40-43

Capítulo 40
No había ni rastro de los guardias que les escoltaron hasta allí, pero se veían
más raros que cuando entraron a la bolera. La mayoría parecía esperar a los
recién llegados. Probablemente habían oído los sonidos del lanzagranadas y los
gritos del tío al que habían disparado. O quizás alguien había salido a decírselo. En
cualquier caso, Thomas sintió como si las personas que le miraban hubieran
traspasado el Ido y tuvieran ganas de comer humanos.
—Mirad a esos idiotas —dijo alguien.
—¡Sí, no tienen mala pinta! —contestó otro—. Venid a jugar con los raros. ¿O
ya ibais a uniros a nosotros?
Thomas siguió avanzando en dirección a la entrada arqueada de la Zona
Central. Había soltado el brazo de Minho, pero continuaba agarrado a la mano de
Brenda. Marcharon a través de la muchedumbre, aunque al final él tuvo que
apartar la mirada de los ojos de la gente. Lo único que veía en los innumerables
rostros ensangrentados y destrozados era locura, sed de sangre y celos. Quería
echar a correr, pero tenía la impresión de que, si lo hacía, toda la multitud
atacaría como una manada de lobos.
Llegaron al arco y lo cruzaron sin vacilar. Thomas los llevó por la calle
principal, atravesando los círculos de casas en ruinas. El jaleo de la zona parecía
haber vuelto a empezar ahora que se habían ido, e inquietantes sonidos de risas
desquiciadas y gritos salvajes siguieron al grupo durante su trayecto. Cuanto más
se alejaban del ruido, menos tenso estaba Thomas, aunque no se atrevía a
preguntarle a Minho cómo se encontraba. Además, y a sabía la respuesta.
Pasaban por otro grupo de casas destartaladas cuando oyeron un par de gritos
y luego unas pisadas.
—¡Corred! —gritó alguien—. ¡Corred!
Thomas se detuvo cuando los dos guardias que los habían abandonado
aparecieron a toda velocidad por una esquina. No aflojaron el paso, sino que
continuaron corriendo hacia el círculo exterior de la ciudad, donde estaba el
iceberg. Ninguno de los dos tenía ya su lanzagranadas.
—¡Eh! —gritó Minho—. ¡Volved aquí!
El guardia del bigote volvió la vista.
—¡He dicho que corráis, idiotas! ¡Vamos!
Thomas no se paró a pensarlo y echó a correr detrás de ellos, sabedor de que
esa era su única opción. Minho, Jorge y Brenda iban pegados a sus talones. Miró
atrás y vio un grupo de raros persiguiéndoles, al menos una docena. Y parecían
frenéticos, como si alguien hubiera dado a un interruptor y todos hubiesen
traspasado el Ido a la vez.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Minho entre fuertes jadeos.
—¡Nos han sacado de la Zona! —gritó el más bajo—. Te juro por Dios que
iban a comernos. Escapamos por los pelos.
—¡No dejéis de correr! —añadió el otro guardia.
De pronto, ambos cambiaron de rumbo por un callejón oculto.
Thomas y sus amigos continuaron hacia la salida que llevaba al iceberg. Los
silbidos se elevaban detrás de ellos y él se arriesgó a echar un vistazo para ver a
sus perseguidores. Llevaban la ropa hecha jirones, el pelo enmarañado y la cara
cubierta de barro. Pero no les ganaban terreno.
—¡No pueden alcanzarnos! —gritó justo cuando vio la puerta exterior delante
de ellos—. ¡Continuad, ya casi estamos!
Aun así, él aceleró más que en toda su vida, esforzándose todavía más que en
el Laberinto, puesto que la mera idea de que uno de esos raros le atrapara le
aterraba. Consiguieron llegar a la puerta y la cruzaron sin detenerse. No se
molestaron en cerrarla, sino que corrieron hacia el iceberg, cuy a escotilla se
abrió tan pronto como Jorge presionó los botones del mando.
Llegaron a la rampa y Thomas la subió a toda prisa y se abalanzó dentro.
Después se volvió para ver cómo sus amigos se deslizaban por el suelo a su
alrededor. La rampa chirrió cuando empezó a subir para cerrarse. El grupo de
raros que les perseguía no llegaría a tiempo, pero continuaban corriendo, gritando
sandeces. Uno de ellos se agachó para coger una piedra y lanzarla. Cayó a unos
seis metros.
El iceberg se elevó en el aire mientras la puerta se cerraba.
Jorge dejó la nave flotando en el aire a unos cuantos metros del suelo
mientras se recuperaban. Los raros no eran una amenaza en el suelo, ninguno
llevaba armas. Al menos, no los que les habían seguido hasta la muralla exterior.
Thomas se quedó con Brenda y Minho junto a uno de los ojos de buey para
observar a la furiosa muchedumbre de abajo. Costaba creer que esa escena
fuera real.
—Miradlos —dijo—. A saber qué estaban haciendo hace unos meses. Tal vez
vivían en un edificio alto o trabajaban en una oficina. Y ahora persiguen a la
gente como animales.
—Yo te diré lo que estaban haciendo hace unos meses —contestó Brenda—:
estaban deprimidos, tenían miedo de contraer el Destello, pero sabían que era
inevitable.
Minho levantó las manos.
—¿Cómo pueden importarte? ¿Es que acaso estaba yo solo hace un rato? ¿Con
mi amigo? Se llama Newt.
—No podíamos hacer nada —replicó Jorge desde la cabina de mando, y
Thomas se estremeció ante su falta de compasión.
Minho se dio la vuelta para mirarle.
—Tú calla y pilota, cara fuco.
—Hago lo que puedo —respondió con un suspiro. Toqueteó unos instrumentos
y puso en marcha el iceberg.
Minho se tiró al suelo, casi como si se hubiera derretido.
—¿Qué le pasará cuando se quede sin munición en el lanzagranadas? —
preguntó en voz alta aunque a nadie en particular, y se quedó con la mirada
perdida en la pared.
Thomas no tenía ni idea de qué responder, no había forma de expresar la
pena que le inundaba el pecho. Se sentó junto a Minho en el suelo y permaneció
allí sin decir nada mientras el iceberg se elevaba cada vez más y se alejaba del
Palacio de los Raros.
Newt se había ido.
Capítulo 41
Al cabo de un rato, Thomas y Minho se levantaron y fueron a sentarse al sofá
de la zona común mientras Brenda ay udaba a Jorge en la cabina de mandos.
Ahora que disponían de tiempo para pensar, la realidad de lo sucedido azotó a
Thomas como una enorme piedra. Desde que entró en el Laberinto, había podido
contar con Newt. Thomas no se había dado cuenta hasta entonces del amigo que
tenía, y ahora sólo sentía dolor.
Intentó recordarse a sí mismo que Newt no estaba muerto; pero, de alguna
manera, aquello era peor. De muchas maneras. Se había sumido en el declive de
la demencia y estaba rodeado de raros sedientos de sangre. La posibilidad de no
volverle a ver le resultaba casi insoportable.
Minho por fin habló con voz apagada:
—¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué no ha vuelto con nosotros? ¿Por qué me
apuntó a la cara con esa arma?
—No habría apretado nunca el gatillo —le animó Thomas, aunque dudaba
que fuera verdad.
Minho negó con la cabeza.
—Viste sus ojos cuando cambiaron: reflejaban una locura total. Estaría frito si
hubiera seguido insistiendo. Está loco, macho. Está como unas maracas.
—Tal vez eso sea bueno.
—¿Cómo? —preguntó Minho mientras se volvía hacia Thomas.
—Tal vez, cuando se les va la cabeza, ya no sean ellos mismos. A lo mejor el
Newt que conocemos ya no está y no es consciente de lo que le pasa. Así que en
realidad no sufre.
A Minho pareció ofenderle la idea.
—Buen intento, gilipullo, pero no me lo creo. En mi opinión, siempre estará
ahí para gritar desde el interior, desquiciado, padeciendo cada fuco segundo.
Atormentado como si le estuvieran quemando vivo.
La imagen hizo que Thomas no quisiera hablar más, por lo que volvieron a
guardar silencio. Él se quedó mirando al mismo sitio del suelo, sintiendo el terror
del destino de Newt, hasta que el iceberg aterrizó de golpe en el aeropuerto de
Denver. Entonces se restregó la cara con ambas manos.
—Supongo que ya hemos llegado.
—Creo que ahora entiendo a CRUEL un poco más —dijo Minho, ausente—.
Después de ver esos ojos de cerca, de ver la locura… No es lo mismo cuando es
alguien que conoces desde hace tiempo. He visto morir a muchos amigos, pero
no puedo imaginarme nada peor. El Destello, macho. Si pudiéramos encontrar
una cura para eso…
No terminó la frase, pero Thomas sabía lo que estaba pensando. Cerró los
ojos un segundo. Nada era blanco o negro. Nunca lo sería.
Jorge y Brenda se reunieron con ellos tras un rato sentados en silencio.
—Lo siento —murmuró Brenda.
Minho gruñó algo; Thomas asintió y la contempló detenidamente, intentando
hacerle comprender con los ojos lo mal que se sentía. Jorge permaneció allí
sentado, con la vista clavada en el suelo.
Brenda se aclaró la garganta.
—Sé que es duro, pero tenemos que pensar en lo que vamos a hacer ahora.
Minho se puso de pie y la señaló.
—Puedes pensar lo que quieras sobre lo que quieras, señorita Brenda.
Nosotros hemos dejado a nuestro amigo con un puñado de psicópatas —y salió
furioso de la habitación.
Brenda posó la mirada en Thomas.
—Lo siento.
Él se encogió de hombros.
—No pasa nada. Estuvo con Newt dos años antes de que yo apareciera en el
Laberinto. Le llevará un tiempo asumirlo.
—Estamos agotados, muchachos —dijo Jorge—. Quizá deberíamos
descansar un par de días para reflexionar.
—Sí —murmuró Thomas.
Brenda se inclinó hacia él y le apretó la mano.
—Ya se nos ocurrirá algo.
—Sólo hay un sitio por donde empezar —contestó Thomas—. La casa de
Gally.
—Tal vez tengas razón —volvió a apretarle la mano, la soltó y se levantó—.
Vamos, Jorge. Vamos a hacer algo de comer.
Dejaron a Thomas solo con su dolor.
Tras una comida espantosa durante la que nadie intercambió más que un par
de palabras sin sentido, los cuatro se fueron a sitios diferentes. Thomas no podía
sacarse a Newt de la cabeza mientras andaba por el iceberg sin rumbo fijo. El
corazón le daba un vuelco cada vez que pensaba en lo que se convertiría la vida
del amigo que habían perdido, lo poco que le quedaba de ella.
« La nota» .
Se quedó aturdido un momento, después corrió al baño y cerró la puerta. ¡La
nota! En medio del caos del Palacio de los Raros, se había olvidado por completo.
Newt le había dicho que sabría cuándo habría llegado el momento de leerla. Y
tendría que haberlo hecho antes de dejarlo en aquel lugar rancio. Si el momento
adecuado no había sido entonces, ¿cuándo lo habría sido?
Sacó el sobre de su bolsillo y lo abrió para extraer la nota de papel. La suave
luz que rodeaba el espejo iluminaba el mensaje en un cálido resplandor. Eran dos
frases cortas:
Mátame.
Si alguna vez has sido mi amigo, mátame.
Lo ley ó una y otra vez, deseando que las palabras cambiaran. El hecho de
pensar que su amigo había estado tan asustado como para escribir esas palabras
le revolvía el estómago. Y recordó lo mucho que se había enfadado Newt cuando
lo encontraron en la bolera. Tan sólo quería soslayar el inevitable destino de
convertirse en un raro.
Y Thomas le había fallado.
Capítulo 42
Decidió no contarles a los demás nada sobre el mensaje de Newt. No veía
para qué podía servir. Había llegado el momento de seguir adelante, y lo hizo con
una frialdad que no sabía que tuviera.
Pasaron dos noches en el iceberg, descansando y haciendo planes. Ninguno
conocía muy bien la ciudad ni tenía buenos contactos. Sus conversaciones
siempre volvían a Gally y el Brazo Derecho. El Brazo Derecho quería detener a
CRUEL. Y si era cierto que CRUEL iba a empezar las Pruebas otra vez con
nuevos inmunes, Thomas y sus amigos tenían los mismos objetivos que el Brazo
Derecho.
Gally. Tenían que volver con Gally.
A la mañana del tercer día tras su roce con Newt, Thomas apareció y se unió
a los demás para una comida rápida. Eran evidentes las ganas que tenían todos de
ponerse en marcha después de dos días sentados sin hacer nada. El plan era ir al
apartamento de Gally y empezar por allí. Les preocupaba un poco lo que Newt
les había dicho, sobre que algunos raros tenían pensado escapar del Palacio de los
Raros para ir a Denver, pero desde el aire no habían visto ni rastro de ellos.
En cuanto estuvieron preparados, se reunieron en la escotilla.
—Dejadme hablar a mí otra vez —dijo Jorge.
Brenda asintió.
—Y cuando entremos, iremos a buscar un taxi.
—Muy bien —masculló Minho—. Basta de fuca cháchara y vámonos.
Thomas no podía haberlo dicho mejor. El movimiento era lo único que
atenuaría la desesperanza que sentía por Newt y aquella terrible nota.
Jorge pulsó un botón y la enorme rampa de carga empezó a bajar. La puerta
no había hecho más que abrirse a medias cuando vieron a tres personas
esperando de pie ante el iceberg. Para cuando la rampa tocó el suelo, Thomas ya
se había dado cuenta de que no les aguardaban con una pancarta de bienvenida.
Dos hombres. Una mujer. Llevaban las mismas máscaras protectoras de los
Camisas Rojas de la cafetería. Los hombres sostenían unas pistolas y la mujer,
un lanzagranadas. Tenían la cara sucia y sudorosa, y la ropa hecha jirones, como
si hubieran tenido que luchar contra un ejército entero para llegar hasta allí.
Thomas esperaba que fuera una medida prudente de seguridad.
—¿Qué es esto? —preguntó Jorge.
—Cierra el pico, mune —dijo uno de los hombres, cuy a voz mecanizada
hacía más siniestras las palabras—. Baja hasta aquí tranquilo o no te gustará el
resultado. No. Intentes. Nada.
Thomas miró más allá de sus atacantes y se sorprendió al ver que las dos
puertas que daban a la ciudad de Denver estaban abiertas de par en par y dos
personas yacían inertes en el callejón que llevaba a la ciudad.
Jorge fue el primero en responder:
—Como empieces a disparar, hermano, nos echaremos sobre ti como
moscas a una boñiga. Puede que le des a uno de nosotros, pero podremos con
vosotros tres, gamberro.
Thomas sabía que aquella era una amenaza vacía.
—No tenemos nada que perder —respondió el hombre—. Mostradnos de qué
sois capaces. Estoy seguro de que alcanzaré a dos de vosotros antes de que nadie
dé un paso —alzó el arma un par de centímetros y apuntó a la cara de Jorge.
—Muy bien —farfulló este, y alzó las manos—. Ganas de momento.
Minho gruñó.
—Eres un gilipullo testarudo —pero también levantó las manos—. Tíos, será
mejor que no bajéis la guardia. Sólo os digo eso.
Thomas sabía que no les quedaba más remedio que obedecer. Levantó las
manos y fue el primero en bajar la rampa. Los demás le siguieron y les llevaron
a la parte trasera del iceberg, donde les esperaba una destartalada camioneta
cuyo motor emitía un gran estruendo. Dentro, una mujer con una máscara
protectora estaba sentada al volante y dos más, armados con lanzagranadas,
sentados en los asientos traseros.
Uno de los hombres abrió la puerta lateral y les indicó con un gesto de la
cabeza que entraran.
—Adentro. Un movimiento en falso y las balas empezarán a volar. Como he
dicho, no tenemos nada que perder. Y se me ocurren un par de cosas peores que
uno o dos munes menos en el mundo.
Thomas subió a la parte trasera de la furgoneta, pensando todo el tiempo en
sus posibilidades. Seis contra seis, se dijo. Pero ellos tenían armas.
—¿Quién os paga para que secuestréis inmunes? —inquirió mientras sus
amigos se sentaban detrás de él. Quería que alguien le confirmara lo que Teresa
le había contado a Gally, que estaban reuniendo munes para venderlos.
Nadie respondió.
Los tres que les habían recibido a la salida del iceberg subieron a la furgoneta
y cerraron las puertas. Luego apuntaron con las armas hacia atrás.
—Hay un montón de capuchas negras en esa esquina —dijo el líder—.
Ponéoslas. Y no me tomaré bien que os asoméis para echar un vistazo durante el
viaje. Nos gusta mantener a salvo nuestros secretos.
Thomas suspiró; discutir sería inútil. Cogió una de las capuchas y se la puso en
la cabeza. Para cuando la furgoneta arrancó con un rugido del motor, lo único
que veía era oscuridad.
Capítulo 43
Fue un viaje sin complicaciones, pero pareció durar una eternidad. Y tanto
tiempo para pensar no era precisamente lo que Thomas necesitaba, sobre todo
sin poder ver. Tenía náuseas cuando por fin se detuvieron.
Al oír cómo se abría la puerta de la furgoneta, instintivamente se echó la
mano a la cabeza para quitarse la capucha.
—No lo hagas —espetó el líder—, no te atrevas a quitártela hasta que te lo
digamos. Ahora sal despacio. Hacednos el favor de manteneros con vida.
—Está claro que eres un pingajo bravucón —oyó decir a Minho—. Es fácil
cuando tienes a seis personas armadas. ¿Por qué no…? —fue interrumpido por un
fuerte puñetazo, seguido de un gruñido.
Unas manos agarraron a Thomas y le sacaron de la furgoneta con tanta
violencia que casi se cayó. En cuanto recuperó el equilibrio, alguien volvió a tirar
de él y a arrastrarlo; Thomas apenas podía mantenerse en pie.
Guardó silencio mientras bajaban unas escaleras y luego caminaban por un
largo pasillo. Se detuvieron y oyó cómo pasaban una tarjeta, el chasquido de la
cerradura y el crujido de una puerta al abrirse. Los murmullos de unas voces
inundaron el aire como si un montón de personas estuvieran esperando dentro.
La mujer le dio un empujón y él avanzó unos cuantos pasos a trompicones.
Después se echó de inmediato la mano a la cabeza y se quitó la capucha justo
cuando la puerta se cerró detrás de él.
Estaban en una enorme sala llena de gente, la mayoría sentada en el suelo.
Unas luces tenues en el techo iluminaban los rostros que les miraban fijamente,
algunos de ellos sucios, la mayoría con arañazos o moratones.
Una mujer se acercó, presa del miedo y la preocupación.
—¿Qué pasa ahí fuera? —preguntó—. Llevamos aquí dentro unas horas y
entonces todo se venía abajo. ¿Ha empeorado?
Más personas empezaron a acercarse al grupo mientras Thomas contestaba:
—Estábamos fuera de la ciudad, nos pillaron en la entrada. ¿A qué te refieres
con que todo se venía abajo? ¿Qué ha pasado?
La mujer bajó la vista al suelo.
—El gobierno ha declarado el estado de emergencia, sin ningún tipo de aviso.
Luego, la policía, las máquinas poli, los controladores del Destello…, todos
desaparecieron. Todos a la vez, por lo visto. Nos atraparon cuando buscábamos
empleo en el edificio de la ciudad. Ni siquiera tuvimos tiempo de saber lo que
pasaba o por qué.
—Nosotros éramos guardias del Palacio de los Raros —dijo otro hombre—.
Han desaparecido más como nosotros, así que hace unos días renunciamos y
fuimos a Denver. También nos pillaron en el aeropuerto.
—¿Cómo es qué todo se ha puesto tan mal de repente? —quiso saber Brenda
—. Estuvimos aquí hace tres días.
El hombre soltó una fuerte y amarga carcajada.
—La ciudad entera está llena de idiotas que creen haber estado conteniendo
el virus. Era un murmullo largo y lento, pero al final nos ha explotado en la cara.
El mundo no tiene esperanza, el virus es demasiado resistente. Algunos lo
veíamos venir desde hacía tiempo.
La mirada de Thomas se volvió hacia el grupo que se aproximaba y se quedó
atónito al ver a Aris.
—Minho, mira —dijo, dándole un codazo y señalando.
El chico del Grupo B había esbozado una amplia sonrisa y corría hacia ellos.
Detrás de él, Thomas vio a un par de chicas que en el Laberinto habían
pertenecido al grupo de Aris. Fueran quienes fueran las personas que se los
habían llevado, se les daba bien su trabajo.
Aris alcanzó a Thomas y aguardó como si estuviera a punto de abrazarle,
pero acabó dándole la mano. Él se la estrechó.
—Me alegro de que estéis bien —dijo el chico.
—Lo mismo digo —al ver la cara familiar de Aris, Thomas se dio cuenta de
que el resentimiento que había experimentado por lo sucedido en la Quemadura
había desaparecido—. ¿Dónde está el resto?
El semblante de Aris se ensombreció.
—La may oría y a no está con nosotros. Los llevaron con otro grupo.
Antes de que Thomas pudiera procesar sus palabras, apareció Teresa.
Thomas tuvo que aclararse la garganta para deshacer el nudo que de pronto se le
había formado.
—¿Teresa? —sentía tal ráfaga de emociones contradictorias que apenas podía
pronunciar palabra.
—Eh, Tom —se acercó a él con mirada triste—. Me alegro mucho de que
estés bien.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Sí, lo mismo digo.
Una parte de él la odiaba, otra la echaba de menos. Quería gritarle por
haberse marchado de CRUEL sin ellos.
—¿Adónde fuisteis, chicos? —preguntó ella—. ¿Cómo habéis llegado a
Denver?
—¿A qué te refieres con que adónde fuimos? —repuso Thomas, confundido.
Ella le observó unos segundos.
—Tenemos mucho de que hablar.
Thomas entrecerró los ojos.
—¿En qué estás metida ahora?
—No estoy metida en… —sonaba desafiante—. Es obvio que ha habido una
falta de comunicación. Mira, ayer casi todo nuestro grupo fue capturado por
diversos cazarrecompensas. Lo más seguro es que los hayan vendido a CRUEL.
Incluido Fritanga. Lo siento.
Una imagen del cocinero saltó a la cabeza de Thomas. No sabía si podría
soportar la pérdida de otro amigo.
Minho se inclinó para hablar:
—Veo que sigues tan alegre como siempre. Me alegro de contar con tu
positiva presencia.
Teresa le ignoró.
—Tom, no tardarán en trasladarnos. Por favor, ven a hablar conmigo. En
privado. Ahora.
Thomas odió percatarse de sus ganas de hacerlo e intentó ocultar su
impaciencia.
—El Hombre Rata y a me ha soltado el discurso. Por favor, dime que no estás
de acuerdo con él y no crees que debería regresar a CRUEL.
—No sé de qué estás hablando —hizo una pausa, como si tratase de vencer su
orgullo—. Por favor.
Él la contempló un buen rato, inseguro de cómo se sentía. Brenda se
encontraba a tan sólo unos pasos y estaba claro que no se alegraba de ver a
Teresa.
—¿Y bien? —preguntó Teresa, y señaló a su alrededor—. No hay mucho que
hacer aquí, salvo esperar. ¿Estás demasiado ocupado para hablar conmigo?
Thomas tuvo que obligarse a no poner los ojos en blanco. Señaló a un par de
sillas vacías que había en un rincón de la gran sala.
—Vamos, pero date prisa

Comentarios