9-11

Capítulo 9
Estuvo una hora mirando fijamente en la oscuridad, pero al final Thomas se
quedó dormido. Y al hacerlo, sus sueños consistieron en un montón de imágenes
aisladas y recuerdos.
Una mujer, sentada a una mesa, sonríe sin dejar de mirar a la otra punta de
la superficie de madera, directamente a sus ojos. Mientras la observa, ella coge
una taza con un líquido humeante y da un sorbo indeciso. Otra sonrisa. Luego
dice:
—Cómete ya los cereales. Buen chico.
Es su madre, de rostro amable y cuy o amor por él resulta evidente en cada
una de las arrugas que se forman en su piel al sonreírle. No deja de vigilarle
hasta que se come el último bocado; entonces se lleva el cuenco al fregadero tras
alborotarle el pelo.
Después, él está en el suelo enmoquetado de una habitación pequeña jugando
con unos bloques plateados que parecen fusionarse mientras construye un
enorme castillo. Su madre está sentada en una silla en el rincón, llorando.
Thomas sabe al instante por qué. A su padre le han diagnosticado el Destello y ya
muestra síntomas de la enfermedad. Eso no deja duda de que su madre también
tiene la enfermedad o la tendrá pronto. El Thomas que sueña sabe que no pasará
mucho tiempo antes de que los médicos se den cuenta de que el pequeño tiene el
virus y es inmune a sus efectos. Para entonces habrán desarrollado la prueba que
lo reconoce.
A continuación está montando en bicicleta en un día caluroso. El calor
asciende en oleadas desde el pavimento, lleno de hierbajos a ambos lados de la
calle, donde antes había césped. Tiene una sonrisa dibujada en su rostro sudoroso.
Su madre le observa de cerca y él advierte que está saboreando cada momento.
Se acercan a un estanque que hay allí al lado, donde el agua está estancada y
huele mal. La madre recoge unas piedras para que él pueda lanzarlas a las
tenebrosas profundidades. Al principio las tira lo más lejos posible, luego intenta
hacerlas rebotar como su padre le enseñó el verano anterior. Sigue sin
conseguirlo. Cansado, sin energía por el clima sofocante, él y su madre por fin
regresan a casa.
Entonces las cosas en el sueño, sus recuerdos, se vuelven más oscuros.
Vuelve a estar dentro y hay un hombre vestido de negro, sentado en un sillón.
Tiene unos papeles en la mano y expresión seria. Thomas está junto a su madre,
que le coge de la mano. Ya se ha constituido CRUEL, una cooperación de los
gobiernos mundiales, de aquellos que sobrevivieron a las erupciones solares, un
acontecimiento que tuvo lugar mucho antes de que Thomas naciera. El objetivo
de CRUEL es estudiar lo que ahora se conoce como zona letal, donde el Destello
causa daños. El cerebro.
El hombre está diciendo que Thomas es inmune. Hay otros inmunes: una
cantidad inferior a un uno por ciento de la población, la mayoría menores de
veinte años. Y el mundo es peligroso para ellos; les odian por su inmunidad al
terrible virus y se les llama, con sorna, « munes» . La gente les hace cosas
horribles. CRUEL dice que puede proteger a Thomas y el niño puede ayudarles a
encontrar una cura. Dicen que es inteligente, uno de los más inteligentes a los que
les han hecho pruebas. A su madre no le queda otra opción y le deja marchar.
Está claro que no quiere que su hijo vea cómo se vuelve loca poco a poco.
Más tarde le dice a Thomas que le quiere y se pone muy contenta al saber
que no pasará por lo mismo que su padre. La locura le arrebató hasta el último
pedazo del hombre que era, de lo que le hacía humano.
Y tras aquellas palabras, el sueño se desvaneció y Thomas se sumió en un
profundo vacío.
• • •
Un fuerte golpeteo le despertó temprano a la mañana siguiente. Apenas se
había incorporado sobre los codos, cuando la puerta se abrió y entraron los
mismos cinco guardias del día anterior, con los lanzagranadas en alto.
—¡Arriba, chicos! —exclamó el Hombre Rata—. Hemos decidido
devolveros vuestros recuerdos, os guste o no.
Capítulo 10
Thomas seguía aturdido. Los sueños que había tenido —los recuerdos de su
infancia— le nublaban la mente. Apenas entendía lo que el hombre había dicho.
—¡Y un cuerno! —exclamó Newt. Había salido de la cama, con los puños
apretados en sus costados, y tenía la vista clavada en Janson.
Thomas no recordaba haber visto nunca tanta furia en los ojos de su amigo. Y
entonces el impacto de las palabras del Hombre Rata le sacó de su aturdimiento.
Plantó los pies en el suelo.
—Nos dijiste que no teníamos que hacerlo.
—Me temo que no queda más remedio —respondió Janson—. Se acabaron
las mentiras: nada funcionará si vosotros tres seguís nadando en la ignorancia. Lo
siento, tenemos que hacerlo. Newt, al fin y al cabo, tú más que nadie sacarás
provecho de la cura.
—Ya no me importa nada lo que me pase —contestó Newt con un gruñido.
Entonces Thomas se dejó guiar por su instinto. Sabía que ese era el momento
que había estado esperando; aquello era el colmo.
Observó a Janson con detenimiento. La expresión del hombre se suavizó y
respiró hondo, como si percibiera que el peligro aumentaba en la habitación y
quisiera neutralizarlo.
—Mirad, Newt, Minho, Thomas: entiendo cómo debéis de sentiros. Habéis
visto muchas cosas horribles. Pero la peor parte ha terminado. No podemos
cambiar el pasado, no podemos borrar lo que os ha sucedido a vosotros y a
vuestros amigos; pero ¿no sería un desperdicio no completar el programa a estas
alturas?
—¿No se puede borrar? —gritó Newt—. ¿Es lo único que tienes que decir?
—Cuidado —le advirtió uno de los guardias, apuntando con el lanzagranadas a
su pecho.
La habitación se quedó en silencio. Thomas nunca había visto así a Newt, tan
enfadado, tan poco dispuesto a serenarse.
Janson continuó:
—Vamos mal de tiempo. Vayámonos o tendremos que repetir la marcha de
ayer. Mis guardias están ansiosos, os lo aseguro.
Minho bajó de un salto de la litera que había sobre la de Newt.
—Tiene razón —dijo con total naturalidad—. Pudiendo salvarte, Newt, y
quién sabe a cuántos más, seríamos unos fucos idiotas si nos quedáramos en esta
habitación otro segundo —le lanzó a Thomas una mirada y señaló la puerta con
la cabeza—. Venga, vamos.
Pasó por delante del Hombre Rata y los guardias hasta el pasillo, sin mirar
atrás.
Janson miró con las cejas enarcadas a Thomas, que estaba esforzándose por
ocultar su sorpresa. El anuncio de Minho era tan raro que debía de tener alguna
clase de plan. Fingir que estaban de acuerdo les haría ganar tiempo.
Apartó la vista de los guardias y el Hombre Rata y le guiñó el ojo a Newt de
forma que tan sólo él pudiera verlo.
—Escuchemos qué quieren que hagamos —intentó sonar tranquilo, sincero,
pero fue una de las cosas más difíciles que había hecho—. Trabajaba para esta
gente antes de llegar al Laberinto. No podía estar totalmente equivocado, ¿no?
—Oh, por favor —Newt puso los ojos en blanco, pero avanzó hacia la puerta
y Thomas sonrió para sus adentros ante su pequeña victoria.
—Todos seréis héroes cuando esto termine —dijo Janson cuando Thomas,
seguido de Newt, salió de la habitación.
—Ah, cállate —contestó Thomas.
Los tres amigos siguieron una vez más al Hombre Rata por los laberínticos
pasillos. Mientras caminaban, Janson iba narrando el tray ecto como si fuera un
guía turístico. Explicó que las instalaciones no tenían muchas ventanas por el
terrible clima que a menudo había y por los ataques de grupos de infectados que
deambulaban por allí. Mencionó el duro temporal de lluvias que hubo la noche
que se llevaron a los clarianos del Laberinto y cómo un grupo de raros irrumpió
en el perímetro exterior para verles subir al autobús.
Thomas recordaba de sobra aquella noche. Aún podía notar la sacudida de los
neumáticos al atropellar a la mujer que le había abordado antes de subir al
autobús, cómo el conductor ni siquiera redujo la velocidad. Apenas podía creer
que hubiera sucedido tan sólo hacía unas semanas; parecía que habían pasado
años.
—Me gustaría que cerraras el pico —soltó al final Newt. Y así lo hizo el
Hombre Rata, pero no borró aquella sonrisita de su rostro.
Cuando llegaron al área en la que habían estado el día anterior, el Hombre
Rata se detuvo y se dio la vuelta para dirigirse a ellos.
—Espero que todos cooperéis hoy. Eso sería lo mínimo.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Thomas.
—Los otros sujetos se están recuperando…
Antes de que pudiera terminar la frase, Newt ya había saltado para agarrar al
Hombre Rata de las solapas de su bata blanca y golpearlo contra la puerta más
cercana.
—¡Vuelve a llamarlos sujetos y te rompo el maldito cuello!
Dos guardias se echaron encima de Newt al instante; lo apartaron de Janson y
lo tiraron al suelo para apuntarle con los lanzagranadas a la cara.
—¡Esperad! —gritó Janson—. Esperad —se serenó y se alisó la camisa y la
bata arrugadas—. No le inutilicéis. Acabemos con esto de una vez por todas.
Newt se puso de pie lentamente, con los brazos levantados.
—No nos llames sujetos; no somos ratones intentando encontrar el queso. Y
dile a tus fucos amigos que se calmen. No te iba a hacer daño. No mucho.
Posó los ojos en Thomas con aire inquisitivo.
« CRUEL es buena» . Por alguna inexplicable razón, aquellas palabras
saltaron a la mente de Thomas. Era como si su antiguo yo —el que creía que el
objetivo de CRUEL merecía cualquier acción depravada— estuviera intentando
convencerle de que era verdad. No importaba lo horrible que pareciera, debían
hacer lo que hiciera falta para encontrar una cura al Destello.
Pero ahora había algo distinto: no podía entender quién había sido antes, cómo
había creído que todo aquello estaba bien. Había cambiado, pero tenía que darles
al antiguo Thomas una vez más.
—Newt, Minho —dijo tranquilo, antes de que el Hombre Rata pudiera volver
a hablar—, creo que tiene razón. Creo que ha llegado el momento de que
hagamos lo que se supone que tenemos que hacer. Nos pusimos de acuerdo
anoche.
Minho soltó una risa nerviosa. Las manos de Newt se convirtieron en puños.
Era ahora o nunca.
Capítulo 11
Thomas no vaciló. Echó el codo hacia atrás para golpear la cara de un
guardia justo cuando le dio una patada en la rodilla al que tenía delante. Ambos
cayeron al suelo, aturdidos, pero se recuperaron enseguida. Por el rabillo del ojo,
Thomas vio que Newt tiraba a un guardia al suelo y que Minho asestaba
puñetazos a otro. Pero al quinto, una mujer, no lo habían tocado y estaba alzando
su lanzagranadas.
Thomas se abalanzó sobre ella y apuntó con un extremo del arma hacia el
techo antes de que pudiera apretar el gatillo, pero ella le dio la vuelta y lo apretó
contra su cara. El dolor explotó en sus mejillas y mandíbula. Ya había perdido el
equilibrio, estaba de rodillas, y luego cay ó plano sobre su estómago. Se impulsó
con las manos para levantarse, pero notó un peso aplastante encima de su
espalda, que le incrustó en las duras baldosas y le quitó el aire de los pulmones.
Una rodilla se le clavó en la columna vertebral y sintió cómo el duro metal
presionaba su cráneo.
—¡Deme la orden! —gritó la mujer—. ¡Subdirector Janson, deme la orden!
Le freiré el cerebro.
Thomas no veía a los demás, pero los sonidos de la refriega habían cesado.
Sabía que significaba que su amotinamiento había sido breve y los tres habían
sido sometidos en menos de un minuto. El corazón le dolía de la desesperación.
—¿En qué estáis pensando? —bramó Janson detrás de él. Podía imaginarse la
furia que debía de reflejar el rostro del hombre con aspecto de comadreja—.
¿De verdad creéis que tres… críos pueden más que cinco guardas armados? Se
supone que sois genios, no idiotas y… rebeldes que desvarían. ¡A lo mejor el
Destello ha llegado a vuestras mentes después de todo!
—¡Cállate! —oyó que gritaba Newt—. Cállate la…
Algo amortiguó el resto de sus palabras. Al imaginarse a uno de los guardias
haciendo daño a Newt, Thomas tembló de rabia. La mujer presionó el arma con
más fuerza contra su cabeza.
—Ni… se te… ocurra —le susurró al oído.
—¡Ponedlos en pie! —ordenó Janson—. ¡Ponedlos en pie!
La guardia levantó a Thomas por la parte trasera de su camiseta, con el
extremo del lanzagranadas apretado contra su cabeza. Newt y Minho también
estaban amenazados por un lanzagranadas y los dos guardias restantes apuntaban
con sus armas a los tres clarianos.
Janson estaba enrojecido por la cólera.
—¡Esto es completamente ridículo! No vamos a permitir que vuelva a
suceder.
Le dio la vuelta a Thomas.
—Yo no era más que un niño —dijo Thomas, sorprendiéndose a sí mismo.
—¿Disculpa? —preguntó Janson.
Thomas le fulminó con la mirada.
—No era más que un niño. Me lavaron el cerebro para que hiciera estas
cosas, para que les ayudara.
Aquello le había estado corroyendo desde que comenzó a recuperar
recuerdos. Desde que empezó a poder unir los puntos.
—No estaba allí desde el principio —respondió Janson con tono
desapasionado—, pero tú mismo me encargaste este trabajo después de que los
fundadores originales fueran purgados. Y deberías saber que nunca he visto a
nadie, niño o adulto, con tanta tenacidad como tú —sonrió, y Thomas tuvo ganas
de arrancarle la piel a tiras.
—No me importa lo que tú…
—¡Basta! —gritó Janson—. Se lo haremos a él primero —hizo una señal a
uno de los guardias—. Dile a una enfermera que baje. Brenda está dentro,
insistirá en que quiere ay udar. Quizá sea más fácil tratarlo si ella es la técnico que
trabaja con él. Lleva a los otros a la sala de espera; me gustaría hacerlo uno por
uno. Tengo que comprobar una cosa, así que nos encontraremos allí.
Thomas estaba tan disgustado que ni siquiera se dio cuenta de que había
pronunciado el nombre de Brenda. Otro guardia se unió al que estaba detrás de él
y cada uno le cogió de un brazo.
—¡No permitiré que lo hagáis! —gritó Thomas, que cada vez estaba más
histérico. La idea de saber quién era le aterrorizaba—. ¡No vais a poner esa cosa
en mi cara!
Janson le ignoró y se dirigió directamente a los guardias:
—Aseguraos de que lo seda.
Y se alejó.
Los dos guardias empujaron hacia la puerta a Thomas, que iba arrastrando
los pies. Se resistió, intentó soltarse, pero las manos de los guardias eran esposas
y, al final, se rindió para conservar las fuerzas. De repente se dio cuenta de que a
lo mejor incluso y a había perdido. Su única esperanza era Brenda.
Brenda se hallaba junto a una cama dentro de la habitación. Su expresión era
glacial. Thomas le buscó los ojos, pero era imposible saber qué estaba pensando.
Sus captores le arrastraron por la sala. No entendía qué hacía allí Brenda,
ayudando a CRUEL a hacer aquello.
—¿Por qué trabajas para ellos? —su voz le sonó débil a sus oídos.
Los guardias le dieron la vuelta.
—Más vale que mantengas la boca cerrada —contestó Brenda—. Necesito
que confíes en mí como lo hiciste en la Quemadura. Es lo mejor.
No podía verla, pero había algo en su voz. A pesar de lo que había dicho,
sonaba cálida. ¿Acaso estaba de su lado?
Los guardias le llevaron hasta la última cama de la fila. Entonces la mujer le
soltó y le apuntó con el lanzagranadas mientras el hombre le sujetaba contra el
borde del colchón.
—Túmbate —dijo el guardia.
—No —gruñó Thomas.
El guardia retrocedió y le dio una bofetada.
—¡Túmbate! ¡Ya!
—No.
El hombre le levantó por las axilas y lo lanzó al colchón.
—Vamos a hacerlo, así que no merece la pena resistirse.
La máscara metálica con tubos y cables colgaba sobre él como una araña
gigante dispuesta a asfixiarle.
—No vais a ponerme esa cosa en la cara.
El corazón le latía ahora a una velocidad vertiginosa, el miedo que había
mantenido a ray a se hacía más intenso y empezaba a llevarse la calma que
podía ay udarle a averiguar cómo salir de aquella situación.
El guardia le agarró de las dos muñecas y las apretó contra el colchón
mientras se inclinaba hacia delante con todo su peso para asegurarse de que no
iba a ningún sitio.
—Sédalo.
Thomas hizo un esfuerzo por tranquilizarse, por ahorrar energía para un
último intento de huida. Casi le dolía ver a Brenda; le tenía más aprecio del que
pensaba. Si les ay udaba a obligarle a hacer aquello, significaría que ella también
era el enemigo. Le rompía el corazón incluso planteárselo.
—Por favor, Brenda —dijo—, no lo hagas. No se lo permitas.
Ella se acercó y le tocó dulcemente el hombro.
—Todo va a ir bien. No todo el mundo quiere amargarte la vida. Luego me
darás las gracias por lo que estoy a punto de hacer. Ahora deja de lloriquear y
relájate.
Por más que lo intentaba, seguía sin poder descifrar sus intenciones.
—¿Eso es todo? ¿Después de todo por lo que pasamos en la Quemadura?
¿Cuántas veces estuvimos a punto de morir en esa ciudad? Todo lo que vivimos
juntos, ¿y ahora me abandonas?
—Thomas… —se calló y no se molestó en ocultar su frustración—, es mi
trabajo.
—Oí tu voz en mi cabeza. Me avisaste de que las cosas iban a ponerse peor.
Por favor, dime que en realidad no estás con ellos.
—Cuando volvimos al cuartel general tras recorrer la Quemadura, pasé al
sistema telepático porque quería avisarte, prepararte. Nunca esperé que nos
hiciéramos amigos en aquel infierno.
En cierta medida, oír que ella también se había sentido así lo hacía todo más
manejable, y entonces no pudo contenerse:
—¿Tienes el Destello? —preguntó.
Ella respondió de forma rápida y breve:
—Estaba actuando. Jorge y y o somos inmunes, lo sabemos desde hace
tiempo. Por eso nos utilizaron. Ahora, cállate —dirigió la mirada hacia el guardia.
—¡Hazlo ya! —gritó súbitamente el hombre.
Brenda lo miró malhumorada, pero no dijo nada. Entonces echó un vistazo a
Thomas y le sorprendió con un ligero guiño.
—En cuanto te iny ecte el sedante, te dormirás en unos segundos. ¿Entiendes?
Puso énfasis en la última palabra y volvió a guiñarle el ojo con sutileza. Por
suerte, los dos guardias estaban concentrados en el prisionero y no en ella.
Thomas no sabía qué pensar, pero la esperanza recorría su cuerpo. Brenda
tramaba algo.
La chica fue hasta la encimera que tenía detrás de ella y comenzó a preparar
lo que necesitaba mientras el guardia continuaba echado con todo su peso sobre
las muñecas de Thomas, cortándole la circulación. El hombre tenía la frente
cubierta de sudor, pero estaba claro que no iba a soltarle hasta que estuviera
inconsciente. La mujer estaba a su lado, con el lanzagranadas apuntándole a la
cara.
Brenda se dio la vuelta; llevaba una jeringuilla con la cánula hacia arriba en
la mano izquierda y con el pulgar a punto para la inyección. Por la ventanilla
lateral se veía un líquido amarillento.
—Vale, Thomas, vamos a hacerlo muy rápido. ¿Estás listo?
Él asintió, sin estar seguro de a qué se refería, pero decidido a estar
preparado.
—Bien —respondió la chica—, más vale que lo estés.

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