistió Minho.
—Dijo (muy directamente, debo añadir) que os contestáramos de su parte
que os perdieseis.
A la mañana siguiente, Thomas se sorprendió al comprobar lo descansado
que se encontraba. Pese a que se había pasado toda la noche dando vueltas, en
algún momento había entrado en un sueño profundo y reparador. Tras una larga
ducha caliente y el desayuno sacado de una máquina expendedora, estaba
preparado para enfrentarse a un nuevo día.
Dejaron el motel sobre las ocho de la mañana, preguntándose qué se
encontrarían en la ciudad ahora que iban a comprobar el estado de Newt. Vieron
a algunas personas desperdigadas, pero muchas menos que durante las horas
punta del día anterior. Y Thomas no oyó ningún ruido extraño como los que
habían percibido durante su largo paseo.
—Os digo que algo está pasando —dijo Jorge mientras recorrían la calle en
busca de un taxi—. Debería haber más gente por aquí.
Thomas observó a los pocos transeúntes que había a su alrededor. Ninguno le
miraba a los ojos; todos tenían la cabeza gacha y muchos se apretaban la
mascarilla a la cara como si temieran que un viento repentino fuera a llevársela.
Y caminaban de forma apresurada, frenética, casi saltaban cuando otra persona
se les acercaba demasiado. Vio a una mujer examinando un cartel sobre el
Destello idéntico al que él había leído el día anterior en compañía del Camisa
Roja. Aquello le trajo a la memoria aquel recuerdo que no había conseguido
recobrar del todo; iba a volverle loco.
—Démonos prisa en llegar a ese fuco aeropuerto —masculló Minho—. Este
lugar me pone los pelos de punta.
—Probablemente deberíamos ir por ahí —dijo Brenda, señalando—. Tiene
que haber taxis cerca de esas oficinas.
Cruzaron la calle y se dirigieron a una más estrecha que pasaba por un
aparcamiento vacío a un lado y un viejo edificio en ruinas, al otro.
Minho se inclinó hacia Thomas y medio susurró:
—Macho, estoy un poco fucado de la cabeza ahora mismo. Me asusta cómo
vamos a encontrar a Newt.
Él también tenía miedo, pero no lo admitió.
—No te preocupes. Estoy seguro de que seguirá bien.
—Vale. Y en cualquier momento vomitarás la cura del Destello.
—Quién sabe, a lo mejor. Aunque olería raro —a su amigo no pareció
hacerle mucha gracia—. Mira, no podemos hacer nada hasta que lleguemos allí
y le veamos.
Thomas odiaba sonar tan insensible, pero la situación y a era difícil y no
podían suponer lo peor.
—Gracias por los ánimos.
El aparcamiento vacío a su derecha contenía los restos desperdigados de un
viejo edificio de ladrillos del que cada centímetro cuadrado estaba lleno de
hierbajos. Un enorme trozo de pared se erigía en medio y, cuando pasaron junto
a ella, Thomas percibió un movimiento al otro lado. Se detuvo y, por instinto, alzó
una mano para detener también a Minho. Le acalló antes de que pudiera
preguntar qué ocurría.
Brenda y Jorge se dieron cuenta y se quedaron inmóviles. Thomas señaló lo
que había visto y después intentó verlo mejor.
Un hombre sin camisa estaba de espaldas a ellos, encorvado sobre algo,
escarbando con las manos como si hubiera perdido algo en el barro e intentara
encontrarlo. Unos extraños arañazos le cubrían los hombros y una larga costra le
atravesaba la columna vertebral. Sus movimientos eran entrecortados y…
desesperados, pensó Thomas. Sus codos no dejaban de saltar hacia atrás como si
arrancara algo del suelo. Los altos hierbajos le impedían ver el centro de
atención del hombre desesperado.
—Sigamos —susurró Brenda desde atrás.
—Ese tipo está enfermo —comentó Minho—. ¿Cómo se le habrá ido tanto?
Thomas no supo qué decir.
—Vamos.
El grupo comenzó a caminar de nuevo, pero Thomas no podía apartar los
ojos de la perturbadora escena. ¿Qué estaba haciendo aquel tipo?
Al llegar al final de la manzana, Thomas se detuvo con los demás. Era
evidente que a todos les inquietaba y querían echar un último vistazo.
Sin previo aviso, el hombre se incorporó de un salto y se volvió hacia ellos;
tenía la boca y la nariz llenas de sangre. Thomas se estremeció y, al retroceder,
tropezó con Minho. El hombre enseñó los dientes con una sonrisa desagradable y
levantó sus manos ensangrentadas como para enseñárselas. Thomas estaba a
punto de gritarle cuando volvió a agacharse para retornar a su tarea. Por suerte,
no vieron exactamente de qué se trataba.
—Este sería un buen momento para irse —murmuró Brenda.
Thomas sintió como si unos dedos helados le recorrieran la espalda y los
hombros. No podía estar más de acuerdo. Todos se dieron la vuelta y echaron a
correr hasta que pasaron dos manzanas y comenzaron a caminar de nuevo.
Tardaron otra media hora en encontrar un taxi, pero por fin se dirigían a su
objetivo. Thomas quería hablar de lo que habían visto en el aparcamiento vacío,
pero no podía expresarlo con palabras. Le había revuelto de arriba abajo.
Minho fue el primero en sacar el tema:
—Aquel tipo estaba comiéndose a una persona. Lo sé.
—Quizá… —dijo Brenda—. A lo mejor tan sólo era un perro callejero —su
tono le hizo pensar a Thomas que ni ella misma se lo creía—. Aunque eso
tampoco estaría bien.
—Estoy seguro de que eso no es algo que debas ver durante un bonito paseo
por una ciudad en cuarentena y en pleno día —se burló Minho—. Creo a Gally.
Tengo la certeza de que este lugar se está abarrotando de raros y pronto se
matarán unos a otros.
Nadie respondió. Se quedaron callados durante el resto del camino al
aeropuerto.
No tardaron en pasar el control de seguridad y salir por la enorme muralla
que cercaba la ciudad. Como poco, el personal con el que se encontraron parecía
encantado porque se marcharan.
El iceberg estaba justo donde lo habían dejado, esperando como el caparazón
de un insecto gigantesco, sobre el cemento caliente y humeante. Nada se movía
a su alrededor.
—Date prisa y ábrelo —dijo Minho.
Jorge ni se inmutó por aquella orden cortante; sacó un pequeño mando de su
bolsillo y apretó unos cuantos botones. La rampa de la escotilla de carga bajó
despacio, entre los quejidos de las bisagras, hasta que el borde tocó el suelo con
un chirrido. Thomas esperaba que Newt bajara corriendo por la rampa, con una
gran sonrisa en el rostro, contento de verlos.
Pero nada se movía dentro ni fuera, y el corazón le dio un vuelco. Sin duda,
Minho se sentía igual.
—Algo va mal.
Corrió hacia la puerta y subió por la rampa antes de que a Thomas le diera
tiempo a reaccionar.
—Será mejor que entremos —dijo Brenda—. ¿Y si Newt se ha vuelto
peligroso?
A Thomas no le gustó cómo sonó aquello, pero sabía que tenía razón. Sin
responder, echó a correr detrás de Minho y entró al oscuro y agobiante iceberg.
En algún momento se habían apagado todos los sistemas: no había aire
acondicionado, ni luces; nada.
Jorge siguió a Thomas.
—Déjame que la encienda o empezaremos a sudar hasta que no quede más
que un montón de piel y huesos.
Fue hacia la cabina de mando.
Brenda estaba al lado de Thomas, ambos con la vista fija en la penumbra de
la nave, bajo la poca luz que procedía de unos ojos de buey desperdigados.
Oy eron que Minho llamaba a Newt más al fondo, pero el chico infectado no
respondía. Una hendidura pareció abrirse dentro de Thomas, un vacío que se
ensanchaba y absorbía la esperanza hasta agotarla.
—Iré a la izquierda —dijo, señalando hacia el pequeño pasillo que llevaba al
área común—. ¿Por qué no acompañas a Jorge y buscáis por ahí? Algo no va
bien. Habría salido a recibirnos si no pasara nada.
—Por no mencionar que las luces y el aire acondicionado estarían
encendidos —Brenda le miró sombríamente y se marchó.
Thomas avanzó por el pasillo hacia la sala principal. Allí, Minho estaba
sentado en uno de los sillones. Observaba un trozo de papel con la expresión más
fría que Thomas le había visto nunca. El vacío en su interior aumentó aún más y
se desvaneció la última pizca de esperanza que le quedaba.
—Eh —dijo—, ¿qué pasa?
Su amigo no respondió. Siguió mirando fijamente el papel.
—¿Qué pasa?
Minho levantó la mirada.
—Ven a verlo tú mismo —le tendió el papel con una mano mientras se
recostaba en el sillón. Tenía aspecto de hallarse al borde del llanto—. Se ha ido.
Thomas se acercó y le quitó el papel, al que dio la vuelta. Escrito en rotulador
negro, ponía:
No sé cómo, pero han entrado. Me llevan a vivir con los demás raros.
Es lo mejor. Gracias por ser mis amigos.
Adiós.
—Newt —susurró Thomas.
El nombre de su amigo colgó en el aire como una declaración de muerte.
Capítulo 35
Pronto estuvieron todos sentados juntos. El objetivo era hablar sobre lo que
deberían hacer a continuación, pero la realidad era que no tenían nada que decir.
Los cuatro se quedaron con la vista clavada en el suelo sin pronunciar palabra.
Por alguna razón, Thomas no podía quitarse a Janson de la cabeza. ¿Volver con
ellos de verdad podía ser un modo de salvar a Newt? Todas las partes de su
cuerpo se rebelaban contra la idea de regresar a CRUEL, pero si volvían atrás y
era capaz de completar la prueba…
Minho rompió el sombrío silencio:
—Quiero que me escuchéis los tres —se tomó un momento para mirar a
cada uno de ellos y luego continuó—: Desde que nos escapamos de CRUEL, he
aceptado cualquier cosa que hayáis dicho de hacer, gilipullos. Y no me he
quejado. Mucho —le dedicó a Thomas una sonrisa irónica—. Pero ahora mismo
voy a ser yo el que tome la decisión y vosotros los que hagáis lo que yo diga. Y si
alguien se niega, que os den.
Thomas sabía lo que quería su amigo y se alegraba.
—Sé que tenemos en mente metas más importantes —continuó Minho—.
Tenemos que ponernos en contacto con el Brazo Derecho, saber qué vamos a
hacer respecto a CRUEL y toda esa clonc de salvar el mundo. Pero antes vamos
a ir a buscar a Newt. Aquí no hay discusión posible. Los cuatro, todos nosotros,
volaremos a donde haga falta para sacar a Newt de allí.
—Lo llaman el Palacio de los Raros —dijo Brenda. Thomas se volvió hacia
ella y vio que tenía la vista perdida—. Debe de ser eso de lo que habla. Algunos
de esos Camisas Rojas probablemente entraron en el iceberg, encontraron a
Newt y vieron que estaba infectado. Le permitieron dejar una nota. No me cabe
duda de que eso es lo que ocurrió.
—Suena elegante —replicó Minho—. ¿Has estado allí?
—No. Todas las ciudades importantes tienen un Palacio de los Raros, un lugar
donde envían a los infectados y tratan de que la enfermedad sea soportable hasta
que alcanzan el Ido. Después no sé qué les hacen, pero no es un sitio agradable,
no importa quién seas, así que sólo puedo imaginármelo. Los inmunes se
encargan de todo allí y cobran mucho, puesto que alguien no inmune no se
arriesgaría a contraer el Destello. Si quieres ir, deberíamos pensarlo muy bien
antes. Nos hemos quedado sin munición, así que iremos desarmados.
A pesar de la inquietante descripción, Minho tenía un brillo de esperanza en
los ojos.
—Yo ya lo he pensado suficiente. ¿Sabes dónde está el más próximo?
—Sí —contestó Jorge—, pasamos por delante de camino aquí. Está al otro
lado del valle, pegado a esas montañas al oeste.
Minho dio una palmada.
—Pues ahí es donde vamos a ir. Jorge, haz que este trozo de clonc despegue.
Thomas esperaba que se produjera al menos una pequeña discusión o algunas
objeciones, pero no fue así.
—Me gustará un poco de aventura, muchacho —dijo Jorge—. Estaremos allí
en veinte minutos.
Jorge fue fiel a su palabra en cuanto al tiempo, y aterrizó en un claro desde el
que un bosque se extendía por la ladera sorprendentemente verde de la montaña.
La mitad de los árboles estaba muerta, pero la otra mitad parecía como si
hubiera empezado a recuperarse tras largas e intensas olas de calor. A Thomas le
entristeció pensar en la posibilidad de que, cuando llegara el día en que el mundo
se recuperase de las erupciones solares, ya se hallara deshabitado.
Bajó por la rampa de carga y echó un vistazo a la muralla que rodeaba lo que
debía de ser el Palacio de los Raros, a unos metros de distancia. Estaba hecha de
gruesas tablas de madera. La puerta más próxima comenzó a abrirse y
aparecieron dos personas, ambas con enormes lanzagranadas. Parecían
agotadas, pero, pese al cansancio, adoptaban una posición defensiva y apuntaban
con sus armas. Sin duda, habían visto u oído acercarse el iceberg.
—Empezamos mal —comentó Jorge.
Uno de los guardias gritó algo, pero Thomas no distinguió lo que dijo.
—Acerquémonos a hablar con ellos. Tienen que ser inmunes si llevan esos
lanzagranadas.
—A menos que los raros hayan tomado el mando —sugirió Minho, y miró a
Thomas con una extraña sonrisa—. Sea como sea, vamos a entrar y no vamos a
marcharnos sin Newt.
Con las cabezas bien altas, caminaron despacio hacia la puerta, asegurándose
de no hacer nada que provocara la alarma. Lo último que quería Thomas era que
le dispararan otra vez con un lanzagranadas. Al acercarse, vio que los dos
guardias tenían peor aspecto de lo que pensaba. Estaban sucios, sudorosos y
llenos de moratones y arañazos.
Se detuvieron en la entrada y uno de los guardias salió a su encuentro.
—¿Quiénes demonios sois vosotros? —preguntó. Tenía el pelo negro y bigote,
y le sacaba unos centímetros a su compañero—. No tenéis pinta de ser los
memos de los científicos que vienen a veces.
Fue Jorge el que habló, como había hecho en el aeropuerto al llegar a
Denver:
—No habrías sabido que veníamos, muchacho. Somos de CRUEL; capturaron
a uno de los nuestros y lo trajeron aquí por error. Hemos venido a buscarle.
Thomas estaba sorprendido. Lo que Jorge acababa de decir era técnicamente
cierto, ahora que lo pensaba.
El guardia no parecía demasiado impresionado.
—¿Crees que me importáis una mierda tú y tu sofisticado trabajo en CRUEL?
No sois los primeros que vienen aquí dándose aires de superioridad como si este
sitio fuera suyo. ¿Queréis venir a pasar el rato con los raros? ¡Faltaría más! Sobre
todo después de lo que ha pasado últimamente —se apartó e hizo un gesto
exagerado de bienvenida—. Disfrutad de vuestra estancia en el Palacio de los
Raros. No se admiten devoluciones ni cambios en caso de perder un brazo o un
ojo.
Thomas casi podía oler la tensión en el ambiente y, preocupado porque Minho
exasperase a aquellos tipos con alguno de sus comentarios mordaces, se apresuró
en hablar:
—¿A qué os referís con « lo que ha pasado últimamente» ? ¿Qué ha sucedido?
El tipo se encogió de hombros.
—Bueno, no es un lugar agradable y eso es todo lo que debéis saber —no
añadió nada más.
A Thomas no le gustaba nada cómo se estaba desarrollando la situación.
—Bien, ¿sabéis si han traído en los últimos días a un nuevo… —a Thomas no
le pareció bien usar la palabra « raro» — a alguien nuevo? ¿Tenéis un registro?
El otro guardia, bajo y fornido, con la cabeza rapada, se aclaró la garganta y
escupió.
—¿A quién buscas? ¿A un chico o a una chica?
—A un chico —respondió Thomas—. Se llama Newt. Es algo más alto que
y o, rubio, con el pelo un poco largo. Y cojea.
El hombre volvió a escupir.
—Puede que sepa algo, pero una cosa es saber y otra decírtelo. Parecéis
tener mucho dinero. ¿Queréis compartirlo?
Thomas, que se atrevió a tener esperanza, miró a Jorge. Este había torcido el
gesto con aire colérico. Minho habló antes de que pudiera decir nada:
—Tenemos dinero, cara fuco, así que dinos dónde está nuestro amigo.
El guardia les apuntó con el lanzagranadas con un poco más de violencia.
—Enseñadme vuestras tarjetas o esta conversación se habrá terminado.
Quiero por lo menos mil.
—Las tiene él —respondió Minho, y señaló a Jorge con un pulgar mientras
fulminaba con la mirada al guardia—, gilipullo codicioso.
Jorge sacó su tarjeta y la agitó en el aire.
—Tendrás que pegarme un tiro y matarme para quitármela. Ya sabes que no
te servirá de nada sin mis huellas. Tendrás tu dinero, hermano, pero muéstranos
el camino.
—Muy bien —contestó el hombre—, seguidme. Y recordad: si perdéis alguna
parte de vuestro cuerpo debido a un encuentro desafortunado con un raro, os
recomiendo que dejéis esa parte de vuestro cuerpo y echéis a correr como alma
que lleva el diablo. Amenos que sea una pierna, claro.
Giró sobre sus talones y cruzó la puerta abierta.
Capítulo 36
El Palacio de los Raros era un lugar sucio y horrible. El guardia más bajo
resultó ser muy hablador y, mientras se abrían camino por el caos de aquellos
espantosos dominios, les dio más información de la que Thomas habría pedido.
Describió el pueblo para los infectados como un conjunto de círculos dentro
de círculos, con todas las zonas comunes —la cafetería, la enfermería y las
instalaciones de ocio— ubicadas en el centro y rodeadas por una fila tras otra de
casas mal construidas. Los palacios se habían concebido como opciones
humanitarias, refugios para los infectados hasta que la locura les dominara.
Después se les destinaba a lugares remotos, abandonados durante las peores
erupciones solares. Los responsables de los palacios habían querido otorgar a los
infectados una última oportunidad de vivir decentemente antes de que llegara el
final, de modo que aquellos proyectos se habían llevado a cabo cerca de casi
todas las grandes ciudades que quedaban en el mundo.
Pero aquella idea bienintencionada había tenido muy malos resultados.
Llenar un lugar de gente sin esperanza, sabedora de que se está sumiendo en una
espantosa espiral de locura, equivale a convertirlo en una de las zonas más
anárquicas que jamás hay a conocido el hombre. Los residentes sabían de sobra
que no podía haber un castigo real ni consecuencias peores a las que ya se habían
enfrentado, así que los índices de delincuencia se dispararon. Y las
urbanizaciones se convirtieron en refugios de libertinaje.
Mientras el grupo pasaba por las casas, meras chozas deterioradas, Thomas
se imaginó lo horrible que debía de ser vivir en semejante sitio. La mayoría de
las ventanas de los edificios estaban rotas, y el guardia les explicó que había sido
un error mayúsculo permitir que allí hubiera cristal, puesto que se había
convertido en el arma principal. La basura abarrotaba las calles y, aunque aún no
había visto a nadie, Thomas notaba que les observaban desde las sombras. En la
distancia oyó a alguien gritar obscenidades; luego, un alarido proveniente de otra
dirección le puso aún más nervioso.
—¿Por qué no lo cierran? —preguntó. Fue el primero del grupo en hablar—.
Bueno, si ha empeorado tanto…
—¿Que ha empeorado? —repitió el guardia—. Chaval, empeorar es un
término relativo. Simplemente está así. ¿Qué otra cosa se iba a hacer con esta
gente? No se la puede dejar con los sanos en las ciudades fortificadas, pero
tampoco dejarla tirada en un lugar donde los raros han traspasado el Ido y se la
comería viva. Y ningún gobierno está todavía lo bastante desesperado para
empezar a matar gente en cuanto contrae el Destello. Así está la situación. Y
para nosotros, los inmunes, es una manera de ganar dinero, puesto que nadie más
trabajaría aquí.
Sus declaraciones dejaron a Thomas con una gran pesadumbre. El mundo
estaba en un estado lamentable. Quizás era un egoísta por no ayudar a CRUEL a
completar las pruebas.
—¿Por qué no lo dices tal cual? —dijo Brenda, cuyo gesto torcido desde que
entraron en el pueblo no denotaba sino repugnancia—. Dejáis a los infectados en
este lugar de mala muerte hasta que empeoran tanto que vuestra conciencia no
os impide deshaceros de ellos.
—Así lo disfrazan —respondió el guardia con total naturalidad.
A Thomas le costaba tenerle antipatía a aquel tipo; más bien, le daba lástima.
Siguieron caminando y pasaron por filas y filas de casas, todas destartaladas,
abandonadas y sucias.
—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Thomas—. Creía que este sitio
estaría hasta los topes. ¿Y a qué te referías antes con que había pasado algo?
Esta vez contestó el del bigote —y estuvo bien oír otra voz para variar—:
—Algunos, los que tuvieron suerte, vegetan en sus casas gracias al Éxtasis.
Pero la may oría está en la Zona Central, comiendo, jugando o tramando algo
turbio. Nos envían demasiados y mucho más rápido de lo que salen. Para colmo,
desaparecen inmunes a diestro y siniestro quién sabe dónde, y conforme pasan
los días disminuimos en número; la situación se está poniendo al rojo vivo. Y
digamos que esta mañana la temperatura ha subido al máximo.
—¿Desaparecen inmunes a diestro y siniestro? —repitió Thomas.
Por lo visto, CRUEL aprovechaba todos los recursos que podía para obtener
más Pruebas. Aunque las consecuencias fueran peligrosas.
—Sí, casi la mitad de nuestros trabajadores ha desaparecido en los últimos
meses. No hay rastro de ellos ni explicaciones. Lo que hace mi trabajo mil veces
más difícil.
Thomas refunfuñó.
—Tú limítate a alejarnos de las multitudes y llevarnos a un lugar seguro hasta
que encontréis a Newt.
—Esa es la idea —añadió Minho.
El guardia se limitó a encogerse de hombros.
—Vale. Siempre y cuando reciba mi dinero.
Al fin, los guardias se detuvieron a dos círculos de la Zona Central y dijeron
al grupo que esperara. Ellos se acurrucaron en un rincón a la sombra, detrás de
una de las chozas. La algarabía aumentaba por minutos, y ahora se hallaban tan
cerca de la población del Palacio que sonaba como si se estuviera produciendo
una gran pelea a la vuelta de la esquina. Thomas no soportaba estar allí sentado,
esperando, escuchando aquellos espantosos ruidos, preguntándose todo el tiempo
si el guardia regresaría y si Newt iría con él.
Unos cinco minutos después de marcharse, dos personas salieron de una
pequeña cabaña al otro lado del estrecho camino. A Thomas se le aceleró el
pulso y estuvo a punto de levantarse y echar a correr antes de darse cuenta de
que no tenían aspecto amenazador. Eran una pareja que iba cogida de la mano y,
aparte de ir un poco sucios y llevar ropa desgastada y arrugada, parecían
bastante cuerdos.
Ambos se acercaron al grupo y se pararon frente a ellos.
—¿Cuándo habéis llegado? —preguntó la mujer.
Thomas trató de encontrar las palabras, pero fue Brenda la que habló:
—Entramos con el último grupo. En realidad, estamos buscando a un amigo
que iba con nosotros. Se llama Newt, es rubio y cojea. ¿Le habéis visto?
El hombre respondió como si acabara de oír la pregunta más estúpida del
mundo:
—Hay mucha gente rubia por aquí. ¿Cómo vamos a saber quién es quién?
Por cierto, ¿qué clase de nombre es Newt?
Minho abrió la boca para responder, pero el ruido proveniente del centro del
pueblo se hizo más fuerte y todos se dieron la vuelta para mirar. La pareja
intercambió una mirada de preocupación. Después, sin mediar palabra, volvieron
a escabullirse en su casa y cerraron la puerta con un clic. Segundos más tarde,
una tabla de madera apareció en su ventana y la tapó; un fragmento de cristal
cay ó al suelo de fuera.
—Parecen tan contentos como nosotros de estar aquí —comentó Thomas.
Jorge resopló.
—Muy simpáticos. Creo que volveré a visitarlos.
—Es evidente que no llevan aquí mucho tiempo —dijo Brenda—. No puedo
ni imaginarme cómo será descubrir que estás infectado, que te envíen a vivir con
los raros y ser testigo de en lo que vas a convertirte.
Thomas negó despacio con la cabeza. Aquello tenía que ser el sufrimiento
personificado.
—¿Dónde están esos guardias? —inquirió Minho con tono impaciente—.
¿Cuánto se tarda en encontrar a alguien y decirle que sus amigos están aquí?
Diez minutos después, los dos guardias reaparecieron por una esquina.
Thomas y sus amigos se pusieron de pie de un salto.
—¿Qué habéis averiguado? —preguntó Minho enseguida.
El más bajo parecía inquieto y desviaba la vista como si hubiera perdido el
descaro de antes. Thomas se preguntó si visitar la llamada Zona Central
provocaría siempre reacciones así.
—Tuvimos que hacer unas cuantas preguntas —contestó su compañero—,
pero creo que hemos encontrado a vuestro amigo. Se ajusta a vuestra descripción
y se volvió hacia nosotros cuando le llamamos por su nombre. Pero…
Los guardias intercambiaron una mirada incómoda.
—Pero ¿qué? —insistió Minho.
—Dijo (muy directamente, debo añadir) que os contestáramos de su parte
que os perdieseis.
Comentarios
Publicar un comentario