6-8
Capítulo 6
Se hizo el silencio en la habitación, tan sólo roto por el zumbido de la
maquinaria y un pitido muy débil. Thomas sabía que él era inmune —al menos,
eso era lo que le habían dicho—, pero ¿quién más? Ya se había olvidado por
completo, y el miedo que había sentido la primera vez que lo oy ó volvió a
inundarle.
—Para que un experimento ofrezca resultados exactos —explicó el Hombre
Rata— se necesita un grupo de control. Hicimos lo que pudimos con la intención
de evitar durante el máximo tiempo posible que os infectarais. Pero se transmite
por el aire y es altamente contagioso —hizo una pausa para contemplar las
miradas de todos.
—Maldita sea, sigue hablando —dijo Newt—. De todos modos, ya
suponíamos que teníamos esa puñetera enfermedad. No es que nos rompáis el
corazón precisamente.
—Sí —añadió Sonya—. Corta el drama y dínoslo ya.
Thomas advirtió que Teresa se había colocado a su lado. ¿Ya le habrían
contado también algo? Se figuraba que tenía que ser inmune igual que él, porque,
de lo contrario, CRUEL no les habría elegido para sus roles especiales.
El Hombre Rata se aclaró la garganta.
—Bien, vamos. La mayoría sois inmunes y nos habéis ay udado a reunir una
información inestimable. Tan sólo dos de vosotros se consideran ahora
candidatos, pero seguiremos con eso más tarde. Vayamos a la lista. Las
siguientes personas no son inmunes: Newt…
Thomas notó una especie de sacudida en el pecho. Agachó la cabeza y clavó
la vista en el suelo. El Hombre Rata dijo unos cuantos nombres más, pero
ninguno que Thomas conociera. Apenas los captó sobre el zumbido que parecía
llenarle los oídos y nublar su mente. Le sorprendió su propia reacción; no se
había dado cuenta de lo mucho que significaba Newt para él hasta que oyó la
declaración. Se le ocurrió una idea: antes, el Hombre Rata había dicho que los
sujetos de control era como una especie de pegamento que unía la información
del proyecto, que le daba coherencia y relevancia.
El Pegamento. Ese era el título que le habían dado a Newt, el tatuaje que
estaba grabado en su piel como una negra cicatriz.
Thomas alzó la vista para ver a Newt de brazos cruzados y una sonrisa
forzada en el rostro. Volvió a ponerse derecho.
—¿Qué? Ese pingajo acaba de decir que no eres inmune al Destello. ¿Cómo
puedes…?
—No me preocupa el maldito Destello, tío. Nunca creí que llegara vivo hasta
aquí y, de todas formas, la vida tampoco es que haya sido exactamente buena.
Thomas no sabía si lo decía en serio o tan sólo trataba de hacerse el duro.
Pero aquella sonrisa espeluznante no había abandonado la cara de su amigo, así
que él se obligó a sonreír también.
—Si te parece bien volverte loco lentamente y quieres comer niños pequeños,
entonces creo que no lloraremos por ti.
Las palabras nunca antes habían sonado tan vacías.
—Bien —respondió Newt, aunque la sonrisa desapareció.
Thomas al final centró su atención en el resto de personas de la sala, mareado
de tanto pensar. Uno de los clarianos —un chaval llamado Jackson al que nunca
había llegado a conocer muy bien— tenía la mirada perdida y vidriosa, y otro
intentaba ocultar las lágrimas. Una de las chicas del Grupo B tenía los ojos rojos
e hinchados, y un par de amigas suy as se habían apiñado a su alrededor para
intentar consolarla.
—Quería quitar eso de en medio —dijo el Hombre Rata—. Principalmente
para decíroslo yo mismo y recordaros que el objetivo de esta operación es crear
una cura. La mayoría de los que no sois inmunes estáis en las primeras fases del
Destello y confío en que se os trate antes de que llegue demasiado lejos. Pero las
Pruebas requerían vuestra participación.
—¿Y si no resolvéis nada? —preguntó Minho.
El Hombre Rata le ignoró. Se acercó a la cama más próxima y colocó una
mano en el extraño dispositivo que colgaba del techo.
—Esto es algo de lo que estamos muy orgullosos aquí, una proeza de la
ingeniería científica y médica. Se llama « retractor» y será lo que realice el
procedimiento. Se colocará en vuestra cara y os prometo que estaréis igual de
guapos cuando todo haya terminado. Unos pequeños alambres descenderán y
entrarán en vuestros canales auditivos; desde allí extraerán la maquinaria de
vuestro cerebro. Nuestros doctores y enfermeras os darán un sedante para
calmar los nervios y algo para aliviar las molestias —hizo una pausa y echó un
vistazo a la habitación—. Caeréis en un estado de trance mientras los nervios se
reparan y vuelven los recuerdos, algo parecido a lo que algunos de vosotros
experimentasteis durante lo que llamabais « el Cambio» en el Laberinto. Pero no
tan malo, lo prometo. La may oría de lo que sufristeis era para estimular los
patrones del cerebro. Tenemos varias salas más como esta y a todo un equipo de
médicos esperando para empezar. Bueno, estoy seguro de que tenéis un millón de
preguntas, pero la may oría la responderán vuestros propios recuerdos, así que
esperaré hasta que finalice el procedimiento para resolver las dudas que queden
—volvió a hacer una pausa y luego terminó—: Dadme un momento para
asegurarme de que los equipos médicos están preparados. Podéis aprovechar
estos minutos para tomar una decisión.
Cruzó la habitación, el roce de los pantalones blancos era el único sonido que
interrumpía el silencio, y desapareció por la primera puerta de acero, después de
cerrarla. El ruido inundó la sala cuando todos comenzaron a hablar a la vez.
Teresa se acercó a Thomas. Minho se hallaba justo detrás de ella y se inclinó
para que le oyeran por encima de las conversaciones desesperadas.
—Vosotros, pingajos, sabéis y recordáis más que el resto. Teresa, nunca ha
sido un secreto, no me gustas. Pero quiero saber, de todos modos, qué opinas.
Thomas tenía la misma curiosidad por saber la opinión de Teresa. Le hizo una
señal con la cabeza a su antigua amiga y aguardó a que hablara. Todavía había
una pequeña parte de él que esperaba como un tonto que al final ella se pusiera
en contra de lo que CRUEL quería.
—Deberíamos hacerlo —dijo Teresa, y a Thomas no le sorprendió lo más
mínimo. Su esperanza se esfumó definitivamente—. A mí me parece lo correcto.
Necesitamos recuperar la memoria para saberlo todo. Para decidir qué haremos
después.
Thomas le dio vueltas al asunto, intentando aclararse.
—Teresa, sé que no eres estúpida; pero también sé que estás enamorada de
CRUEL. No sé de qué vas, pero no me lo trago.
—Yo tampoco —terció Minho—. ¡Pueden manipularnos, jugar con nuestros
fucos cerebros, tío! ¿Cómo sabremos si nos devuelven nuestros recuerdos o nos
están introduciendo unos nuevos?
Teresa dejó escapar un suspiro.
—¡No entendéis nada! Si pueden controlarnos, si pueden hacer lo que quieran
con nosotros, si pueden obligarnos a cualquier cosa, entonces ¿por qué iban a
molestarse en montar toda esta farsa de darnos a escoger? Además, ha dicho que
también nos van a quitar la parte que les permite controlarnos. A mí me parece
justo.
—Bueno, nunca he confiado en ti —dijo Minho, sacudiendo la cabeza
despacio—. Y menos aún en ellos. Estoy con Thomas.
—¿Y Aris? —Newt había estado tan callado que Thomas no se dio cuenta
hasta entonces de que estaba detrás de él con Fritanga—. ¿No dijisteis que estaba
con vosotros antes de llegar al Laberinto? ¿Qué opina él?
Thomas examinó la sala hasta que vio a Aris hablando con algunas de sus
amigas del Grupo B. Había estado con ellas desde que Thomas llegó, algo
comprensible, puesto que Aris había pasado por la experiencia del Laberinto con
ese grupo. Pero él jamás podría perdonarle el papel que había representado
ayudando a Teresa en la Quemadura, cuando le llevó a la cámara en las
montañas y le obligó a entrar allí.
—Iré a preguntarle —dijo Teresa.
Thomas y sus amigos observaron cómo se acercaba al grupo, que comenzó a
susurrar furiosamente.
—Odio a esa tía —dijo al final Minho.
—Vamos, no es tan mala —comentó Fritanga.
Minho puso los ojos en blanco.
—Si ella lo hace, yo no.
—Yo tampoco —estuvo de acuerdo Newt—. Y yo soy el que se supone que
tiene el maldito Destello, así que me juego más que ninguno. Pero no voy a caer
en ninguna trampa más.
Thomas ya se había decidido.
—Oigamos qué dice. Aquí viene.
La conversación con Aris había sido breve.
—Sonaba incluso más seguro que nosotros. Todos van a hacerlo.
—Bueno, eso lo deja bien claro —respondió Minho—. Si Aris y Teresa están
de acuerdo, yo me niego.
Thomas no podría haberlo dicho mejor. Todos sus instintos le decían que
Minho tenía razón, pero no expresó su opinión en voz alta y observó la cara de
Teresa. Ella se dio la vuelta y le miró. Era una mirada que conocía muy bien: la
chica esperaba que se pusiera de su parte. Pero la diferencia era que él
encontraba sospechosas las ganas con que Teresa lo deseaba.
Se la quedó mirando, obligándose a mantener un rostro inexpresivo, y el
rostro de la chica se ensombreció.
—Haced lo que os dé la gana.
Negó con la cabeza, luego se dio la vuelta y se marchó. A pesar de todo lo
sucedido, a Thomas le dio un vuelco el corazón mientras ella se alejaba.
—Ay, tío —dijo Fritanga, dándole una palmada en la espalda—, no podemos
dejar que nos pongan eso en la cara, ¿no? ¡Con lo feliz que era yo en mi cocina
de la Hacienda! Te lo juro.
—¿Te has olvidado de los laceradores? —preguntó Newt.
Fritanga se detuvo a pensar un segundo y dijo:
—Nunca se metieron conmigo en la cocina, ¿no?
—Sí, bueno, ya te encontraremos un nuevo sitio para que cocines —Newt
agarró a Thomas y Minho del brazo y los apartó del grupo—. Ya he oído
suficientes argumentos. No voy a tumbarme en una de esas camas.
Minho apretó el hombro de Newt.
—Yo tampoco.
—Lo mismo digo —asintió Thomas, y por fin pronunció lo que había estado
pensando durante semanas—: Nos quedaremos por aquí, cooperaremos y
seremos agradables —susurró—. Pero en cuanto tengamos una oportunidad, nos
escaparemos.
Capítulo 7
El Hombre Rata volvió antes de que Newt o Minho pudieran responder, pero,
por sus expresiones, Thomas supo que estaban de acuerdo. Al cien por cien.
Más gente entraba en la sala, y Thomas centró su atención en lo que
acontecía. Todos los recién llegados iban vestidos con un traje de una sola pieza,
suelto y verde, con CRUEL escrito en el pecho. Le sorprendió lo bien que se
había pensado cada detalle de aquel juego, de aquel experimento. ¿Podía ser que
el nombre usado para su organización hubiera sido una de las Variables desde el
principio? Una palabra con una evidente amenaza, aunque se trataba de una
entidad en apariencia buena. Probablemente era otro golpe para ver cómo
reaccionaban sus cerebros, qué sentían.
Era todo un acertijo. Lo había sido desde el principio.
Cada médico —supuso que lo eran por lo que había dicho el Hombre Rata—
se colocó junto a una cama. Toquetearon las máscaras que colgaban del techo,
ajustaron los tubos y comprobaron botones e interruptores que Thomas no
alcanzaba a ver.
—Ya os hemos asignado una cama a cada uno —dijo el Hombre Rata,
mirando los papeles de una tablillas que llevaba consigo—. Los que se quedan en
esta habitación son… —dijo de un tirón algunos nombres, incluyendo Sony a y
Aris, pero no Thomas ni ninguno de los otros clarianos—. Si no he dicho vuestro
nombre, por favor, seguidme.
La situación se había vuelto extraña, demasiado informal y corriente para la
seriedad de lo que ocurría. Eran como unos gánsteres pasando lista antes de
matar a un grupo de traidores llorones. Thomas no sabía qué hacer, pero
continuaría hasta que se le presentara el momento adecuado.
En silencio, salieron de la habitación tras el Hombre Rata y siguieron por otro
pasillo largo y sin ventanas antes de pararse ante otra puerta. Su guía volvió a leer
la lista, en la que esta vez estaban incluidos Newt y Fritanga.
—No voy a hacerlo —anunció Newt—. Has dicho que podíamos elegir y esta
es mi maldita decisión —intercambió una mirada furiosa con Thomas que
parecía insinuar que o hacían algo pronto o se volvería loco.
—Muy bien —respondió el Hombre Rata—, cambiarás de opinión muy
pronto. Quédate conmigo hasta que hay amos terminado de distribuir al resto.
—¿Qué pasa con Fritanga? —preguntó Thomas, tratando de ocultar su
sorpresa al ver que el Hombre Rata había transigido con Newt tan fácilmente.
El cocinero de pronto pareció avergonzado.
—Yo… creo que voy a dejar que lo hagan.
Thomas se quedó estupefacto.
—¿Estás loco? —exclamó Minho.
Fritanga negó con la cabeza, poniéndose un poco a la defensiva.
—Quiero recordar. Tomad vuestras propias decisiones y dejad que yo tome
la mía.
—Sigamos —dijo el Hombre Rata.
Fritanga desapareció en la habitación deprisa, probablemente para evitar más
discusiones. Thomas sabía que tenía que dejarlo; por ahora, se preocuparía sólo
de sí mismo y de encontrar una salida. Tenía la esperanza de rescatar a todo el
mundo cuando lo consiguiera.
El Hombre Rata no llamó a Minho, Teresa y Thomas hasta que llegaron a la
última puerta, junto con Harriet y otras dos chicas del Grupo B. Hasta entonces,
Newt había sido el único en negarse a seguir el procedimiento.
—No, gracias —dijo Minho cuando el Hombre Rata les indicó que entraran
en la sala—, pero aprecio la invitación. Chicos, que os lo paséis muy bien ahí
dentro —hizo como si se despidiera.
—Yo tampoco voy a hacerlo —anunció Thomas. Estaba empezando a sentir
un presentimiento. Tenían que arriesgarse pronto a hacer algo.
El Hombre Rata se quedó mirándole un buen rato, inexpresivo.
—¿Está bien, señor Hombre Rata? —preguntó Minho.
—Soy el subdirector Janson —respondió con una voz baja y tensa, como si le
costara permanecer en calma, y sin apartar la vista de Thomas—. Aprende a
mostrar respeto por tus may ores.
—Cuando dejéis de tratar a la gente como animales, puede que me lo plantee
—replicó Minho—. ¿Y por qué estás mirando a Thomas con los ojos
desorbitados?
Al fin, el Hombre Rata, Janson, miró a Minho.
—Porque hay muchas cosas que tener en cuenta —hizo una pausa y se irguió
—. Pero muy bien: hemos dicho que podíais elegir vosotros mismos y
mantendremos nuestra palabra. Que entre todo el mundo y comenzaremos con
los que deseen participar.
Una vez más, Thomas notó que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.
Estaba llegando el momento, lo sabía. Y por la cara de Minho, él también lo
sabía. Se hicieron una ligera señal con la cabeza y entraron con el Hombre Rata
a la habitación.
Era exactamente igual que la primera, con seis camas, las máscaras
colgantes y lo demás. La máquina que sin duda lo hacía funcionar todo ya estaba
zumbando y chirriando. Algunos individuos, vestidos con el mismo traje verde
que los médicos de la primera sala, se hallaban al lado de cada cama.
Thomas miró a su alrededor y contuvo el aliento. Junto a una cama al final de
la fila, vestida de verde, se encontraba Brenda. Parecía mucho más joven que el
resto de personas y tenía el pelo y la cara notablemente más limpios que en la
Quemadura. Le saludó con un gesto rápido de la cabeza y miró al Hombre Rata;
luego, antes de que Thomas supiera lo que pasaba, cruzó corriendo la habitación,
se aferró a él y le dio un fuerte abrazo. Él se lo devolvió; estaba conmocionado,
pero no quería soltarse.
—Brenda, ¿qué estás haciendo? —gritó Janson—. ¡Vuelve a tu puesto!
La chica apretó los labios contra su oreja y susurró tan bajo que apenas pudo
oírla:
—No confíes en ellos. No confíes en ellos. Tan sólo en mí y en la ministra
Paige. Nunca. En nadie más.
—¡Brenda! —gritó prácticamente el Hombre Rata.
Entonces se apartó y se alejó.
—Lo siento —murmuró—. Tan sólo me he alegrado de ver que ha pasado la
Fase 3. He perdido el control.
Regresó a su puesto y se volvió para mirarlos de nuevo, inmutable. Janson la
reprendió:
—Apenas tenemos tiempo para esas cosas.
Thomas no podía apartar la mirada de ella, no sabía qué pensar ni sentir. Ya
no confiaba en CRUEL, así que sus palabras los colocaban a ambos en el mismo
bando. Pero, entonces, ¿por qué trabajaba con ellos? ¿No estaba enferma? ¿Y
quién era esa ministra Paige? ¿Era este otro control? ¿Otra Variable?
Una emoción intensa le había invadido al abrazarse. Recordó cuando Brenda
le habló mentalmente después de que lo encerraran en la habitación blanca: le
advirtió de que la situación iba a empeorar. Todavía no entendía cómo había
podido hacerlo… ¿de verdad estaba de su parte?
Teresa, que había estado callada desde que habían dejado la primera sala, se
acercó a él e interrumpió sus pensamientos.
—¿Qué está haciendo aquí? —susurró con un rencor evidente en su voz. Todo
lo que hacía o decía Teresa ahora le molestaba—. Creía que era una rara.
—No lo sé —masculló Thomas, y su mente se vio invadida de fragmentos
relativos al tiempo que había pasado con Brenda en la ciudad en ruinas. En cierto
modo, echaba de menos aquel lugar. Echaba de menos estar a solas con ella—.
Quizá sólo está… lanzando una Variable.
—¿Crees que era parte del espectáculo y que la enviaron a la Quemadura
para ay udar a que las cosas funcionaran?
—Probablemente.
Aquello le dolía. Tenía sentido que Brenda formara parte de CRUEL desde el
principio, pero eso significaba que le había mentido una y otra vez. Deseaba con
todas sus fuerzas que hubiera algo diferente en ella.
—No me gusta —dijo Teresa—. Parece… retorcida.
Thomas tuvo que contenerse para no gritar a Teresa o reírse en su cara. En su
lugar, le contestó tranquilo:
—Ve a que jueguen con tu cerebro.
Quizá su desconfianza en Brenda era la mejor señal de que debía confiar en
Brenda.
Teresa le fulminó con la mirada.
—Júzgame todo lo que quieras. Tan sólo hago lo que creo que está bien.
Luego se alejó y se situó a la espera de las instrucciones del Hombre Rata.
Janson asignó una cama a cada paciente voluntario mientras Thomas, Newt y
Minho observaban, renuentes. Thomas echó un vistazo a la puerta y se preguntó
si no deberían echar a correr. Estaba a punto de darle un codazo a Minho, cuando
el Hombre Rata habló como si le hubiera leído la mente:
—A vosotros tres, rebeldes, os están vigilando. No intentéis hacer nada. Unos
guardias armados vienen de camino en estos momentos.
Thomas tuvo la inquietante idea de que, de hecho, a lo mejor alguien le había
leído la mente. ¿Podrían interpretar sus verdaderos pensamientos a partir de los
patrones cerebrales que recogían con tanto esfuerzo?
—Eso es un montón de clonc —susurró Minho cuando Janson centró su
atención en colocar a la gente en las camas—. Creo que deberíamos
arriesgarnos, a ver qué pasa.
Thomas no respondió y miró a Brenda. La muchacha tenía la vista clavada
en el suelo, al parecer perdida en sus pensamientos. De pronto, se dio cuenta de
lo mucho que la añoraba y de que sentía una conexión que no acababa de
comprender. Lo único que quería era hablar con ella a solas, y no sólo por lo que
le había dicho.
En ese momento se oy eron unos pasos apresurados por el pasillo. Tres
hombres y dos mujeres irrumpieron en la sala, todos vestidos de negro, con un
equipo echado a la espalda: cuerdas, herramientas y munición. Todos sujetaban
algún tipo de arma enorme. Thomas no podía dejar de mirar las armas;
removían en su cabeza recuerdos perdidos de los que no sacaba nada en claro,
pero a la vez era como si las viera por primera vez. Los artefactos despedían un
brillo azul, sin duda provocado por un tubo transparente que, situado en el centro,
se hallaba repleto de brillantes granadas metálicas que chisporroteaban y
silbaban por la electricidad. Los guardias apuntaban a Thomas y a sus dos
amigos.
—Hemos esperado demasiado, maldita sea —masculló Newt entre susurros.
Thomas sabía que pronto se les presentaría una oportunidad.
—Nos habrían cogido ahí fuera de todas formas —respondió calmado, sin
apenas mover los labios—. Tened paciencia.
Janson se aproximó a los guardias y señaló una de las armas.
—Esto son lanzagranadas. Los guardias no dudarán en disparar si alguno de
vosotros causa problemas. Las armas no os matarán, pero creedme cuando digo
que os harán pasar los cinco minutos más incómodos de vuestra vida.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thomas, sorprendido por el poco miedo que
sentía—. Acabas de decir que podemos elegir. ¿A qué viene este ejército?
—A que no me fío de vosotros —Janson hizo una pausa y pareció escoger sus
palabras con cuidado—. Esperábamos que lo hicierais voluntariamente cuando
recuperaseis la memoria. Todo sería más fácil. Pero nunca dije que ya no os
necesitáramos.
—¡Menuda sorpresa! —exclamó Minho—. Habéis vuelto a mentir.
—No he mentido en nada. Habéis tomado vuestra decisión, ahora ateneos a
las consecuencias —Janson señaló la puerta—. Guardias, escoltad a Thomas y a
los demás a sus habitaciones, donde podrán reflexionar sobre su error hasta las
pruebas de mañana por la mañana. Usad la fuerza si es necesario.
Capítulo 8
Las dos guardias alzaron aún más sus armas, cuy as anchas y redondas bocas
apuntaban a los tres chicos.
—No nos hagáis usar esto —dijo una de las mujeres—. No tenéis margen
para errores: un movimiento en falso y apretaremos el gatillo.
Los tres hombres se colocaron la correa de sus lanzagranadas sobre el
hombro y se adelantaron hacia los clarianos rebeldes, uno frente a cada chico.
Thomas seguía sintiendo una extraña calma, que venía en parte de la profunda
determinación de luchar hasta que no pudiera más, y una sensación de
satisfacción al comprobar que CRUEL necesitaba a cinco guardias armados para
vigilar a tres adolescentes.
El tipo que le había agarrado del brazo era dos veces más corpulento que él,
de complexión fuerte. Cruzó la puerta con brío y entró en el pasillo, tirando de
Thomas tras él. Este se volvió y vio a otro guardia que medio arrastraba a Minho
por el suelo para que le siguiera. Newt estaba justo detrás de ellos, resistiéndose
en vano.
Llevaron a los chicos por muchos pasillos donde lo único audible eran los
sonidos que provenían de Minho: gruñidos, gritos y maldiciones. Thomas intentó
decirle que parara, que tan sólo empeoraba la situación, que seguramente se iba
a ganar un disparo, pero Minho le ignoró y luchó con uñas y dientes hasta que el
grupo por fin se detuvo enfrente de una puerta.
Una de los guardias armados utilizó una tarjeta para abrirla. Al empujarla,
reveló una pequeña habitación con dos literas y una cocina pequeña con una
mesa y sillas en un rincón en el otro extremo. Desde luego, no era lo que Thomas
se esperaba. Se había imaginado que los llevarían a algo parecido al Trullo del
Claro, con el suelo sucio y una silla medio rota.
—Adentro —ordenó la mujer—. Os traeremos algo de comida. Podéis estar
contentos de que no os matemos de hambre durante unos días por cómo os habéis
portado. Mañana tenéis unas pruebas, así que será mejor que durmáis algo esta
noche.
Los tres hombres metieron a los clarianos en la habitación de un empujón y
cerraron la puerta; el chasquido de la cerradura resonó en el cuarto.
Inmediatamente todas las sensaciones de cautividad que Thomas había
soportado en la prisión blanca volvieron a inundarle. Cruzó la habitación hasta la
puerta y giró el pomo, tiró y empujó con todo su peso. La golpeó con ambos
puños, gritando lo más fuerte que pudo para que alguien lo sacara de allí.
—Corta y a el rollo —dijo Newt detrás de él—. Nadie va a venir a arroparte.
Thomas empezó a andar de un lado a otro, pero, cuando vio a su amigo
delante de él, se detuvo. Minho habló antes de que pudiera pronunciar palabra:
—Supongo que hemos perdido nuestra oportunidad —se dejó caer en una de
las literas del fondo—. Seremos ancianos o estaremos muertos antes de que tu
momento mágico venga rodado, Thomas. No es que lo vayan a anunciar a lo
grande: « Ahora sería la ocasión perfecta para escapar, porque estaremos
ocupados los próximos diez minutos» . Tenemos que arriesgarnos un poco.
Thomas odiaba admitir que sus amigos tuviesen razón, pero así era. Deberían
haber echado a correr antes de que se presentaran los guardias.
—Lo siento. No me parecía todavía el momento adecuado. Y en cuanto nos
pusieron esas armas en la cara, creí que no tenía sentido esforzarse por intentar
nada.
—Sí, bueno —fue todo lo que dijo Minho, y después añadió—: Tú y Brenda
tuvisteis un bonito reencuentro.
Thomas respiró hondo.
—Me dijo algo.
Minho se incorporó en la cama.
—¿A qué te refieres con que te dijo algo?
—Me dijo que no confiáramos en ellos, que confiáramos sólo en ella y en
una ministra llamada Paige.
—Bueno, ¿de qué foño va esa? —preguntó Newt—. ¿Trabaja para CRUEL?
¿Qué, no era más que una maldita actriz en la Quemadura?
—Sí, no parece ser mejor que el resto —opinó Minho.
Thomas no estaba de acuerdo; ni siquiera podía explicárselo a sí mismo, así
que mucho menos a sus amigos.
—Mirad, yo también trabajaba para ellos, pero confiáis en mí, ¿verdad? Eso
no significa nada. Quizá no le quedaba otra opción, quizás ha cambiado. No sé.
Minho entrecerró los ojos como si estuviera reflexionando, pero no respondió.
Newt se limitó a sentarse en el suelo, de brazos cruzados, y se puso de morros
como un niño.
Thomas negó con la cabeza; estaba harto de no entender nada. Se acercó al
pequeño frigorífico y lo abrió; su estómago rugía de hambre. Encontró unos
palitos de queso y unas uvas, y los repartió; luego, prácticamente engulló su parte
antes de beberse una botella entera de zumo. Los otros dos también se zamparon
lo suy o y nadie dijo ni una palabra.
Una mujer apareció poco después con unos platos de chuletas de cerdo y
patatas, y también se los comieron. Era última hora de la tarde, según el reloj de
Thomas, pero no se imaginaba durmiendo a esas horas. Se sentó en una silla, de
cara a sus amigos, preguntándose qué deberían hacer. Todavía se sentía un poco
disgustado, como si fuera culpa suya que no hubiesen intentado nada aún, pero no
ofreció ninguna idea.
Minho fue el primero en hablar desde que llegó la comida:
—A lo mejor deberíamos ceder ante esos cara fucos, hacer lo que quieren. Y
un día estaremos todos sentados sin hacer nada, gordos y contentos.
Thomas sabía que no lo decía en serio.
—Sí, quizás encuentres a una chica guapa que trabaje aquí, sientes la cabeza,
te cases y tengas hijos. Justo a tiempo de que el mundo acabe en un mar de
lunáticos.
Minho continuó:
—CRUEL va a conseguir ese programa y viviremos todos felices para
siempre.
—No tiene ni pizca de gracia —dijo Newt de mal humor—. Aunque
encontraran una cura, ya habéis visto lo que hay en la Quemadura. Va a pasar
mucho tiempo antes de que el mundo vuelva a ser normal. Aunque fuera posible,
nunca lo veremos.
Thomas se percató de que lo único que estaba haciendo era permanecer allí
sentado, con la vista clavada en el suelo.
—Después de todo lo que nos han hecho, no me creo nada —no podía dejar
pasar de largo la noticia sobre Newt, su amigo, que haría todo lo posible por
cualquiera. Le habían sentenciado a muerte con una enfermedad incurable sólo
para ver qué ocurriría—. El Janson ese cree que lo tiene todo solucionado —
prosiguió—; piensa que todo se hace por el bien común. O se deja que la raza
humana la palme o se hacen cosas horribles para salvarla. Incluso los pocos
inmunes probablemente no duremos mucho en un mundo donde el noventa y
nueve coma nueve por ciento de la población se convierte en monstruos
psicópatas.
—¿Qué quieres decir? —masculló Minho.
—Lo que quiero decir es que, antes de que me borraran la memoria, creo
que me tragaba toda esa basura. Pero ya no.
Y lo que más le aterrorizaba ahora era que, si recuperaba los recuerdos,
podía cambiar de opinión respecto a aquello.
—Pues entonces no desperdiciemos nuestra oportunidad, Tommy —dijo
Newt.
—Mañana —añadió Minho—. Ya encontraremos la manera.
Thomas los miró un buen rato.
—Vale, ya encontraremos la manera.
Newt bostezó y los otros dos le imitaron.
—Será mejor que dejemos de darle a la lengua y durmamos un poco
Se hizo el silencio en la habitación, tan sólo roto por el zumbido de la
maquinaria y un pitido muy débil. Thomas sabía que él era inmune —al menos,
eso era lo que le habían dicho—, pero ¿quién más? Ya se había olvidado por
completo, y el miedo que había sentido la primera vez que lo oy ó volvió a
inundarle.
—Para que un experimento ofrezca resultados exactos —explicó el Hombre
Rata— se necesita un grupo de control. Hicimos lo que pudimos con la intención
de evitar durante el máximo tiempo posible que os infectarais. Pero se transmite
por el aire y es altamente contagioso —hizo una pausa para contemplar las
miradas de todos.
—Maldita sea, sigue hablando —dijo Newt—. De todos modos, ya
suponíamos que teníamos esa puñetera enfermedad. No es que nos rompáis el
corazón precisamente.
—Sí —añadió Sonya—. Corta el drama y dínoslo ya.
Thomas advirtió que Teresa se había colocado a su lado. ¿Ya le habrían
contado también algo? Se figuraba que tenía que ser inmune igual que él, porque,
de lo contrario, CRUEL no les habría elegido para sus roles especiales.
El Hombre Rata se aclaró la garganta.
—Bien, vamos. La mayoría sois inmunes y nos habéis ay udado a reunir una
información inestimable. Tan sólo dos de vosotros se consideran ahora
candidatos, pero seguiremos con eso más tarde. Vayamos a la lista. Las
siguientes personas no son inmunes: Newt…
Thomas notó una especie de sacudida en el pecho. Agachó la cabeza y clavó
la vista en el suelo. El Hombre Rata dijo unos cuantos nombres más, pero
ninguno que Thomas conociera. Apenas los captó sobre el zumbido que parecía
llenarle los oídos y nublar su mente. Le sorprendió su propia reacción; no se
había dado cuenta de lo mucho que significaba Newt para él hasta que oyó la
declaración. Se le ocurrió una idea: antes, el Hombre Rata había dicho que los
sujetos de control era como una especie de pegamento que unía la información
del proyecto, que le daba coherencia y relevancia.
El Pegamento. Ese era el título que le habían dado a Newt, el tatuaje que
estaba grabado en su piel como una negra cicatriz.
Thomas alzó la vista para ver a Newt de brazos cruzados y una sonrisa
forzada en el rostro. Volvió a ponerse derecho.
—¿Qué? Ese pingajo acaba de decir que no eres inmune al Destello. ¿Cómo
puedes…?
—No me preocupa el maldito Destello, tío. Nunca creí que llegara vivo hasta
aquí y, de todas formas, la vida tampoco es que haya sido exactamente buena.
Thomas no sabía si lo decía en serio o tan sólo trataba de hacerse el duro.
Pero aquella sonrisa espeluznante no había abandonado la cara de su amigo, así
que él se obligó a sonreír también.
—Si te parece bien volverte loco lentamente y quieres comer niños pequeños,
entonces creo que no lloraremos por ti.
Las palabras nunca antes habían sonado tan vacías.
—Bien —respondió Newt, aunque la sonrisa desapareció.
Thomas al final centró su atención en el resto de personas de la sala, mareado
de tanto pensar. Uno de los clarianos —un chaval llamado Jackson al que nunca
había llegado a conocer muy bien— tenía la mirada perdida y vidriosa, y otro
intentaba ocultar las lágrimas. Una de las chicas del Grupo B tenía los ojos rojos
e hinchados, y un par de amigas suy as se habían apiñado a su alrededor para
intentar consolarla.
—Quería quitar eso de en medio —dijo el Hombre Rata—. Principalmente
para decíroslo yo mismo y recordaros que el objetivo de esta operación es crear
una cura. La mayoría de los que no sois inmunes estáis en las primeras fases del
Destello y confío en que se os trate antes de que llegue demasiado lejos. Pero las
Pruebas requerían vuestra participación.
—¿Y si no resolvéis nada? —preguntó Minho.
El Hombre Rata le ignoró. Se acercó a la cama más próxima y colocó una
mano en el extraño dispositivo que colgaba del techo.
—Esto es algo de lo que estamos muy orgullosos aquí, una proeza de la
ingeniería científica y médica. Se llama « retractor» y será lo que realice el
procedimiento. Se colocará en vuestra cara y os prometo que estaréis igual de
guapos cuando todo haya terminado. Unos pequeños alambres descenderán y
entrarán en vuestros canales auditivos; desde allí extraerán la maquinaria de
vuestro cerebro. Nuestros doctores y enfermeras os darán un sedante para
calmar los nervios y algo para aliviar las molestias —hizo una pausa y echó un
vistazo a la habitación—. Caeréis en un estado de trance mientras los nervios se
reparan y vuelven los recuerdos, algo parecido a lo que algunos de vosotros
experimentasteis durante lo que llamabais « el Cambio» en el Laberinto. Pero no
tan malo, lo prometo. La may oría de lo que sufristeis era para estimular los
patrones del cerebro. Tenemos varias salas más como esta y a todo un equipo de
médicos esperando para empezar. Bueno, estoy seguro de que tenéis un millón de
preguntas, pero la may oría la responderán vuestros propios recuerdos, así que
esperaré hasta que finalice el procedimiento para resolver las dudas que queden
—volvió a hacer una pausa y luego terminó—: Dadme un momento para
asegurarme de que los equipos médicos están preparados. Podéis aprovechar
estos minutos para tomar una decisión.
Cruzó la habitación, el roce de los pantalones blancos era el único sonido que
interrumpía el silencio, y desapareció por la primera puerta de acero, después de
cerrarla. El ruido inundó la sala cuando todos comenzaron a hablar a la vez.
Teresa se acercó a Thomas. Minho se hallaba justo detrás de ella y se inclinó
para que le oyeran por encima de las conversaciones desesperadas.
—Vosotros, pingajos, sabéis y recordáis más que el resto. Teresa, nunca ha
sido un secreto, no me gustas. Pero quiero saber, de todos modos, qué opinas.
Thomas tenía la misma curiosidad por saber la opinión de Teresa. Le hizo una
señal con la cabeza a su antigua amiga y aguardó a que hablara. Todavía había
una pequeña parte de él que esperaba como un tonto que al final ella se pusiera
en contra de lo que CRUEL quería.
—Deberíamos hacerlo —dijo Teresa, y a Thomas no le sorprendió lo más
mínimo. Su esperanza se esfumó definitivamente—. A mí me parece lo correcto.
Necesitamos recuperar la memoria para saberlo todo. Para decidir qué haremos
después.
Thomas le dio vueltas al asunto, intentando aclararse.
—Teresa, sé que no eres estúpida; pero también sé que estás enamorada de
CRUEL. No sé de qué vas, pero no me lo trago.
—Yo tampoco —terció Minho—. ¡Pueden manipularnos, jugar con nuestros
fucos cerebros, tío! ¿Cómo sabremos si nos devuelven nuestros recuerdos o nos
están introduciendo unos nuevos?
Teresa dejó escapar un suspiro.
—¡No entendéis nada! Si pueden controlarnos, si pueden hacer lo que quieran
con nosotros, si pueden obligarnos a cualquier cosa, entonces ¿por qué iban a
molestarse en montar toda esta farsa de darnos a escoger? Además, ha dicho que
también nos van a quitar la parte que les permite controlarnos. A mí me parece
justo.
—Bueno, nunca he confiado en ti —dijo Minho, sacudiendo la cabeza
despacio—. Y menos aún en ellos. Estoy con Thomas.
—¿Y Aris? —Newt había estado tan callado que Thomas no se dio cuenta
hasta entonces de que estaba detrás de él con Fritanga—. ¿No dijisteis que estaba
con vosotros antes de llegar al Laberinto? ¿Qué opina él?
Thomas examinó la sala hasta que vio a Aris hablando con algunas de sus
amigas del Grupo B. Había estado con ellas desde que Thomas llegó, algo
comprensible, puesto que Aris había pasado por la experiencia del Laberinto con
ese grupo. Pero él jamás podría perdonarle el papel que había representado
ayudando a Teresa en la Quemadura, cuando le llevó a la cámara en las
montañas y le obligó a entrar allí.
—Iré a preguntarle —dijo Teresa.
Thomas y sus amigos observaron cómo se acercaba al grupo, que comenzó a
susurrar furiosamente.
—Odio a esa tía —dijo al final Minho.
—Vamos, no es tan mala —comentó Fritanga.
Minho puso los ojos en blanco.
—Si ella lo hace, yo no.
—Yo tampoco —estuvo de acuerdo Newt—. Y yo soy el que se supone que
tiene el maldito Destello, así que me juego más que ninguno. Pero no voy a caer
en ninguna trampa más.
Thomas ya se había decidido.
—Oigamos qué dice. Aquí viene.
La conversación con Aris había sido breve.
—Sonaba incluso más seguro que nosotros. Todos van a hacerlo.
—Bueno, eso lo deja bien claro —respondió Minho—. Si Aris y Teresa están
de acuerdo, yo me niego.
Thomas no podría haberlo dicho mejor. Todos sus instintos le decían que
Minho tenía razón, pero no expresó su opinión en voz alta y observó la cara de
Teresa. Ella se dio la vuelta y le miró. Era una mirada que conocía muy bien: la
chica esperaba que se pusiera de su parte. Pero la diferencia era que él
encontraba sospechosas las ganas con que Teresa lo deseaba.
Se la quedó mirando, obligándose a mantener un rostro inexpresivo, y el
rostro de la chica se ensombreció.
—Haced lo que os dé la gana.
Negó con la cabeza, luego se dio la vuelta y se marchó. A pesar de todo lo
sucedido, a Thomas le dio un vuelco el corazón mientras ella se alejaba.
—Ay, tío —dijo Fritanga, dándole una palmada en la espalda—, no podemos
dejar que nos pongan eso en la cara, ¿no? ¡Con lo feliz que era yo en mi cocina
de la Hacienda! Te lo juro.
—¿Te has olvidado de los laceradores? —preguntó Newt.
Fritanga se detuvo a pensar un segundo y dijo:
—Nunca se metieron conmigo en la cocina, ¿no?
—Sí, bueno, ya te encontraremos un nuevo sitio para que cocines —Newt
agarró a Thomas y Minho del brazo y los apartó del grupo—. Ya he oído
suficientes argumentos. No voy a tumbarme en una de esas camas.
Minho apretó el hombro de Newt.
—Yo tampoco.
—Lo mismo digo —asintió Thomas, y por fin pronunció lo que había estado
pensando durante semanas—: Nos quedaremos por aquí, cooperaremos y
seremos agradables —susurró—. Pero en cuanto tengamos una oportunidad, nos
escaparemos.
Capítulo 7
El Hombre Rata volvió antes de que Newt o Minho pudieran responder, pero,
por sus expresiones, Thomas supo que estaban de acuerdo. Al cien por cien.
Más gente entraba en la sala, y Thomas centró su atención en lo que
acontecía. Todos los recién llegados iban vestidos con un traje de una sola pieza,
suelto y verde, con CRUEL escrito en el pecho. Le sorprendió lo bien que se
había pensado cada detalle de aquel juego, de aquel experimento. ¿Podía ser que
el nombre usado para su organización hubiera sido una de las Variables desde el
principio? Una palabra con una evidente amenaza, aunque se trataba de una
entidad en apariencia buena. Probablemente era otro golpe para ver cómo
reaccionaban sus cerebros, qué sentían.
Era todo un acertijo. Lo había sido desde el principio.
Cada médico —supuso que lo eran por lo que había dicho el Hombre Rata—
se colocó junto a una cama. Toquetearon las máscaras que colgaban del techo,
ajustaron los tubos y comprobaron botones e interruptores que Thomas no
alcanzaba a ver.
—Ya os hemos asignado una cama a cada uno —dijo el Hombre Rata,
mirando los papeles de una tablillas que llevaba consigo—. Los que se quedan en
esta habitación son… —dijo de un tirón algunos nombres, incluyendo Sony a y
Aris, pero no Thomas ni ninguno de los otros clarianos—. Si no he dicho vuestro
nombre, por favor, seguidme.
La situación se había vuelto extraña, demasiado informal y corriente para la
seriedad de lo que ocurría. Eran como unos gánsteres pasando lista antes de
matar a un grupo de traidores llorones. Thomas no sabía qué hacer, pero
continuaría hasta que se le presentara el momento adecuado.
En silencio, salieron de la habitación tras el Hombre Rata y siguieron por otro
pasillo largo y sin ventanas antes de pararse ante otra puerta. Su guía volvió a leer
la lista, en la que esta vez estaban incluidos Newt y Fritanga.
—No voy a hacerlo —anunció Newt—. Has dicho que podíamos elegir y esta
es mi maldita decisión —intercambió una mirada furiosa con Thomas que
parecía insinuar que o hacían algo pronto o se volvería loco.
—Muy bien —respondió el Hombre Rata—, cambiarás de opinión muy
pronto. Quédate conmigo hasta que hay amos terminado de distribuir al resto.
—¿Qué pasa con Fritanga? —preguntó Thomas, tratando de ocultar su
sorpresa al ver que el Hombre Rata había transigido con Newt tan fácilmente.
El cocinero de pronto pareció avergonzado.
—Yo… creo que voy a dejar que lo hagan.
Thomas se quedó estupefacto.
—¿Estás loco? —exclamó Minho.
Fritanga negó con la cabeza, poniéndose un poco a la defensiva.
—Quiero recordar. Tomad vuestras propias decisiones y dejad que yo tome
la mía.
—Sigamos —dijo el Hombre Rata.
Fritanga desapareció en la habitación deprisa, probablemente para evitar más
discusiones. Thomas sabía que tenía que dejarlo; por ahora, se preocuparía sólo
de sí mismo y de encontrar una salida. Tenía la esperanza de rescatar a todo el
mundo cuando lo consiguiera.
El Hombre Rata no llamó a Minho, Teresa y Thomas hasta que llegaron a la
última puerta, junto con Harriet y otras dos chicas del Grupo B. Hasta entonces,
Newt había sido el único en negarse a seguir el procedimiento.
—No, gracias —dijo Minho cuando el Hombre Rata les indicó que entraran
en la sala—, pero aprecio la invitación. Chicos, que os lo paséis muy bien ahí
dentro —hizo como si se despidiera.
—Yo tampoco voy a hacerlo —anunció Thomas. Estaba empezando a sentir
un presentimiento. Tenían que arriesgarse pronto a hacer algo.
El Hombre Rata se quedó mirándole un buen rato, inexpresivo.
—¿Está bien, señor Hombre Rata? —preguntó Minho.
—Soy el subdirector Janson —respondió con una voz baja y tensa, como si le
costara permanecer en calma, y sin apartar la vista de Thomas—. Aprende a
mostrar respeto por tus may ores.
—Cuando dejéis de tratar a la gente como animales, puede que me lo plantee
—replicó Minho—. ¿Y por qué estás mirando a Thomas con los ojos
desorbitados?
Al fin, el Hombre Rata, Janson, miró a Minho.
—Porque hay muchas cosas que tener en cuenta —hizo una pausa y se irguió
—. Pero muy bien: hemos dicho que podíais elegir vosotros mismos y
mantendremos nuestra palabra. Que entre todo el mundo y comenzaremos con
los que deseen participar.
Una vez más, Thomas notó que un escalofrío le recorría todo el cuerpo.
Estaba llegando el momento, lo sabía. Y por la cara de Minho, él también lo
sabía. Se hicieron una ligera señal con la cabeza y entraron con el Hombre Rata
a la habitación.
Era exactamente igual que la primera, con seis camas, las máscaras
colgantes y lo demás. La máquina que sin duda lo hacía funcionar todo ya estaba
zumbando y chirriando. Algunos individuos, vestidos con el mismo traje verde
que los médicos de la primera sala, se hallaban al lado de cada cama.
Thomas miró a su alrededor y contuvo el aliento. Junto a una cama al final de
la fila, vestida de verde, se encontraba Brenda. Parecía mucho más joven que el
resto de personas y tenía el pelo y la cara notablemente más limpios que en la
Quemadura. Le saludó con un gesto rápido de la cabeza y miró al Hombre Rata;
luego, antes de que Thomas supiera lo que pasaba, cruzó corriendo la habitación,
se aferró a él y le dio un fuerte abrazo. Él se lo devolvió; estaba conmocionado,
pero no quería soltarse.
—Brenda, ¿qué estás haciendo? —gritó Janson—. ¡Vuelve a tu puesto!
La chica apretó los labios contra su oreja y susurró tan bajo que apenas pudo
oírla:
—No confíes en ellos. No confíes en ellos. Tan sólo en mí y en la ministra
Paige. Nunca. En nadie más.
—¡Brenda! —gritó prácticamente el Hombre Rata.
Entonces se apartó y se alejó.
—Lo siento —murmuró—. Tan sólo me he alegrado de ver que ha pasado la
Fase 3. He perdido el control.
Regresó a su puesto y se volvió para mirarlos de nuevo, inmutable. Janson la
reprendió:
—Apenas tenemos tiempo para esas cosas.
Thomas no podía apartar la mirada de ella, no sabía qué pensar ni sentir. Ya
no confiaba en CRUEL, así que sus palabras los colocaban a ambos en el mismo
bando. Pero, entonces, ¿por qué trabajaba con ellos? ¿No estaba enferma? ¿Y
quién era esa ministra Paige? ¿Era este otro control? ¿Otra Variable?
Una emoción intensa le había invadido al abrazarse. Recordó cuando Brenda
le habló mentalmente después de que lo encerraran en la habitación blanca: le
advirtió de que la situación iba a empeorar. Todavía no entendía cómo había
podido hacerlo… ¿de verdad estaba de su parte?
Teresa, que había estado callada desde que habían dejado la primera sala, se
acercó a él e interrumpió sus pensamientos.
—¿Qué está haciendo aquí? —susurró con un rencor evidente en su voz. Todo
lo que hacía o decía Teresa ahora le molestaba—. Creía que era una rara.
—No lo sé —masculló Thomas, y su mente se vio invadida de fragmentos
relativos al tiempo que había pasado con Brenda en la ciudad en ruinas. En cierto
modo, echaba de menos aquel lugar. Echaba de menos estar a solas con ella—.
Quizá sólo está… lanzando una Variable.
—¿Crees que era parte del espectáculo y que la enviaron a la Quemadura
para ay udar a que las cosas funcionaran?
—Probablemente.
Aquello le dolía. Tenía sentido que Brenda formara parte de CRUEL desde el
principio, pero eso significaba que le había mentido una y otra vez. Deseaba con
todas sus fuerzas que hubiera algo diferente en ella.
—No me gusta —dijo Teresa—. Parece… retorcida.
Thomas tuvo que contenerse para no gritar a Teresa o reírse en su cara. En su
lugar, le contestó tranquilo:
—Ve a que jueguen con tu cerebro.
Quizá su desconfianza en Brenda era la mejor señal de que debía confiar en
Brenda.
Teresa le fulminó con la mirada.
—Júzgame todo lo que quieras. Tan sólo hago lo que creo que está bien.
Luego se alejó y se situó a la espera de las instrucciones del Hombre Rata.
Janson asignó una cama a cada paciente voluntario mientras Thomas, Newt y
Minho observaban, renuentes. Thomas echó un vistazo a la puerta y se preguntó
si no deberían echar a correr. Estaba a punto de darle un codazo a Minho, cuando
el Hombre Rata habló como si le hubiera leído la mente:
—A vosotros tres, rebeldes, os están vigilando. No intentéis hacer nada. Unos
guardias armados vienen de camino en estos momentos.
Thomas tuvo la inquietante idea de que, de hecho, a lo mejor alguien le había
leído la mente. ¿Podrían interpretar sus verdaderos pensamientos a partir de los
patrones cerebrales que recogían con tanto esfuerzo?
—Eso es un montón de clonc —susurró Minho cuando Janson centró su
atención en colocar a la gente en las camas—. Creo que deberíamos
arriesgarnos, a ver qué pasa.
Thomas no respondió y miró a Brenda. La muchacha tenía la vista clavada
en el suelo, al parecer perdida en sus pensamientos. De pronto, se dio cuenta de
lo mucho que la añoraba y de que sentía una conexión que no acababa de
comprender. Lo único que quería era hablar con ella a solas, y no sólo por lo que
le había dicho.
En ese momento se oy eron unos pasos apresurados por el pasillo. Tres
hombres y dos mujeres irrumpieron en la sala, todos vestidos de negro, con un
equipo echado a la espalda: cuerdas, herramientas y munición. Todos sujetaban
algún tipo de arma enorme. Thomas no podía dejar de mirar las armas;
removían en su cabeza recuerdos perdidos de los que no sacaba nada en claro,
pero a la vez era como si las viera por primera vez. Los artefactos despedían un
brillo azul, sin duda provocado por un tubo transparente que, situado en el centro,
se hallaba repleto de brillantes granadas metálicas que chisporroteaban y
silbaban por la electricidad. Los guardias apuntaban a Thomas y a sus dos
amigos.
—Hemos esperado demasiado, maldita sea —masculló Newt entre susurros.
Thomas sabía que pronto se les presentaría una oportunidad.
—Nos habrían cogido ahí fuera de todas formas —respondió calmado, sin
apenas mover los labios—. Tened paciencia.
Janson se aproximó a los guardias y señaló una de las armas.
—Esto son lanzagranadas. Los guardias no dudarán en disparar si alguno de
vosotros causa problemas. Las armas no os matarán, pero creedme cuando digo
que os harán pasar los cinco minutos más incómodos de vuestra vida.
—¿Qué ocurre? —preguntó Thomas, sorprendido por el poco miedo que
sentía—. Acabas de decir que podemos elegir. ¿A qué viene este ejército?
—A que no me fío de vosotros —Janson hizo una pausa y pareció escoger sus
palabras con cuidado—. Esperábamos que lo hicierais voluntariamente cuando
recuperaseis la memoria. Todo sería más fácil. Pero nunca dije que ya no os
necesitáramos.
—¡Menuda sorpresa! —exclamó Minho—. Habéis vuelto a mentir.
—No he mentido en nada. Habéis tomado vuestra decisión, ahora ateneos a
las consecuencias —Janson señaló la puerta—. Guardias, escoltad a Thomas y a
los demás a sus habitaciones, donde podrán reflexionar sobre su error hasta las
pruebas de mañana por la mañana. Usad la fuerza si es necesario.
Capítulo 8
Las dos guardias alzaron aún más sus armas, cuy as anchas y redondas bocas
apuntaban a los tres chicos.
—No nos hagáis usar esto —dijo una de las mujeres—. No tenéis margen
para errores: un movimiento en falso y apretaremos el gatillo.
Los tres hombres se colocaron la correa de sus lanzagranadas sobre el
hombro y se adelantaron hacia los clarianos rebeldes, uno frente a cada chico.
Thomas seguía sintiendo una extraña calma, que venía en parte de la profunda
determinación de luchar hasta que no pudiera más, y una sensación de
satisfacción al comprobar que CRUEL necesitaba a cinco guardias armados para
vigilar a tres adolescentes.
El tipo que le había agarrado del brazo era dos veces más corpulento que él,
de complexión fuerte. Cruzó la puerta con brío y entró en el pasillo, tirando de
Thomas tras él. Este se volvió y vio a otro guardia que medio arrastraba a Minho
por el suelo para que le siguiera. Newt estaba justo detrás de ellos, resistiéndose
en vano.
Llevaron a los chicos por muchos pasillos donde lo único audible eran los
sonidos que provenían de Minho: gruñidos, gritos y maldiciones. Thomas intentó
decirle que parara, que tan sólo empeoraba la situación, que seguramente se iba
a ganar un disparo, pero Minho le ignoró y luchó con uñas y dientes hasta que el
grupo por fin se detuvo enfrente de una puerta.
Una de los guardias armados utilizó una tarjeta para abrirla. Al empujarla,
reveló una pequeña habitación con dos literas y una cocina pequeña con una
mesa y sillas en un rincón en el otro extremo. Desde luego, no era lo que Thomas
se esperaba. Se había imaginado que los llevarían a algo parecido al Trullo del
Claro, con el suelo sucio y una silla medio rota.
—Adentro —ordenó la mujer—. Os traeremos algo de comida. Podéis estar
contentos de que no os matemos de hambre durante unos días por cómo os habéis
portado. Mañana tenéis unas pruebas, así que será mejor que durmáis algo esta
noche.
Los tres hombres metieron a los clarianos en la habitación de un empujón y
cerraron la puerta; el chasquido de la cerradura resonó en el cuarto.
Inmediatamente todas las sensaciones de cautividad que Thomas había
soportado en la prisión blanca volvieron a inundarle. Cruzó la habitación hasta la
puerta y giró el pomo, tiró y empujó con todo su peso. La golpeó con ambos
puños, gritando lo más fuerte que pudo para que alguien lo sacara de allí.
—Corta y a el rollo —dijo Newt detrás de él—. Nadie va a venir a arroparte.
Thomas empezó a andar de un lado a otro, pero, cuando vio a su amigo
delante de él, se detuvo. Minho habló antes de que pudiera pronunciar palabra:
—Supongo que hemos perdido nuestra oportunidad —se dejó caer en una de
las literas del fondo—. Seremos ancianos o estaremos muertos antes de que tu
momento mágico venga rodado, Thomas. No es que lo vayan a anunciar a lo
grande: « Ahora sería la ocasión perfecta para escapar, porque estaremos
ocupados los próximos diez minutos» . Tenemos que arriesgarnos un poco.
Thomas odiaba admitir que sus amigos tuviesen razón, pero así era. Deberían
haber echado a correr antes de que se presentaran los guardias.
—Lo siento. No me parecía todavía el momento adecuado. Y en cuanto nos
pusieron esas armas en la cara, creí que no tenía sentido esforzarse por intentar
nada.
—Sí, bueno —fue todo lo que dijo Minho, y después añadió—: Tú y Brenda
tuvisteis un bonito reencuentro.
Thomas respiró hondo.
—Me dijo algo.
Minho se incorporó en la cama.
—¿A qué te refieres con que te dijo algo?
—Me dijo que no confiáramos en ellos, que confiáramos sólo en ella y en
una ministra llamada Paige.
—Bueno, ¿de qué foño va esa? —preguntó Newt—. ¿Trabaja para CRUEL?
¿Qué, no era más que una maldita actriz en la Quemadura?
—Sí, no parece ser mejor que el resto —opinó Minho.
Thomas no estaba de acuerdo; ni siquiera podía explicárselo a sí mismo, así
que mucho menos a sus amigos.
—Mirad, yo también trabajaba para ellos, pero confiáis en mí, ¿verdad? Eso
no significa nada. Quizá no le quedaba otra opción, quizás ha cambiado. No sé.
Minho entrecerró los ojos como si estuviera reflexionando, pero no respondió.
Newt se limitó a sentarse en el suelo, de brazos cruzados, y se puso de morros
como un niño.
Thomas negó con la cabeza; estaba harto de no entender nada. Se acercó al
pequeño frigorífico y lo abrió; su estómago rugía de hambre. Encontró unos
palitos de queso y unas uvas, y los repartió; luego, prácticamente engulló su parte
antes de beberse una botella entera de zumo. Los otros dos también se zamparon
lo suy o y nadie dijo ni una palabra.
Una mujer apareció poco después con unos platos de chuletas de cerdo y
patatas, y también se los comieron. Era última hora de la tarde, según el reloj de
Thomas, pero no se imaginaba durmiendo a esas horas. Se sentó en una silla, de
cara a sus amigos, preguntándose qué deberían hacer. Todavía se sentía un poco
disgustado, como si fuera culpa suya que no hubiesen intentado nada aún, pero no
ofreció ninguna idea.
Minho fue el primero en hablar desde que llegó la comida:
—A lo mejor deberíamos ceder ante esos cara fucos, hacer lo que quieren. Y
un día estaremos todos sentados sin hacer nada, gordos y contentos.
Thomas sabía que no lo decía en serio.
—Sí, quizás encuentres a una chica guapa que trabaje aquí, sientes la cabeza,
te cases y tengas hijos. Justo a tiempo de que el mundo acabe en un mar de
lunáticos.
Minho continuó:
—CRUEL va a conseguir ese programa y viviremos todos felices para
siempre.
—No tiene ni pizca de gracia —dijo Newt de mal humor—. Aunque
encontraran una cura, ya habéis visto lo que hay en la Quemadura. Va a pasar
mucho tiempo antes de que el mundo vuelva a ser normal. Aunque fuera posible,
nunca lo veremos.
Thomas se percató de que lo único que estaba haciendo era permanecer allí
sentado, con la vista clavada en el suelo.
—Después de todo lo que nos han hecho, no me creo nada —no podía dejar
pasar de largo la noticia sobre Newt, su amigo, que haría todo lo posible por
cualquiera. Le habían sentenciado a muerte con una enfermedad incurable sólo
para ver qué ocurriría—. El Janson ese cree que lo tiene todo solucionado —
prosiguió—; piensa que todo se hace por el bien común. O se deja que la raza
humana la palme o se hacen cosas horribles para salvarla. Incluso los pocos
inmunes probablemente no duremos mucho en un mundo donde el noventa y
nueve coma nueve por ciento de la población se convierte en monstruos
psicópatas.
—¿Qué quieres decir? —masculló Minho.
—Lo que quiero decir es que, antes de que me borraran la memoria, creo
que me tragaba toda esa basura. Pero ya no.
Y lo que más le aterrorizaba ahora era que, si recuperaba los recuerdos,
podía cambiar de opinión respecto a aquello.
—Pues entonces no desperdiciemos nuestra oportunidad, Tommy —dijo
Newt.
—Mañana —añadió Minho—. Ya encontraremos la manera.
Thomas los miró un buen rato.
—Vale, ya encontraremos la manera.
Newt bostezó y los otros dos le imitaron.
—Será mejor que dejemos de darle a la lengua y durmamos un poco
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