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Capítulo 69
Los heridos gritaban. El ruido atronador y el sonido de la roca partiéndose se
combinaron para crear un espantoso coro mientras el suelo continuaba
sacudiéndose. El Laberinto se estaba viniendo abajo… Tenían que salir de allí.
—¡Corre! —le gritó a Sony a.
La chica no vaciló. Se dio la vuelta y desapareció por los pasillos del
Laberinto. Las personas que estaban en su fila no necesitaron de una orden para
seguirla.
Thomas tropezó, recuperó el equilibrio y corrió hacia Minho.
—¡Vete a la retaguardia! ¡Teresa, Brenda y y o tenemos que ponernos delante
del grupo!
Minho asintió y le dio un empujón para que se fuera. Thomas miró atrás justo
a tiempo de ver cómo la Hacienda se partía por la mitad como una bellota y
parte de su descuidada estructura caía al suelo en una nube de madera astillada y
polvo. Desvió la vista a la Sala de Mapas, cuyas paredes de hormigón ya se
estaban desmoronando.
No había tiempo que perder. Recorrió el caos con la mirada hasta que
encontró a Teresa. Cogió a su vieja amiga y ella le siguió hasta la abertura que
conducía al Laberinto. Brenda estaba allí con Jorge, intentando hacer todo lo
posible por dictar quién iba el siguiente e impedir que todo el mundo saliera a la
vez en una estampida que probablemente mataría a la mitad.
Volvió a oírse algo partiéndose arriba; Thomas alzó la vista para ver un trozo
de pared que caía al suelo por los campos. Explotó cuando lo alcanzó, por suerte
sin atrapar a nadie debajo. Con un repentino sobresalto de horror se dio cuenta de
que al final el techo también se vendría abajo.
—¡Vamos! —le gritó Brenda—. ¡Voy justo detrás de ti!
Teresa le cogió por el brazo, tiró de él hacia delante y los tres pasaron
corriendo por el dentado borde izquierdo de la Puerta hacia el Laberinto,
esquivando a la multitud que se dirigía en la misma dirección. Thomas tuvo que
acelerar para alcanzar a Sonya. No tenía ni idea de si había sido corredora en el
Grupo B del Laberinto o si recordaba el trazado tan bien como él, si es que era el
mismo.
El suelo continuaba temblando, se sacudía con cada explosión distante. La
gente se tambaleaba a izquierda y derecha, se caía, volvía a levantarse y seguía
corriendo. Thomas esquivaba y se agachaba a la vez que corría; llegó a un punto
donde saltó por encima de un hombre. Las rocas llovían de los muros. Vio cómo
una le daba a un hombre en la cabeza y le tiraba al suelo. La gente se agachó
junto a su cuerpo inerte e intentó levantarlo, pero había tanta sangre que Thomas
supuso que ya era demasiado tarde.
Alcanzó a Sony a y la adelantó para guiar a todos giro tras giro. Sabía que
estaban acercándose. Tan sólo esperaba que el Laberinto fuera el único lugar
afectado y que el resto del complejo estuviera intacto; que aún tuvieran tiempo
para salir.
De improviso, el suelo saltó bajo sus pies y un estallido ensordecedor rasgó el
aire. Cay ó de bruces e intentó levantarse. A unos treinta metros de él, un trozo del
suelo de piedra se había levantado. Mientras observaba, la mitad explotó y envió
una lluvia de rocas y polvo en todas las direcciones.
No se detuvo. Había un estrecho espacio entre el suelo que sobresalía y el
muro, y pasó por allí corriendo, con Teresa y Brenda a la zaga. Pero sabía que el
embotellamiento ralentizaría las cosas.
—¡Deprisa! —gritó por encima del hombro. Redujo el ritmo para contemplar
el panorama y vio desesperación en los ojos de todo el mundo.
Sony a salió del hueco, luego se detuvo para ayudar a pasar a los demás,
cogiéndoles de las manos, tirando y empujando. El proceso iba más rápido de lo
que Thomas se esperaba, de modo que continuó hacia el Precipicio a toda
velocidad.
Atravesaba el Laberinto; el mundo temblaba, la piedra se desmoronaba en
derredor, la gente gritaba. No podía hacer nada sino llevar al frente a los
supervivientes. Izquierda, luego derecha; otra vez derecha. Entonces alcanzaron
el largo pasillo que terminaba en el Precipicio. Más allá del borde, veía el final
del techo gris en las paredes negras, el agujero redondo de la salida y una gran
grieta que se abría por el que una vez fue un falso cielo.
Se volvió hacia Sonya y los demás.
—¡Deprisa! ¡Moveos!
Cuando se acercaron, Thomas fue testigo del terror que sentían. Los rostros
blancos y contraídos por el miedo, gente cayéndose al suelo y volviéndose a
levantar. Vio a un niño de no más de diez años que medio arrastraba a una mujer
hasta que por fin se puso en pie. Una roca del tamaño de un coche pequeño cayó
desde arriba y alcanzó a un anciano, lanzándole por el aire varios metros antes de
que se desplomara contra el suelo. Thomas estaba horrorizado, pero continuó
corriendo, sin dejar de gritar para darles ánimo a todos los que se hallaban a su
alrededor.
Por fin llegó al Precipicio. Las dos tablas estaban en su sitio, y Sonya le hizo
unas señas a Teresa para que cruzara el puente improvisado hasta el antiguo
agujero de los laceradores. Después lo atravesó Brenda, seguida de una fila de
personas.
Thomas esperó en el borde del Precipicio, donde le hacía señas a la gente
para que avanzara. Era un trabajo angustioso, casi insoportable, ver lo despacio
que salía la gente del Laberinto cuando el lugar parecía dispuesto a derrumbarse
en cualquier momento. Uno a uno, fueron pasando, corriendo por los tablones y
cayendo en el agujero. Thomas se preguntó si Teresa los estaría enviando por el
tobogán en vez de por la escalera para hacerlo más rápido.
—¡Vete! —le gritó Sonya—. Tendrán que saber qué hacer cuando hayan
bajado ahí.
Thomas asintió, aunque se sentía fatal por marcharse. Había hecho lo mismo
la primera vez que escapó: había abandonado a los clarianos, que luchaban
mientras él introducía el código. Pero sabía que tenía razón. Echó un último
vistazo al tembloroso Laberinto; se soltaban trozos del techo y la roca sobresalía
en el suelo allí donde antes estaba plano. No sabía cómo iban a conseguirlo todos
y lo sentía en el alma por Minho, Fritanga y los demás.
Se metió entre la multitud, cruzó las tablas hacia el agujero, luego se alejó de
la muchedumbre en el tobogán y corrió hacia la escalera. Bajó los peldaños tan
rápido como pudo y se sintió aliviado cuando vio que el daño no había alcanzado
aquella parte todavía. Teresa estaba allí, ayudando a la gente a levantarse tras su
aterrizaje y diciéndoles en qué dirección seguir.
—¡Ya lo hago y o! —le gritó—. ¡Ve a la parte delantera del grupo! —señaló a
las puertas dobles.
La chica estaba a punto de contestar cuando vio algo detrás de él. Abrió los
ojos de par en par por el miedo y Thomas se dio la vuelta.
Varias de las vainas de los laceradores se estaban abriendo; la mitad superior
se levantaba por las bisagras como tapas de ataúdes.
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—¡Escúchame! —gritó Teresa. Le cogió por los hombros y le dio la vuelta
para mirarle a la cara—. En el extremo inferior de los laceradores —señaló la
vaina más próxima— está lo que los creadores llamaron « cañón» . Dentro de la
grasa hay un interruptor, como un asa. Tienes que atravesar la piel y tirar. Si lo
consigues, esas cosas morirán.
Thomas asintió.
—Vale. ¡Tú sigue haciendo pasar a la gente!
La parte superior de las vainas continuó abriéndose mientras Thomas corría
hasta la más cercana. El enorme cuerpo del lacerador, parecido al de una
babosa, temblaba y se retorcía, absorbiendo humedad y combustible de los tubos
conectados en sus laterales.
Thomas corrió hacia la parte trasera, se asomó por la tapa del contenedor y
se estiró para inclinarse hacia el interior. Metió la mano por la piel húmeda para
encontrar lo que Teresa había descrito. Resopló por el esfuerzo, empujó hasta que
encontró un asa dura y tiró de ella con toda su fuerza. Se soltó todo y el lacerador
quedó como una fláccida masa de gelatina en el fondo de la vaina.
Tiró el asa y corrió a la siguiente vaina, donde la tapa estaba bajando al suelo.
Tan sólo tardó unos segundos en impulsarse por el lateral y hundir la mano en la
carne adiposa para tirar del asa.
Mientras corría a la siguiente vaina, Thomas arriesgó un vistazo rápido a
Teresa. Seguía ayudando a los inmunes a levantarse del suelo tras bajar por el
tobogán y los enviaba a las puertas. Llegaban rápido y caían unos encima de
otros. Sony a estaba allí, luego Fritanga y más allá, Gally. Minho llegó a toda prisa
mientras observaba. Thomas asió la vaina, que ya tenía la tapa completamente
abierta y con los tubos que conectaban el lacerador al contenedor despegados; se
impulsó, hundió la mano en la piel y tiró del asa.
Se dejó caer al suelo y se volvió hacia la cuarta vaina, pero el lacerador se
estaba moviendo; la parte delantera se elevaba y caía por el borde de la vaina
abierta mientras los apéndices salían de su piel para ayudarle a maniobrar. Esta
vez, Thomas casi no llegó a tiempo, pero saltó y se lanzó por el lateral de la
vaina. Metió la mano en la piel fofa y agarró el asa. Un par de hojas de tijera
intentaron cortarle la cabeza, pero se agachó y trató de arrancar aquella pieza del
cuerpo de la criatura para matarla. Después, la masa se retiró al contenedor con
aspecto de ataúd.
Thomas sabía que era muy tarde para detener al último lacerador antes de
que saliera de su vaina. Se dio la vuelta para valorar la situación y contempló
cómo todo su cuerpo salía al suelo agitándose. Ya estaba examinando la zona con
una pequeña cavidad que se extendía desde su parte delantera; luego, como les
había visto hacer tantas veces, aquella cosa se hizo una bola y le salieron pinchos
de la piel. La criatura rodó hacia delante con el fuerte zumbido de las máquinas
en su interior. El hormigón saltaba por los aires cuando los pinchos del lacerador
lo destrozaban y Thomas contempló, impotente, cómo chocaba contra un
pequeño grupo de inmunes que había bajado por el tobogán. Las hojas se
desplegaron y cortaron a varias personas antes de que ni siquiera supieran lo que
sucedía.
Thomas miró a su alrededor en busca de cualquier cosa que pudiera servirle
de arma. Un trozo de tubería del tamaño de su brazo se había caído de algún
punto del techo. Corrió a cogerlo y, al darse la vuelta hacia el lacerador, vio que
Minho y a había llegado hasta la criatura. La estaba golpeando con tal violencia
que casi asustaba.
Thomas arremetió contra el monstruo mientras gritaba a los demás que se
apartaran. El lacerador se dio la vuelta hacia él como si hubiera oído la orden y
se levantó sobre su bulbosa parte trasera. Dos apéndices salieron de los costados
de la criatura y Thomas se paró en seco. Un nuevo brazo metálico zumbaba con
una sierra giratoria y el otro, con una garra de aspecto desagradable, cuyas
cuatro puntas terminaban en cuchilla.
—¡Minho, déjame que lo distraiga! —gritó—. ¡Sacad a todo el mundo de aquí
y que Brenda empiece a llevarlos a la sala de mantenimiento!
A la vez que lo decía, vio cómo un hombre trataba de escapar a gatas del
lacerador. Antes de que el hombre lograra avanzar un poco, una barra de la
criatura se le clavó en el pecho y cayó al suelo, escupiendo sangre.
Thomas continuó corriendo, con la tubería alzada, listo para abrirse camino
entre los apéndices hasta el asa. Casi lo había conseguido cuando Teresa de
pronto apareció a su derecha y se lanzó hacia el lacerador. Este se transformó en
una bola y todos sus brazos metálicos se retrajeron para absorberla en su piel.
—¡Teresa! —gritó Thomas, que se paró en seco, sin saber qué hacer.
La chica se giró para mirarle.
—¡Vete! ¡Sácalos a todos!
Comenzó a dar patadas y arañar mientras sus manos desaparecían en aquella
carne adiposa. No parecía tener heridas graves.
Thomas se acercó, asiendo con más fuerza la tubería, y buscó una apertura
por donde atacar sin darle a Teresa. Los ojos de la chica volvieron a encontrarse
con los suyos.
—Vete de…
Pero sus palabras se perdieron. El lacerador absorbió su rostro en la piel fofa
y continuó hundiéndola cada vez más para ahogarla.
Thomas se quedó mirando, paralizado. Había muerto demasiada gente.
Demasiada. Y no iba a quedarse ahí parado y dejar que ella se sacrificara para
salvarlos. No podía permitirlo.
Gritó y, con todas sus fuerzas, corrió y saltó en el aire para caer sobre el
lacerador. La sierra giratoria voló hacia su pecho; él se movió a la izquierda para
esquivarla, girando la tubería, con la que alcanzó la sierra y la hizo trizas. Thomas
la oy ó caer al suelo y repiquetear por la sala; entonces se balanceó y pegó la
tubería al cuerpo de la criatura, justo al lado de la cabeza de Teresa. Se esforzó
por sacarla y tirar de ella una y otra vez.
El apéndice en forma de garra tomó medidas drásticas contra él: lo levantó
por los aires y lo lanzó lejos. Se golpeó fuerte con el suelo de cemento, rodó y se
puso en pie de un salto. Teresa había conseguido salir un poco del cuerpo de la
criatura, hasta las rodillas, y estaba dándole manotazos a los brazos metálicos del
lacerador. Thomas volvió a arremeter contra el monstruo, saltó y se aferró a su
carne adiposa. Utilizó la tubería para aporrear cualquier cosa que tuviera cerca.
Teresa luchaba desde abajo y la criatura dio sacudidas hacia el costado; luego
giró en círculo para lanzarla al menos tres metros por el aire antes de que
aterrizara.
Thomas agarró un brazo metálico y apartó de una patada la cuchilla cuando
volvió a golpearle. Plantó los pies en la grasa, se empujó hacia el lateral de la
criatura y estiró el brazo. Hundió la mano en la carne adiposa para buscar el asa.
Algo le hizo un corte en la espalda y el dolor se extendió por todo su cuerpo.
Siguió escarbando, buscando el asa… Cuanto más ahondaba, más textura de lodo
espeso tenía la carne de la criatura.
Por fin, las y emas de sus dedos rozaron un plástico duro y metió la mano un
poco más adentro para agarrar el asa, tirar de ella con todas sus fuerzas y sacar
su cuerpo del lacerador. Levantó la vista a tiempo de ver a Teresa luchando
contra un par de cuchillas que se agitaban a pocos centímetros de su cara. Y
entonces, un repentino silencio inundó la sala cuando el núcleo de la máquina
chisporroteó y se apagó. Se derrumbó en un montón oblongo de grasa y
engranajes, cuy os apéndices prominentes cayeron al suelo, sin vida.
Thomas apoy ó la cabeza en el suelo e inspiró grandes bocanadas de aire. Al
cabo de un rato, Teresa apareció a su lado y le ayudó a ponerse bocarriba. Él vio
el dolor en su rostro, los arañazos y la piel roja y sudorosa. Pero entonces, su
amiga sonrió.
—Gracias, Thomas —dijo.
—De nada.
La tregua de la batalla parecía demasiado buena para ser cierta.
Teresa le ay udó a incorporarse.
—Salgamos de aquí.
Thomas advirtió que y a nadie bajaba por el tobogán y Minho acababa de
conducir a los últimos hacia las puertas. Después se dio la vuelta para mirar a
Thomas y Teresa; se inclinó, con las manos en las rodillas, e intentó recuperar el
aliento.
—Ya están todos —se puso derecho con un gemido—. Todos los que lo han
logrado, claro. Supongo que por eso nos dejaron entrar con tanta facilidad: tenían
pensado hacernos cachitos con esos fucos laceradores si volvíamos a salir. De
todas maneras, tenéis que ir delante para ay udar a Brenda a dirigir a los demás.
—Entonces, ¿está bien? —preguntó él con un alivio incontenible.
—Sí. Está allí preparada.
Thomas arrastró los pies, pero no dio más de dos pasos antes de pararse otra
vez. Se oy ó un fuerte estruendo proveniente de alguna parte, de todas partes. La
sala se sacudió unos segundos y luego se calmó.
—Será mejor que nos demos prisa —dijo, y echó a correr, seguido de los
demás.

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