37-39
Capítulo 37
Aquellas palabras fueron como una puñalada para Thomas, que no podía ni
imaginarse cómo se sentiría Minho.
—Muéstranos dónde está —ordenó secamente su amigo.
El guardia levantó las manos.
—¿No has oído lo que acabo de decir?
—No has terminado tu trabajo —insistió Thomas. Estaba con Minho al cien
por cien. No importaba lo que hubiera dicho Newt: si estaban tan cerca, irían a
hablar con él.
El guardia más bajo negó con la cabeza categóricamente.
—Ni hablar. Nos pedisteis que encontráramos a vuestro amigo y lo hemos
hecho. Dadnos el dinero.
—¿Os parece que estamos ya con él? —preguntó Jorge—. Nadie recibirá un
dólar hasta que estemos todos juntos.
Brenda no dijo nada, pero se quedó al lado de Jorge y asintió para mostrar su
apoy o. A Thomas le alivió que todos estuvieran de acuerdo y quisieran ir en
busca de Newt, pese al mensaje que les había enviado.
Los guardias no estaban nada contentos e intercambiaron unos cuantos
susurros, discutiendo.
—¡Eh! —espetó Minho—. Si queréis el dinero, ¡vamos!
—Muy bien —dijo por fin el guardia con bigote, y su compañero le lanzó una
mirada exasperada—, venid con nosotros.
Se dieron la vuelta y tomaron la dirección por la que habían venido. Minho
giró sobre sus talones, seguido de todos los demás.
Conforme se adentraban en el complejo, Thomas pensaba que las cosas no
podían ir a peor, pero lo hacían. Los edificios estaban más degradados y las
calles, más sucias. Vio a varias personas tumbadas en las aceras, con las cabezas
apoy adas sobre bolsas mugrientas o andrajos de ropa, la vista clavada en el cielo,
los ojos vidriosos y una expresión de júbilo inconsciente. El Éxtasis tenía un
nombre muy acertado, pensó Thomas.
Los guardias encabezaban la marcha, moviendo sus lanzagranadas de
izquierda a derecha, apuntando a cualquiera que se acercara a menos de diez
pasos. En un momento dado, se cruzaron con un hombre de aspecto devastado.
Tenía la ropa hecha harapos, el pelo enmarañado y apelmazado con algún tipo de
pringue negro, y la piel cubierta de un sarpullido. Tan pronto como se topó con un
adolescente drogado, empezó a golpearle.
Thomas se detuvo, inseguro sobre si debía ayudarlos.
—Ni se te ocurra —le advirtió el guardia más bajo antes de que dijera nada
—. Sigue avanzando.
—Pero ¿no es vuestro trabajo…?
El otro guardia le interrumpió:
—Cállate y déjanoslo a nosotros. Si nos metiéramos en todas las riñas o
peleas que vemos, no acabaríamos nunca. Probablemente estaríamos muertos.
Esos dos pueden resolver sus propios problemas.
—Tú llévanos hasta Newt —dijo Minho sin alterarse.
Mientras continuaban, Thomas trató de ignorar el grito gargarizante que se
alzó a sus espaldas.
Por fin, llegaron a un muro alto con un gran arco que daba a un espacio
abierto lleno de gente. Un cartel en la parte superior anunciaba en brillantes letras
que estaban en la Zona Central. Thomas no tenía ni idea de lo que sucedía allí
dentro, pero todo el mundo parecía ocupado.
Los guardias se detuvieron y el del bigote se dirigió al grupo:
—Sólo os lo voy a preguntar una vez: ¿estáis seguros de que queréis entrar
ahí?
—Sí —respondió Minho enseguida.
—De acuerdo. Vuestro amigo está en la bolera. En cuanto le señalemos,
quiero nuestro dinero.
—Vamos y a —gruñó Jorge.
Siguieron a los guardias, cruzaron el arco y entraron en la Zona Central. A
continuación se detuvieron para mirar a su alrededor.
La primera palabra que saltó a la mente de Thomas fue « manicomio» , y
entonces se dio cuenta de que en esencia era prácticamente cierto.
Había raros por todas partes. Pululaban por un área circular de varios metros
de diámetro que estaba rodeada por lo que antes habían sido tiendas, restaurantes
y locales de entretenimiento, casi todos destartalados y cerrados. La mayoría de
los infectados no parecía tan ida como el del pelo enmarañado que habían visto
por la calle, pero se respiraba un ambiente desenfrenado. A Thomas todas las
acciones y gestos le parecían… exagerados. Algunos soltaban risas histéricas,
con los ojos rebosantes de locura, mientras se asestaban golpetazos en la espalda.
Otros lloraban sin control, sollozaban solos en el suelo o caminaban en círculos
con la cara entre las manos. Había pequeñas peleas por todas partes, y aquí y
allá podías encontrar a una mujer o a un hombre inmóvil, gritando a pleno
pulmón, con la cara colorada y el cuello tenso.
Tampoco faltaban los que se apiñaban en grupos, de brazos cruzados,
moviendo la cabeza de izquierda a derecha, como si esperaran que los atacasen
en cualquier momento. Y al igual que habían visto en los círculos exteriores,
algunos de los raros estaban perdidos en la bruma del Éxtasis, sentados o
tumbados en el suelo, sonriendo, ajenos al caos. Unos cuantos guardias
caminaban por allí, con las armas preparadas, pero les superaban en número con
creces.
—Recuérdame que no compre por aquí ninguna propiedad —bromeó Minho.
Thomas no pudo reírse. Le invadían la angustia y la desesperación por que
todo aquello terminara.
—¿Dónde está la bolera? —quiso saber.
—Por ahí —contestó el guardia más bajo, y echó a andar hacia la izquierda,
pegado a la pared mientras ellos le seguían.
Brenda caminaba junto a Thomas, sus brazos se rozaban a cada paso. Él tenía
ganas de cogerla de la mano, pero no quería hacer ningún movimiento que
atrajera la atención. Todo en aquel lugar era tan imprevisible que no veía
conveniente hacer nada que no fuera absolutamente necesario.
La may or parte de los raros detenía sus febriles actividades para mirar al
pequeño grupo de recién llegados cuando se acercaban y pasaban por su lado.
Thomas mantuvo la mirada en el suelo por miedo a mirar a alguien a los ojos y
provocar hostilidad o que le hablaran. Hubo abucheos, silbidos y una gran
cantidad de bromas pesadas o insultos mientras avanzaban. Pasaron por una
ruinosa tienda de comestibles; allí, Thomas vio a través de las ventanas abiertas,
cuy os cristales hacía tiempo habían desaparecido, que casi todas las estanterías
estaban vacías. Había una consulta de un médico y un puesto de bocadillos, pero
ninguno de los dos locales tenía las luces encendidas.
Alguien le agarró de la camiseta a la altura del hombro y Thomas se dio la
vuelta para ver quién era, al tiempo que apartaba la mano. Ante él se hallaba una
mujer con el pelo oscuro y sucio y un arañazo en la barbilla, pero por lo demás
de apariencia normal. Tenía el entrecejo fruncido y se le quedó mirando un
momento antes de abrir la boca cuanto pudo. Al hacerlo, reveló unos dientes en
buenas condiciones, salvo porque resultaba evidente que no se los había cepillado
en bastante tiempo, y una lengua hinchada y descolorida. Después volvió a
cerrarla.
—Quiero besarte —dijo—. ¿Qué dices, mune? —emitió una risa maníaca
llena de resoplidos y le pasó la mano suavemente por el pecho.
Thomas se apartó y continuó caminando. Advirtió que los guardias ni siquiera
se habían parado para asegurarse de que no le ocurría nada malo.
Brenda se acercó más y le susurró:
—Eso habría sido lo más espeluznante que hemos visto hasta ahora.
Él asintió y siguió avanzando.
Capítulo 38
La bolera no tenía puerta. A juzgar por la gruesa capa de óxido que cubría las
bisagras al descubierto, se habían deshecho de ella hacía tiempo. Un gran cartel
de madera colgaba de la entrada, pero las palabras que antes mostrara habían
desaparecido y sólo quedaban rayas de colores apenas visibles.
—Está ahí dentro —anunció el guardia del bigote—. Ahora, pagadnos.
Minho pasó a su lado, se asomó por la abertura y estiró el cuello para
observar el interior. Después se volvió y miró a Thomas.
—Le veo al fondo —dijo con expresión preocupada—. Está oscuro ahí
dentro, pero sin duda es él.
Thomas había estado tan concentrado en encontrar a su amigo que ahora no
tenía ni idea de qué decirle. ¿Por qué les había dicho que se perdieran?
—Queremos nuestro dinero —repitió el guardia.
Jorge no se inmutó.
—Conseguiréis el doble si os aseguráis de que volvemos sanos y salvos a
nuestro iceberg.
Los guardias lo discutieron y contestó el bajo:
—El triple. Y queremos la mitad ahora para comprobar que no nos estáis
tomando el pelo.
—Trato hecho, muchacho.
Al ver cómo Jorge sacaba su tarjeta y le hacía una transferencia al guardia,
Thomas tuvo la desagradable satisfacción de que le estaban robando dinero a
CRUEL.
—Esperaremos aquí —dijo el guardia cuando acabaron.
—Vamos —instó Minho, y entró en el edificio sin esperar respuesta.
Thomas miró a Brenda, que tenía el entrecejo fruncido.
—¿Qué pasa? —preguntó, como si pudiera resumirse en una sola cosa.
—No lo sé —respondió ella—. Tengo un mal presentimiento.
—Sí, tú y yo.
Ella le dedicó media sonrisa y le cogió de la mano, gesto que él acogió de
buen grado. Entraron en la bolera con Jorge a su espalda.
Al igual que le ocurría con muchas otras cosas desde que le borraron la
memoria, a Thomas le venían imágenes de lo que debía de ser una bolera y de
cómo funcionaba, pero no recordaba haber jugado a los bolos. La sala en la que
entraron no se parecía en nada a lo que se esperaba.
Las pistas estaban devastadas, habían arrancado o roto la mayoría de los
paneles de madera. El espacio estaba lleno de sacos de dormir y mantas, con
gente echada durmiendo la siesta o aturdida, sin despegar la vista del techo.
Brenda le había dicho a Thomas que tan sólo los ricos podía permitirse el Éxtasis,
así que se preguntó cómo se atrevían a revelar a los demás que lo estaban usando
en un lugar como aquel. Se imaginó que alguien no tardaría mucho en hacer lo
que hiciera falta para conseguir la droga.
En los huecos donde se colocaban los bolos ardían varias hogueras, algo no
precisamente seguro. Pero al menos una persona estaba sentada junto a cada una
de ellas, al tanto de todo. El olor a madera quemada flotaba en el aire y una nube
de humo invadía la oscuridad.
Minho señaló la pista del extremo izquierdo, a unos treinta metros. No había
mucha gente por allí, dado que la mayor parte se concentraba en las pistas de en
medio, pero Thomas localizó a Newt enseguida pese a la escasa iluminación,
gracias a un destello de su pelo largo y rubio a la luz del fuego y a la forma
familiar de su cuerpo alicaído. Estaba de espaldas a ellos.
—Vamos allá —le susurró a Brenda.
Nadie les impidió llegar hasta Newt. Avanzaron con cuidado a través del
laberinto de gente que dormitaba en mantas, hasta que llegaron a la pista del
fondo. Thomas no desviaba su atención del suelo que pisaba. Lo último que
quería era molestar a un raro y que le mordiera la pierna.
Estaban a unos tres metros de Newt, cuando de repente habló con una voz que
retumbó en las oscuras paredes de la bolera:
—¡Malditos pingajos, os dije que os perdierais!
Minho se detuvo y Thomas estuvo a punto de tropezarse con él. Brenda le
apretó la mano, luego se la soltó y entonces él se dio cuenta de lo mucho que le
sudaba. Al oír aquellas palabras salir de la boca de Newt, supo que todo había
terminado. Su amigo no volvería a ser el mismo, tan sólo le quedaban unos
desagradables días por delante.
—Tenemos que hablar —dijo Minho, acercándose un poco más a Newt, para
lo que tuvo que pasar por encima de una mujer flaca que estaba tumbada de
lado.
—No te acerques más —contestó Newt en voz baja, pero amenazante—.
Esos matones me trajeron aquí por una razón. Creían que era un maldito inmune
escondido en un fuco iceberg. Imaginaos su sorpresa cuando supieron que el
Destello me estaba corroyendo el cerebro. Dijeron que estaban cumpliendo con
su deber cívico cuando me tiraron en esta ratonera.
Al ver que Minho no respondía, Thomas habló, intentando que las palabras de
Newt no le abrumasen:
—¿Por qué crees que estamos aquí, Newt? Siento que tuvieras que quedarte y
te pillaran, siento que te trajeran aquí. Pero podemos sacarte. Por lo visto, a nadie
le importa una clonc quién entra o quién sale.
Newt se dio la vuelta despacio para mirarles, y a Thomas se le cay ó el alma
a los pies cuando vio que sostenía un lanzagranadas en las manos. Y tenía mal
aspecto, como si hubiera estado corriendo, luchando y cayendo por precipicios
tres días seguidos. Pero, a pesar de la ira que inundaba sus ojos, todavía no le
vencía la locura.
—¡Vay a! —exclamó Minho, que retrocedió un paso y casi pisó a la señora
que tenía detrás—. Tranquilito: no tienes por qué apuntarme con un fuco
lanzagranadas a la cara mientras hablamos. ¿De dónde has sacado esa cosa, por
cierto?
—Lo robé —contestó Newt—. Se lo quité a un guardia que me hizo… enfadar
—le temblaban ligeramente las manos, lo que puso a Thomas nervioso, y apoyó
el dedo sobre el gatillo—. No estoy… bien. En serio, agradezco que hayáis
venido a por mí, puñeteros pingajos, de verdad. Pero aquí es donde termina todo.
Aquí es donde os dais la vuelta, salís por la puerta, os dirigís a vuestro iceberg y
os marcháis. ¿Está claro?
—No, Newt, no está claro —replicó Minho con un tono cada vez más
frustrado—. Nos hemos arriesgado a venir a este lugar porque eres nuestro
amigo y queremos llevarte a casa. Si quieres lloriquear mientras te vuelves loco,
muy bien; pero lo vas a hacer con nosotros, no con estos fucos raros.
De repente, Newt se incorporó, tan rápido que Thomas casi dio un traspié.
Levantó el lanzagranadas y apuntó a Minho.
—¡Yo soy un raro, Minho! ¿Por qué no te metes eso en tu maldita mollera? Si
tuvieras el Destello y supieras por lo que estás a punto de pasar, ¿te gustaría que
tus amigos te vieran? ¿Eh? ¿Te gustaría? —las últimas palabras las gritó, sacudido
por un temblor que aumentaba gradualmente.
Minho no dijo nada, y Thomas sabía por qué. Él mismo intentaba encontrar
palabras, pero sin éxito. Ahora Newt le fulminaba con la mirada.
—Y tú, Tommy —dijo, bajando la voz—, tienes mucho morro viniendo aquí
para pedirme que me marche con vosotros. Mucho morro. Tu mera presencia
me pone enfermo.
Thomas se quedó mudo de asombro. Nunca nada que le hubieran dicho le
había dolido tanto. Nada.
Capítulo 39
Thomas no podía pensar en una explicación posible para aquel comentario.
—¿De qué hablas? —preguntó.
Newt no respondió, sino que siguió mirándole duramente mientras le
temblaban los brazos y le apuntaba con el lanzagranadas al pecho. Pero entonces
se calmó y su expresión se suavizó. Bajó el arma y miró al suelo.
—Newt, no lo pillo —insistió Thomas en voz baja—. ¿Por qué dices todo esto?
Su amigo volvió a alzar la vista. Sus ojos ya no poseían la amargura de hacía
tan sólo unos segundos.
—Lo siento, tíos. Lo siento, pero necesito que me escuchéis. Conforme pasan
las horas, empeoro y ya no me queda mucha cordura. Por favor, marchaos.
Cuando Thomas abrió la boca para rebatirle, Newt levantó las manos.
—¡No! Tú no hables más. Es que… por favor. Por favor, marchaos. Os lo
suplico. Os ruego que me hagáis este último favor. Os lo pido con toda sinceridad:
hacedme este favor. He conocido a un grupo que es como yo y planea escaparse
para ir a Denver hoy, más tarde. Voy a ir con ellos —hizo una pausa, y a Thomas
le costó muchísimo permanecer callado. ¿Por qué querrían escaparse e ir a
Denver?—. No espero que lo entendáis, pero ya no puedo seguir con vosotros. Ya
es bastante duro para mí y empeoraré si sé que estáis presentes. Y lo peor de
todo es que podría haceros daño. Así que despidámonos de una maldita vez y
prometedme que me recordaréis como en los viejos tiempos.
—No puedo —musitó Minho.
—¡No me fuques! —gritó Newt—. ¿Tienes idea de lo que me cuesta estar
calmado ahora mismo? Ya he dicho lo que tenía que decir, he terminado.
¡Largaos de aquí! ¿Lo entendéis? ¡Largaos de aquí!
Alguien le dio a Thomas en el hombro; al darse la vuelta, vio que varios raros
se habían reunido detrás de ellos. Quien le había tocado era un hombre alto, de
pecho ancho, con el pelo largo y grasiento. Volvió a alargar el brazo y le empujó
con la punta del dedo.
—Creo que nuestro nuevo amigo os ha pedido que le dejéis en paz —dijo, y
se lamió los labios al tiempo que hablaba.
—No es asunto tuy o —contestó Thomas. Percibía el peligro, pero por alguna
razón no le importaba. En su interior sólo había espacio para la rabia que le
provocaba Newt—. Era nuestro amigo mucho antes de llegar aquí.
El hombre se alisó su grasiento pelo con la mano.
—Ahora el chico es un raro, lo mismo que nosotros. Eso le convierte en
asunto nuestro. Así que… dejadlo en paz.
Minho habló antes de que Thomas pudiera responder:
—Eh, psicópata, a lo mejor se te han taponado los oídos con el Destello: esto
es entre Newt y nosotros. Vete tú.
El hombre frunció el ceño y levantó la mano para enseñar un largo
fragmento de cristal que apretaba con el puño. La sangre goteaba por donde lo
sujetaba.
—Esperaba que os resistierais —gruñó—. Estaba aburrido.
Movió el brazo con rapidez para cortar a Thomas en la cara con el cristal. Él
se agachó y alzó las manos para desviar el golpe, pero, antes de que el arma le
alcanzara, Brenda se interpuso y apartó la mano del tipo, lo que lanzó el trozo de
cristal por los aires. Minho se abalanzó sobre el raro y lo tiró al suelo. Cay eron
encima de la mujer por la que habían pasado antes para llegar a Newt y esta
comenzó a soltar gritos desaforados, a sacudirse y a dar patadas. Pronto los tres
se enzarzaron en una pelea.
—¡Basta! —gritó Newt—. ¡Parad ya!
Thomas se había quedado quieto como un clavo, agazapado y a la espera de
una oportunidad para saltar en auxilio de Minho. Sin embargo, al darse la vuelta
descubrió a Newt con el lanzagranadas dispuesto para disparar y los ojos
coléricos.
—Parad o empezaré a disparar sin importarme una puñetera clonc quién
salga herido.
El hombre con el pelo grasiento se apartó de la pelea y se levantó al tiempo
que le daba una patada a la mujer, que soltó un quejido mientras Minho se
levantaba con la cara llena de arañazos.
El sonido eléctrico de la carga del lanzagranadas resonó justo cuando a
Thomas le vino un olorcillo a ozono quemado. Luego Newt apretó el gatillo. Una
granada chocó contra el pecho del Pelo Grasiento y unos rayos de luz
envolvieron su cuerpo mientras caía gritando al suelo, retorciéndose, con las
piernas rígidas y babeando espuma por la boca.
Thomas no podía creer el repentino giro de los acontecimientos. Miró a Newt
con los ojos como platos, contento porque hubiera hecho aquello y feliz porque
no hubiera apuntado el lanzagranadas hacia él o Minho.
—Le dije que parara —medio susurró Newt. Después apuntó a Minho con el
arma, pero se agitaba porque sus brazos estaban temblando—. Ahora marchaos.
No hay discusión posible. Lo siento.
Minho levantó las manos.
—¿Vas a dispararme, viejo amigo?
—Vete —dijo Newt—. Te lo he pedido de buenas maneras. Te lo digo en
serio, esto ya es difícil. Vete.
—Newt, vamos fuera…
—¡Marchaos! —Newt se acercó más y los apuntó con más fiereza—.
¡Largaos de aquí!
Thomas odiaba ser testigo de semejante escena, de la furia que tenía
dominado a Newt. Todo su cuerpo temblaba, sus ojos habían perdido cualquier
rastro de cordura. Estaba perdiendo la cabeza por completo.
—Vamos —dijo Thomas, y esa fue una de las palabras más tristes que había
pronunciado—. Venga.
La mirada de Minho voló hacia él; parecía destrozado.
—No puedes hablar en serio.
Thomas se limitó a asentir. Minho hundió los hombros y clavó los ojos en el
suelo.
—¿Cómo se ha fucado tanto el mundo? —murmuró en voz baja y con la voz
rebosante de dolor.
—Lo siento —dijo Newt, y las lágrimas surcaron su rostro—. Voy… voy a
disparar si no os vais. Ya.
Thomas no podía soportarlo ni un segundo más. Cogió a Brenda de la mano, a
Minho del brazo, y tiró de ellos hacia la salida, pasando por encima de los
cuerpos, abriéndose camino entre las mantas. Minho no se resistió y él no se
atrevió a mirarle; sólo esperaba que Jorge les estuviera siguiendo. Continuó
caminando por el vestíbulo, hasta las puertas y más allá, a la Zona Central, a la
caótica multitud de raros.
Lejos de Newt. Lejos de su amigo y de su cerebro enfermo.
Aquellas palabras fueron como una puñalada para Thomas, que no podía ni
imaginarse cómo se sentiría Minho.
—Muéstranos dónde está —ordenó secamente su amigo.
El guardia levantó las manos.
—¿No has oído lo que acabo de decir?
—No has terminado tu trabajo —insistió Thomas. Estaba con Minho al cien
por cien. No importaba lo que hubiera dicho Newt: si estaban tan cerca, irían a
hablar con él.
El guardia más bajo negó con la cabeza categóricamente.
—Ni hablar. Nos pedisteis que encontráramos a vuestro amigo y lo hemos
hecho. Dadnos el dinero.
—¿Os parece que estamos ya con él? —preguntó Jorge—. Nadie recibirá un
dólar hasta que estemos todos juntos.
Brenda no dijo nada, pero se quedó al lado de Jorge y asintió para mostrar su
apoy o. A Thomas le alivió que todos estuvieran de acuerdo y quisieran ir en
busca de Newt, pese al mensaje que les había enviado.
Los guardias no estaban nada contentos e intercambiaron unos cuantos
susurros, discutiendo.
—¡Eh! —espetó Minho—. Si queréis el dinero, ¡vamos!
—Muy bien —dijo por fin el guardia con bigote, y su compañero le lanzó una
mirada exasperada—, venid con nosotros.
Se dieron la vuelta y tomaron la dirección por la que habían venido. Minho
giró sobre sus talones, seguido de todos los demás.
Conforme se adentraban en el complejo, Thomas pensaba que las cosas no
podían ir a peor, pero lo hacían. Los edificios estaban más degradados y las
calles, más sucias. Vio a varias personas tumbadas en las aceras, con las cabezas
apoy adas sobre bolsas mugrientas o andrajos de ropa, la vista clavada en el cielo,
los ojos vidriosos y una expresión de júbilo inconsciente. El Éxtasis tenía un
nombre muy acertado, pensó Thomas.
Los guardias encabezaban la marcha, moviendo sus lanzagranadas de
izquierda a derecha, apuntando a cualquiera que se acercara a menos de diez
pasos. En un momento dado, se cruzaron con un hombre de aspecto devastado.
Tenía la ropa hecha harapos, el pelo enmarañado y apelmazado con algún tipo de
pringue negro, y la piel cubierta de un sarpullido. Tan pronto como se topó con un
adolescente drogado, empezó a golpearle.
Thomas se detuvo, inseguro sobre si debía ayudarlos.
—Ni se te ocurra —le advirtió el guardia más bajo antes de que dijera nada
—. Sigue avanzando.
—Pero ¿no es vuestro trabajo…?
El otro guardia le interrumpió:
—Cállate y déjanoslo a nosotros. Si nos metiéramos en todas las riñas o
peleas que vemos, no acabaríamos nunca. Probablemente estaríamos muertos.
Esos dos pueden resolver sus propios problemas.
—Tú llévanos hasta Newt —dijo Minho sin alterarse.
Mientras continuaban, Thomas trató de ignorar el grito gargarizante que se
alzó a sus espaldas.
Por fin, llegaron a un muro alto con un gran arco que daba a un espacio
abierto lleno de gente. Un cartel en la parte superior anunciaba en brillantes letras
que estaban en la Zona Central. Thomas no tenía ni idea de lo que sucedía allí
dentro, pero todo el mundo parecía ocupado.
Los guardias se detuvieron y el del bigote se dirigió al grupo:
—Sólo os lo voy a preguntar una vez: ¿estáis seguros de que queréis entrar
ahí?
—Sí —respondió Minho enseguida.
—De acuerdo. Vuestro amigo está en la bolera. En cuanto le señalemos,
quiero nuestro dinero.
—Vamos y a —gruñó Jorge.
Siguieron a los guardias, cruzaron el arco y entraron en la Zona Central. A
continuación se detuvieron para mirar a su alrededor.
La primera palabra que saltó a la mente de Thomas fue « manicomio» , y
entonces se dio cuenta de que en esencia era prácticamente cierto.
Había raros por todas partes. Pululaban por un área circular de varios metros
de diámetro que estaba rodeada por lo que antes habían sido tiendas, restaurantes
y locales de entretenimiento, casi todos destartalados y cerrados. La mayoría de
los infectados no parecía tan ida como el del pelo enmarañado que habían visto
por la calle, pero se respiraba un ambiente desenfrenado. A Thomas todas las
acciones y gestos le parecían… exagerados. Algunos soltaban risas histéricas,
con los ojos rebosantes de locura, mientras se asestaban golpetazos en la espalda.
Otros lloraban sin control, sollozaban solos en el suelo o caminaban en círculos
con la cara entre las manos. Había pequeñas peleas por todas partes, y aquí y
allá podías encontrar a una mujer o a un hombre inmóvil, gritando a pleno
pulmón, con la cara colorada y el cuello tenso.
Tampoco faltaban los que se apiñaban en grupos, de brazos cruzados,
moviendo la cabeza de izquierda a derecha, como si esperaran que los atacasen
en cualquier momento. Y al igual que habían visto en los círculos exteriores,
algunos de los raros estaban perdidos en la bruma del Éxtasis, sentados o
tumbados en el suelo, sonriendo, ajenos al caos. Unos cuantos guardias
caminaban por allí, con las armas preparadas, pero les superaban en número con
creces.
—Recuérdame que no compre por aquí ninguna propiedad —bromeó Minho.
Thomas no pudo reírse. Le invadían la angustia y la desesperación por que
todo aquello terminara.
—¿Dónde está la bolera? —quiso saber.
—Por ahí —contestó el guardia más bajo, y echó a andar hacia la izquierda,
pegado a la pared mientras ellos le seguían.
Brenda caminaba junto a Thomas, sus brazos se rozaban a cada paso. Él tenía
ganas de cogerla de la mano, pero no quería hacer ningún movimiento que
atrajera la atención. Todo en aquel lugar era tan imprevisible que no veía
conveniente hacer nada que no fuera absolutamente necesario.
La may or parte de los raros detenía sus febriles actividades para mirar al
pequeño grupo de recién llegados cuando se acercaban y pasaban por su lado.
Thomas mantuvo la mirada en el suelo por miedo a mirar a alguien a los ojos y
provocar hostilidad o que le hablaran. Hubo abucheos, silbidos y una gran
cantidad de bromas pesadas o insultos mientras avanzaban. Pasaron por una
ruinosa tienda de comestibles; allí, Thomas vio a través de las ventanas abiertas,
cuy os cristales hacía tiempo habían desaparecido, que casi todas las estanterías
estaban vacías. Había una consulta de un médico y un puesto de bocadillos, pero
ninguno de los dos locales tenía las luces encendidas.
Alguien le agarró de la camiseta a la altura del hombro y Thomas se dio la
vuelta para ver quién era, al tiempo que apartaba la mano. Ante él se hallaba una
mujer con el pelo oscuro y sucio y un arañazo en la barbilla, pero por lo demás
de apariencia normal. Tenía el entrecejo fruncido y se le quedó mirando un
momento antes de abrir la boca cuanto pudo. Al hacerlo, reveló unos dientes en
buenas condiciones, salvo porque resultaba evidente que no se los había cepillado
en bastante tiempo, y una lengua hinchada y descolorida. Después volvió a
cerrarla.
—Quiero besarte —dijo—. ¿Qué dices, mune? —emitió una risa maníaca
llena de resoplidos y le pasó la mano suavemente por el pecho.
Thomas se apartó y continuó caminando. Advirtió que los guardias ni siquiera
se habían parado para asegurarse de que no le ocurría nada malo.
Brenda se acercó más y le susurró:
—Eso habría sido lo más espeluznante que hemos visto hasta ahora.
Él asintió y siguió avanzando.
Capítulo 38
La bolera no tenía puerta. A juzgar por la gruesa capa de óxido que cubría las
bisagras al descubierto, se habían deshecho de ella hacía tiempo. Un gran cartel
de madera colgaba de la entrada, pero las palabras que antes mostrara habían
desaparecido y sólo quedaban rayas de colores apenas visibles.
—Está ahí dentro —anunció el guardia del bigote—. Ahora, pagadnos.
Minho pasó a su lado, se asomó por la abertura y estiró el cuello para
observar el interior. Después se volvió y miró a Thomas.
—Le veo al fondo —dijo con expresión preocupada—. Está oscuro ahí
dentro, pero sin duda es él.
Thomas había estado tan concentrado en encontrar a su amigo que ahora no
tenía ni idea de qué decirle. ¿Por qué les había dicho que se perdieran?
—Queremos nuestro dinero —repitió el guardia.
Jorge no se inmutó.
—Conseguiréis el doble si os aseguráis de que volvemos sanos y salvos a
nuestro iceberg.
Los guardias lo discutieron y contestó el bajo:
—El triple. Y queremos la mitad ahora para comprobar que no nos estáis
tomando el pelo.
—Trato hecho, muchacho.
Al ver cómo Jorge sacaba su tarjeta y le hacía una transferencia al guardia,
Thomas tuvo la desagradable satisfacción de que le estaban robando dinero a
CRUEL.
—Esperaremos aquí —dijo el guardia cuando acabaron.
—Vamos —instó Minho, y entró en el edificio sin esperar respuesta.
Thomas miró a Brenda, que tenía el entrecejo fruncido.
—¿Qué pasa? —preguntó, como si pudiera resumirse en una sola cosa.
—No lo sé —respondió ella—. Tengo un mal presentimiento.
—Sí, tú y yo.
Ella le dedicó media sonrisa y le cogió de la mano, gesto que él acogió de
buen grado. Entraron en la bolera con Jorge a su espalda.
Al igual que le ocurría con muchas otras cosas desde que le borraron la
memoria, a Thomas le venían imágenes de lo que debía de ser una bolera y de
cómo funcionaba, pero no recordaba haber jugado a los bolos. La sala en la que
entraron no se parecía en nada a lo que se esperaba.
Las pistas estaban devastadas, habían arrancado o roto la mayoría de los
paneles de madera. El espacio estaba lleno de sacos de dormir y mantas, con
gente echada durmiendo la siesta o aturdida, sin despegar la vista del techo.
Brenda le había dicho a Thomas que tan sólo los ricos podía permitirse el Éxtasis,
así que se preguntó cómo se atrevían a revelar a los demás que lo estaban usando
en un lugar como aquel. Se imaginó que alguien no tardaría mucho en hacer lo
que hiciera falta para conseguir la droga.
En los huecos donde se colocaban los bolos ardían varias hogueras, algo no
precisamente seguro. Pero al menos una persona estaba sentada junto a cada una
de ellas, al tanto de todo. El olor a madera quemada flotaba en el aire y una nube
de humo invadía la oscuridad.
Minho señaló la pista del extremo izquierdo, a unos treinta metros. No había
mucha gente por allí, dado que la mayor parte se concentraba en las pistas de en
medio, pero Thomas localizó a Newt enseguida pese a la escasa iluminación,
gracias a un destello de su pelo largo y rubio a la luz del fuego y a la forma
familiar de su cuerpo alicaído. Estaba de espaldas a ellos.
—Vamos allá —le susurró a Brenda.
Nadie les impidió llegar hasta Newt. Avanzaron con cuidado a través del
laberinto de gente que dormitaba en mantas, hasta que llegaron a la pista del
fondo. Thomas no desviaba su atención del suelo que pisaba. Lo último que
quería era molestar a un raro y que le mordiera la pierna.
Estaban a unos tres metros de Newt, cuando de repente habló con una voz que
retumbó en las oscuras paredes de la bolera:
—¡Malditos pingajos, os dije que os perdierais!
Minho se detuvo y Thomas estuvo a punto de tropezarse con él. Brenda le
apretó la mano, luego se la soltó y entonces él se dio cuenta de lo mucho que le
sudaba. Al oír aquellas palabras salir de la boca de Newt, supo que todo había
terminado. Su amigo no volvería a ser el mismo, tan sólo le quedaban unos
desagradables días por delante.
—Tenemos que hablar —dijo Minho, acercándose un poco más a Newt, para
lo que tuvo que pasar por encima de una mujer flaca que estaba tumbada de
lado.
—No te acerques más —contestó Newt en voz baja, pero amenazante—.
Esos matones me trajeron aquí por una razón. Creían que era un maldito inmune
escondido en un fuco iceberg. Imaginaos su sorpresa cuando supieron que el
Destello me estaba corroyendo el cerebro. Dijeron que estaban cumpliendo con
su deber cívico cuando me tiraron en esta ratonera.
Al ver que Minho no respondía, Thomas habló, intentando que las palabras de
Newt no le abrumasen:
—¿Por qué crees que estamos aquí, Newt? Siento que tuvieras que quedarte y
te pillaran, siento que te trajeran aquí. Pero podemos sacarte. Por lo visto, a nadie
le importa una clonc quién entra o quién sale.
Newt se dio la vuelta despacio para mirarles, y a Thomas se le cay ó el alma
a los pies cuando vio que sostenía un lanzagranadas en las manos. Y tenía mal
aspecto, como si hubiera estado corriendo, luchando y cayendo por precipicios
tres días seguidos. Pero, a pesar de la ira que inundaba sus ojos, todavía no le
vencía la locura.
—¡Vay a! —exclamó Minho, que retrocedió un paso y casi pisó a la señora
que tenía detrás—. Tranquilito: no tienes por qué apuntarme con un fuco
lanzagranadas a la cara mientras hablamos. ¿De dónde has sacado esa cosa, por
cierto?
—Lo robé —contestó Newt—. Se lo quité a un guardia que me hizo… enfadar
—le temblaban ligeramente las manos, lo que puso a Thomas nervioso, y apoyó
el dedo sobre el gatillo—. No estoy… bien. En serio, agradezco que hayáis
venido a por mí, puñeteros pingajos, de verdad. Pero aquí es donde termina todo.
Aquí es donde os dais la vuelta, salís por la puerta, os dirigís a vuestro iceberg y
os marcháis. ¿Está claro?
—No, Newt, no está claro —replicó Minho con un tono cada vez más
frustrado—. Nos hemos arriesgado a venir a este lugar porque eres nuestro
amigo y queremos llevarte a casa. Si quieres lloriquear mientras te vuelves loco,
muy bien; pero lo vas a hacer con nosotros, no con estos fucos raros.
De repente, Newt se incorporó, tan rápido que Thomas casi dio un traspié.
Levantó el lanzagranadas y apuntó a Minho.
—¡Yo soy un raro, Minho! ¿Por qué no te metes eso en tu maldita mollera? Si
tuvieras el Destello y supieras por lo que estás a punto de pasar, ¿te gustaría que
tus amigos te vieran? ¿Eh? ¿Te gustaría? —las últimas palabras las gritó, sacudido
por un temblor que aumentaba gradualmente.
Minho no dijo nada, y Thomas sabía por qué. Él mismo intentaba encontrar
palabras, pero sin éxito. Ahora Newt le fulminaba con la mirada.
—Y tú, Tommy —dijo, bajando la voz—, tienes mucho morro viniendo aquí
para pedirme que me marche con vosotros. Mucho morro. Tu mera presencia
me pone enfermo.
Thomas se quedó mudo de asombro. Nunca nada que le hubieran dicho le
había dolido tanto. Nada.
Capítulo 39
Thomas no podía pensar en una explicación posible para aquel comentario.
—¿De qué hablas? —preguntó.
Newt no respondió, sino que siguió mirándole duramente mientras le
temblaban los brazos y le apuntaba con el lanzagranadas al pecho. Pero entonces
se calmó y su expresión se suavizó. Bajó el arma y miró al suelo.
—Newt, no lo pillo —insistió Thomas en voz baja—. ¿Por qué dices todo esto?
Su amigo volvió a alzar la vista. Sus ojos ya no poseían la amargura de hacía
tan sólo unos segundos.
—Lo siento, tíos. Lo siento, pero necesito que me escuchéis. Conforme pasan
las horas, empeoro y ya no me queda mucha cordura. Por favor, marchaos.
Cuando Thomas abrió la boca para rebatirle, Newt levantó las manos.
—¡No! Tú no hables más. Es que… por favor. Por favor, marchaos. Os lo
suplico. Os ruego que me hagáis este último favor. Os lo pido con toda sinceridad:
hacedme este favor. He conocido a un grupo que es como yo y planea escaparse
para ir a Denver hoy, más tarde. Voy a ir con ellos —hizo una pausa, y a Thomas
le costó muchísimo permanecer callado. ¿Por qué querrían escaparse e ir a
Denver?—. No espero que lo entendáis, pero ya no puedo seguir con vosotros. Ya
es bastante duro para mí y empeoraré si sé que estáis presentes. Y lo peor de
todo es que podría haceros daño. Así que despidámonos de una maldita vez y
prometedme que me recordaréis como en los viejos tiempos.
—No puedo —musitó Minho.
—¡No me fuques! —gritó Newt—. ¿Tienes idea de lo que me cuesta estar
calmado ahora mismo? Ya he dicho lo que tenía que decir, he terminado.
¡Largaos de aquí! ¿Lo entendéis? ¡Largaos de aquí!
Alguien le dio a Thomas en el hombro; al darse la vuelta, vio que varios raros
se habían reunido detrás de ellos. Quien le había tocado era un hombre alto, de
pecho ancho, con el pelo largo y grasiento. Volvió a alargar el brazo y le empujó
con la punta del dedo.
—Creo que nuestro nuevo amigo os ha pedido que le dejéis en paz —dijo, y
se lamió los labios al tiempo que hablaba.
—No es asunto tuy o —contestó Thomas. Percibía el peligro, pero por alguna
razón no le importaba. En su interior sólo había espacio para la rabia que le
provocaba Newt—. Era nuestro amigo mucho antes de llegar aquí.
El hombre se alisó su grasiento pelo con la mano.
—Ahora el chico es un raro, lo mismo que nosotros. Eso le convierte en
asunto nuestro. Así que… dejadlo en paz.
Minho habló antes de que Thomas pudiera responder:
—Eh, psicópata, a lo mejor se te han taponado los oídos con el Destello: esto
es entre Newt y nosotros. Vete tú.
El hombre frunció el ceño y levantó la mano para enseñar un largo
fragmento de cristal que apretaba con el puño. La sangre goteaba por donde lo
sujetaba.
—Esperaba que os resistierais —gruñó—. Estaba aburrido.
Movió el brazo con rapidez para cortar a Thomas en la cara con el cristal. Él
se agachó y alzó las manos para desviar el golpe, pero, antes de que el arma le
alcanzara, Brenda se interpuso y apartó la mano del tipo, lo que lanzó el trozo de
cristal por los aires. Minho se abalanzó sobre el raro y lo tiró al suelo. Cay eron
encima de la mujer por la que habían pasado antes para llegar a Newt y esta
comenzó a soltar gritos desaforados, a sacudirse y a dar patadas. Pronto los tres
se enzarzaron en una pelea.
—¡Basta! —gritó Newt—. ¡Parad ya!
Thomas se había quedado quieto como un clavo, agazapado y a la espera de
una oportunidad para saltar en auxilio de Minho. Sin embargo, al darse la vuelta
descubrió a Newt con el lanzagranadas dispuesto para disparar y los ojos
coléricos.
—Parad o empezaré a disparar sin importarme una puñetera clonc quién
salga herido.
El hombre con el pelo grasiento se apartó de la pelea y se levantó al tiempo
que le daba una patada a la mujer, que soltó un quejido mientras Minho se
levantaba con la cara llena de arañazos.
El sonido eléctrico de la carga del lanzagranadas resonó justo cuando a
Thomas le vino un olorcillo a ozono quemado. Luego Newt apretó el gatillo. Una
granada chocó contra el pecho del Pelo Grasiento y unos rayos de luz
envolvieron su cuerpo mientras caía gritando al suelo, retorciéndose, con las
piernas rígidas y babeando espuma por la boca.
Thomas no podía creer el repentino giro de los acontecimientos. Miró a Newt
con los ojos como platos, contento porque hubiera hecho aquello y feliz porque
no hubiera apuntado el lanzagranadas hacia él o Minho.
—Le dije que parara —medio susurró Newt. Después apuntó a Minho con el
arma, pero se agitaba porque sus brazos estaban temblando—. Ahora marchaos.
No hay discusión posible. Lo siento.
Minho levantó las manos.
—¿Vas a dispararme, viejo amigo?
—Vete —dijo Newt—. Te lo he pedido de buenas maneras. Te lo digo en
serio, esto ya es difícil. Vete.
—Newt, vamos fuera…
—¡Marchaos! —Newt se acercó más y los apuntó con más fiereza—.
¡Largaos de aquí!
Thomas odiaba ser testigo de semejante escena, de la furia que tenía
dominado a Newt. Todo su cuerpo temblaba, sus ojos habían perdido cualquier
rastro de cordura. Estaba perdiendo la cabeza por completo.
—Vamos —dijo Thomas, y esa fue una de las palabras más tristes que había
pronunciado—. Venga.
La mirada de Minho voló hacia él; parecía destrozado.
—No puedes hablar en serio.
Thomas se limitó a asentir. Minho hundió los hombros y clavó los ojos en el
suelo.
—¿Cómo se ha fucado tanto el mundo? —murmuró en voz baja y con la voz
rebosante de dolor.
—Lo siento —dijo Newt, y las lágrimas surcaron su rostro—. Voy… voy a
disparar si no os vais. Ya.
Thomas no podía soportarlo ni un segundo más. Cogió a Brenda de la mano, a
Minho del brazo, y tiró de ellos hacia la salida, pasando por encima de los
cuerpos, abriéndose camino entre las mantas. Minho no se resistió y él no se
atrevió a mirarle; sólo esperaba que Jorge les estuviera siguiendo. Continuó
caminando por el vestíbulo, hasta las puertas y más allá, a la Zona Central, a la
caótica multitud de raros.
Lejos de Newt. Lejos de su amigo y de su cerebro enfermo.
Comentarios
Publicar un comentario