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Capítulo 44
Thomas se sentó con la cabeza apoyada en la pared y los brazos cruzados.
Teresa se había sentado con las piernas dobladas, de cara a él. Minho le había
advertido que no la escuchara y que se alejara de ella.
—Bueno —dijo la chica.
—Bueno.
—¿Por dónde empezamos?
—Esto ha sido idea tuya. Dímelo tú. Si no tienes nada que decir, lo damos por
concluido.
Teresa suspiró.
—Quizá podrías empezar dándome el beneficio de la duda y dejar de actuar
como un capullo. Sí, sé que hice cosas en la Quemadura, pero también sabes por
qué las hice: para salvarte a la larga. Entonces no sabía que se trataba de
Variables y patrones. ¿Me crees? Háblame como una persona normal.
Thomas dejó que el silencio inundara el aire por unos instantes antes de
responder.
—Vale, muy bien. Pero me dejaste tirado en CRUEL, lo que demuestra
que…
—¡Tom! —gritó, y por su expresión se diría que le habían dado una bofetada
—. ¡No os dejamos tirados! ¿Qué dices?
—¿Qué dices tú? —Thomas no comprendía nada.
—¡No os dejamos tirados! Fuimos a buscaros. ¡Vosotros fuisteis los que nos
dejasteis tirados!
Thomas se limitó a mirarla fijamente.
—¿Crees que soy estúpido?
—Lo único de lo que se hablaba en el complejo era de que tú, Newt y Minho
os habíais escapado y estabais en algún sitio del bosque circundante. Os
buscamos, pero no encontramos ni rastro de vosotros. Tenía la esperanza de que
hubierais conseguido llegar a la civilización. ¿Por qué crees que me ha hecho
tanta ilusión verte vivo?
Thomas notó que se revolvía una ira familiar.
—¿Cómo puedes pensar que voy a creerme eso? Seguro que sabías lo que
intentó decirme el Hombre Rata: que me necesitaban, que soy lo que llaman el
Candidato Final.
Teresa se encorvó.
—Crees que soy la persona más malvada de la Tierra, ¿verdad? —no esperó
a que le contestara—. Si hubieras recuperado la memoria como se suponía que
tenías que hacer, verías que soy la misma de siempre. Hice lo que hice en la
Quemadura para salvarte y desde entonces he estado intentando compensarlo.
A Thomas le estaba costando seguir enfadado, pues la chica no parecía estar
actuando.
—¿Por qué debería creerte, Teresa? ¿Por qué?
Ella levantó la vista para mirarle. Tenía los ojos vidriosos.
—Te lo juro, no lo sé todo sobre el Candidato Final. Eso se desarrolló después
de que fuéramos al Laberinto, así que no tengo recuerdos sobre ese asunto. Pero
sí que me he enterado de que CRUEL no tiene intención de parar las Pruebas
hasta que consiga el programa. Se están preparando para empezar otra ronda,
Thomas. CRUEL está reuniendo a más inmunes para que participen en las
nuevas pruebas si las anteriores no funcionan. Y no puedo volver a hacerlo. Me
marché para encontrarte. Eso es todo.
Thomas no respondió. Una parte de él quería creerla. Desesperadamente.
—Lo siento mucho —añadió Teresa con un suspiro. Apartó la mirada y se
pasó la mano por el pelo. Esperó varios segundos antes de volver a mirarle—. Lo
único que puedo decirte es que estoy destrozada, hecha polvo. Antes creía que
podían descubrir una cura y que te necesitaban para conseguirlo. Pero ahora es
distinto. He recuperado la memoria, aunque no puedo pensar como antes. Ahora
me doy cuenta de que esto no terminará nunca.
Dejó de hablar, pero Thomas no tenía nada que decir. La miró a la cara y
distinguió un dolor que nunca le había visto antes. Le estaba diciendo la verdad.
Ella no esperó a que hablara antes de continuar:
—Así que he hecho un trato conmigo misma: haré lo que haga falta para
compensar mis errores. Antes quería salvar a mis amigos y a los otros inmunes,
si era posible. Y mira qué gran trabajo he hecho.
Thomas pensó en qué decir.
—Bueno, nosotros no lo hemos hecho mejor, ¿no?
Teresa enarcó las cejas.
—¿Esperabas detenerlos?
—Estamos a punto de que nos vendan a CRUEL, así que ¿qué importa?
No respondió de inmediato. Thomas habría dado cualquier cosa por estar
dentro de su cabeza, pero no como antes. Por un instante, se puso triste; sabía que
habían pasado muchísimas horas juntos de las que ya no tenía ningún recuerdo.
Habían llegado a ser mejores amigos.
—Si pudiéramos hacer algo —dijo finalmente—, me gustaría que volvieras a
confiar en mí. Sé que podemos convencer a Aris y a los demás para que nos
ayuden. Se sienten igual que y o.
Thomas sabía que debía tener cuidado. Era extraño que estuviera de acuerdo
con él respecto a CRUEL ahora que había recuperado la memoria.
—Veremos qué pasa —dijo al final.
Ella frunció el entrecejo.
—No confías en mí para nada, ¿no?
—Veremos qué pasa —repitió. Luego se levantó y se alejó. No soportaba el
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Capítulo 45
Thomas encontró a Minho sentado con Brenda y Jorge cuando regresó, y
Minho no parecía contento de verle. Le lanzó una mirada desagradable.
—Bueno, ¿qué tiene que decir esa fuca traidora?
Se sentó a su lado. Varios desconocidos se reunieron a su alrededor y se
quedaron escuchando.
—¿Y bien? —insistió Minho.
—Me ha dicho que escaparon porque descubrieron los planes de CRUEL para
empezar todo otra vez si era necesario. Que estaban reuniendo inmunes, como
Gally nos contó. Jura que les hicieron creer que nos habíamos escapado y nos
estaban buscando —hizo una pausa. Sabía que a su amigo no le gustaría la
siguiente parte—. Y nos ay udará si puede.
Minho negó con la cabeza.
—Eres un gilipullo. No deberías haber hablado con ella.
—Gracias —Thomas se frotó la cara. Minho tenía razón.
—No quisiera interrumpir, muchachos —dijo Jorge—. Podéis pasaros todo el
día hablando sobre esa mierda, pero no tendrá ninguna importancia a menos que
salgamos de aquí. No importa quién esté de parte de quién.
Justo entonces se abrió la puerta de la sala y entraron tres de sus captores con
unos grandes sacos repletos de algo. Les seguía un cuarto, armado con un
lanzagranadas y una pistola. Recorrió con la vista la sala en busca de problemas
y los otros comenzaron a pasar lo que había dentro de las bolsas: pan y botellas
de agua.
—¿Cómo es posible que siempre nos metamos en estos líos? —preguntó
Minho—. Al menos antes podíamos echarle la culpa de todo a CRUEL.
—Sí, bueno, aún podemos hacerlo —murmuró Thomas.
Minho sonrió abiertamente.
—Sí, menudos cara fucos.
Un silencio incómodo se asentó en la habitación mientras los secuestradores
deambulaban a su alrededor. La gente empezó a comer, y Thomas se dio cuenta
de que tendrían que susurrar si querían seguir hablando. Minho le codeó
suavemente.
—Sólo uno de ellos está armado —murmuró—. Y no parece tan malo. Me
apuesto lo que sea a que podemos con él.
—Quizá —respondió él por lo bajo—, pero no hagas ninguna estupidez. Tiene
una pistola y un lanzagranadas. Y créeme, no te gustaría que te dispararan con
ninguno de los dos.
—Bueno, confía en mí esta vez.
Minho le guiñó el ojo y Thomas se limitó a suspirar. No había muchas
probabilidades de que lo que estaba a punto de suceder pasara desapercibido.
Los secuestradores se acercaron a ambos y se detuvieron junto a su pequeño
grupo. Thomas cogió un panecillo y una botella de agua, pero, cuando el hombre
intentó pasarle el pan a Minho, este lo retiró.
—¿Por qué iba a aceptar nada de vosotros? Seguramente esté envenenado.
—¿Quieres pasar hambre? Muy bien —replicó el tipo y siguió caminando.
Ya casi había pasado de largo cuando Minho se puso en pie de un salto y se
enfrentó al hombre que llevaba el lanzagranadas. Thomas se estremeció cuando
el arma se deslizó por el brazo del tipo y descargó, enviando una granada al
techo, donde se estrelló en un espectáculo de luz. El secuestrador estaba aún en el
suelo cuando Minho comenzó a asestarle puñetazos, esforzándose por arrebatarle
la pistola con la mano que tenía libre.
Por un momento, todos se quedaron quietos. Pero entonces el movimiento
explotó antes de que Thomas pudiera reaccionar. Los tres guardias restantes
dejaron sus sacos para ir a por Minho y, antes de que pudieran dar un paso, seis
personas se les echaron encima y les tiraron al suelo. Jorge ay udó a Minho a
arrastrar al guardia y le pisoteó el brazo hasta que por fin soltó la pistola que se
había sacado del cinturón; Minho le dio una patada y otra mujer la recogió.
Thomas vio que Brenda había cogido el lanzagranadas.
—¡Quietos! —gritó, apuntando con el arma a los secuestradores.
Minho se levantó y se apartó del hombre, cuya cara estaba llena de sangre.
La gente arrastró a los otros tres guardias para colocarlos junto a su compañero
con la intención de que los cuatro estuvieran bocarriba, en fila.
Había ocurrido todo tan rápido que Thomas no se había movido de su sitio en
el suelo, pero enseguida se puso en marcha.
—Tenemos que hacerles hablar —dijo—. Tenemos que apresurarnos antes de
que vengan los refuerzos.
—¡Deberíamos dispararles en la cabeza! —dijo un hombre—. Dispararles y
largarnos de aquí.
Unos cuantos le hicieron eco, y Thomas se dio cuenta de que el grupo se
había convertido en una turba. Si quería información, debía actuar rápido, antes
de que la situación empeorara. Se levantó y se acercó a la mujer con la pistola
para convencerla de que se la entregara; luego se dio la vuelta, se arrodilló junto
al hombre que le había dado el pan y le puso la pistola en la sien.
—Voy a contar hasta tres. O empiezas a contarme qué planea hacer CRUEL
con nosotros y dónde ibais a encontraros con ellos, o aprieto el gatillo. Uno.
El hombre no vaciló.
—¿CRUEL? No tenemos nada que ver con CRUEL.
—Estás mintiendo. Dos.
—¡No, lo juro! ¡Esto no tiene nada que ver con ellos! Al menos, que y o sepa.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué estáis secuestrando inmunes?
El hombre desvió la vista hacia sus compañeros, pero, cuando respondió, lo
hizo mirando a Thomas directamente:
—Trabajamos para el Brazo Derecho.
Capítulo 46
—¿A qué te refieres con que trabajáis para el Brazo Derecho? —inquirió
Thomas. Aquello no tenía sentido.
—¿A qué te refieres con que a qué me refiero? —masculló el hombre, pese a
la pistola que le apuntaba a la cabeza—. Trabajo para el puñetero Brazo
Derecho. ¿Por qué es tan difícil de entender?
Thomas retiró el arma y se recostó, confundido.
—¿Por qué ibais a capturar inmunes, entonces?
—Porque nos da la gana —respondió al tiempo que le echaba un vistazo al
arma que había bajado—. No tienes que saber nada más.
—Dispárale y sigue por el de al lado —exclamó alguien del gentío.
Thomas se inclinó y apretó la pistola contra la sien del hombre.
—Eres muy valiente, si tenemos en cuenta que yo soy el que va armado.
Volveré a contar hasta tres. Dime por qué el Brazo Derecho quiere inmunes o
tendré que asumir que estás mintiendo. Uno.
—Ya sabes que no miento, chaval.
—Dos.
—No vas a matarme. Lo veo en tus ojos.
El hombre le había puesto en evidencia. Thomas no iba a disparar a un
desconocido en la cabeza. Suspiró y retiró el arma.
—Si trabajas para el Brazo Derecho, entonces se supone que estamos en el
mismo bando. Dinos qué ocurre.
El tipo se incorporó despacio, igual que sus tres amigos, aunque el de la cara
ensangrentada gruñó por el esfuerzo.
—Si quieres respuestas —dijo uno—, tendrás que preguntarle al jefe.
Nosotros no sabemos nada.
—Sí —añadió el que estaba al lado de Thomas—, no somos nadie.
Brenda se acercó con su lanzagranadas.
—¿Y cómo contactamos con ese jefe vuestro?
El hombre se encogió de hombros.
—No tengo ni idea.
Minho refunfuñó y le arrebató la pistola a Thomas.
—Ya he tenido bastante de esta clonc —apuntó el arma al pie del hombre—.
Muy bien, no te mataremos, pero ese dedo te va a doler muchísimo dentro de
tres segundos si no empiezas a hablar. Uno.
—Ya te lo he dicho, no sabemos nada —el rostro del hombre estaba transido
de ira.
—Muy bien —respondió Minho, y disparó.
Thomas observó, impresionado, cómo el hombre se agarraba el pie,
gimiendo de dolor. Minho le había disparado justo en el meñique. Aquella parte
del zapato y el propio dedo habían desaparecido para ser sustituidos por una
herida sangrante.
—¿Cómo has podido? —gritó la guardia que estaba sentada a su lado en el
suelo mientras se acercaba para ay udar a su amigo. Sacó un fajo de servilletas
de sus pantalones y lo presionó contra el pie.
A Thomas le horrorizaba lo que Minho acababa de hacer, pero tenía que
respetarlo. Él no habría apretado el gatillo y, si no conseguían respuestas ahora,
nunca las tendrían. Echó un vistazo a Brenda y su encogimiento de hombros le
dijo que estaba de acuerdo. Teresa observaba a cierta distancia, inexpresiva.
—Vale, mientras ella se encarga de su pobre pie, que alguien empiece a
hablar —insistió Minho—. Decidnos qué pasa o alguien va a perder otro dedo —
agitó la pistola en dirección a la mujer y los otros dos hombres—. ¿Por qué
secuestráis gente para el Brazo Derecho?
—Ya os lo hemos dicho, no sabemos nada —respondió la mujer—. Nos
pagan y hacemos lo que nos dicen.
—¿Y tú? —preguntó Minho, apuntando con la pistola a uno de los hombres—.
¿Quieres decir algo para salvar uno o dos dedos?
El hombre levantó las manos.
—Juro por la vida de mi madre que no sé nada. Pero… —acto seguido,
pareció arrepentirse de la última parte. Miró a sus amigos y empalideció.
—Pero ¿qué? Suéltalo, sé que ocultas algo.
—Nada.
—¿Tenemos que seguir con este jueguecito? —Minho movió la pistola para
colocarla contra el pie del hombre—. Ya no voy a contar.
—¡Para! —gritó el guardia—. Vale, escucha. Podemos llevarnos a un par de
vosotros para que les preguntéis en persona. No sé si os dejarán hablar con el que
está al mando, pero puede que sí. No voy a permitir que me vuelen un dedo sin
ningún motivo.
—Muy bien —dijo Minho; retrocedió un paso y le hizo un gesto al tipo para
que se levantara—. ¿Ves? No ha ido tan mal. Vamos a visitar a tu jefe. Tú, yo y
mis amigos.
La sala estalló en una avalancha de voces. Nadie quería quedarse allí y nadie
pensaba quedarse callado. La mujer que había llevado el agua se levantó,
comenzó a gritar y logró que la muchedumbre guardara silencio.
—¡Aquí estáis mucho más a salvo! Confiad en mí. Si todos vamos donde
tenemos que ir, os garantizo que la mitad no lo conseguirá. Si estos chicos quieren
ver al jefe, que arriesguen el pellejo. Ni las pistolas ni los lanzagranadas
ayudarán ahí fuera. Pero aquí podemos cerrar las puertas con llave y no hay
ventanas.
Cuando terminó de hablar, otro coro de quejas inundó la sala. La mujer se
volvió hacia Minho y Thomas y habló por encima del ruido:
—Escuchad, ahí fuera hay peligro. Yo no me llevaría a más de un par de
personas. Cuanto más seáis, más posibilidades hay de que os vean —hizo una
pausa y examinó la habitación—. Y si estuviera en vuestro lugar, no tardaría en
marcharme. Esta gente se está inquietando cada vez más. Pronto no habrá forma
de contenerlos. Y ahí fuera… —frunció los labios y continuó—: hay raros por
todas partes. Matan a todo lo que se mueve.
Capítulo 47
Minho apuntó al techo con su arma y disparó, para sobresalto de Thomas. El
ruido de la multitud disminuy ó hasta convertirse en silencio.
No hizo falta que Minho dijera una palabra. Le hizo un gesto a la mujer para
que hablara.
—Ahí fuera es una locura. Todo ha pasado muy deprisa. Es como si hubieran
estado escondidos o esperando alguna señal. Esta mañana vencieron a la policía
y abrieron las puertas. Algunos raros del Palacio se les han unido. Ahora están
por todas partes —hizo una pausa y se tomó un tiempo para mirar a algunas
personas a los ojos—. Os prometo que no quiero salir ahí y también que somos
los buenos. No sé qué ha planeado el Brazo Derecho, pero sí sé que una parte
incluye sacarnos a todos de Denver.
—Entonces, ¿por qué nos tratáis como prisioneros? —gritó alguien.
—Tan sólo hago aquello para lo que me contrataron —volvió a centrar su
atención en Thomas y continuó—: Creo que es una idea estúpida salir de aquí;
pero, como he dicho, si vais a hacerlo, no podéis llevaros más que a un par de
personas. Esos raros localizarán a un grupo grande de carne fresca andante y
todo habrá acabado. Con armas o sin ellas. Y al jefe no le va a hacer gracia que
aparezca una muchedumbre. Si nuestros guardias ven una furgoneta llena de
gente, puede que empiecen a disparar.
—Iremos Brenda y y o —contestó Thomas. Ni siquiera sabía lo que iba a
decir hasta que salió de su boca.
—Ni hablar —Minho negó con la cabeza—. Iremos tú y yo.
Minho sería un lastre; tenía muy mal genio. Brenda pensaba antes de actuar y
eso era lo que necesitaban para salir vivos de aquella. Además, no quería
perderla de vista, así de sencillo.
—Ella y yo. Nos las apañamos bastante bien en la Quemadura. Podemos
hacerlo.
—¡Ni hablar, tío! —Thomas podía jurar que su amigo se sentía herido—. No
deberíamos separarnos. Deberíamos ir los cuatro, será más seguro.
—Minho, necesitamos que alguien se quede aquí vigilando —repuso, y lo
decía de verdad. Había una sala entera llena de personas que podían ayudarles a
acabar con CRUEL—. Odio decirlo, pero ¿y si nos pasa algo? Quedaos aquí y
aseguraos de que nuestros planes se llevan a cabo. Tienen a Fritanga, Minho.
Quién sabe a quién más. Una vez dijiste que yo debía ser el guardián de los
corredores. Bueno, déjame desempeñar hoy ese papel. Confía en mí. Como ha
dicho la señora, cuantos menos seamos, más posibilidades tendremos de pasar
desapercibidos —miró a su amigo a los ojos y esperó una respuesta.
Minho se quedó callado un buen rato.
—Muy bien —dijo por fin—. Pero si mueres, no me alegraré.
—Bien —asintió Thomas. No se había dado cuenta de lo importante que era
que Minho siguiera creyendo en él. En parte, le dio el valor necesario para hacer
lo que tenía que hacer.
El hombre que había dicho que podía llevarles hasta el jefe resultó ser quien
les guio. Se llamaba Lawrence y, a pesar de lo que les esperaba fuera, parecía
ansioso por salir de aquella sala repleta de personas furiosas. Abrió el portón y les
hizo un gesto a Thomas y Brenda para que le siguieran. Thomas llevaba la pistola
y Brenda, el lanzagranadas.
El grupo volvió a recorrer el largo pasillo y Lawrence se detuvo en la salida
del edificio. La tenue luz que procedía del techo iluminó su rostro y Thomas vio
que estaba preocupado.
—Vale, tenemos que tomar una decisión. Si vamos a pie, tardaremos un par
de horas, pero tenemos más posibilidades de avanzar por las calles. A pie nos
podremos esconder con más facilidad que si cogemos la furgoneta. Con la
furgoneta iremos más rápido, pero nos verán seguro.
—Velocidad o sigilo —dijo Thomas, y miró a Brenda—. ¿Qué opinas?
—La furgoneta —contestó.
—Sí —convino él. No podía quitarse de la cabeza la imagen del día anterior
del raro con la cara ensangrentada—. La idea de salir ahí fuera a pie me da un
miedo de muerte. Está claro, la furgoneta.
Lawrence asintió.
—Vale, pues la furgoneta. Ahora mantened la boca cerrada y preparad esas
armas. Lo primero que debemos hacer es llegar al vehículo y cerrar las puertas.
Está justo al otro lado. ¿Listos?
Thomas miró a Brenda con las cejas arqueadas y ambos asintieron. Más
listos que nunca.
Lawrence sacó un montón de tarjetas de su bolsillo y desbloqueó todos los
seguros del muro. Agarró las tarjetas y presionó con el cuerpo la puerta, que se
abrió lentamente. Fuera estaba a oscuras y lo único que emitía luz era una farola.
Thomas se preguntó cuánto tiempo aguantaría la electricidad antes de que dejara
de funcionar, como todo al final. Denver podía morir en cuestión de días.
Vio la furgoneta aparcada en un estrecho callejón, a unos seis metros de
distancia. Lawrence asomó la cabeza, miró a izquierda y derecha y luego volvió
a meterla.
—Parece despejado. Vamos.
Los tres salieron con sigilo; Thomas y Brenda corrieron a la furgoneta
mientras Lawrence aseguraba la puerta que acababan de cruzar. Thomas se
sentía con las pilas cargadas. La ansiedad le hacía mirar a ambos lados de la
calle, seguro de que vería aparecer a un raro en cualquier momento. Pero,
aunque oía el lejano sonido de una risa maniaca, el lugar estaba desierto.
Las cerraduras de la furgoneta se desbloquearon, Brenda abrió la puerta y
entró justo al mismo tiempo que Lawrence. Thomas se subió con ellos a la parte
delantera y cerró la puerta. De inmediato, Lawrence cerró el coche y puso en
marcha el motor. Estaba a punto de acelerar cuando se oyó un estruendo encima
de sus cabezas y el vehículo se sacudió con un par de golpazos. Después, silencio.
Luego, el sonido sordo de una tos.
Alguien había saltado al techo de la furgoneta

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