59-61
Capítulo 59
A Thomas se le aceleró el corazón, los latidos se convirtieron en un repiqueteo
en su pecho. Sabía que el hombre ahora no le estaba poniendo a prueba. Habían
ido todo lo lejos posible analizando reacciones y patrones cerebrales. Ahora
habían elegido a la persona más apropiada para… desmontarla en su esfuerzo
por conseguir una cura.
De pronto, el Brazo Derecho parecía que no fuese a llegar nunca.
—¿Mi cerebro? —se obligó a repetir.
—Sí —respondió el doctor Christensen—. El Candidato Final tiene la pieza que
nos faltaba para completar el programa, pero no habrá forma de saberlo hasta
que sigamos los patrones contra las Variables. La vivisección nos aportará los
últimos datos y tus sistemas funcionarán adecuadamente mientras lo hagamos.
No sentirás ningún dolor. Te sedaremos muy bien hasta que… —no hacía falta
que acabara la frase, y sus palabras cayeron en el silencio.
Los tres científicos de CRUEL esperaban la reacción de Thomas, pero no
podía hablar. Se había enfrentado a la muerte infinidad de veces en lo que
recordaba de su vida y, aun así, siempre había tenido la desesperada esperanza
de sobrevivir, de hacer todo lo posible para durar un día más. Pero esto era
distinto. No tenía que aguantar una prueba hasta que vinieran sus rescatadores.
De esto no regresaría. Allí terminaría todo si no venían a buscarle.
Se le ocurrió una terrible idea: ¿estaría Teresa al tanto de eso?
Le sorprendió lo mucho que le dolió pensarlo.
—¿Thomas? —lo llamó Janson, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos—.
Sé que esto te ha debido de sorprender. Tienes que comprender que esto no es
una prueba; no es una Variable y no estoy mintiéndote. Creemos que podemos
completar el programa de la cura si analizamos tu tejido cerebral y cómo,
combinado con los patrones que hemos recogido, su composición física le
permite resistir la fuerza del virus del Destello. Las Pruebas fueron creadas en
conjunto para no tener que abriros a todos. Nuestro objetivo principal era salvar
vidas, no malgastarlas.
—Hemos estado recogiendo y analizando patrones durante años, y hasta
ahora tú has sido el más fuerte en tus reacciones a las Variables —continuó la
doctora Wright—. Desde hace tiempo sabíamos (y era una máxima prioridad
que los sujetos lo ignoraran) que al final elegiríamos al mejor candidato para el
último procedimiento.
El doctor Christensen continuó ilustrando el proceso mientras Thomas
escuchaba en un silencio aletargado:
—Tienes que estar vivo, pero no despierto. Te sedaremos y dormiremos la
zona de la incisión; pero no hay nervios en el cerebro, por lo que el proceso será
relativamente indoloro. Por desgracia, no te recuperarás de nuestras
exploraciones neurales: el procedimiento es mortal. Pero los resultados serán
incalculables.
—¿Y si no funciona? —inquirió Thomas. Lo único que podía ver eran los
últimos momentos de Newt. ¿Y si él podía evitar aquella terrible muerte a
innumerables personas?
La psiquiatra desvió la vista, incómoda.
—Entonces, continuaremos… trabajando. Aunque tenemos una absoluta
confianza en…
Thomas la interrumpió, incapaz de reprimirse:
—Pero en realidad no la tenéis, ¿verdad? Habéis estado pagando a gente para
que secuestrara inmunes…, sujetos —escupió la última palabra con un rencor
despiadado—, para poder empezar de nuevo.
Nadie se apresuró a contestar. Y luego Janson dijo:
—Haremos lo que haga falta para encontrar una cura. Con la menor pérdida
de vidas posible. No se debe decir nada más sobre ese asunto.
—¿Por qué estamos siquiera hablando? —preguntó Thomas—. ¿Por qué no
me cogéis, me atáis y me arrancáis el cerebro?
—Porque eres nuestro Candidato Final —contestó el doctor Christensen—;
eras parte del puente entre los fundadores y el personal actual. Estamos
intentando mostrarte el respeto que mereces. Tenemos la esperanza de que tomes
la decisión tú solo.
—Thomas, ¿necesitas un minuto? —le ofreció la doctora Wright—. Sé que es
difícil y te aseguro que no nos lo tomamos a la ligera; lo que estamos pidiéndote
es un gran sacrificio. ¿Donarás tu cerebro a la ciencia? ¿Nos permitirás juntar las
últimas piezas del puzle, dar otro paso hacia una cura por el bien de la raza
humana?
No sabía qué decir. No podía creerse el giro que habían dado los
acontecimientos. Después de todo, ¿sería verdad que sólo necesitaban una muerte
más?
El Brazo Derecho estaba llegando. La imagen de Newt penetró en su mente.
—Me gustaría estar solo —dijo por fin—. Por favor.
Por primera vez, una parte de él quería rendirse, dejarles hacer aquello
incluso aunque hubiera muy pocas posibilidades de que funcionara.
—Harás lo correcto —afirmó el doctor Christensen—. Y no te preocupes: no
sentirás nada de dolor.
Thomas no quería oír ni una palabra más.
—Tan sólo necesito estar un rato solo antes de que todo esto empiece.
—Muy bien —asintió Janson, y se levantó—. Te acompañaremos a las
instalaciones médicas y te dejaremos en una sala privada durante un rato.
Aunque tenemos que empezar pronto.
Thomas se echó hacia delante y apoy ó la cabeza en sus manos, con la vista
clavada en el suelo. El plan que había tramado con el Brazo Derecho de pronto le
parecía una absoluta tontería. Aunque pudiera escapar de aquel grupo —en el
caso de que lo deseara—, ¿cómo sobreviviría hasta que llegaran sus amigos?
—¿Thomas? —dijo el doctor Wright, y le apoyó una mano en la espalda—.
¿Estás bien? ¿Tiene alguna pregunta más?
Él se incorporó y se apartó de la mano.
—Vayamos… a donde habéis dicho.
De repente, el despacho de Janson pareció quedarse sin aire y el pecho de
Thomas se encogió. Se levantó y caminó hacia la puerta, la abrió y salió al
pasillo. Era demasiado.
Capítulo 60
Thomas siguió a los doctores, pero su mente no dejaba de dar vueltas. No
sabía qué hacer. No había forma de comunicarse con el Brazo Derecho y había
perdido la habilidad de comunicarse mentalmente con Teresa o Aris.
Doblaron un par de esquinas y el zigzag le hizo evocar el Laberinto. Casi
deseaba estar allí otra vez. Las cosas eran mucho más simples entonces.
—Hay una sala justo aquí, a la izquierda —explicó Janson—. Ya he puesto un
teclado allí por si quieres dejarles a tus amigos un mensaje. Encontraré el modo
de hacérselo llegar.
—Me aseguraré de que también te traigan algo de comer —añadió desde
detrás la doctora Wright.
Aquella amabilidad molestó a Thomas, y entonces recordó historias de
asesinos a los que mataban en los viejos tiempos. También ellos recibían una
última comida, una tan buena como desearan.
—Quiero un bistec —dijo, y se detuvo a mirarla—. Y camarones. Y una
langosta. Y tortitas. Y una chocolatina.
—Lo siento, tendrás que conformarte con un par de bocadillos.
Thomas suspiró.
—Era de esperar.
Thomas se sentó en una silla blanda, con la mirada fija en el teclado sobre la
pequeña mesa que tenía delante. No tenía ninguna intención de escribir una nota
a nadie, pero no sabía qué más hacer. La situación había resultado ser más
complicada de lo que se había imaginado. No sabía qué esperarse, pero la idea
de que le diseccionaran vivo nunca se le había pasado por la cabeza. Había
supuesto que podría sobrellevar lo que fueran a hacerle hasta que apareciera el
Brazo Derecho. Pero ahora ya no había vuelta atrás.
Al final escribió mensajes de despedida para Minho y Brenda por si acaso
terminaba muerto; luego apoyó la cabeza en los brazos hasta que llegó la comida.
Comió despacio y volvió a descansar, con la esperanza de que sus amigos
llegasen a tiempo. Fuera como fuese, no iba a salir de aquella habitación hasta
que tuviera que hacerlo.
Dormitó mientras esperaba y los minutos se alargaban.
Le despertó alguien llamando a la puerta.
—¿Thomas? —se oyó la voz amortiguada de Janson—. Tenemos que
empezar.
Aquellas palabras encendieron el pánico en Thomas.
—No… estoy preparado todavía —sabía que sonaba ridículo.
Tras una larga pausa, Janson dijo:
—Me temo que no nos queda otra opción.
—Pero… —comenzó a replicar; sin embargo, antes de que organizara sus
pensamientos, la puerta se abrió y Janson entró.
—Thomas, esperar sólo lo empeorará. Tenemos que irnos.
No sabía qué hacer. Hasta entonces, le había sorprendido que se mostraran
tan tranquilos con él; se había confiado demasiado y ahora no tenía tiempo.
Respiró hondo.
—Acabemos de una vez.
El Hombre Rata sonrió.
—Sígueme.
Janson le condujo a una sala en la que destacaba una cama con ruedas,
rodeada de todo tipo de monitores y varias enfermeras. El doctor Christensen
estaba allí, vestido de los pies a la cabeza con el uniforme de quirófano y una
mascarilla en la cara. Thomas sólo podía verle los ojos, pero le dio la impresión
de que estaba impaciente por empezar.
—¿Y ya está? —inquirió. Una oleada de pánico ascendió desde su estómago,
como si algo intentara avanzar a mordiscos hasta su pecho—. ¿Ha llegado el
momento de abrirme?
—Lo siento —respondió el doctor—, pero tenemos que empezar.
El Hombre Rata estaba a punto de volver a hablar cuando una alarma
atronadora estalló en el edificio. A Thomas le dio un vuelco el corazón y el alivio
inundó todo su cuerpo. Tenía que ser el Brazo Derecho.
La puerta se abrió. Thomas se volvió justo a tiempo de ver anunciar a una
mujer de aspecto desesperado:
—Llegó un iceberg con una entrega, pero ha resultado ser un truco para que
entre gente. Están intentando hacerse con el edificio principal en este mismo
instante.
La reacción de Janson estuvo a punto de detener el corazón de Thomas:
—Parece que tenemos que darnos prisa y empezar el procedimiento.
Christensen, duérmele.
Capítulo 61
El pecho de Thomas se estrechó y su garganta pareció hincharse. Estaba en
peligro, pero se quedó paralizado.
Janson comenzó a dar órdenes:
—Doctor Christensen, rápido. Quién sabe qué trama esa gente, pero ahora no
podemos perder ni un segundo. Iré a decirle al personal de operaciones que no
cedan terreno, cueste lo que cueste.
—Esperad —intervino Thomas con voz ronca—, no sé si puedo hacerlo —las
palabras le parecieron vanas. Sabía que a aquellas alturas no se detendrían.
El rostro de Janson enrojeció. En vez de responderle, se volvió hacia el doctor.
—Haga lo que sea necesario para abrir a este crío.
Justo cuando Thomas abría la boca para hablar, algo afilado le pinchó el
brazo y envió sacudidas de calor por su cuerpo. Las piernas le flaquearon y cayó
en la camilla. Estaba dormido del cuello hacia abajo; el terror estalló en su
interior. El doctor Christensen se inclinó sobre él y le pasó a una enfermera la
jeringuilla usada.
—Lo siento mucho, Thomas. Tenemos que hacerlo.
El médico y la enfermera le colocaron en la cama, levantando las piernas
para tumbarle bocarriba. Podía mover levemente la cabeza de un lado a otro,
pero eso era todo. El repentino cariz que había tomado la situación le abrumó
mientras asimilaba las consecuencias. Estaba a punto de morir. A menos que de
alguna manera el Brazo Derecho entrara allí enseguida, iba a morir.
Janson se colocó en su campo de visión, asintió en señal de aprobación y le
dio unas palmaditas al doctor en el hombro.
—Hágalo.
Luego se dio la vuelta y desapareció; Thomas oy ó que alguien gritaba en el
pasillo antes de que la puerta se cerrara.
—Tengo que realizar antes unas pruebas —explicó el doctor Christensen—.
Luego te llevaremos a la sala de operaciones —se dio la vuelta y comenzó a
toquetear unos instrumentos que había detrás.
Parecía que el hombre le hablara desde kilómetros de distancia. Thomas
yacía impotente, con la cabeza dándole vueltas mientras el doctor le sacaba
sangre y medía su cráneo. El hombre trabajaba en silencio, apenas pestañeaba,
pero las gotas de sudor que perlaban su frente revelaban que iba a contrarreloj
para adelantar a quién sabía qué. ¿Tardaría una hora? ¿Varias horas?
Thomas cerró los ojos. Se preguntó si el dispositivo que inutilizaba las armas
habría hecho su trabajo. Se preguntó si alguien le encontraría. Entonces se dio
cuenta de que no sabía si quería que lo hicieran. ¿Era posible que CRUEL
estuviera a punto de hallar la cura? Se obligó a respirar con normalidad, a
concentrarse en intentar mover sus extremidades. Pero no sucedió nada.
De pronto, el médico se enderezó y le sonrió.
—Creo que ya estamos. Vamos a llevarte a la sala de operaciones.
Cruzó una puerta y alguien empujó la camilla de Thomas por el pasillo.
Incapaz de moverse, tumbado, miraba las luces del techo al pasar. Al final tuvo
que cerrar los ojos.
Le habían dormido. El mundo se desvanecía. Y moriría.
Volvió a abrir los ojos de repente. Los cerró. El corazón le latía con fuerza; las
manos cada vez le sudaban más y se percató de que estaba agarrado a las
sábanas de la camilla con los puños. El movimiento volvía poco a poco. Abrió los
ojos de nuevo. Las luces pasaban zumbando. Otro giro, otro. La desesperación
amenazaba con extraer su vida antes de que los médicos lo hicieran.
—Yo… —comenzó a decir, pero no salió nada más.
—¿Qué? —preguntó Christensen, echándole un vistazo.
Thomas se esforzó por hablar, pero, antes de que pudiera pronunciar una
palabra, un atronador estruendo sacudió el pasillo y el doctor tropezó. Su peso
empujó hacia delante la camilla al tiempo que trataba de impedir su caída, y esta
salió disparada a la derecha y chocó contra la pared; luego rebotó y giró hasta
que dio en el otro lado. Thomas intentó moverse, pero estaba paralizado,
indefenso. Pensó en Chuck y Newt, y una tristeza sin igual le oprimió el corazón.
Se oyó un grito de donde provenía la explosión, seguido de otros chillidos.
Luego todo volvió a quedar en silencio y el médico se puso en pie. Echó a correr
hacia la camilla para enderezarla y volvió a empujarla. Cruzaron unas puertas
batientes y aparecieron en una blanca sala de operaciones repleta de gente
vestida con uniformes de quirófano.
Christensen comenzó a dar órdenes:
—¡Tenemos que darnos prisa! Todos a sus puestos. Lisa, sédalo del todo. ¡Ya!
Una mujer bajita respondió:
—No hemos hecho todos los prep…
—¡No importa! Por lo que sabemos, el edificio se está incendiando.
Colocó la camilla junto a la mesa de operaciones y varias manos levantaron
a Thomas para moverlo antes siquiera de que la camilla se parara del todo. Lo
colocaron bocarriba y se esforzó por ver algo en el trajín de médicos y
enfermeras; había al menos nueve o diez. Notó un pinchazo en el brazo, bajó la
vista y vio que la mujer baja le inyectaba una intravenosa. En todo momento, el
único movimiento que conseguía era el de las manos.
Dispusieron las luces justo encima de él y le clavaron otras cosas en varias
partes de su cuerpo. Los monitores comenzaron a pitar; se oían el zumbido de una
máquina y las conversaciones de la gente; la sala se inundó de movimiento,
como una danza orquestada.
Y las luces, tan brillantes… La sala daba vueltas, aunque estaba muy quieto.
El terror por lo que le hacían aumentó. Sabía que todo se acababa allí mismo.
—Espero que funcione —consiguió decir por fin.
Unos segundos más tarde, las drogas surtieron efecto y todo desapareció.
A Thomas se le aceleró el corazón, los latidos se convirtieron en un repiqueteo
en su pecho. Sabía que el hombre ahora no le estaba poniendo a prueba. Habían
ido todo lo lejos posible analizando reacciones y patrones cerebrales. Ahora
habían elegido a la persona más apropiada para… desmontarla en su esfuerzo
por conseguir una cura.
De pronto, el Brazo Derecho parecía que no fuese a llegar nunca.
—¿Mi cerebro? —se obligó a repetir.
—Sí —respondió el doctor Christensen—. El Candidato Final tiene la pieza que
nos faltaba para completar el programa, pero no habrá forma de saberlo hasta
que sigamos los patrones contra las Variables. La vivisección nos aportará los
últimos datos y tus sistemas funcionarán adecuadamente mientras lo hagamos.
No sentirás ningún dolor. Te sedaremos muy bien hasta que… —no hacía falta
que acabara la frase, y sus palabras cayeron en el silencio.
Los tres científicos de CRUEL esperaban la reacción de Thomas, pero no
podía hablar. Se había enfrentado a la muerte infinidad de veces en lo que
recordaba de su vida y, aun así, siempre había tenido la desesperada esperanza
de sobrevivir, de hacer todo lo posible para durar un día más. Pero esto era
distinto. No tenía que aguantar una prueba hasta que vinieran sus rescatadores.
De esto no regresaría. Allí terminaría todo si no venían a buscarle.
Se le ocurrió una terrible idea: ¿estaría Teresa al tanto de eso?
Le sorprendió lo mucho que le dolió pensarlo.
—¿Thomas? —lo llamó Janson, interrumpiendo el hilo de sus pensamientos—.
Sé que esto te ha debido de sorprender. Tienes que comprender que esto no es
una prueba; no es una Variable y no estoy mintiéndote. Creemos que podemos
completar el programa de la cura si analizamos tu tejido cerebral y cómo,
combinado con los patrones que hemos recogido, su composición física le
permite resistir la fuerza del virus del Destello. Las Pruebas fueron creadas en
conjunto para no tener que abriros a todos. Nuestro objetivo principal era salvar
vidas, no malgastarlas.
—Hemos estado recogiendo y analizando patrones durante años, y hasta
ahora tú has sido el más fuerte en tus reacciones a las Variables —continuó la
doctora Wright—. Desde hace tiempo sabíamos (y era una máxima prioridad
que los sujetos lo ignoraran) que al final elegiríamos al mejor candidato para el
último procedimiento.
El doctor Christensen continuó ilustrando el proceso mientras Thomas
escuchaba en un silencio aletargado:
—Tienes que estar vivo, pero no despierto. Te sedaremos y dormiremos la
zona de la incisión; pero no hay nervios en el cerebro, por lo que el proceso será
relativamente indoloro. Por desgracia, no te recuperarás de nuestras
exploraciones neurales: el procedimiento es mortal. Pero los resultados serán
incalculables.
—¿Y si no funciona? —inquirió Thomas. Lo único que podía ver eran los
últimos momentos de Newt. ¿Y si él podía evitar aquella terrible muerte a
innumerables personas?
La psiquiatra desvió la vista, incómoda.
—Entonces, continuaremos… trabajando. Aunque tenemos una absoluta
confianza en…
Thomas la interrumpió, incapaz de reprimirse:
—Pero en realidad no la tenéis, ¿verdad? Habéis estado pagando a gente para
que secuestrara inmunes…, sujetos —escupió la última palabra con un rencor
despiadado—, para poder empezar de nuevo.
Nadie se apresuró a contestar. Y luego Janson dijo:
—Haremos lo que haga falta para encontrar una cura. Con la menor pérdida
de vidas posible. No se debe decir nada más sobre ese asunto.
—¿Por qué estamos siquiera hablando? —preguntó Thomas—. ¿Por qué no
me cogéis, me atáis y me arrancáis el cerebro?
—Porque eres nuestro Candidato Final —contestó el doctor Christensen—;
eras parte del puente entre los fundadores y el personal actual. Estamos
intentando mostrarte el respeto que mereces. Tenemos la esperanza de que tomes
la decisión tú solo.
—Thomas, ¿necesitas un minuto? —le ofreció la doctora Wright—. Sé que es
difícil y te aseguro que no nos lo tomamos a la ligera; lo que estamos pidiéndote
es un gran sacrificio. ¿Donarás tu cerebro a la ciencia? ¿Nos permitirás juntar las
últimas piezas del puzle, dar otro paso hacia una cura por el bien de la raza
humana?
No sabía qué decir. No podía creerse el giro que habían dado los
acontecimientos. Después de todo, ¿sería verdad que sólo necesitaban una muerte
más?
El Brazo Derecho estaba llegando. La imagen de Newt penetró en su mente.
—Me gustaría estar solo —dijo por fin—. Por favor.
Por primera vez, una parte de él quería rendirse, dejarles hacer aquello
incluso aunque hubiera muy pocas posibilidades de que funcionara.
—Harás lo correcto —afirmó el doctor Christensen—. Y no te preocupes: no
sentirás nada de dolor.
Thomas no quería oír ni una palabra más.
—Tan sólo necesito estar un rato solo antes de que todo esto empiece.
—Muy bien —asintió Janson, y se levantó—. Te acompañaremos a las
instalaciones médicas y te dejaremos en una sala privada durante un rato.
Aunque tenemos que empezar pronto.
Thomas se echó hacia delante y apoy ó la cabeza en sus manos, con la vista
clavada en el suelo. El plan que había tramado con el Brazo Derecho de pronto le
parecía una absoluta tontería. Aunque pudiera escapar de aquel grupo —en el
caso de que lo deseara—, ¿cómo sobreviviría hasta que llegaran sus amigos?
—¿Thomas? —dijo el doctor Wright, y le apoyó una mano en la espalda—.
¿Estás bien? ¿Tiene alguna pregunta más?
Él se incorporó y se apartó de la mano.
—Vayamos… a donde habéis dicho.
De repente, el despacho de Janson pareció quedarse sin aire y el pecho de
Thomas se encogió. Se levantó y caminó hacia la puerta, la abrió y salió al
pasillo. Era demasiado.
Capítulo 60
Thomas siguió a los doctores, pero su mente no dejaba de dar vueltas. No
sabía qué hacer. No había forma de comunicarse con el Brazo Derecho y había
perdido la habilidad de comunicarse mentalmente con Teresa o Aris.
Doblaron un par de esquinas y el zigzag le hizo evocar el Laberinto. Casi
deseaba estar allí otra vez. Las cosas eran mucho más simples entonces.
—Hay una sala justo aquí, a la izquierda —explicó Janson—. Ya he puesto un
teclado allí por si quieres dejarles a tus amigos un mensaje. Encontraré el modo
de hacérselo llegar.
—Me aseguraré de que también te traigan algo de comer —añadió desde
detrás la doctora Wright.
Aquella amabilidad molestó a Thomas, y entonces recordó historias de
asesinos a los que mataban en los viejos tiempos. También ellos recibían una
última comida, una tan buena como desearan.
—Quiero un bistec —dijo, y se detuvo a mirarla—. Y camarones. Y una
langosta. Y tortitas. Y una chocolatina.
—Lo siento, tendrás que conformarte con un par de bocadillos.
Thomas suspiró.
—Era de esperar.
Thomas se sentó en una silla blanda, con la mirada fija en el teclado sobre la
pequeña mesa que tenía delante. No tenía ninguna intención de escribir una nota
a nadie, pero no sabía qué más hacer. La situación había resultado ser más
complicada de lo que se había imaginado. No sabía qué esperarse, pero la idea
de que le diseccionaran vivo nunca se le había pasado por la cabeza. Había
supuesto que podría sobrellevar lo que fueran a hacerle hasta que apareciera el
Brazo Derecho. Pero ahora ya no había vuelta atrás.
Al final escribió mensajes de despedida para Minho y Brenda por si acaso
terminaba muerto; luego apoyó la cabeza en los brazos hasta que llegó la comida.
Comió despacio y volvió a descansar, con la esperanza de que sus amigos
llegasen a tiempo. Fuera como fuese, no iba a salir de aquella habitación hasta
que tuviera que hacerlo.
Dormitó mientras esperaba y los minutos se alargaban.
Le despertó alguien llamando a la puerta.
—¿Thomas? —se oyó la voz amortiguada de Janson—. Tenemos que
empezar.
Aquellas palabras encendieron el pánico en Thomas.
—No… estoy preparado todavía —sabía que sonaba ridículo.
Tras una larga pausa, Janson dijo:
—Me temo que no nos queda otra opción.
—Pero… —comenzó a replicar; sin embargo, antes de que organizara sus
pensamientos, la puerta se abrió y Janson entró.
—Thomas, esperar sólo lo empeorará. Tenemos que irnos.
No sabía qué hacer. Hasta entonces, le había sorprendido que se mostraran
tan tranquilos con él; se había confiado demasiado y ahora no tenía tiempo.
Respiró hondo.
—Acabemos de una vez.
El Hombre Rata sonrió.
—Sígueme.
Janson le condujo a una sala en la que destacaba una cama con ruedas,
rodeada de todo tipo de monitores y varias enfermeras. El doctor Christensen
estaba allí, vestido de los pies a la cabeza con el uniforme de quirófano y una
mascarilla en la cara. Thomas sólo podía verle los ojos, pero le dio la impresión
de que estaba impaciente por empezar.
—¿Y ya está? —inquirió. Una oleada de pánico ascendió desde su estómago,
como si algo intentara avanzar a mordiscos hasta su pecho—. ¿Ha llegado el
momento de abrirme?
—Lo siento —respondió el doctor—, pero tenemos que empezar.
El Hombre Rata estaba a punto de volver a hablar cuando una alarma
atronadora estalló en el edificio. A Thomas le dio un vuelco el corazón y el alivio
inundó todo su cuerpo. Tenía que ser el Brazo Derecho.
La puerta se abrió. Thomas se volvió justo a tiempo de ver anunciar a una
mujer de aspecto desesperado:
—Llegó un iceberg con una entrega, pero ha resultado ser un truco para que
entre gente. Están intentando hacerse con el edificio principal en este mismo
instante.
La reacción de Janson estuvo a punto de detener el corazón de Thomas:
—Parece que tenemos que darnos prisa y empezar el procedimiento.
Christensen, duérmele.
Capítulo 61
El pecho de Thomas se estrechó y su garganta pareció hincharse. Estaba en
peligro, pero se quedó paralizado.
Janson comenzó a dar órdenes:
—Doctor Christensen, rápido. Quién sabe qué trama esa gente, pero ahora no
podemos perder ni un segundo. Iré a decirle al personal de operaciones que no
cedan terreno, cueste lo que cueste.
—Esperad —intervino Thomas con voz ronca—, no sé si puedo hacerlo —las
palabras le parecieron vanas. Sabía que a aquellas alturas no se detendrían.
El rostro de Janson enrojeció. En vez de responderle, se volvió hacia el doctor.
—Haga lo que sea necesario para abrir a este crío.
Justo cuando Thomas abría la boca para hablar, algo afilado le pinchó el
brazo y envió sacudidas de calor por su cuerpo. Las piernas le flaquearon y cayó
en la camilla. Estaba dormido del cuello hacia abajo; el terror estalló en su
interior. El doctor Christensen se inclinó sobre él y le pasó a una enfermera la
jeringuilla usada.
—Lo siento mucho, Thomas. Tenemos que hacerlo.
El médico y la enfermera le colocaron en la cama, levantando las piernas
para tumbarle bocarriba. Podía mover levemente la cabeza de un lado a otro,
pero eso era todo. El repentino cariz que había tomado la situación le abrumó
mientras asimilaba las consecuencias. Estaba a punto de morir. A menos que de
alguna manera el Brazo Derecho entrara allí enseguida, iba a morir.
Janson se colocó en su campo de visión, asintió en señal de aprobación y le
dio unas palmaditas al doctor en el hombro.
—Hágalo.
Luego se dio la vuelta y desapareció; Thomas oy ó que alguien gritaba en el
pasillo antes de que la puerta se cerrara.
—Tengo que realizar antes unas pruebas —explicó el doctor Christensen—.
Luego te llevaremos a la sala de operaciones —se dio la vuelta y comenzó a
toquetear unos instrumentos que había detrás.
Parecía que el hombre le hablara desde kilómetros de distancia. Thomas
yacía impotente, con la cabeza dándole vueltas mientras el doctor le sacaba
sangre y medía su cráneo. El hombre trabajaba en silencio, apenas pestañeaba,
pero las gotas de sudor que perlaban su frente revelaban que iba a contrarreloj
para adelantar a quién sabía qué. ¿Tardaría una hora? ¿Varias horas?
Thomas cerró los ojos. Se preguntó si el dispositivo que inutilizaba las armas
habría hecho su trabajo. Se preguntó si alguien le encontraría. Entonces se dio
cuenta de que no sabía si quería que lo hicieran. ¿Era posible que CRUEL
estuviera a punto de hallar la cura? Se obligó a respirar con normalidad, a
concentrarse en intentar mover sus extremidades. Pero no sucedió nada.
De pronto, el médico se enderezó y le sonrió.
—Creo que ya estamos. Vamos a llevarte a la sala de operaciones.
Cruzó una puerta y alguien empujó la camilla de Thomas por el pasillo.
Incapaz de moverse, tumbado, miraba las luces del techo al pasar. Al final tuvo
que cerrar los ojos.
Le habían dormido. El mundo se desvanecía. Y moriría.
Volvió a abrir los ojos de repente. Los cerró. El corazón le latía con fuerza; las
manos cada vez le sudaban más y se percató de que estaba agarrado a las
sábanas de la camilla con los puños. El movimiento volvía poco a poco. Abrió los
ojos de nuevo. Las luces pasaban zumbando. Otro giro, otro. La desesperación
amenazaba con extraer su vida antes de que los médicos lo hicieran.
—Yo… —comenzó a decir, pero no salió nada más.
—¿Qué? —preguntó Christensen, echándole un vistazo.
Thomas se esforzó por hablar, pero, antes de que pudiera pronunciar una
palabra, un atronador estruendo sacudió el pasillo y el doctor tropezó. Su peso
empujó hacia delante la camilla al tiempo que trataba de impedir su caída, y esta
salió disparada a la derecha y chocó contra la pared; luego rebotó y giró hasta
que dio en el otro lado. Thomas intentó moverse, pero estaba paralizado,
indefenso. Pensó en Chuck y Newt, y una tristeza sin igual le oprimió el corazón.
Se oyó un grito de donde provenía la explosión, seguido de otros chillidos.
Luego todo volvió a quedar en silencio y el médico se puso en pie. Echó a correr
hacia la camilla para enderezarla y volvió a empujarla. Cruzaron unas puertas
batientes y aparecieron en una blanca sala de operaciones repleta de gente
vestida con uniformes de quirófano.
Christensen comenzó a dar órdenes:
—¡Tenemos que darnos prisa! Todos a sus puestos. Lisa, sédalo del todo. ¡Ya!
Una mujer bajita respondió:
—No hemos hecho todos los prep…
—¡No importa! Por lo que sabemos, el edificio se está incendiando.
Colocó la camilla junto a la mesa de operaciones y varias manos levantaron
a Thomas para moverlo antes siquiera de que la camilla se parara del todo. Lo
colocaron bocarriba y se esforzó por ver algo en el trajín de médicos y
enfermeras; había al menos nueve o diez. Notó un pinchazo en el brazo, bajó la
vista y vio que la mujer baja le inyectaba una intravenosa. En todo momento, el
único movimiento que conseguía era el de las manos.
Dispusieron las luces justo encima de él y le clavaron otras cosas en varias
partes de su cuerpo. Los monitores comenzaron a pitar; se oían el zumbido de una
máquina y las conversaciones de la gente; la sala se inundó de movimiento,
como una danza orquestada.
Y las luces, tan brillantes… La sala daba vueltas, aunque estaba muy quieto.
El terror por lo que le hacían aumentó. Sabía que todo se acababa allí mismo.
—Espero que funcione —consiguió decir por fin.
Unos segundos más tarde, las drogas surtieron efecto y todo desapareció.
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