56-58

Capítulo 56
Thomas cerró los ojos mientras lo hacía. Oy ó el impacto de la bala en la
carne y el hueso, sintió la sacudida del cuerpo de Newt y cómo caía en la calle.
Thomas se colocó bocabajo, luego se puso en pie y no abrió los ojos hasta que
empezó a correr. No podía permitirse ver lo que le había hecho a su amigo. El
horror, la pena, la culpa y las náuseas que todo lo anterior provocaba
amenazaban con consumirle, sus ojos se llenaban de lágrimas al correr hacia la
furgoneta blanca.
—¡Sube! —le gritó Lawrence.
La puerta seguía abierta. Thomas entró de un salto y la cerró. Después, la
furgoneta se puso en marcha.
Nadie habló. Thomas fijó la vista en la ventana, aturdido. Había disparado a
uno de sus mejores amigos en la cabeza. No importaba que eso fuera lo que él le
había pedido, lo que Newt había querido, lo que le había suplicado. Thomas era el
que había apretado el gatillo. Bajó la vista, vio que le temblaban las manos y las
piernas, y de pronto sintió muchísimo frío.
—¿Qué he hecho? —farfulló, pero los otros no pronunciaron palabra.
El resto del viaje le resultó borroso. Pasaron junto a más raros, incluso
tuvieron que disparar algunas granadas por la ventanilla un par de veces. Luego
atravesaron la muralla exterior de la ciudad, después la valla del pequeño
aeropuerto y por último la enorme puerta del hangar, que estaba muy bien
vigilada por más miembros del Brazo Derecho.
No se dijo gran cosa y Thomas hizo cuanto le ordenaron: fue a donde se
suponía que tenía que ir. Subieron al iceberg y él los siguió mientras hacían una
inspección. Pero no dijo ni una palabra. La piloto fue a poner en marcha la gran
nave, Lawrence desapareció por algún sitio y Thomas encontró un sofá en la
zona común. Se tumbó y observó la rejilla metálica del techo.
Desde que mató a Newt, no había vuelto a pensar en su objetivo. Ahora que
por fin se había liberado de CRUEL, iba y se ofrecía voluntario para regresar.
Ya no le importaba. Lo que pasara, pasaría. Sabía que durante el resto de su
vida le perseguiría lo que había visto: Chuck intentando coger aire mientras se
desangraba hasta morir y ahora Newt gritándole con una locura aterradora. Y
ese último momento de cordura, cuando sus ojos le habían suplicado
clemencia…
Thomas cerró los suyos, y las imágenes seguían ahí. Tardó bastante rato en
quedarse dormido.
Lawrence le despertó.
—¡Eh, arriba, chico! Llegaremos en pocos minutos. Te dejaremos ahí y nos
largaremos enseguida. Sin ánimo de ofender.
—No pasa nada —gruñó Thomas, y bajó las piernas del sofá—. ¿Cuánto
tendré que caminar hasta llegar allí?
—Unos cuantos kilómetros. No te preocupes, no creo que te topes con muchos
raros. Hace más frío en esta zona. Aunque puede que veas algún alce enfadado.
A lo mejor los lobos intentan arrancarte las piernas. Nada más.
Thomas miró al hombre, esperando ver una gran sonrisa, pero estaba
ocupado en un rincón, poniendo las cosas en orden.
—En la puerta de carga te esperan un abrigo y tu mochila —dijo Lawrence
mientras llevaba una pequeña pieza del equipo a una estantería—. También tienes
agua y comida. Queremos asegurarnos de que disfrutas de la excursión y
aprecias los placeres de la naturaleza y todo eso —seguía sin sonreír.
—Gracias —murmuró Thomas. Estaba haciendo un gran esfuerzo por no
volver al oscuro pozo de tristeza en el que se había quedado dormido. Seguía sin
poder quitarse de la cabeza a Chucky Newt.
Lawrence dejó lo que estaba haciendo y se volvió hacia él.
—Sólo voy a preguntártelo una vez.
—¿Qué?
—¿Estás seguro de que quieres hacerlo? Todo lo que sé de esta gente es malo.
Secuestran, torturan, asesinan… Hacen cualquier cosa para conseguir lo que
quieren. Me parece una locura dejarte entrar tan campante ahí solo.
Por algún motivo, Thomas y a no tenía miedo.
—No me pasará nada. Tú sólo asegúrate de volver.
Lawrence negó con la cabeza.
—O eres el chaval más valiente que he conocido o estás loco de remate. De
todas maneras, ve a darte una ducha y a ponerte ropa limpia. Tiene que estar en
esas taquillas.
Thomas no sabía qué aspecto tenía en aquel momento, pero se imaginaba
como una especie de zombi pálido y exánime, con los ojos apagados.
—Vale —dijo, y fue a intentar quitarse el horror de encima.
El iceberg comenzó a descender y, mientras se aproximaba al suelo, Thomas
se agarró a una barra en la pared. Cuando aún estaban a treinta metros de altura,
la escotilla comenzó a abrirse con el chirrido de las bisagras y entró aire fresco.
El rugido de los propulsores ardiendo aumentó. Thomas vio que se hallaban sobre
un pequeño claro de bosque, uno enorme repleto de pinos salpicados de nieve.
Había tantos que el iceberg no podía aterrizar. Tendría que saltar.
La nave descendió y él se preparó.
—Buena suerte, chico —dijo Lawrence, y señaló con la cabeza hacia el suelo
cuando se acercaron más—. Te diría que tuvieras cuidado, pero sé que no eres
idiota, así que no diré nada.
Thomas le sonrió, esperando que le devolviera el gesto. Sentía que lo
necesitaba, pero no recibió nada.
—Bueno, colocaré el dispositivo en cuanto entre. Estoy seguro de que todo irá
como la seda. ¿Verdad?
—Me saldrán lagartijas por la nariz si no hay problemas —contestó
Lawrence, pero había amabilidad en su voz—. Ahora ve. Tan pronto como
salgas, ve por ahí —señaló a la izquierda, hacia la linde del bosque.
Thomas se puso el abrigo y deslizó los brazos por las asas de la mochila; a
continuación, bajó con cuidado por la gran placa metálica de la puerta de carga
y se agachó en el borde. El suelo estaba cubierto de un metro y medio de nieve,
pero aun así debía tener cuidado. Saltó y aterrizó en un lugar blando, un montón
de nieve recién caída. En ningún momento reaccionó.
Había matado a Newt.
Había disparado en la cabeza a su amigo.
Capítulo 57
En el claro había troncos desperdigados de árboles caídos hacía mucho
tiempo. Los altos y gruesos pinos que rodeaban a Thomas se alzaban hacia el
cielo como una pared de torres majestuosas. Se protegió los ojos del fuerte viento
mientras el iceberg aumentaba la potencia de los propulsores y se elevaba en el
aire, y observó cómo desaparecía hacia el suroeste.
El aire era frío y vigorizante y el bosque transmitía una sensación fresca,
como si estuviera ante un mundo recién creado, un lugar no alcanzado por la
enfermedad. Estaba seguro de que no había mucha gente que viera algo parecido
aquellos días y se sintió afortunado.
Se ajustó la mochila y se dirigió hacia donde Lawrence le había indicado,
decidido a llegar allí lo más rápido posible. Cuanto menos tiempo tuviera para
pensar en lo que le había hecho a Newt, mejor. Y sabía que estar allí solo, en la
naturaleza, le daría demasiado tiempo. Dio los últimos pasos para salir del claro
nevado y entró en la oscuridad de los densos pinos. Dejó que su agradable e
irresistible aroma le inundara e hizo todo lo posible para acallar su mente y, así,
evitar pensar.
Iba bastante bien, concentrado en el camino, en las vistas y los sonidos de los
pájaros, las ardillas e insectos, en los maravillosos olores. Sus sentidos no estaban
acostumbrados a aquellas cosas, puesto que la mayor parte de lo que recordaba
de su vida había transcurrido entre paredes. Por no mencionar el Laberinto y la
Quemadura. Mientras caminaba por el bosque, le costaba creer que un lugar tan
distinto —la Quemadura— pudiera existir en el mismo planeta. Su mente divagó.
Se preguntó cómo sería la vida para aquellos animales si los humanos
desaparecieran para siempre.
Llevaba andando más de una hora cuando por fin llegó a la linde del bosque y
a una amplia extensión de tierra rocosa y yerma. Unas islas de tierra parda,
carentes de vegetación, salpicaban el terreno sin árboles donde el viento se había
llevado la nieve. Aquí y allá había piedras escarpadas de todos los tamaños que
daban a una súbita caída, a un enorme precipicio. Más allá se veía el océano,
cuyo azul oscuro terminaba en el horizonte, donde con una marcada línea se
transformaba en el azul claro del cielo brillante. Y erigida en el borde del
precipicio, en torno a un kilómetro de él, estaba la sede de CRUEL.
El complejo era enorme, compuesto de amplios y sencillos edificios
interconectados; las paredes estaban salpicadas de estrechas rendijas en el
cemento blanco, donde se hallaba alguna ventana aislada. Un edificio redondo se
alzaba en medio de los demás como una torre. El duro clima de la región, unido a
la humedad del mar, había afectado las fachadas de los edificios —las grietas se
abrían como telarañas en los exteriores del complejo—, pero aquellas estructuras
parecían ir a perdurar eternamente, persistentes ante cualquier acción del
hombre o del clima. El edificio le trajo a la memoria un recuerdo efímero sobre
algo que aparecía en un libro de cuentos, una especie de asilo encantado. Era el
lugar perfecto para alojar a la organización que intentaba evitar que el mundo se
convirtiera en un manicomio. Una larga y estrecha carretera se alejaba del
complejo y desaparecía en el bosque.
Se puso en marcha para atravesar el tramo de tierra con rocas esparcidas. Un
silencio casi inquietante reinaba en el lugar. Lo único que podía oír, aparte de sus
pisadas y su propia respiración, era el sonido de las olas distantes que rompían al
final del acantilado, e incluso aquello era muy débil. Estaba seguro de que la
gente de CRUEL ya le había visto. La seguridad sería rigurosa y estricta.
Un ruido como de golpecitos metálicos contra una piedra le hizo detenerse y
mirar a la derecha. Como si la hubiera llamado al pensar en la seguridad, una
cuchilla escarabajo se posó sobre una roca con su ojo rojizo brillando en
dirección a Thomas.
Recordó cómo se había sentido la primera vez que había visto una dentro del
Claro, justo antes de que se escabullera hacia el bosquecillo que había allí.
Parecía haber pasado una eternidad de eso.
La saludó y luego siguió caminando. En diez minutos estaría llamando a la
puerta de CRUEL, pidiendo, por primera vez, que le dejaran entrar; no salir.
Bajó por la última parte de la pendiente y llegó a una acera helada que
cercaba el recinto. Parecía que se habían esforzado por que los jardines fueran
más bonitos que la tierra yerma que los rodeaba, pero los arbustos, las flores y
los árboles hacía tiempo que habían sucumbido al invierno, y en los trozos de
tierra gris que había en medio de la nieve sólo se veían hierbajos. Thomas avanzó
por el camino pavimentado, preguntándose por qué nadie había salido aún a
recibirle. A lo mejor el Hombre Rata estaba dentro, observando, deduciendo que
por fin había optado por su bando.
Otras dos cuchillas escarabajo atrajeron su atención; ambas vagaban entre
los hierbajos cubiertos de nieve de los arriates de flores, barriendo de izquierda a
derecha con sus luces rojas a la vez que correteaban de un lado a otro. Thomas
se fijó en las ventanas más próximas, pero el cristal estaba tan tintado que sólo
vio oscuridad. Un estruendo procedente de atrás le hizo darse la vuelta. Se
avecinaba tormenta, a juzgar por los nubarrones oscuros y densos, pero todavía
estaba a kilómetros de distancia. Mientras observaba, varios relámpagos
zigzaguearon por las zonas sombrías, lo que le hizo evocar la Quemadura, aquella
horrible tormenta con la que se habían topado al acercarse a la ciudad. Tan sólo
esperaba que el clima no fuera así de malo en el norte.
Reanudó su camino por la acera y aflojó el paso al aproximarse a la entrada
principal. Unas enormes puertas de cristal le aguardaban, y un repentino, casi
doloroso recuerdo le golpeó el interior del cráneo: la huida del Laberinto, la
carrera por los pasillos de CRUEL y la salida por aquellas puertas hacia la lluvia
torrencial. Miró a su derecha, hacia un pequeño aparcamiento, donde un viejo
autobús se hallaba cerca de una fila de coches. Tenía que ser el mismo que había
atropellado a aquella pobre mujer infectada con el Destello, que les había llevado
a aquellos dormitorios, donde habían jugado con sus mentes y un Trans Plano les
había enviado finalmente a la Quemadura.
Y ahora, después de todo por lo que había pasado, estaba en el umbral de
CRUEL por su propia elección. Estiró el brazo y dio unos golpes en el frío y
oscuro cristal. No veía nada al otro lado.
Casi inmediatamente, diversas cerraduras se desbloquearon, una detrás de
otra, y una de las puertas se abrió hacia afuera. Janson, que siempre sería el
Hombre Rata para Thomas, extendió una mano.
—Bienvenido, Thomas —dijo—. Nadie me creía, pero les he estado diciendo
todo el rato que regresarías. Me alegro de que hayas tomado la decisión
acertada.
—Acabemos con esto —replicó él. Iba a hacerlo, representaría su papel, pero
no tenía por qué ser agradable.
—Me parece una idea excelente —Janson retrocedió y le hizo una pequeña
reverencia—. Tú primero.
Con un escalofrío que igualaba el gélido clima exterior, Thomas pasó junto al
Hombre Rata y entró en la sede de CRUEL.
Capítulo 58
Thomas entró en un amplio vestíbulo con unos cuantos sillones y sillas, en el
que destacaba un gran escritorio vacío. Era diferente a los que vio la última vez
que estuvo allí. El mueble era colorido y brillante, pero no reavivaba en absoluto
la deprimente sensación que transmitía el lugar.
—Pensé que podíamos pasar unos minutos en mi despacho —dijo, y señaló
hacia el pasillo que torcía a la derecha antes de comenzar a caminar—. Sentimos
muchísimo lo que pasó en Denver. Una lástima perder una ciudad con tanto
potencial. Por eso tenemos que darnos prisa en terminar esto enseguida.
—¿Qué es lo que tenéis que hacer? —se obligó a preguntar.
—Lo discutiremos todo en mi despacho. Nuestro equipo principal está allí.
El dispositivo escondido en su mochila pesaba sobre la conciencia de Thomas.
Tenía que colocarlo de alguna forma lo antes posible y poner el reloj a funcionar.
—Muy bien —dijo—, pero antes tengo que ir al lavabo.
Fue la idea más simple que se le ocurrió y la única manera de asegurarse un
minuto a solas.
—Hay uno ahí delante —contestó el Hombre Rata.
Doblaron una esquina y continuaron por un pasillo aún más anodino que
llevaba al servicio de caballeros.
—Esperaré aquí fuera —dijo Janson, señalando la puerta con la cabeza.
Thomas entró sin decir palabra, sacó el dispositivo de su mochila y miró a su
alrededor. Había un armario de madera para guardar artículos de tocador sobre
el lavabo y, encima, un borde lo bastante alto para poder dejar el chisme y que
este quedara oculto. Tiró de la cadena y abrió el grifo del lavabo. Activó el
dispositivo como le habían enseñado y se estremeció ante el pitido que sonó;
luego lo depositó encima del armario. Tras cerrar el grifo, se calmó mientras el
secamanos seguía su curso.
Luego salió de nuevo al pasillo.
—¿Ya has terminado? —preguntó Janson, irritantemente educado.
—He terminado —contestó Thomas.
Continuaron andando y, de camino, pasaron ante algunos retratos torcidos de
la ministra Paige como los de los pósteres de Denver.
—¿Conoceré alguna vez a la ministra? —inquirió al final, pues sentía
curiosidad por aquella mujer.
—La ministra Paige está muy ocupada —respondió Janson—. Tienes que
recordar, Thomas, que completar el programa y finalizar la cura sólo es el
principio. Todavía estamos organizando la logística para hacérsela llegar a las
masas. La mayoría del equipo está trabajando duro mientras hablamos.
—¿Qué os asegura que funcionará? ¿Por qué yo?
Janson clavó la vista en él y le dedicó su sonrisa de roedor.
—Lo sé, Thomas. Creo en ello con todo mi ser. Y te prometo que se te
reconocerá como mereces.
Por algún motivo, Thomas entonces pensó en Newt.
—No quiero que se me reconozca nada.
—Ya hemos llegado —anunció Janson, ignorándole.
Se encontraban ante una puerta sin ningún cartel. El Hombre Rata le hizo un
gesto para que entrara. Dos personas —un hombre y una mujer— estaban
sentadas de cara a un escritorio. Thomas no las reconoció.
La mujer llevaba un traje de pantalón oscuro, era pelirroja y unas gafas de
montura fina se posaban sobre su nariz. El hombre era calvo, anguloso y flaco, e
iba con un uniforme verde de quirófano.
—Estos son mis colegas —dijo Janson, que se fue a sentar detrás del
escritorio. Le hizo un gesto a Thomas para que tomara el tercer asiento entre sus
dos visitas, y así lo hizo—. La doctora Wright —señaló a la mujer— es la
psicóloga jefe y el doctor Christensen es nuestro médico jefe. Tenemos mucho
de qué hablar, así que perdónenme si soy breve en las presentaciones.
—¿Por qué soy el Candidato Final? —preguntó Thomas, yendo al grano.
Janson caviló mientras movía innecesariamente algunos objetos sobre su
escritorio. Después se recostó y juntó las manos sobre su regazo.
—Una excelente pregunta. Teníamos un puñado de (perdona el término)
sujetos programados desde el principio para… competir para este honor. Hace
poco se limitó a ti y a Teresa. Pero ella tiene una forma de seguir órdenes de la
que tú careces. Tu tendencia hacia el librepensamiento es lo que a la larga
determinó que fueras el Candidato Final.
« Jugué hasta el final» , pensó Thomas con amargura.
Sus propios intentos de rebelarse habían resultado ser exactamente lo que
ellos querían. Hasta la última pizca de su ira estaba dirigida al hombre que tenía
delante, al Hombre Rata. Para Thomas, Janson representaba CRUEL de arriba
abajo.
—Terminemos con esto —dijo. Hizo lo que pudo por disimular, pero percibió
la furia en su voz.
Janson no se inmutó.
—Paciencia, por favor. No tardaremos mucho. Ten en cuenta que recoger los
patrones de la zona letal es una operación delicada. Estamos tratando con tu
mente y el más mínimo contratiempo en lo que pienses, interpretes o percibas
puede provocar que los resultados sean inútiles.
—Sí —añadió la doctora Wright, metiéndose el pelo detrás de la oreja—. Sé
que el subdirector Janson te habló de la importancia de volver y nos alegra que
hayas tomado esta decisión —tenía una voz suave y agradable que, en cierto
modo, emanaba inteligencia.
El doctor Christensen se aclaró la garganta y habló con una voz débil y
aflautada. A Thomas enseguida le provocó desagrado.
—No sé qué otra decisión podrías haber tomado. El mundo entero está al
borde del colapso y tú puedes ayudar a salvarlo.
—Si tú lo dices —repuso Thomas.
—Exacto —convino Janson—, nosotros lo decimos. Todo está preparado.
Pero tenemos que explicarte más cosas para que comprendas la decisión que has
tomado.
—¿Más cosas? —repitió Thomas—. ¿No trataban las Variables de que no
supiera nada? ¿Vais a tirarme a una jaula llena de gorilas o algo así? ¿Quizá
tendré que caminar por un campo de minas? ¿Me echaréis al océano para ver si
puedo volver nadando a la orilla?
—Cuéntale el resto —respondió el doctor Christensen.
—¿El resto? —inquirió Thomas.
—Sí, Thomas —dijo Janson con un suspiro—; el resto. Después de todas las
Pruebas, después de todos los estudios, después de todos los patrones que se han
recogido y examinado, después de todas las Variables por las que os hemos
hecho pasar a ti y a tus amigos, hemos llegado a esto.
Thomas no dijo nada. Apenas era capaz de respirar debido a una especie de
expectación y los deseos simultáneos de saber y no saber.
Janson se inclinó hacia delante, con los codos sobre el escritorio, y una
expresión seria ensombreció su rostro.
—Una última cosa.
—¿Cuál?
—Thomas, necesitamos tu cerebro.

Comentarios