62-65
Capítulo 62
Durante un buen rato, Thomas no vio más que oscuridad. La brecha en el
vacío de sus pensamientos era sólo una fisura lo bastante ancha para permitirle
comprender la existencia del propio vacío. En alguna parte al filo de todo, era
consciente de que se suponía que estaba dormido, que le mantenían vivo sólo
para inspeccionar su cerebro. Para desmontarlo, probablemente trozo a trozo.
Así que todavía no estaba muerto.
En algún punto mientras flotaba en aquella negrura, oyó una voz. Le llamaba
por su nombre.
Después de oír « Thomas» varias veces, decidió seguirla, encontrarla. Se
esforzó por moverse hacia la voz.
Hacia su nombre.
Capítulo 63
—Thomas, tengo fe en ti —oyó decir a una mujer mientras se esforzaba por
recuperar la consciencia. No reconocía la voz, pero la percibía como suave y
autoritaria al mismo tiempo. Continuó luchando, se oyó a sí mismo gemir y notó
que se movía en la cama.
Por fin, abrió los ojos. Parpadeó contra el resplandor de las luces sobre su
cabeza y notó que una puerta se cerraba detrás de quien fuera el que le había
despertado.
—Espera —dijo, pero apenas logró emitir un susurro.
Valiéndose de toda su fuerza de voluntad, se apoyó sobre los codos y se
incorporó. Estaba solo en la sala; únicamente se oían gritos distantes y algún que
otro estruendo aislado, como un trueno. Su mente comenzó a despejarse y se dio
cuenta de que, aparte de estar adormilado, se encontraba bien. Lo que significaba
que, a menos que los milagros de la ciencia hubieran dado un salto de gigante,
seguía teniendo el cerebro.
Un sobre de manila sobre la mesa junto a la que se hallaba su cama le llamó
la atención. En la parte delante estaba escrito, en grandes letras rojas,
« Thomas» . Bajó las piernas para sentarse en el borde del colchón y cogió el
sobre.
Había dos hojas de papel en el interior. La primera era un mapa del complejo
de CRUEL, con una línea de rotulador negro que trazaba varias rutas por el
edificio. Le echó un vistazo rápido a la segunda: era una carta, dirigida a él y
firmada por la ministra Paige. Dejó el mapa y comenzó a leer la carta desde el
principio.
Estimado Thomas:
Creo que las Pruebas han terminado. Tenemos información más que
suficiente para crear el programa. Mis colegas no estaban de acuerdo
conmigo en este asunto, pero pude detener el procedimiento y salvarte la
vida. Ahora es tarea nuestra trabajar con la información que ya tenemos
y crear una cura para el Destello. Tu participación, así como la de los
otros sujetos, ya no es necesaria.
Te espera un cometido fundamental. Cuando me convertí en ministra,
comprendí la importancia de crear una puerta trasera en este edificio.
Coloqué esa puerta trasera en una sala de mantenimiento que no se
utilizaba. Lo que te pido es que te marches con tus amigos y el
considerable número de inmunes que hemos reunido. El tiempo apremia;
estoy segura de que eres consciente de ello.
Hay tres caminos marcados en el mapa adjunto. El primero indica
cómo salir del edificio por un túnel. En cuanto estés fuera, podrás acceder
al sitio por el que el Brazo Derecho ha entrado en el otro edificio y allí,
reunirte con ellos. La segunda ruta te llevará hasta los inmunes; la tercera,
hasta la puerta trasera. Es un Trans Plano que te transportará a lo que,
espero, será una nueva vida. Recórrelos todos y marchaos.
Ava Paige, ministra
Thomas clavó la vista en el papel; la cabeza le daba vueltas. Sonó otro
estruendo a lo lejos que le devolvió a la realidad. Confiaba en Brenda y ella
confiaba en la ministra. Lo único que podía hacer ahora era ponerse en marcha.
Dobló la carta y el mapa, se los metió en el bolsillo trasero y se levantó
despacio. Sorprendido por lo poco que había tardado en recobrar las fuerzas,
corrió hacia la puerta, echó un vistazo al pasillo y comprobó que estaba vacío.
Salió con sigilo y, justo en ese momento, dos personas pasaron corriendo. No se
fijaron mucho en él, y Thomas se dio cuenta de que el caos provocado por el
ataque del Brazo Derecho podría ser lo que terminara salvándole.
Sacó el mapa y lo estudió con detenimiento, siguiendo la línea negra que
llevaba al túnel. No tardaría mucho en llegar allí. Memorizó el recorrido y
comenzó a avanzar por el pasillo; entretanto, echaba un vistazo a los otros dos
caminos que la ministra Paige le había marcado.
Tan sólo había caminado unos metros cuando se detuvo, atónito por lo que
estaba viendo. Se acercó el mapa para asegurarse; a lo mejor no lo estaba
ley endo bien. Pero lo que mostraba no era un error.
CRUEL había escondido a los inmunes en el Laberinto.
Capítulo 64
Había dos laberintos en el mapa; por supuesto, el del Grupo A y el del Grupo
B. Ambos debían de haberse construido en las profundidades de los edificios
principales de la sede de CRUEL. Thomas no sabía a cuál le habían indicado que
fuera, pero desde luego iba a regresar al Laberinto. Con un pavor enfermizo,
echó a correr hacia el túnel de la ministra Paige.
Siguió el mapa y recorrió pasillo tras pasillo hasta que llegó a unas largas
escaleras que descendían a un sótano. El camino le llevó por unas habitaciones
vacías y después, al final, a una puerta pequeña que se abría a un túnel. El túnel
estaba en penumbra, pero, como Thomas descubrió con alivio, no totalmente a
oscuras. Mientras corría por el estrecho pasillo vio que varias bombillas al aire
colgaban del techo. Tras unos sesenta metros, llegó a una escalera de mano que
estaba marcada en el mapa. La subió; arriba había una puerta metálica, redonda,
que se abría con un volante y que le recordó la entrada a la Sala de Mapas en el
Claro.
Giró el volante y empujó con todas sus fuerzas. Una luz tenue entró al apartar
la puerta, las bisagras se abrieron y una gran ráfaga de aire frío se le vino
encima. Se impulsó para salir directo al suelo, cerca de una gran roca en el
terreno árido y cubierto de nieve que se extendía entre el bosque y la sede de
CRUEL.
Levantó con cuidado la tapa del túnel para volver a cerrarla y luego se
agachó detrás de la piedra. No había advertido ningún movimiento, pero estaba
demasiado a oscuras para ver muy bien. Alzó la vista al cielo y, al ver los
mismos nubarrones densos y grises que cuando llegó al complejo, se dio cuenta
de que no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido desde entonces.
¿Había estado dentro del edificio tan sólo unas horas o había pasado toda una
noche y un día?
La nota de la ministra Paige decía que el Brazo Derecho había logrado entrar
a los edificios, seguramente con las explosiones que Thomas había oído antes, y
allí tenía que ir primero. Lo lógico era reunirse con el grupo, dado que estarían a
salvo al ser más, y tenía que hacerles saber dónde estaban escondidos los
inmunes. A juzgar por el mapa, la mejor opción era ir a toda prisa a los edificios
que se hallaban más lejos de donde él había salido y buscar por aquella zona.
Fue hacia allí, pegándose a la roca y después acelerando en dirección al
edificio más cercano. Corría tan agachado como le era posible. Algunos
relámpagos surcaron el cielo, iluminaron el cemento del complejo y se
reflejaron en la nieve blanca. A continuación se oyó un trueno, que retumbó en la
tierra y sacudió el interior de su pecho.
Llegó al primer edificio y atravesó una fila de arbustos desiguales que había
contra la pared. Avanzó poco a poco por el lateral de la estructura, pero no
encontró nada. Se detuvo cuando llegó a la primera esquina y se asomó; entre el
espacio de los edificios vio una serie de patios. Pero seguía sin haber ninguna
manera de entrar.
Bordeó los siguientes dos edificios, pero, al acercarse al cuarto, oyó voces e
inmediatamente se tiró al suelo. Tan en silencio como pudo, fue a toda prisa por
el suelo helado hacia un arbusto descuidado y echó un vistazo para buscar la
fuente del ruido.
Allí estaba. Los escombros se encontraban esparcidos por el patio en enormes
montones y detrás, el gigantesco agujero que habían hecho al estallar el lateral
del edificio, lo que significaba que la explosión se había originado dentro. Una
débil luz brillaba desde la abertura, proyectando sombras rotas en el suelo.
Sentadas al borde de aquellas sombras estaban dos personas vestidas de civiles. El
Brazo Derecho.
Thomas había comenzado a levantarse cuando una mano gélida le tapó la
boca con fuerza y tiró de él hacia atrás. Otro brazo le envolvió el pecho y le
arrastró por el suelo, hundiéndole los pies en la nieve. Thomas dio patadas, se
esforzó por liberarse, pero aquella persona era demasiado fuerte.
Doblaron la esquina del edificio hacia otro patio pequeño y allí lanzó a
Thomas al suelo, bocabajo. Su captor se tiró sobre su espalda y volvió a cubrirle
la boca con la mano. Era un hombre que no reconocía. Otra figura se agachó
junto a él.
Janson.
—Estoy muy decepcionado —dijo el Hombre Rata—. Por lo visto, no todos
en mi organización están en el mismo equipo.
Thomas no podía hacer nada, salvo forcejear ante la presión de la otra
persona. Janson suspiró.
—Supongo que tendremos que hacerlo por las malas.
Capítulo 65
Janson sacó un largo y fino cuchillo, lo levantó y lo examinó con los ojos
entrecerrados.
—Déjame que te diga algo, chaval. Nunca me he considerado un hombre
violento, pero tú y tus amigos me habéis llevado al límite. Se me ha agotado la
paciencia, pero voy a mostrar compostura. Al contrario que tú, pienso en algo
más que en mí mismo. Trabajo para salvar a la gente y terminaré este proyecto.
Thomas hizo un esfuerzo descomunal por relajarse, por estar tranquilo. Al
resistirse no había conseguido nada, y tenía que reservar energías para cuando se
le presentara la oportunidad. Estaba claro que el Hombre Rata había perdido el
juicio y, a juzgar por el cuchillo, estaba decidido a llevarle a la sala de
operaciones a cualquier precio.
—Buen chico; no hay por qué resistirse. Deberías estar orgulloso: tú y tu
mente salvaréis el mundo, Thomas.
El hombre que le sujetaba —un tipo bajo y rechoncho, con el pelo negro—
habló entonces:
—Voy a quitarte la mano de la boca, chico. No digas ni pío o el subdirector
Janson te clavará ese cuchillo. ¿Lo entiendes? Te queremos vivo, pero eso no
significa que no puedas tener un par de heridas de guerra.
Thomas asintió lo más calmado que pudo y el hombre le soltó para sentarse.
—Chico listo.
Ahora le tocaba a él. Movió de golpe la pierna a la derecha y le dio una
patada en la cara a Janson. La cabeza del hombre se sacudió y su cuerpo cayó al
suelo. El hombre moreno se movió, dispuesto a enfrentarse a Thomas, pero él se
retorció para quitárselo de encima y volvió a por Janson, esta vez dándole una
patada en la mano y arrebatándole el cuchillo. Este salió disparado, rebotando
por el suelo, hasta el lateral del edificio.
Thomas centró su atención en el cuchillo y eso fue todo lo que le hizo falta al
hombre bajo. Arremetió contra él, que cayó de espaldas encima de Janson. A su
vez, Janson se retorcía debajo de ambos mientras peleaban. Thomas sintió que la
desesperación se apoderaba de él, que la adrenalina explotaba por su cuerpo.
Gritó y empujó, dio patadas, luchó por salir de entre los dos hombres. Trató de
arañarles y golpearles con manos y pies, consiguió soltarse y se lanzó hacia el
edificio en busca del cuchillo. Cayó justo al lado, lo cogió y se dio la vuelta,
esperando un ataque inmediato. Los dos hombres estaban levantándose,
obviamente atónitos por aquel repentino despliegue de fuerza.
Thomas también se puso en pie y blandió el cuchillo en lo alto.
—Dejad que me vay a, marchaos y dejad que me vaya. Juro que, si venís
detrás de mí, me volveré loco y os apuñalaré hasta la muerte. Lo juro.
—Somos dos contra uno, chaval —repuso Janson—. No me importa que
tengas un cuchillo.
—Ya has visto lo que puedo hacer —respondió Thomas, intentando sonar tan
peligroso como se sentía—. Me has visto en el Laberinto y en la Quemadura —
casi tenía ganas de reírse por la ironía. Le habían convertido en un asesino…
¿para salvar vidas?
El tipo bajo se rio.
—Si crees que somos…
Thomas retrocedió para coger impulso y lanzó el cuchillo tal y como había
visto hacer a Gally, agarrándolo por la hoja. El arma se abrió camino por los
aires y se clavó en el cuello del hombre. Al principio no hubo sangre, pero
entonces este levantó la mano, con el rostro transfigurado por la sorpresa, y
agarró el cuchillo hundido en él. La sangre salió a chorros, al ritmo de los latidos
de su corazón. Abrió la boca, pero antes de que pudiera hablar, cay ó de rodillas.
—Maldito… —susurró Janson, sin apartar los ojos, abiertos de par en par por
el terror, de su colega.
Al principio, Thomas sintió tal impresión por lo que había hecho que se quedó
clavado en el sitio; pero, cuando Janson giró la cabeza para mirarle, echó a
correr fuera del patio y dobló la esquina del edificio. Tenía que volver al agujero
y entrar.
—¡Thomas! —gritó Janson, y Thomas oyó sus pasos persiguiéndole—.
¡Vuelve aquí! ¡No tienes ni idea de lo que estás haciendo!
Thomas no se detuvo. Pasó junto al arbusto tras el que se había escondido y
corrió a toda velocidad hacia el hueco en el lateral del edificio. El hombre y la
mujer seguían sentados donde antes, en cuclillas en el suelo de modo que sus
espaldas se tocaban. Al verle, ambos se pusieron de pie.
—¡Soy Thomas! —les gritó justo cuando abrieron la boca para hacerle
preguntas—. ¡Estoy de vuestro lado!
Intercambiaron una mirada y volvieron la atención a Thomas justo cuando
paró derrapando delante de ellos. Mientras intentaba recuperar el aliento, se
volvió y vio la figura ensombrecida de Janson que corría hacia ellos, tal vez a
unos quince metros.
—Te están buscando por todas partes —dijo el guardia—; pero se suponía que
estabas ahí dentro —señaló con un dedo al agujero.
—¿Dónde está todo el mundo? ¿Dónde está Vince? —inquirió entre jadeos.
Hablaba con la certeza de que, entretanto, Janson seguía corriendo tras él. Se
volvió para mirar al Hombre Rata, cuyo rostro estaba contraído por una furia
antinatural. Era una expresión que ya había visto: la misma ira desquiciada de
Newt. El Hombre Rata tenía el Destello.
Janson habló entre resuellos:
—Ese chico… es propiedad… de CRUEL. Entregádmelo.
La mujer no se inmutó.
—CRUEL para mí no es más que un montón de excrementos de ganso, viejo.
Yo en tu lugar me perdería, y tampoco volvería adentro. Tus amigos están a
punto de pasarlas canutas.
El Hombre Rata no respondió, sino que siguió jadeando, con la vista fija en
Thomas y los otros. Finalmente, comenzó a retroceder despacio.
—Vosotros no lo entendéis. Vuestra arrogancia santurrona será el final de
todo. Espero que podáis vivir con eso mientras os pudrís en el infierno.
Luego se dio la vuelta y echó a correr, desapareciendo en la penumbra.
—¿Qué has hecho para cabrearle? —inquirió la mujer.
Thomas intentó recuperar el aliento.
—Es una larga historia. Tengo que encontrar a Vince o a quien esté al mando.
He de encontrar a mis amigos.
—Cálmate, chaval —respondió el hombre—. Las cosas están bastante
tranquilas ahora. La gente se está poniendo en su sitio, colocando y ese tipo de
cosas.
—¿Colocando? —preguntó Thomas.
—Colocando.
—¿Qué significa?
—Están colocando explosivos, idiota. Estamos a punto de derrumbar el
edificio. Vamos a demostrarle a CRUEL que vamos en serio.
Durante un buen rato, Thomas no vio más que oscuridad. La brecha en el
vacío de sus pensamientos era sólo una fisura lo bastante ancha para permitirle
comprender la existencia del propio vacío. En alguna parte al filo de todo, era
consciente de que se suponía que estaba dormido, que le mantenían vivo sólo
para inspeccionar su cerebro. Para desmontarlo, probablemente trozo a trozo.
Así que todavía no estaba muerto.
En algún punto mientras flotaba en aquella negrura, oyó una voz. Le llamaba
por su nombre.
Después de oír « Thomas» varias veces, decidió seguirla, encontrarla. Se
esforzó por moverse hacia la voz.
Hacia su nombre.
Capítulo 63
—Thomas, tengo fe en ti —oyó decir a una mujer mientras se esforzaba por
recuperar la consciencia. No reconocía la voz, pero la percibía como suave y
autoritaria al mismo tiempo. Continuó luchando, se oyó a sí mismo gemir y notó
que se movía en la cama.
Por fin, abrió los ojos. Parpadeó contra el resplandor de las luces sobre su
cabeza y notó que una puerta se cerraba detrás de quien fuera el que le había
despertado.
—Espera —dijo, pero apenas logró emitir un susurro.
Valiéndose de toda su fuerza de voluntad, se apoyó sobre los codos y se
incorporó. Estaba solo en la sala; únicamente se oían gritos distantes y algún que
otro estruendo aislado, como un trueno. Su mente comenzó a despejarse y se dio
cuenta de que, aparte de estar adormilado, se encontraba bien. Lo que significaba
que, a menos que los milagros de la ciencia hubieran dado un salto de gigante,
seguía teniendo el cerebro.
Un sobre de manila sobre la mesa junto a la que se hallaba su cama le llamó
la atención. En la parte delante estaba escrito, en grandes letras rojas,
« Thomas» . Bajó las piernas para sentarse en el borde del colchón y cogió el
sobre.
Había dos hojas de papel en el interior. La primera era un mapa del complejo
de CRUEL, con una línea de rotulador negro que trazaba varias rutas por el
edificio. Le echó un vistazo rápido a la segunda: era una carta, dirigida a él y
firmada por la ministra Paige. Dejó el mapa y comenzó a leer la carta desde el
principio.
Estimado Thomas:
Creo que las Pruebas han terminado. Tenemos información más que
suficiente para crear el programa. Mis colegas no estaban de acuerdo
conmigo en este asunto, pero pude detener el procedimiento y salvarte la
vida. Ahora es tarea nuestra trabajar con la información que ya tenemos
y crear una cura para el Destello. Tu participación, así como la de los
otros sujetos, ya no es necesaria.
Te espera un cometido fundamental. Cuando me convertí en ministra,
comprendí la importancia de crear una puerta trasera en este edificio.
Coloqué esa puerta trasera en una sala de mantenimiento que no se
utilizaba. Lo que te pido es que te marches con tus amigos y el
considerable número de inmunes que hemos reunido. El tiempo apremia;
estoy segura de que eres consciente de ello.
Hay tres caminos marcados en el mapa adjunto. El primero indica
cómo salir del edificio por un túnel. En cuanto estés fuera, podrás acceder
al sitio por el que el Brazo Derecho ha entrado en el otro edificio y allí,
reunirte con ellos. La segunda ruta te llevará hasta los inmunes; la tercera,
hasta la puerta trasera. Es un Trans Plano que te transportará a lo que,
espero, será una nueva vida. Recórrelos todos y marchaos.
Ava Paige, ministra
Thomas clavó la vista en el papel; la cabeza le daba vueltas. Sonó otro
estruendo a lo lejos que le devolvió a la realidad. Confiaba en Brenda y ella
confiaba en la ministra. Lo único que podía hacer ahora era ponerse en marcha.
Dobló la carta y el mapa, se los metió en el bolsillo trasero y se levantó
despacio. Sorprendido por lo poco que había tardado en recobrar las fuerzas,
corrió hacia la puerta, echó un vistazo al pasillo y comprobó que estaba vacío.
Salió con sigilo y, justo en ese momento, dos personas pasaron corriendo. No se
fijaron mucho en él, y Thomas se dio cuenta de que el caos provocado por el
ataque del Brazo Derecho podría ser lo que terminara salvándole.
Sacó el mapa y lo estudió con detenimiento, siguiendo la línea negra que
llevaba al túnel. No tardaría mucho en llegar allí. Memorizó el recorrido y
comenzó a avanzar por el pasillo; entretanto, echaba un vistazo a los otros dos
caminos que la ministra Paige le había marcado.
Tan sólo había caminado unos metros cuando se detuvo, atónito por lo que
estaba viendo. Se acercó el mapa para asegurarse; a lo mejor no lo estaba
ley endo bien. Pero lo que mostraba no era un error.
CRUEL había escondido a los inmunes en el Laberinto.
Capítulo 64
Había dos laberintos en el mapa; por supuesto, el del Grupo A y el del Grupo
B. Ambos debían de haberse construido en las profundidades de los edificios
principales de la sede de CRUEL. Thomas no sabía a cuál le habían indicado que
fuera, pero desde luego iba a regresar al Laberinto. Con un pavor enfermizo,
echó a correr hacia el túnel de la ministra Paige.
Siguió el mapa y recorrió pasillo tras pasillo hasta que llegó a unas largas
escaleras que descendían a un sótano. El camino le llevó por unas habitaciones
vacías y después, al final, a una puerta pequeña que se abría a un túnel. El túnel
estaba en penumbra, pero, como Thomas descubrió con alivio, no totalmente a
oscuras. Mientras corría por el estrecho pasillo vio que varias bombillas al aire
colgaban del techo. Tras unos sesenta metros, llegó a una escalera de mano que
estaba marcada en el mapa. La subió; arriba había una puerta metálica, redonda,
que se abría con un volante y que le recordó la entrada a la Sala de Mapas en el
Claro.
Giró el volante y empujó con todas sus fuerzas. Una luz tenue entró al apartar
la puerta, las bisagras se abrieron y una gran ráfaga de aire frío se le vino
encima. Se impulsó para salir directo al suelo, cerca de una gran roca en el
terreno árido y cubierto de nieve que se extendía entre el bosque y la sede de
CRUEL.
Levantó con cuidado la tapa del túnel para volver a cerrarla y luego se
agachó detrás de la piedra. No había advertido ningún movimiento, pero estaba
demasiado a oscuras para ver muy bien. Alzó la vista al cielo y, al ver los
mismos nubarrones densos y grises que cuando llegó al complejo, se dio cuenta
de que no tenía ni idea de cuánto tiempo había transcurrido desde entonces.
¿Había estado dentro del edificio tan sólo unas horas o había pasado toda una
noche y un día?
La nota de la ministra Paige decía que el Brazo Derecho había logrado entrar
a los edificios, seguramente con las explosiones que Thomas había oído antes, y
allí tenía que ir primero. Lo lógico era reunirse con el grupo, dado que estarían a
salvo al ser más, y tenía que hacerles saber dónde estaban escondidos los
inmunes. A juzgar por el mapa, la mejor opción era ir a toda prisa a los edificios
que se hallaban más lejos de donde él había salido y buscar por aquella zona.
Fue hacia allí, pegándose a la roca y después acelerando en dirección al
edificio más cercano. Corría tan agachado como le era posible. Algunos
relámpagos surcaron el cielo, iluminaron el cemento del complejo y se
reflejaron en la nieve blanca. A continuación se oyó un trueno, que retumbó en la
tierra y sacudió el interior de su pecho.
Llegó al primer edificio y atravesó una fila de arbustos desiguales que había
contra la pared. Avanzó poco a poco por el lateral de la estructura, pero no
encontró nada. Se detuvo cuando llegó a la primera esquina y se asomó; entre el
espacio de los edificios vio una serie de patios. Pero seguía sin haber ninguna
manera de entrar.
Bordeó los siguientes dos edificios, pero, al acercarse al cuarto, oyó voces e
inmediatamente se tiró al suelo. Tan en silencio como pudo, fue a toda prisa por
el suelo helado hacia un arbusto descuidado y echó un vistazo para buscar la
fuente del ruido.
Allí estaba. Los escombros se encontraban esparcidos por el patio en enormes
montones y detrás, el gigantesco agujero que habían hecho al estallar el lateral
del edificio, lo que significaba que la explosión se había originado dentro. Una
débil luz brillaba desde la abertura, proyectando sombras rotas en el suelo.
Sentadas al borde de aquellas sombras estaban dos personas vestidas de civiles. El
Brazo Derecho.
Thomas había comenzado a levantarse cuando una mano gélida le tapó la
boca con fuerza y tiró de él hacia atrás. Otro brazo le envolvió el pecho y le
arrastró por el suelo, hundiéndole los pies en la nieve. Thomas dio patadas, se
esforzó por liberarse, pero aquella persona era demasiado fuerte.
Doblaron la esquina del edificio hacia otro patio pequeño y allí lanzó a
Thomas al suelo, bocabajo. Su captor se tiró sobre su espalda y volvió a cubrirle
la boca con la mano. Era un hombre que no reconocía. Otra figura se agachó
junto a él.
Janson.
—Estoy muy decepcionado —dijo el Hombre Rata—. Por lo visto, no todos
en mi organización están en el mismo equipo.
Thomas no podía hacer nada, salvo forcejear ante la presión de la otra
persona. Janson suspiró.
—Supongo que tendremos que hacerlo por las malas.
Capítulo 65
Janson sacó un largo y fino cuchillo, lo levantó y lo examinó con los ojos
entrecerrados.
—Déjame que te diga algo, chaval. Nunca me he considerado un hombre
violento, pero tú y tus amigos me habéis llevado al límite. Se me ha agotado la
paciencia, pero voy a mostrar compostura. Al contrario que tú, pienso en algo
más que en mí mismo. Trabajo para salvar a la gente y terminaré este proyecto.
Thomas hizo un esfuerzo descomunal por relajarse, por estar tranquilo. Al
resistirse no había conseguido nada, y tenía que reservar energías para cuando se
le presentara la oportunidad. Estaba claro que el Hombre Rata había perdido el
juicio y, a juzgar por el cuchillo, estaba decidido a llevarle a la sala de
operaciones a cualquier precio.
—Buen chico; no hay por qué resistirse. Deberías estar orgulloso: tú y tu
mente salvaréis el mundo, Thomas.
El hombre que le sujetaba —un tipo bajo y rechoncho, con el pelo negro—
habló entonces:
—Voy a quitarte la mano de la boca, chico. No digas ni pío o el subdirector
Janson te clavará ese cuchillo. ¿Lo entiendes? Te queremos vivo, pero eso no
significa que no puedas tener un par de heridas de guerra.
Thomas asintió lo más calmado que pudo y el hombre le soltó para sentarse.
—Chico listo.
Ahora le tocaba a él. Movió de golpe la pierna a la derecha y le dio una
patada en la cara a Janson. La cabeza del hombre se sacudió y su cuerpo cayó al
suelo. El hombre moreno se movió, dispuesto a enfrentarse a Thomas, pero él se
retorció para quitárselo de encima y volvió a por Janson, esta vez dándole una
patada en la mano y arrebatándole el cuchillo. Este salió disparado, rebotando
por el suelo, hasta el lateral del edificio.
Thomas centró su atención en el cuchillo y eso fue todo lo que le hizo falta al
hombre bajo. Arremetió contra él, que cayó de espaldas encima de Janson. A su
vez, Janson se retorcía debajo de ambos mientras peleaban. Thomas sintió que la
desesperación se apoderaba de él, que la adrenalina explotaba por su cuerpo.
Gritó y empujó, dio patadas, luchó por salir de entre los dos hombres. Trató de
arañarles y golpearles con manos y pies, consiguió soltarse y se lanzó hacia el
edificio en busca del cuchillo. Cayó justo al lado, lo cogió y se dio la vuelta,
esperando un ataque inmediato. Los dos hombres estaban levantándose,
obviamente atónitos por aquel repentino despliegue de fuerza.
Thomas también se puso en pie y blandió el cuchillo en lo alto.
—Dejad que me vay a, marchaos y dejad que me vaya. Juro que, si venís
detrás de mí, me volveré loco y os apuñalaré hasta la muerte. Lo juro.
—Somos dos contra uno, chaval —repuso Janson—. No me importa que
tengas un cuchillo.
—Ya has visto lo que puedo hacer —respondió Thomas, intentando sonar tan
peligroso como se sentía—. Me has visto en el Laberinto y en la Quemadura —
casi tenía ganas de reírse por la ironía. Le habían convertido en un asesino…
¿para salvar vidas?
El tipo bajo se rio.
—Si crees que somos…
Thomas retrocedió para coger impulso y lanzó el cuchillo tal y como había
visto hacer a Gally, agarrándolo por la hoja. El arma se abrió camino por los
aires y se clavó en el cuello del hombre. Al principio no hubo sangre, pero
entonces este levantó la mano, con el rostro transfigurado por la sorpresa, y
agarró el cuchillo hundido en él. La sangre salió a chorros, al ritmo de los latidos
de su corazón. Abrió la boca, pero antes de que pudiera hablar, cay ó de rodillas.
—Maldito… —susurró Janson, sin apartar los ojos, abiertos de par en par por
el terror, de su colega.
Al principio, Thomas sintió tal impresión por lo que había hecho que se quedó
clavado en el sitio; pero, cuando Janson giró la cabeza para mirarle, echó a
correr fuera del patio y dobló la esquina del edificio. Tenía que volver al agujero
y entrar.
—¡Thomas! —gritó Janson, y Thomas oyó sus pasos persiguiéndole—.
¡Vuelve aquí! ¡No tienes ni idea de lo que estás haciendo!
Thomas no se detuvo. Pasó junto al arbusto tras el que se había escondido y
corrió a toda velocidad hacia el hueco en el lateral del edificio. El hombre y la
mujer seguían sentados donde antes, en cuclillas en el suelo de modo que sus
espaldas se tocaban. Al verle, ambos se pusieron de pie.
—¡Soy Thomas! —les gritó justo cuando abrieron la boca para hacerle
preguntas—. ¡Estoy de vuestro lado!
Intercambiaron una mirada y volvieron la atención a Thomas justo cuando
paró derrapando delante de ellos. Mientras intentaba recuperar el aliento, se
volvió y vio la figura ensombrecida de Janson que corría hacia ellos, tal vez a
unos quince metros.
—Te están buscando por todas partes —dijo el guardia—; pero se suponía que
estabas ahí dentro —señaló con un dedo al agujero.
—¿Dónde está todo el mundo? ¿Dónde está Vince? —inquirió entre jadeos.
Hablaba con la certeza de que, entretanto, Janson seguía corriendo tras él. Se
volvió para mirar al Hombre Rata, cuyo rostro estaba contraído por una furia
antinatural. Era una expresión que ya había visto: la misma ira desquiciada de
Newt. El Hombre Rata tenía el Destello.
Janson habló entre resuellos:
—Ese chico… es propiedad… de CRUEL. Entregádmelo.
La mujer no se inmutó.
—CRUEL para mí no es más que un montón de excrementos de ganso, viejo.
Yo en tu lugar me perdería, y tampoco volvería adentro. Tus amigos están a
punto de pasarlas canutas.
El Hombre Rata no respondió, sino que siguió jadeando, con la vista fija en
Thomas y los otros. Finalmente, comenzó a retroceder despacio.
—Vosotros no lo entendéis. Vuestra arrogancia santurrona será el final de
todo. Espero que podáis vivir con eso mientras os pudrís en el infierno.
Luego se dio la vuelta y echó a correr, desapareciendo en la penumbra.
—¿Qué has hecho para cabrearle? —inquirió la mujer.
Thomas intentó recuperar el aliento.
—Es una larga historia. Tengo que encontrar a Vince o a quien esté al mando.
He de encontrar a mis amigos.
—Cálmate, chaval —respondió el hombre—. Las cosas están bastante
tranquilas ahora. La gente se está poniendo en su sitio, colocando y ese tipo de
cosas.
—¿Colocando? —preguntó Thomas.
—Colocando.
—¿Qué significa?
—Están colocando explosivos, idiota. Estamos a punto de derrumbar el
edificio. Vamos a demostrarle a CRUEL que vamos en serio.
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