66-68
Capítulo 66
En aquel momento, Thomas lo vio todo claro. Había un fanatismo en Vince
que no había advertido hasta ahora. Y también estaba la manera en que el Brazo
Derecho les había tratado a él y sus amigos en la furgoneta tras llevárselos como
rehenes al bajar del iceberg. Por otro lado, ¿por qué tenían todos esos explosivos
en vez de armas convencionales? No tenía sentido, a menos que su objetivo fuera
destruir en vez de tomar el mando. El Brazo Derecho y él no compartían las
mismas ideas. Quizá pensaban que sus motivos eran puros, pero Thomas
empezaba a darse cuenta de que la organización tenía un propósito más oscuro.
Tenía que ir con cuidado. Lo único que importaba en aquel momento era
salvar a sus amigos y encontrar y liberar a los demás que habían sido capturados.
La voz de la mujer interrumpió sus pensamientos:
—Le estás dando muchas vueltas al coco.
—Sí…, perdona. ¿Cuándo creéis que van a accionar los explosivos?
—Muy pronto, supongo. Llevan horas colocándolos. Quieren detonarlos al
mismo tiempo, aunque me temo que no somos tan expertos.
—¿Qué hay de la gente que está dentro? ¿Qué pasa con los que hemos venido
a rescatar?
Ambos se miraron y se encogieron de hombros.
—Vince espera sacar a todo el mundo.
—¿Espera? ¿Y eso qué significa?
—Que tiene la esperanza.
—Tengo que hablar con él.
Lo que quería en realidad era encontrar a Minho y Brenda. Con el Brazo
Derecho o no, sabía lo que tenían que hacer: llegar al Laberinto y sacar a todo el
mundo de allí por el Trans Plano.
La mujer señaló el agujero en el lateral del edificio.
—Justo ahí hay una zona que casi tienen controlada; seguramente le
encontrarás allí. Aunque ten cuidado: CRUEL tiene guardias escondidos por todas
partes. Y son unos cabrones con mala leche.
—Gracias por el aviso.
Thomas se dio la vuelta, impaciente por entrar. El agujero surgía imponente
ante él y una polvorienta oscuridad le aguardaba. Ya no había alarmas ni luces
rojas. Dio un paso al frente.
Al principio, no veía ni oía nada. Caminaba en silencio, con cuidado, por lo
que pudiera haber en cada giro. Las luces eran más intensas conforme se
alejaba, y por fin vio una puerta al final del pasillo que estaba entreabierta.
Corrió hasta ella y, al asomarse, se encontró con una sala grande con mesas
esparcidas por el suelo, de lado, como escudos. Varias personas estaban
agachadas detrás de ellos.
La gente vigilaba unas enormes puertas dobles al otro lado de la habitación y
nadie advirtió su presencia mientras se apretaba contra el marco de la puerta,
ocultando la mayor parte de su cuerpo con el propósito de que no le vieran los de
dentro. Inclinó la cabeza para echar mejor un vistazo. Localizó a Vince y a Gally
detrás de aquellas mesas, pero no reconocía a nadie más. En el extremo
izquierdo de la sala había un pequeño despacho, dentro del que, según dedujo, se
apiñaban unas nueve o diez personas como mínimo. Se esforzó por ver, pero no
pudo distinguir las caras.
—¡Eh! —susurró tan fuerte como se atrevió—. ¡Eh, Gally!
El chico se volvió inmediatamente, pero tuvo que mirar unos segundos a su
alrededor hasta que le vio. Gally entrecerró los ojos, como si pensara que su vista
le estaba engañando.
Thomas le saludó con la mano para asegurarse de que le veía y Gally le hizo
señas de que se acercara. Él volvió a mirar a su alrededor para comprobar que
era seguro; después se agachó, corrió hacia la mesa y se tiró al suelo junto a su
némesis. Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber Gally—. ¿Qué te hicieron?
Vince les lanzó una mirada, pero no dijo nada. Thomas no sabía qué contestar.
—Hicieron… unas cuantas pruebas. Mira, he descubierto dónde tienen a los
inmunes. No podéis volar este sitio por los aires hasta que no los saquemos.
—Pues ve a buscarlos —dijo Vince—. Aquí tenemos una buena liada y no
voy a desaprovechar la oportunidad.
—¡Tú trajiste a algunos de ellos!
Thomas miró a Gally en busca de apoy o, pero sólo obtuvo un encogimiento
de hombros. Estaba solo.
—¿Dónde están Brenda, Minho y los demás? —preguntó.
Gally señaló con la cabeza hacia la habitación anexa.
—Esos están ahí dentro. Dijeron que no harían nada hasta que volvieras.
De pronto, Thomas sintió lástima por el chico lleno de cicatrices que tenía al
lado.
—Ven conmigo, Gally. Dejemos que estos tipos hagan lo que quieran, pero
ven a ay udarnos. ¿No te hubiera gustado que alguien hiciera lo mismo por
nosotros cuando estábamos en el Laberinto?
Vince se volvió hacia ellos.
—Ni se te ocurra —espetó—. Thomas, ya sabías cuáles eran nuestros
objetivos al entrar aquí. Si nos abandonas ahora, te consideraré un renegado.
Serás un objetivo.
Thomas siguió concentrado en Gally. Vio una tristeza en los ojos del
muchacho que le rompió el corazón. Y también vio algo que no había visto antes:
confianza. Auténtica confianza.
—Ven con nosotros —repitió.
Su viejo enemigo esbozó una sonrisa y contestó lo inesperado:
—Vale.
Thomas no esperó a que Vince reaccionara; cogió a Gally del brazo y se
apartaron de la mesa a toda velocidad. Luego corrieron hasta el despacho y se
metieron dentro.
Minho fue el primero que se acercó a él para darle un enorme abrazo
mientras Gally observaba, violento, en un rincón. Estaban todos allí: Minho,
Brenda, Jorge, Teresa, incluso Aris. Thomas estuvo a punto de marearse por el
rápido intercambio de abrazos y palabras de alivio y bienvenida. Le emocionó
especialmente ver a Brenda y permaneció con ella más rato que con los demás.
Pero, aunque se sentía muy bien, sabía que no tenía tiempo para aquello.
Se apartó.
—No puedo explicároslo todo ahora mismo. Tenemos que ir a buscar a los
inmunes que CRUEL se llevó y encontrar una puerta trasera que, según me han
dicho, es un Trans Plano. Y tenemos que darnos prisa antes de que el Brazo
Derecho vuele este sitio por los aires.
—¿Dónde están los inmunes? —inquirió Brenda.
—Sí, ¿de qué te has enterado? —añadió Minho.
Thomas jamás se habría imaginado que diría lo que dijo a continuación:
—Necesitamos volver al Laberinto.
Capítulo 67
Les enseñó la carta que había descubierto a su lado en la sala de recuperación
y sólo tardaron unos instantes en estar todos de acuerdo —incluso Teresa y Gally
— en abandonar el Brazo Derecho e ir por su cuenta. Ir al Laberinto.
Brenda echó un vistazo al mapa de Thomas y dijo que sabía exactamente
cómo llegar hasta allí. Le dio un cuchillo, que él aferró con la mano derecha,
preguntándose si su supervivencia dependería de aquella simple arma. Vince y
los demás les gritaron, les llamaron locos, les dijeron que acabarían muertos en
cuestión de minutos. Pero Thomas ignoró sus palabras.
La puerta seguía entreabierta y él fue el primero en salir. Se agachó,
dispuesto a atacar, pero el vestíbulo estaba vacío. Los demás le seguían y decidió
sustituir el sigilo por la velocidad, echando una carrera por ese primer pasillo
largo. La luz sombría hacía que el lugar pareciera encantado, como si los
espíritus de toda la gente que CRUEL había dejado morir estuvieran allí
esperando en huecos y rincones. Pero para Thomas era como si estuvieran de su
lado.
Con Brenda señalándoles el camino, doblaron una esquina y bajaron por unas
escaleras. Tomaron un atajo por un viejo trastero para recorrer otro largo pasillo,
bajaron más escaleras. Derecha y luego, izquierda. Thomas mantenía un paso
rápido y estaba constantemente alerta ante el peligro. No hacía pausas, no se
detenía a recuperar el aliento, no dudaba de las indicaciones de Brenda. Volvía a
ser un corredor y, a pesar de todo, se sentía bien.
Se acercaron al final de un pasillo y giraron a la derecha. Thomas tan sólo
había avanzado tres pasos más cuando alguien salió de la nada y se abalanzó
sobre él, le agarró de los hombros y le tiró al suelo.
Thomas cayó y rodó, intentando quitarse a esa persona de encima. Oyó
gritos y los sonidos de otros peleando. Estaba oscuro y apenas podía distinguir a
quién se enfrentaba, pero asestó puñetazos y patadas, cortó con el cuchillo y notó
que impactaba contra algo y lo rasgaba. Una mujer gritó. Un puño se estrelló
contra su mejilla derecha y algo duro se le clavó en la parte superior del muslo.
Thomas hizo una pausa para preparase y luego empujó con todas sus fuerzas.
Su atacante se golpeó contra la pared y volvió a abalanzarse sobre él. Rodaron y
chocaron contra otras dos personas que también estaban peleando. Le costó toda
su concentración asir el cuchillo y seguir asestando golpes, pero era difícil al
estar tan cerca de su agresor. Le dio con el puño izquierdo bajo la barbilla y usó
el momento de respiro para clavarle el cuchillo en el estómago. Se oyó otro grito,
otra vez una mujer: definitivamente, la persona que le estaba atacando. Se la
quitó de encima para siempre.
Thomas se puso de pie y miró a su alrededor para ver si podía ay udar. Bajo
la escasa luz, vio a Minho sentado a horcajadas sobre un hombre, arreándole sin
que el tipo mostrara resistencia. Brenda y Jorge se habían unido contra otro
guardia y, justo cuando Thomas miró, el hombre se puso de pie enseguida y
huyó. Teresa, Harriet y Aris estaban apoyados en una pared, recuperando el
aliento. Todos habían sobrevivido. Tenían que empezar a correr.
—¡Vamos! —gritó—. ¡Minho, déjalo!
Su amigo dio un par de puñetazos más por si acaso; a continuación, se levantó
y le dio al tipo una última patada.
—Ya estoy. Podemos irnos.
El grupo se dio la vuelta y continuó corriendo.
• • •
Bajaron a toda velocidad otro tramo de escaleras y entraron a trompicones
uno a uno en la sala del fondo. Thomas se quedó helado cuando se dio cuenta de
dónde estaba. Era la cámara que albergaba las vainas de los laceradores, la sala
en la que habían aparecido tras escapar del Laberinto. Las ventanas de la sala de
observación seguían rotas, los trozos de cristal estaban desperdigados a lo largo
del suelo. Las cuarenta vainas oblongas donde descansaban y se cargaban los
laceradores daban la impresión de haber sido selladas después de que los
clarianos hubieran pasado por allí semanas atrás. Una capa de polvo deslustraba
lo que antes había sido una reluciente superficie blanca.
Thomas sabía que, como miembro de CRUEL, había pasado incontables
horas y días en aquel lugar mientras trabajaban creando el Laberinto, y volvió a
sentir vergüenza por todo aquello.
Brenda señaló una escalera que subía hasta su destino. Thomas se estremeció
ante el recuerdo del resbaladizo tobogán de los laceradores por el que tuvieron
que bajar durante su huida. Podrían haber descendido por una escalera.
—¿Por qué no hay nadie? —preguntó Minho. Dio una vuelta, inspeccionando
el lugar—. Si tienen gente aquí dentro, ¿por qué no hay guardias?
Thomas caviló unos instantes.
—¿Quién necesita soldados para mantenerlos dentro cuando se tiene un
Laberinto que hace el trabajo por ti? Nos costó mucho averiguar cómo salir.
—No sé —dijo Minho—, algo me huele a chamusquina.
Thomas se encogió de hombros.
—Bueno, no vamos a ser de ay uda aquí sentados. A menos que tengáis algo
útil que ofrecer, subamos y empecemos a sacarlos.
—¿Algo útil? —repitió Minho—. No tengo nada.
—Pues vamos arriba.
Thomas subió la escalera de mano y se impulsó para salir a otra sala
familiar, en la que se hallaban las estaciones de entrada donde había escrito las
palabras en código para encerrar a los laceradores. Chuck había estado allí,
aterrorizado pero valiente. Y menos de una hora después yacía muerto. El dolor
de perder a su amigo volvió a inundar su pecho.
—Hogar, dulce hogar —murmuró Minho. Señalaba un agujero redondo sobre
sus cabezas: el agujero que salía al Precipicio.
Cuando el Laberinto funcionaba al cien por cien, se había usado un
holograma para ocultarlo, para que aparentase formar parte del falso cielo
interminable más allá del filo rocoso de la caída. Ahora estaba todo apagado, por
supuesto, y Thomas no veía más que los muros del Laberinto a través de la
abertura. Habían colocado una escalera de mano justo debajo.
—No puedo creerme que estemos de vuelta —dijo Teresa, que se puso junto
a Thomas. Su voz contenía la misma angustia que sentía él.
Y por algún motivo, con aquella simple afirmación, Thomas se dio cuenta de
que, al estar allí, por fin ambos se hallaban al mismo nivel. Intentando salvar
vidas, intentando compensar lo que habían hecho para que empezara todo.
Quería creerlo con todo su ser.
Se volvió para mirarla.
—Qué locura, ¿eh?
La chica sonrió por primera vez desde… no se acordaba.
—Una locura.
Había muchísimas cosas —sobre sí mismo, sobre ella— que Thomas no
recordaba, pero Teresa estaba allí, ay udando, y eso era todo cuanto podía pedir.
—¿No sería mejor que subiésemos? —intervino Brenda.
—Sí —asintió Thomas—, subamos.
Él fue el último. Después de que los demás subieran, trepó por la escalera y
se lanzó hacia el saliente. Aterrizó sobre dos tablas que se habían colocado en el
hueco hasta el suelo de piedra del Laberinto, en el borde del Precipicio. Debajo
no había más que una zona de trabajo de paredes negras, que antes parecía una
caída sin fondo. Volvió a mirar hacia el Laberinto y tuvo que hacer una pausa
para asimilarlo todo.
Donde el cielo una vez había sido azul y brillante, ahora tan sólo había un
techo gris. El holograma junto al Precipicio se había apagado del todo y la vista
que antes producía vértigo se había transformado en un simple estuco negro.
Pero, al ver los enormes muros cubiertos de hiedra que se alejaban del
Precipicio, se quedó sin aliento. Eran imponentes aun sin la ilusión, y se alzaban
ante él como antiguos monolitos, verdes y grises, surcados de grietas. Como si
llevaran allí mil años, unas enormes lápidas que marcaran la muerte de
incontables personas.
Había regresado.
Capítulo 68
Minho iba a la cabeza esta vez, con la espalda recta mientras corría. Cada
centímetro de su cuerpo reflejaba el orgullo que sentía por aquellos dos años en
los que había dirigido a los corredores del Laberinto. Thomas iba justo detrás de
él, estirando el cuello para ver los muros de hiedra que majestuosamente se
erigían hacia el techo gris. Era una extraña sensación estar otra vez allí después
de todo lo acontecido desde su huida.
Nadie dijo gran cosa mientras corrían hacia el Claro. Thomas se preguntó
qué debían de pensar Brenda y Jorge sobre el Laberinto; sabía que les resultaría
enorme. Una cuchilla escarabajo jamás podría transmitir semejante tamaño a la
sala de observación. Y no podía ni imaginarse los malos recuerdos que volverían
a la memoria de Gally.
Doblaron la última esquina, que llevaba al amplio pasillo al otro lado de la
Puerta Este del Claro. Cuando Thomas llegó a la parte de la pared donde había
atado a Alby con la hiedra, miró en aquella dirección y vio la maraña de
enredaderas. Todo aquel esfuerzo por salvar al antiguo líder de los clarianos, sólo
para verlo morir pocos días después, al no acabar de recuperarse su mente tras el
Cambio. Un torrente de ira le abrasó las venas.
Llegaron al enorme hueco entre los muros que constituía la Puerta Este y
Thomas aguantó la respiración mientras aflojaba el paso. Había cientos de
personas deambulando por el Claro. Le horrorizó constatar que entre la
muchedumbre había incluso algunos bebés y niños pequeños. Tardó un momento
en difundirse el rumor por el mar de inmunes, pero en cuestión de segundos todos
los ojos estaban centrados en los recién llegados y un completo silencio reinó en
el Claro.
—¿Sabías que había tantos? —le preguntó Minho a Thomas.
Se veía gente por todas partes; desde luego, muchas más personas que las que
habían sumado los clarianos. Pero lo que dejaba a Thomas sin palabras era
volver a ver el Claro: el edificio torcido que llamaban la Hacienda; el patético
bosquecillo; el establo de la Casa de la Sangre; los campos, ahora apenas maleza;
la Sala de Mapas carbonizada y su puerta metálica ennegrecida, que todavía
colgaba entreabierta. Desde donde estaba también veía el Trullo, y una burbuja
de emociones amenazó con estallar en su interior.
—Eh, soñador —le llamó Minho, chascando los dedos—, te he hecho una
pregunta.
—¿Eh? Ah… Hay tantos que hacen que el sitio parezca más pequeño que
cuando estábamos aquí.
Sus amigos no tardaron en localizarlos: Fritanga, Clint el mediquero, Sonya y
otras chicas del Grupo B… Todos fueron corriendo y el reencuentro produjo un
alboroto de abrazos.
Fritanga dio un golpecito a Thomas en el brazo.
—¿Puedes creerte que me volvieran a meter en este sitio? Ni siquiera me
dejan cocinar, sólo nos mandan un puñado de comida envasada en la Caja, tres
veces al día. La cocina ni siquiera funciona; no hay electricidad, nada.
Thomas se rio; la ira iba disminuyendo.
—Si y a cocinabas fatal para cincuenta tíos, imagínate para todo este ejército.
—Qué gracioso, Thomas; eres muy gracioso. Me alegro de verte —entonces
sus ojos se agrandaron—. ¿Gally? ¿Gally está aquí? ¿Gally está vivo?
—Yo también me alegro de verte —replicó secamente el chico.
Thomas le dio a Fritanga unas palmaditas en la espalda.
—Es una larga historia. Ahora es un buen chico.
Gally resopló, pero no dijo nada. Minho se acercó a ellos.
—Muy bien, el momento de felicidad se ha acabado. ¿Cómo vamos a hacer
esto, tío?
—No debería ser tan difícil —respondió Thomas.
En realidad, odiaba la idea no sólo de tener que sacar a toda esa gente del
Laberinto, sino de llevarlos por todo el complejo de CRUEL hasta el Trans Plano.
Aun así, debía hacerlo.
—No me vengas con esa clonc —dijo Minho—. Tus ojos no mienten.
Él sonrió.
—Bueno, lo que es obvio es que tenemos a mucha gente para luchar a nuestro
lado.
—¿Has visto a esos pobres infelices? —repuso su amigo con indignación—.
La mitad son más jóvenes que nosotros y la otra mitad parece que no ha echado
muchos pulsos, por no hablar de peleas a puñetazos.
—A veces la cantidad es lo único que importa —respondió Thomas.
Vio a Teresa y la llamó para que se acercara. Después fue a buscar a Brenda.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Teresa.
Si Teresa estaba de verdad con ellos, ahora era cuando Thomas la necesitaba,
así como todos los recuerdos que había recuperado.
—Vale, separémonos en grupos —dijo a todo el mundo—. Tiene que haber
unas cuatrocientas o quinientas personas, así que… grupos de cincuenta. Luego
poned a un clariano o a alguien del Grupo B a cargo de ellos. Teresa, ¿sabes
cómo llegar a esa sala de mantenimiento? —le enseñó el mapa y ella asintió tras
examinarlo. Thomas continuó—: Entonces, ayudaré a trasladar a la gente
mientras tú y Brenda los dirigís. Que el resto dirija a uno de los grupos. Excepto
Minho, Jorge y Gally. Creo que vosotros deberíais cubrir la retaguardia.
—Me parece bien —dijo Minho, encogiéndose de hombros. Por increíble que
pareciera, aparentaba estar aburrido.
—Lo que tú digas, muchacho —añadió Jorge.
Gally se limitó a asentir.
Pasaron los siguientes veinte minutos dividiendo a todos en grupos y
colocándolos en largas filas. Pusieron especial cuidado en formar los grupos
incluso por edades y fuerza física. Los inmunes no pusieron objeciones a seguir
las órdenes en cuanto se dieron cuenta de que los recién llegados habían ido a
rescatarlos.
Una vez que se organizaron en grupos, Thomas y sus amigos se situaron en
fila ante la Puerta Este. Thomas movió las manos para atraer la atención de todo
el mundo.
—¡Escuchad! —empezó—. CRUEL planea usaros para la ciencia. Vuestros
cuerpos, vuestros cerebros. Llevan estudiando años a la gente, recogiendo datos
para desarrollar una cura para el Destello. Ahora quieren utilizaros a vosotros
también, pero no os merecéis una vida de ratas de laboratorio. Vosotros sois
(todos nosotros somos) el futuro, y ese futuro no va a ser como quiere CRUEL.
Por eso hemos venido, para sacaros de este lugar. Vamos a atravesar un puñado
de edificios para encontrar un Trans Plano que nos lleve a un lugar seguro. Si nos
atacan, tendremos que luchar. No os separéis de vuestro grupo; los más fuertes
deberán hacer lo que haga falta para proteger a los…
Las últimas palabras de Thomas fueron interrumpidas por un violento crujido,
como el sonido de una piedra partiéndose. Y luego, nada. Tan sólo un eco que
rebotaba en los enormes muros.
—¿Qué ha sido eso? —gritó Minho, buscando el origen en el cielo.
Thomas escrutó el Claro; los muros del Laberinto se alzaban a sus espaldas,
pero no había nada fuera de lugar. Justo cuando estaba a punto de hablar, sonó
otro crujido y después, otro. Un estruendo retumbante atravesó el Claro. Empezó
suave y fue creciendo en intensidad y volumen. El suelo comenzó a temblar y
pareció como si el mundo se viniera abajo.
La gente daba vueltas en busca del origen del ruido, y Thomas constató que el
pánico se estaba propagando. Pronto perdería el control. El suelo se agitó con
más violencia, los sonidos se amplificaron —el estruendo y el crujido de la roca
— y los gritos estallaron entre la muchedumbre que tenía delante.
De pronto, Thomas cayó en la cuenta:
—Los explosivos.
—¿Qué? —gritó Minho.
Thomas miró a su amigo.
—¡El Brazo Derecho!
Un ruido ensordecedor sacudió el Claro. Thomas se dio la vuelta para mirar
hacia arriba: una gran parte del muro a la izquierda de la Puerta Este se había
soltado y grandes trozos de piedra volaban por todas partes. Una enorme sección
pareció sostenerse en el aire en un ángulo imposible; a continuación, se desplomó
hacia el suelo.
Thomas no tuvo tiempo de gritar una advertencia antes de que el gigantesco
trozo de roca cayera sobre un grupo de personas, aplastándolas al partirse por la
mitad. Se quedó unos instantes sin habla mientras la sangre rezumaba de los
bordes y se formaba un charco en el suelo de piedra.
En aquel momento, Thomas lo vio todo claro. Había un fanatismo en Vince
que no había advertido hasta ahora. Y también estaba la manera en que el Brazo
Derecho les había tratado a él y sus amigos en la furgoneta tras llevárselos como
rehenes al bajar del iceberg. Por otro lado, ¿por qué tenían todos esos explosivos
en vez de armas convencionales? No tenía sentido, a menos que su objetivo fuera
destruir en vez de tomar el mando. El Brazo Derecho y él no compartían las
mismas ideas. Quizá pensaban que sus motivos eran puros, pero Thomas
empezaba a darse cuenta de que la organización tenía un propósito más oscuro.
Tenía que ir con cuidado. Lo único que importaba en aquel momento era
salvar a sus amigos y encontrar y liberar a los demás que habían sido capturados.
La voz de la mujer interrumpió sus pensamientos:
—Le estás dando muchas vueltas al coco.
—Sí…, perdona. ¿Cuándo creéis que van a accionar los explosivos?
—Muy pronto, supongo. Llevan horas colocándolos. Quieren detonarlos al
mismo tiempo, aunque me temo que no somos tan expertos.
—¿Qué hay de la gente que está dentro? ¿Qué pasa con los que hemos venido
a rescatar?
Ambos se miraron y se encogieron de hombros.
—Vince espera sacar a todo el mundo.
—¿Espera? ¿Y eso qué significa?
—Que tiene la esperanza.
—Tengo que hablar con él.
Lo que quería en realidad era encontrar a Minho y Brenda. Con el Brazo
Derecho o no, sabía lo que tenían que hacer: llegar al Laberinto y sacar a todo el
mundo de allí por el Trans Plano.
La mujer señaló el agujero en el lateral del edificio.
—Justo ahí hay una zona que casi tienen controlada; seguramente le
encontrarás allí. Aunque ten cuidado: CRUEL tiene guardias escondidos por todas
partes. Y son unos cabrones con mala leche.
—Gracias por el aviso.
Thomas se dio la vuelta, impaciente por entrar. El agujero surgía imponente
ante él y una polvorienta oscuridad le aguardaba. Ya no había alarmas ni luces
rojas. Dio un paso al frente.
Al principio, no veía ni oía nada. Caminaba en silencio, con cuidado, por lo
que pudiera haber en cada giro. Las luces eran más intensas conforme se
alejaba, y por fin vio una puerta al final del pasillo que estaba entreabierta.
Corrió hasta ella y, al asomarse, se encontró con una sala grande con mesas
esparcidas por el suelo, de lado, como escudos. Varias personas estaban
agachadas detrás de ellos.
La gente vigilaba unas enormes puertas dobles al otro lado de la habitación y
nadie advirtió su presencia mientras se apretaba contra el marco de la puerta,
ocultando la mayor parte de su cuerpo con el propósito de que no le vieran los de
dentro. Inclinó la cabeza para echar mejor un vistazo. Localizó a Vince y a Gally
detrás de aquellas mesas, pero no reconocía a nadie más. En el extremo
izquierdo de la sala había un pequeño despacho, dentro del que, según dedujo, se
apiñaban unas nueve o diez personas como mínimo. Se esforzó por ver, pero no
pudo distinguir las caras.
—¡Eh! —susurró tan fuerte como se atrevió—. ¡Eh, Gally!
El chico se volvió inmediatamente, pero tuvo que mirar unos segundos a su
alrededor hasta que le vio. Gally entrecerró los ojos, como si pensara que su vista
le estaba engañando.
Thomas le saludó con la mano para asegurarse de que le veía y Gally le hizo
señas de que se acercara. Él volvió a mirar a su alrededor para comprobar que
era seguro; después se agachó, corrió hacia la mesa y se tiró al suelo junto a su
némesis. Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber Gally—. ¿Qué te hicieron?
Vince les lanzó una mirada, pero no dijo nada. Thomas no sabía qué contestar.
—Hicieron… unas cuantas pruebas. Mira, he descubierto dónde tienen a los
inmunes. No podéis volar este sitio por los aires hasta que no los saquemos.
—Pues ve a buscarlos —dijo Vince—. Aquí tenemos una buena liada y no
voy a desaprovechar la oportunidad.
—¡Tú trajiste a algunos de ellos!
Thomas miró a Gally en busca de apoy o, pero sólo obtuvo un encogimiento
de hombros. Estaba solo.
—¿Dónde están Brenda, Minho y los demás? —preguntó.
Gally señaló con la cabeza hacia la habitación anexa.
—Esos están ahí dentro. Dijeron que no harían nada hasta que volvieras.
De pronto, Thomas sintió lástima por el chico lleno de cicatrices que tenía al
lado.
—Ven conmigo, Gally. Dejemos que estos tipos hagan lo que quieran, pero
ven a ay udarnos. ¿No te hubiera gustado que alguien hiciera lo mismo por
nosotros cuando estábamos en el Laberinto?
Vince se volvió hacia ellos.
—Ni se te ocurra —espetó—. Thomas, ya sabías cuáles eran nuestros
objetivos al entrar aquí. Si nos abandonas ahora, te consideraré un renegado.
Serás un objetivo.
Thomas siguió concentrado en Gally. Vio una tristeza en los ojos del
muchacho que le rompió el corazón. Y también vio algo que no había visto antes:
confianza. Auténtica confianza.
—Ven con nosotros —repitió.
Su viejo enemigo esbozó una sonrisa y contestó lo inesperado:
—Vale.
Thomas no esperó a que Vince reaccionara; cogió a Gally del brazo y se
apartaron de la mesa a toda velocidad. Luego corrieron hasta el despacho y se
metieron dentro.
Minho fue el primero que se acercó a él para darle un enorme abrazo
mientras Gally observaba, violento, en un rincón. Estaban todos allí: Minho,
Brenda, Jorge, Teresa, incluso Aris. Thomas estuvo a punto de marearse por el
rápido intercambio de abrazos y palabras de alivio y bienvenida. Le emocionó
especialmente ver a Brenda y permaneció con ella más rato que con los demás.
Pero, aunque se sentía muy bien, sabía que no tenía tiempo para aquello.
Se apartó.
—No puedo explicároslo todo ahora mismo. Tenemos que ir a buscar a los
inmunes que CRUEL se llevó y encontrar una puerta trasera que, según me han
dicho, es un Trans Plano. Y tenemos que darnos prisa antes de que el Brazo
Derecho vuele este sitio por los aires.
—¿Dónde están los inmunes? —inquirió Brenda.
—Sí, ¿de qué te has enterado? —añadió Minho.
Thomas jamás se habría imaginado que diría lo que dijo a continuación:
—Necesitamos volver al Laberinto.
Capítulo 67
Les enseñó la carta que había descubierto a su lado en la sala de recuperación
y sólo tardaron unos instantes en estar todos de acuerdo —incluso Teresa y Gally
— en abandonar el Brazo Derecho e ir por su cuenta. Ir al Laberinto.
Brenda echó un vistazo al mapa de Thomas y dijo que sabía exactamente
cómo llegar hasta allí. Le dio un cuchillo, que él aferró con la mano derecha,
preguntándose si su supervivencia dependería de aquella simple arma. Vince y
los demás les gritaron, les llamaron locos, les dijeron que acabarían muertos en
cuestión de minutos. Pero Thomas ignoró sus palabras.
La puerta seguía entreabierta y él fue el primero en salir. Se agachó,
dispuesto a atacar, pero el vestíbulo estaba vacío. Los demás le seguían y decidió
sustituir el sigilo por la velocidad, echando una carrera por ese primer pasillo
largo. La luz sombría hacía que el lugar pareciera encantado, como si los
espíritus de toda la gente que CRUEL había dejado morir estuvieran allí
esperando en huecos y rincones. Pero para Thomas era como si estuvieran de su
lado.
Con Brenda señalándoles el camino, doblaron una esquina y bajaron por unas
escaleras. Tomaron un atajo por un viejo trastero para recorrer otro largo pasillo,
bajaron más escaleras. Derecha y luego, izquierda. Thomas mantenía un paso
rápido y estaba constantemente alerta ante el peligro. No hacía pausas, no se
detenía a recuperar el aliento, no dudaba de las indicaciones de Brenda. Volvía a
ser un corredor y, a pesar de todo, se sentía bien.
Se acercaron al final de un pasillo y giraron a la derecha. Thomas tan sólo
había avanzado tres pasos más cuando alguien salió de la nada y se abalanzó
sobre él, le agarró de los hombros y le tiró al suelo.
Thomas cayó y rodó, intentando quitarse a esa persona de encima. Oyó
gritos y los sonidos de otros peleando. Estaba oscuro y apenas podía distinguir a
quién se enfrentaba, pero asestó puñetazos y patadas, cortó con el cuchillo y notó
que impactaba contra algo y lo rasgaba. Una mujer gritó. Un puño se estrelló
contra su mejilla derecha y algo duro se le clavó en la parte superior del muslo.
Thomas hizo una pausa para preparase y luego empujó con todas sus fuerzas.
Su atacante se golpeó contra la pared y volvió a abalanzarse sobre él. Rodaron y
chocaron contra otras dos personas que también estaban peleando. Le costó toda
su concentración asir el cuchillo y seguir asestando golpes, pero era difícil al
estar tan cerca de su agresor. Le dio con el puño izquierdo bajo la barbilla y usó
el momento de respiro para clavarle el cuchillo en el estómago. Se oyó otro grito,
otra vez una mujer: definitivamente, la persona que le estaba atacando. Se la
quitó de encima para siempre.
Thomas se puso de pie y miró a su alrededor para ver si podía ay udar. Bajo
la escasa luz, vio a Minho sentado a horcajadas sobre un hombre, arreándole sin
que el tipo mostrara resistencia. Brenda y Jorge se habían unido contra otro
guardia y, justo cuando Thomas miró, el hombre se puso de pie enseguida y
huyó. Teresa, Harriet y Aris estaban apoyados en una pared, recuperando el
aliento. Todos habían sobrevivido. Tenían que empezar a correr.
—¡Vamos! —gritó—. ¡Minho, déjalo!
Su amigo dio un par de puñetazos más por si acaso; a continuación, se levantó
y le dio al tipo una última patada.
—Ya estoy. Podemos irnos.
El grupo se dio la vuelta y continuó corriendo.
• • •
Bajaron a toda velocidad otro tramo de escaleras y entraron a trompicones
uno a uno en la sala del fondo. Thomas se quedó helado cuando se dio cuenta de
dónde estaba. Era la cámara que albergaba las vainas de los laceradores, la sala
en la que habían aparecido tras escapar del Laberinto. Las ventanas de la sala de
observación seguían rotas, los trozos de cristal estaban desperdigados a lo largo
del suelo. Las cuarenta vainas oblongas donde descansaban y se cargaban los
laceradores daban la impresión de haber sido selladas después de que los
clarianos hubieran pasado por allí semanas atrás. Una capa de polvo deslustraba
lo que antes había sido una reluciente superficie blanca.
Thomas sabía que, como miembro de CRUEL, había pasado incontables
horas y días en aquel lugar mientras trabajaban creando el Laberinto, y volvió a
sentir vergüenza por todo aquello.
Brenda señaló una escalera que subía hasta su destino. Thomas se estremeció
ante el recuerdo del resbaladizo tobogán de los laceradores por el que tuvieron
que bajar durante su huida. Podrían haber descendido por una escalera.
—¿Por qué no hay nadie? —preguntó Minho. Dio una vuelta, inspeccionando
el lugar—. Si tienen gente aquí dentro, ¿por qué no hay guardias?
Thomas caviló unos instantes.
—¿Quién necesita soldados para mantenerlos dentro cuando se tiene un
Laberinto que hace el trabajo por ti? Nos costó mucho averiguar cómo salir.
—No sé —dijo Minho—, algo me huele a chamusquina.
Thomas se encogió de hombros.
—Bueno, no vamos a ser de ay uda aquí sentados. A menos que tengáis algo
útil que ofrecer, subamos y empecemos a sacarlos.
—¿Algo útil? —repitió Minho—. No tengo nada.
—Pues vamos arriba.
Thomas subió la escalera de mano y se impulsó para salir a otra sala
familiar, en la que se hallaban las estaciones de entrada donde había escrito las
palabras en código para encerrar a los laceradores. Chuck había estado allí,
aterrorizado pero valiente. Y menos de una hora después yacía muerto. El dolor
de perder a su amigo volvió a inundar su pecho.
—Hogar, dulce hogar —murmuró Minho. Señalaba un agujero redondo sobre
sus cabezas: el agujero que salía al Precipicio.
Cuando el Laberinto funcionaba al cien por cien, se había usado un
holograma para ocultarlo, para que aparentase formar parte del falso cielo
interminable más allá del filo rocoso de la caída. Ahora estaba todo apagado, por
supuesto, y Thomas no veía más que los muros del Laberinto a través de la
abertura. Habían colocado una escalera de mano justo debajo.
—No puedo creerme que estemos de vuelta —dijo Teresa, que se puso junto
a Thomas. Su voz contenía la misma angustia que sentía él.
Y por algún motivo, con aquella simple afirmación, Thomas se dio cuenta de
que, al estar allí, por fin ambos se hallaban al mismo nivel. Intentando salvar
vidas, intentando compensar lo que habían hecho para que empezara todo.
Quería creerlo con todo su ser.
Se volvió para mirarla.
—Qué locura, ¿eh?
La chica sonrió por primera vez desde… no se acordaba.
—Una locura.
Había muchísimas cosas —sobre sí mismo, sobre ella— que Thomas no
recordaba, pero Teresa estaba allí, ay udando, y eso era todo cuanto podía pedir.
—¿No sería mejor que subiésemos? —intervino Brenda.
—Sí —asintió Thomas—, subamos.
Él fue el último. Después de que los demás subieran, trepó por la escalera y
se lanzó hacia el saliente. Aterrizó sobre dos tablas que se habían colocado en el
hueco hasta el suelo de piedra del Laberinto, en el borde del Precipicio. Debajo
no había más que una zona de trabajo de paredes negras, que antes parecía una
caída sin fondo. Volvió a mirar hacia el Laberinto y tuvo que hacer una pausa
para asimilarlo todo.
Donde el cielo una vez había sido azul y brillante, ahora tan sólo había un
techo gris. El holograma junto al Precipicio se había apagado del todo y la vista
que antes producía vértigo se había transformado en un simple estuco negro.
Pero, al ver los enormes muros cubiertos de hiedra que se alejaban del
Precipicio, se quedó sin aliento. Eran imponentes aun sin la ilusión, y se alzaban
ante él como antiguos monolitos, verdes y grises, surcados de grietas. Como si
llevaran allí mil años, unas enormes lápidas que marcaran la muerte de
incontables personas.
Había regresado.
Capítulo 68
Minho iba a la cabeza esta vez, con la espalda recta mientras corría. Cada
centímetro de su cuerpo reflejaba el orgullo que sentía por aquellos dos años en
los que había dirigido a los corredores del Laberinto. Thomas iba justo detrás de
él, estirando el cuello para ver los muros de hiedra que majestuosamente se
erigían hacia el techo gris. Era una extraña sensación estar otra vez allí después
de todo lo acontecido desde su huida.
Nadie dijo gran cosa mientras corrían hacia el Claro. Thomas se preguntó
qué debían de pensar Brenda y Jorge sobre el Laberinto; sabía que les resultaría
enorme. Una cuchilla escarabajo jamás podría transmitir semejante tamaño a la
sala de observación. Y no podía ni imaginarse los malos recuerdos que volverían
a la memoria de Gally.
Doblaron la última esquina, que llevaba al amplio pasillo al otro lado de la
Puerta Este del Claro. Cuando Thomas llegó a la parte de la pared donde había
atado a Alby con la hiedra, miró en aquella dirección y vio la maraña de
enredaderas. Todo aquel esfuerzo por salvar al antiguo líder de los clarianos, sólo
para verlo morir pocos días después, al no acabar de recuperarse su mente tras el
Cambio. Un torrente de ira le abrasó las venas.
Llegaron al enorme hueco entre los muros que constituía la Puerta Este y
Thomas aguantó la respiración mientras aflojaba el paso. Había cientos de
personas deambulando por el Claro. Le horrorizó constatar que entre la
muchedumbre había incluso algunos bebés y niños pequeños. Tardó un momento
en difundirse el rumor por el mar de inmunes, pero en cuestión de segundos todos
los ojos estaban centrados en los recién llegados y un completo silencio reinó en
el Claro.
—¿Sabías que había tantos? —le preguntó Minho a Thomas.
Se veía gente por todas partes; desde luego, muchas más personas que las que
habían sumado los clarianos. Pero lo que dejaba a Thomas sin palabras era
volver a ver el Claro: el edificio torcido que llamaban la Hacienda; el patético
bosquecillo; el establo de la Casa de la Sangre; los campos, ahora apenas maleza;
la Sala de Mapas carbonizada y su puerta metálica ennegrecida, que todavía
colgaba entreabierta. Desde donde estaba también veía el Trullo, y una burbuja
de emociones amenazó con estallar en su interior.
—Eh, soñador —le llamó Minho, chascando los dedos—, te he hecho una
pregunta.
—¿Eh? Ah… Hay tantos que hacen que el sitio parezca más pequeño que
cuando estábamos aquí.
Sus amigos no tardaron en localizarlos: Fritanga, Clint el mediquero, Sonya y
otras chicas del Grupo B… Todos fueron corriendo y el reencuentro produjo un
alboroto de abrazos.
Fritanga dio un golpecito a Thomas en el brazo.
—¿Puedes creerte que me volvieran a meter en este sitio? Ni siquiera me
dejan cocinar, sólo nos mandan un puñado de comida envasada en la Caja, tres
veces al día. La cocina ni siquiera funciona; no hay electricidad, nada.
Thomas se rio; la ira iba disminuyendo.
—Si y a cocinabas fatal para cincuenta tíos, imagínate para todo este ejército.
—Qué gracioso, Thomas; eres muy gracioso. Me alegro de verte —entonces
sus ojos se agrandaron—. ¿Gally? ¿Gally está aquí? ¿Gally está vivo?
—Yo también me alegro de verte —replicó secamente el chico.
Thomas le dio a Fritanga unas palmaditas en la espalda.
—Es una larga historia. Ahora es un buen chico.
Gally resopló, pero no dijo nada. Minho se acercó a ellos.
—Muy bien, el momento de felicidad se ha acabado. ¿Cómo vamos a hacer
esto, tío?
—No debería ser tan difícil —respondió Thomas.
En realidad, odiaba la idea no sólo de tener que sacar a toda esa gente del
Laberinto, sino de llevarlos por todo el complejo de CRUEL hasta el Trans Plano.
Aun así, debía hacerlo.
—No me vengas con esa clonc —dijo Minho—. Tus ojos no mienten.
Él sonrió.
—Bueno, lo que es obvio es que tenemos a mucha gente para luchar a nuestro
lado.
—¿Has visto a esos pobres infelices? —repuso su amigo con indignación—.
La mitad son más jóvenes que nosotros y la otra mitad parece que no ha echado
muchos pulsos, por no hablar de peleas a puñetazos.
—A veces la cantidad es lo único que importa —respondió Thomas.
Vio a Teresa y la llamó para que se acercara. Después fue a buscar a Brenda.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Teresa.
Si Teresa estaba de verdad con ellos, ahora era cuando Thomas la necesitaba,
así como todos los recuerdos que había recuperado.
—Vale, separémonos en grupos —dijo a todo el mundo—. Tiene que haber
unas cuatrocientas o quinientas personas, así que… grupos de cincuenta. Luego
poned a un clariano o a alguien del Grupo B a cargo de ellos. Teresa, ¿sabes
cómo llegar a esa sala de mantenimiento? —le enseñó el mapa y ella asintió tras
examinarlo. Thomas continuó—: Entonces, ayudaré a trasladar a la gente
mientras tú y Brenda los dirigís. Que el resto dirija a uno de los grupos. Excepto
Minho, Jorge y Gally. Creo que vosotros deberíais cubrir la retaguardia.
—Me parece bien —dijo Minho, encogiéndose de hombros. Por increíble que
pareciera, aparentaba estar aburrido.
—Lo que tú digas, muchacho —añadió Jorge.
Gally se limitó a asentir.
Pasaron los siguientes veinte minutos dividiendo a todos en grupos y
colocándolos en largas filas. Pusieron especial cuidado en formar los grupos
incluso por edades y fuerza física. Los inmunes no pusieron objeciones a seguir
las órdenes en cuanto se dieron cuenta de que los recién llegados habían ido a
rescatarlos.
Una vez que se organizaron en grupos, Thomas y sus amigos se situaron en
fila ante la Puerta Este. Thomas movió las manos para atraer la atención de todo
el mundo.
—¡Escuchad! —empezó—. CRUEL planea usaros para la ciencia. Vuestros
cuerpos, vuestros cerebros. Llevan estudiando años a la gente, recogiendo datos
para desarrollar una cura para el Destello. Ahora quieren utilizaros a vosotros
también, pero no os merecéis una vida de ratas de laboratorio. Vosotros sois
(todos nosotros somos) el futuro, y ese futuro no va a ser como quiere CRUEL.
Por eso hemos venido, para sacaros de este lugar. Vamos a atravesar un puñado
de edificios para encontrar un Trans Plano que nos lleve a un lugar seguro. Si nos
atacan, tendremos que luchar. No os separéis de vuestro grupo; los más fuertes
deberán hacer lo que haga falta para proteger a los…
Las últimas palabras de Thomas fueron interrumpidas por un violento crujido,
como el sonido de una piedra partiéndose. Y luego, nada. Tan sólo un eco que
rebotaba en los enormes muros.
—¿Qué ha sido eso? —gritó Minho, buscando el origen en el cielo.
Thomas escrutó el Claro; los muros del Laberinto se alzaban a sus espaldas,
pero no había nada fuera de lugar. Justo cuando estaba a punto de hablar, sonó
otro crujido y después, otro. Un estruendo retumbante atravesó el Claro. Empezó
suave y fue creciendo en intensidad y volumen. El suelo comenzó a temblar y
pareció como si el mundo se viniera abajo.
La gente daba vueltas en busca del origen del ruido, y Thomas constató que el
pánico se estaba propagando. Pronto perdería el control. El suelo se agitó con
más violencia, los sonidos se amplificaron —el estruendo y el crujido de la roca
— y los gritos estallaron entre la muchedumbre que tenía delante.
De pronto, Thomas cayó en la cuenta:
—Los explosivos.
—¿Qué? —gritó Minho.
Thomas miró a su amigo.
—¡El Brazo Derecho!
Un ruido ensordecedor sacudió el Claro. Thomas se dio la vuelta para mirar
hacia arriba: una gran parte del muro a la izquierda de la Puerta Este se había
soltado y grandes trozos de piedra volaban por todas partes. Una enorme sección
pareció sostenerse en el aire en un ángulo imposible; a continuación, se desplomó
hacia el suelo.
Thomas no tuvo tiempo de gritar una advertencia antes de que el gigantesco
trozo de roca cayera sobre un grupo de personas, aplastándolas al partirse por la
mitad. Se quedó unos instantes sin habla mientras la sangre rezumaba de los
bordes y se formaba un charco en el suelo de piedra.
Comentarios
Publicar un comentario